E-Book, Spanisch, 282 Seiten
Reihe: 100XUNO
Giussani Una extraña compañía
1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-9055-873-7
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 282 Seiten
Reihe: 100XUNO
ISBN: 978-84-9055-873-7
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Luigi Giussani (1922-2005), sacerdote milanés, es el fundador del movimiento eclesial Comunión y Liberación. Cursa sus estudios en la Facultad de Teología de Venegono, donde será profesor durante algunos años. En los años cincuenta abandona la enseñanza en el seminario para dar clases en un instituto de enseñanza media de Milán, el Liceo Berchet, donde permanecerá hasta 1967. Desde 1964 hasta 1990 enseña Introducción a la Teología en la Universidad Católica del Sacro Cuore de Milán. Educador infatigable, Giussani publicó en el transcurso de su vida numerosos ensayos, pues como él mismo dijo, 'sólo a través de la educación se construye un pueblo como conciencia unitaria y como civilización'. En particular quiso mostrar 'la razonabilidad y utilidad para el hombre moderno de esa respuesta al drama de la existencia que lleva por nombre 'acontecimiento cristiano'', ofreciendo dicha respuesta 'como sincera contribución para una verdadera liberación de los jóvenes y de los adultos'. Como reconocimiento a su labor, en 1995 recibió el Premio Nacional para la Cultura Católica y, en diciembre de 1997, su libro El sentido religioso fue presentado en la ONU. Falleció en Milán el 22 de febrero de 2005. Siete años después, el 22 de febrero de 2012, se presenta la petición de apertura de su causa de beatificación y canonización, que es aceptada por el Arzobispo de Milán. Encuentro ha publicado casi todas sus obras en español.
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El corazón de la vida (1982)3
En mayo de 1982 se celebraron en Rímini los primeros Ejercicios espirituales de la Fraternidad de Comunión y Liberación, con mil ochocientos asistentes provenientes de toda Italia, principalmente de las regiones del norte. Articulados en dos jornadas, desde el viernes por la noche hasta la comida del domingo —una fórmula que se conservaría en los años siguientes—, los Ejercicios representan el primer encuentro general de la Fraternidad tras el reconocimiento oficial por parte de la Santa Sede acontecido el 11 de febrero de ese mismo año. Con dicho acto la Fraternidad de Comunión y Liberación era erigida y confirmada «en persona jurídica para la Iglesia universal, declarándola a todos los efectos Asociación de Derecho Pontificio y estableciendo que sea reconocida por todos como tal». En el texto se recordaba el interés explícito del Papa: «El Santo Padre Juan Pablo II, informado ya del procedimiento en curso, [...] se ha complacido, benévolamente, encarecer al Consejo Pontificio para los Laicos para que proceda a la aprobación»4. El Decreto pontificio fue firmado y transmitido por el cardenal Opilio Rossi, presidente del Consejo Pontificio. En su carta de acompañamiento, el purpurado declaraba que la Asociación respondía a los requisitos que se exigen para obtener dicho reconocimiento y que la instancia presentada por don Luigi Giussani un año antes había sido favorablemente aceptada, «teniendo particularmente en cuenta el apoyo manifestado en numerosas cartas de cardenales y obispos; conocida la fecundidad espiritual y apostólica que se manifiesta en las numerosísimas obras que la Asociación promueve, sostiene y anima»5. En las nueve recomendaciones que contenía la carta, se recordaba el carácter misionero, educativo, cultural y social de la experiencia de la Fraternidad y se invitaba a sus miembros a una constructiva colaboración en el seno de la Iglesia. De este modo se reconocía el «fruto maduro» de una experiencia iniciada años antes en un liceo milanés y se aprobaba su valor en cuanto «experiencia nueva en la Iglesia».
A la Fraternidad se había llegado a través de un camino que cobró rápidamente consistencia a finales de los años setenta, cuando habían empezado a formarse algunos grupos de adultos, en la estela de positivas experiencias vividas en el período universitario, con el fin de asumir una «responsabilidad madura hacia la propia santidad» según el método cristiano de la «comunionalidad». Llamados en un primer momento «confraternidades»6, estos grupos —en total unos sesenta— se componían de jóvenes licenciados, familias, profesores, profesionales y trabajadores. En las mismas condiciones que todos los demás, participan en ellos también algunos sacerdotes y religiosos. Dichos grupos trataban de darse una forma que al mismo tiempo sirviera para madurar una condición auténticamente religiosa en la vida adulta y concretara un compromiso y una responsabilidad personales para humanizar la vida social y civil.
Consciente de la historia que había empezado con ese reconocimiento pontificio y que estábamos llamados a vivir con creciente plenitud, don Giussani se dirigió a nosotros con claridad de juicio y pasión humana, que se perciben enseguida desde sus primeras palabras.
Introducción
Este es un momento que reviste un significado único para nuestra historia personal y para la vida del movimiento. Por tanto, tenemos que pedir que se nos conceda una verdadera claridad. Con este fin, dirigimos a Dios nuestra oración esta noche. Debemos pedirle esta claridad de modo que lo que somos (la fragilidad que somos), lo que Cristo es para nosotros (el camino, la verdad y la vida) y lo que su misericordia ha donado a nuestra vida (la fe, la Iglesia, una compañía que encarne la una y la otra en una regla cotidiana, por tanto en un cauce seguro) sea verdaderamente reconocido. Una gran claridad, para que todo esto domine en nuestro ánimo y sea gobernado por nuestra autoconciencia y por una seriedad personal que supla las condiciones adversas. No podemos desperdiciar el valor que tiene este momento, en primer lugar para nosotros y luego para todos nuestros amigos, a los que ahora representamos delante de la Iglesia, me atrevería a decir, «oficialmente». Por eso, con corazón, sin chillar, sin gritar con la garganta sino con el ánimo, invoquemos al Espíritu Santo para que nos conceda su luz y su energía.
Desciende Santo Espíritu
Homilía
«Cada uno de nosotros tiene preparado un puesto». Esto, en primer lugar, reviste un significado final. Es la advertencia más importante, o la afirmación más grande, para la vida, porque todo el sentido de una vida estriba en su destino final. El sentido de un camino es su meta, el sentido de un recorrido humano es su destino. Pero para alcanzar esta meta final, tenemos asignado, obviamente, también un puesto a lo largo del camino, un lugar en la ruta señalada. La Gracia, la liberalidad misteriosa de Aquel que hace todas las cosas, en un primer momento ha alcanzado nuestra persona mediante la discreción silenciosa del Bautismo; y luego con palabras cada vez más claras, con voz imponente, mediante un entramado educativo a lo largo de nuestra existencia. Y ante esta misteriosa liberalidad que nos ha elegido a cada uno entre miles, esta noche estamos llamados a renovar, o a recobrar, un asombro que ahora debería resultarnos más familiar. ¡Qué significativo es que estén aquí con nosotros unos setenta sacerdotes! Para ellos al igual que para cada uno de nosotros la alegría que compartimos esta noche se debe a la gracia del Bautismo que los ha elegido como cristianos. Este es el valor que la gracia de Dios ha otorgado a nuestra existencia, la riqueza que nos ha concedido. Y no sólo para nosotros. Ante todo para los que ha hecho nacer, y hará nacer, de vosotros, otros vosotros mismos, vuestros hijos; y, de un modo análogo, para todos los hombres con los que se cruza nuestro camino por el mundo. Al igual que Cristo vino para todos los hombres, se hizo uno de nosotros, hombre como nosotros, propter nos homines, así también nosotros somos incorporados a su Persona para todos los demás hombres. Al igual que tú, padre, y tú, madre, tendréis que dar cuenta de vuestros hijos, así cada uno de nosotros tendrá que dar cuenta a Dios de todos sus hermanos los hombres. Lo que hemos recibido y que constituye la verdadera riqueza de todo lo creado, aquello por lo que todo existe, es para todos los hombres. Hemos recibido la gracia de la fe para que a través de nosotros llegue a otros y mediante nuestra vida sea ofrecida a todo el mundo. Por esto formamos parte de la Iglesia, cuerpo vivo de Jesucristo, es decir, realidad mediante la cual Cristo penetra el tiempo y el espacio, comunicándose al universo entero según el designio misterioso del Padre.
Ahora, al calor de un asombro renovado, recobrado o advertido por primera vez, quisiera recordar, para que las tengamos muy bien presentes, las dos condiciones necesarias para caminar, las dos orillas del cauce por donde puede verdaderamente discurrir el agua de nuestra existencia, los dos rasgos que definen el rostro de un cristiano. Son estas dos condiciones las que nos capacitarán para ser creativos, para obrar en el mundo, para hacer fructificar el talento de la fe, para responder con plena responsabilidad a la elección y a la confianza extrema que Dios ha puesto en nosotros.
Ante todo, el deseo del camino, conforme al corazón del apóstol Tomás, cuando le preguntó a Jesús algo que no se puede reducir a simple raciocinio o mera curiosidad: «Señor, ¿cómo podemos saber el camino?»7. La primera condición es el deseo del camino, la seriedad personal ante la vida como camino hacia el destino, la responsabilidad ante el sentido del tiempo que se nos concede: lo que determina nuestro estado de ánimo al levantarnos por la mañana, quizás subvirtiendo todos los datos instintivos, es el deseo del camino. El deseo de Cristo. «Mi corazón está firme, Dios mío»8. En esto se expresa la pobreza de espíritu, porque el deseo del camino coincide con reconocer que todo está en función de otro, existe por otro, consiste en otro, afirma a otro. Nos lo recuerda también la palabra «gloria» que hemos repetido en el salmo9, porque la gloria de Cristo es el sentido de todo lo que existe y se manifiesta a través de la conciencia con la que el hombre vive cada cosa, todo. La seriedad, la responsabilidad, el deseo, el amor al camino: esta es nuestra tensión a lo largo del día, la consistencia del día a día.
La segunda condición responde a una verdad existencial acerca de nosotros mismos. Y esa verdad es que, junto al deseo del camino, aparece el temor, el temblor, el terror por nuestra patente debilidad, por nuestra evidente incapacidad. Digamos la verdad que la Iglesia pone en nuestros labios cada vez que nos reunimos: la conciencia de ser pecadores, la conciencia de este melancólico equívoco que ensombrece la vida; y, más abiertamente, la mentira de la que somos capaces a cada paso y que acecha, como un peligro nada improbable, todos nuestros actos. Es una desproporción tal entre el deseo que tenemos y la seriedad ante él, la responsabilidad ante él, que ese deseo sólo sabe refugiarse en algunos contados momentos o pronunciarse sin demasiada reflexión, sin demasiada conciencia, porque ésta...




