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Giussani | Seguros de pocas grandes cosas (1979-1981) | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 424 Seiten

Reihe: Ensayos

Giussani Seguros de pocas grandes cosas (1979-1981)

Los Équipes
1. Auflage 2014
ISBN: 978-84-9055-609-2
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: PDF
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Los Équipes

E-Book, Spanisch, 424 Seiten

Reihe: Ensayos

ISBN: 978-84-9055-609-2
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: PDF
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



'El que lea estas conversaciones ---escribe Julián Carrón en el prólogo--- se verá llevado de la mano por su humanidad palpitante a la profundidad de un desafío apasionante'. Ese desafío no es más que la propia vida, el camino más difícil y bello que debemos recorrer día a día. Lecturas tan valiosas como la de Seguros de pocas grandes cosas nos ayudan, sin duda, a dar pasos más certeros, pues 'camina el hombre cuando sabe bien adónde va'.

Luigi Giussani (1922-2005), sacerdote milanés, es el fundador del movimiento eclesial Comunión y Liberación. Cursó sus estudios en la Facultad de Teología de Venegono, donde será profesor durante algunos años. En los años cincuenta abandona la enseñanza en el seminario para dar clases en un instituto de enseñanza media de Milán, el Liceo Berchet, donde permanecerá hasta 1967. Desde 1964 hasta 1990 enseña Introducción a la Teología en la Universidad Católica del Sacro Cuore de Milán. Educador infatigable, Giussani publicó en el transcurso de su vida numerosos ensayos pues, como él mismo dijo, 'sólo a través de la educación se construye un pueblo como conciencia unitaria y como civilización'. En particular, quiso mostrar 'la razonabilidad y utilidad para el hombre moderno de esa respuesta al drama de la existencia que lleva por nombre 'acontecimiento cristiano'', ofreciendo dicha respuesta 'como sincera contribución para una verdadera liberación de los jóvenes y de los adultos'. Como reconocimiento a su labor, en 1995 recibió el Premio Nacional para la Cultura Católica y, en diciembre de 1997, su libro El sentido religioso fue presentado en la ONU. Falleció en Milán el 22 de febrero de 2005. Siete años después, el 22 de febrero de 2012, se anunció públicamente la apertura de su causa de beatificación. Encuentro ha publicado casi todas sus obras en español.
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PRÓLOGO
EL CAMINO PARA UNA FE PROFUNDA Y PERSONAL


¿Conviene ser cristianos? ¿Permite la fe vivir la realidad sin censurar ni renunciar a nada?

Estos interrogantes emergen potentemente como el corazón de la preocupación educativa de don Giussani en los diálogos con los estudiantes de Comunión y Liberación durante los años 1979-1981, que recoge este segundo volumen de los Equipes, Seguros de pocas grandes cosas. Lo que guía a don Giussani a la hora de responder a las preguntas de sus jóvenes amigos es siempre la exigencia de que su interlocutor se vea acompañado –jamás sustituyendo su libertad– en la verificación en primera persona de la conveniencia de la «pretensión cristiana». Sin ella, en efecto, resulta imposible aguantar el golpe de las circunstancias. Recordemos que aquéllos fueron años marcados por una lucha ideológica sin cuartel y también por una hostilidad hacia las personas de CL que llegaba a la violencia física. Sin una razón adecuada para creer, ¿quién habría podido resistir? Aquel ‘movimiento’ perdura también ahora.

En uno de los pasajes centrales de su intervención en la memorable audiencia con ocasión de XXV aniversario del reconocimiento pontificio de la Fraternidad de Comunión y Liberación, Benedicto XVI nos invitó a vivir una «fe profunda, personal y firmemente arraigada en el Cuerpo vivo de Cristo […] que garantiza la contemporaneidad de Cristo con nosotros» (Roma, Plaza de San Pedro, 24 de marzo de 2007).

Las páginas de este libro muestran a un don Giussani empeñado en el camino de esta personalización. Ya desde el Equipe de junio de 1979 él advierte «un fermento nuevo» entre los jóvenes, «una actitud más consistente» y «una mayor disponibilidad», que se expresa, en primer lugar, como «entusiasmo por la fe, por el acontecimiento de Cristo, [que] constituye la unidad de la persona»; y, en segundo lugar, como reclamo al hecho de que «la fe se pone en juego en la realidad» (p. 24).

Compartiendo el camino con los universitarios a fondo, observa en sus relatos cómo también emergen las dos grandes tentaciones a las que cedía fácilmente ese entusiasmo, sin duda verdadero, pero todavía inmaduro: la abstracción y la reactividad. Decía, por ejemplo, en 1980: «Si estamos aquí es porque tenemos fe cristiana. Por lo tanto, teóricamente, intencionalmente, hemos reconocido que hay algo más fuerte que nosotros, pero queda a nivel de intención, es decir, sigue siendo abstracto. ¿Qué significa abstracto? Es abstracto lo que no tiene que ver con la trama de intereses en que se juega, en el tiempo y en el espacio, el sentimiento que tenemos de la vida y de nosotros mismos» (p. 168).

Don Giussani no nos ha dado jamás tregua ante este desafío, que también hoy nos alcanza a través de estas páginas: la fe tiene que ver con los intereses de la vida; de lo contrario, ¿de qué nos serviría? Sería pura teoría, discurso correcto, pero ajeno a la existencia del yo y, por lo tanto, a la larga, inútil: en vez de alimentar la certeza en la vida, daría lugar al escepticismo.

Leamos con qué intensa experiencia describe don Giussani el alcance del hecho cristiano: «Cuando la verdad cae como una espada sobre nuestra vida, la hiere y la obliga a cambiar, a renovarse, aunque no lo consigamos. Es necesario custodiar, favorecer, cuidar esta herida, aunque no se logre cambiar: cuidarla, de manera que nos moleste, porque no hay nada más hermoso que esta molestia, nada más hermoso que este dolor. Un dolor que es como una herida abierta, que es la puerta por la que entra en nuestra vida la verdad, y en nosotros el amor a ella» (p. 115). «Herido», con este mismo término se expresaba el entonces cardenal Ratzinger al hablar de don Giussani el día de su funeral, repitiéndolo luego en la Plaza de San Pedro. Herido por la Belleza.

Don Giussani describe esta dinámica en agosto de 1980: «El hombre reconoce la verdad de sí mismo al experimentar la belleza, al experimentar el gusto y la correspondencia, al percibir el atractivo que la verdad suscita, un atractivo y una correspondencia totales, no en sentido cuantitativo ¡sino cualitativo! […] La belleza de la verdad es lo que me lleva a decir: ‘¡Es verdad!’» (p. 200).

¿Qué es lo que puede cerrar el paso a la Verdad que entra por esa herida que provoca la Belleza? Una aridez afectiva. Don Giussani lo detecta en las intervenciones de los universitarios: «Nuestra carencia radical, lo que nos deja en una indecisión de fondo, es una incapacidad, una aspereza total del gusto por la belleza, por el gusto estético, y por lo tanto una resistencia impresionante a dejarnos cautivar por la alegría, por la leticia, y con ello, por la vivacidad, –¡por la vivacidad!– […] Ésta es la carencia atroz que se nota en vosotros, como jóvenes de hoy, esta carencia tremenda de asombro frente a la belleza, de capacidad receptora de la belleza. El efecto con que os alcanzan las cosas, en cambio, es una pura reactividad. Las cosas provocan en vosotros una mera reacción y os encierran en vosotros mismos, de manera que todo lo que se os presenta lo utilizáis para vuestros fines, lo instrumentalizáis» (p. 200).

Y he aquí el ofrecimiento de un camino para salir de este bloqueo: «Bien, ésta es la cuestión: la decisión se produce sólo a partir del descubrimiento de que el propio yo es atraído por Otro, que la sustancia de mi yo, la sustancia de mi ser, mi corazón, coincide con ‘ser atraído por Otro’. […] Otro es lo que constituye mi vida, porque el Otro me atrae y yo soy este ‘ser atraído’, estoy constituido por esta atracción» (p. 197).

Esta novedad, que don Giussani no se cansa nunca de proponer a los universitarios, abre en ellos el horizonte de una experiencia que corresponde a lo que el corazón desea, aun bajo la montaña de escombros que la vida trae consigo: «El primer efecto de este afecto es que uno se llena de asombro por lo que hay, ¡porque no es él! El segundo resultado de este afecto es que hace que brote una dignidad —son palabras que habéis dicho vosotros en la asamblea– inimaginable, porque mi dignidad coincide con aquello a lo que me adhiero. Y, tercero, en este afecto es donde se establece una consistencia que va más allá de los estados de ánimo o de las reacciones. Es en este afecto donde toma cuerpo la consistencia del yo, de una persona, más allá de sus estados de ánimo y de sus reacciones» (p. 201).

Y enseguida muestra el camino –jamás deja solos a los universitarios a merced de su imaginación–: «Permanecer inmanentes al hecho tal y como nos ha tocado: éste es el camino y por eso es a este nivel donde se juega la capacidad afectiva de nuestra persona, donde por afecto entendemos la suma de la energía que constituye al hombre» (p. 205). No sustraerse a este atractivo que arrastra todo el yo, dirá don Giussani, exige una sola condición: la sencillez de corazón.

Entonces, permanecer «contemporáneos» al acontecimiento que se ha encontrado es decisivo también para que nazca una posición cultural original: «El juicio no es algo mecánico, sino un entusiasmo; […] nace del asombro, del entusiasmo por el descubrimiento de un hecho concreto presente. Acordaos del primer capítulo del evangelio de san Juan, cuando los apóstoles le vieron por primera vez; ése era el juicio sobre su vida y sobre la vida de su pueblo. Así pues, es necesario rendirse a este hecho concreto, presente en todo lo que se hace. Porque, cuando se toma una decisión, el problema no es la decisión en sí, sino contemplar el valor, es decir, una presencia; de otro modo la elección resulta moralista y sentimental. Éste es la consecuencia más importante en las decisiones: el centro de la cuestión es dónde está tu corazón» (p. 148).

Lo muestra bien don Giussani contando este episodio: «Estaba caminando y me había parado a tomar un vaso de leche en una granja. […] Llega una mujer del campo. Yo iba vestido de cura y a lo lejos esa señora agitaba una enorme zanahoria, de proporciones excepcionales, y decía: ‘¡Mire, Reverendo, qué grande es Dios!’. Yo me quedé allí, de piedra. […] ‘Ésta es una posición cultural’, esta conexión que establece entre la banalidad de un hecho cotidiano, de un acontecimiento totalmente tierra-tierra, la zanahoria, y el destino del mundo, esta chispa que salta entre dos polos tan grandiosa y aparentemente lejanos, esto es una construcción cultural, esto es una posición cultural» (p. 230).

Así se puede entrar en lo real con una postura cultural no reactiva, sino original, porque nace del interior de una experiencia: «La cultura es la libertad que maneja la realidad en el reconocimiento y el amor de Cristo, que está determinada por el reconocimiento del amor de Cristo, es decir, de la totalidad, del Otro. La cultura es producto del amor, de un amor; es la afirmación del Otro, con la ‘O’ mayúscula» (p. 299).

Esto no es opcional para una fe profunda y personal. Don Giussani lo recuerda constantemente: «La forma de acrecentar la fe es ‘arriesgarla, confrontarla con lo que sucede’. […] Una fe que no arriesga en lo que sucede, en las circunstancias, no es verdadera; no en ciertas circunstancias, las que representan una contradicción tal, un impacto tal, que hasta despiertan a un muerto, sino en todas las circunstancias, pequeñas o grandes; porque la vida es esta trama de circunstancias que te asedian, te tocan y te provocan» (p. 344).

Lo real, las circunstancias,...



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