Glidewell | La Maldición De Helhaven | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 406 Seiten

Glidewell La Maldición De Helhaven


1. Auflage 2026
ISBN: 978-88-354-8602-2
Verlag: Tektime
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection

E-Book, Spanisch, 406 Seiten

ISBN: 978-88-354-8602-2
Verlag: Tektime
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El Manicomio Helhaven es una mezcla entre Supernatural y Silent Hill. La historia es narrada íntegramente en primera persona por Lucas Graves, a quien acompañan su interés romántico, la escritora Maryanne Keller, y Helena Helhaven, su primer amor y actual portadora de la Maldición de Helhaven.

En un mundo donde lo sobrenatural acecha en cada esquina, Lucas Graves se ve envuelto en una red de oscuros secretos y maldiciones ancestrales. Desde enfrentarse a hombres lobo hasta combatir espíritus malévolos, los encuentros de Lucas con lo paranormal lo han llevado a cuestionar su propia realidad.
Cuando su amiga Maryanne recibe una críptica invitación al Baile Paranormal, Lucas se embarca en una travesía que pondrá a prueba su valor como nunca antes. A medida que se adentra en la sombría historia de la familia Helhaven y su asilo maldito, Lucas descubre secretos que amenazan con desmoronar su propia existencia.
Navegando por un paisaje traicionero de engaños y traiciones, cuenta con el apoyo de Maryanne y la guía de espíritus, tanto benévolos como malignos. En una carrera contra el tiempo, Lucas deberá desentrañar los oscuros misterios de la propiedad Helhaven. Con el peligro acechando en cada rincón y el destino de sus seres queridos pendiendo de un hilo, deberá reunir toda su fuerza y coraje para enfrentar la oscuridad que amenaza con devorarlo.
¿Logrará Lucas salir victorioso o sucumbirá ante las sombras que aguardan en su interior? La respuesta yace enterrada en lo más profundo de la mansión Helhaven, esperando ser descubierta por aquellos lo suficientemente valientes para buscar la verdad.

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3

Una invitación inesperada


Después de una limpieza exitosa, el hambre suele ser mi única compañía. Pero esta noche se siente distinta. Como cazador curtido en el rastro de vampiros y licántropos, he pulido mis sentidos hasta convertirlos en armas, pero no es la adrenalina de la ejecución lo que me sostiene. Es ver a espíritus como el de Yvette Fischer encontrar finalmente el descanso lo que le da un propósito a mi caminar. Aliviado por haberla ayudado a trascender, esbozo una sonrisa solitaria y encamino mis pasos hacia el buffet chino local.

El "Blue Crab" resplandece bajo un neón vibrante, con un cangrejo rosado que se menea rítmicamente sobre la puerta. Antes de cruzar el umbral, el aroma del pollo General Tso me asalta, provocando un gruñido de protesta en mi estómago. El interior es acogedor; linternas rojas se balancean en el techo, bañando el salón con un resplandor cálido y ambarino. Cerca de la entrada, una pecera burbujea suavemente, aportando un compás hipnótico al ambiente.

Es el refugio perfecto para bajar las revoluciones tras una noche agitada. Elijo una mesa en la esquina, lejos de los escasos comensales, y al sentarme dejo que mi mente divague por el camino que me aguarda. Este pueblo ha sido un buen paréntesis, y aunque el éxito de hoy me reconforta, ya siento el cosquilleo de lo que vendrá después.

Necesito compartir este triunfo. Saco mi viejo teléfono plegable y marco el número de Maryanne.

—Buenas noches, Sr. Graves —su voz llega cálida, con esa familiaridad que solo dan los años.

—¿Cómo estuvo esa siesta?

—Bien merecida —responde con una risa que me contagia el gesto.

—¿Tienes hambre?

Escucho un suspiro dramático. Maryanne siempre ha tenido un talento especial para jugar con sus excusas. —¿Dónde estás?

—En el Blue Crab, esquina de la Tercera y Main —digo sonriendo.

—Vaya, sí que sabes cómo agasajar a una dama.

Hacía seis meses que no veía a mi fiel amiga y escritora fantasma. En ese intervalo, ella ha parido dos novelas más, insuflando vida a mis memorias con su prosa. Me parece apenas justo que parte de mi recompensa termine pagando nuestra cena. Suelto una carcajada silenciosa al recordar las madrugadas que hemos quemado en este sitio; ella aporreando las teclas mientras yo desgranaba relatos que luego se volvían . Si sus lectores supieran que la ficción es, en realidad, un informe de campo... Esta tradición nació tras uno de nuestros casos más crudos y, por alguna razón, siempre regresamos aquí. El Blue Crab es nuestra zona neutral, donde los recuerdos fluyen tan libres como la salsa de soja.

A veces encuentro algún ejemplar de sus libros sobre mi auto. El público devora sus historias, pero el mundo real de la caza es harina de otro costal. Ella suele narrar misiones en solitario, aunque a veces permito que se filtren personajes reales, como Sally Peterson.

Sally se puso furiosa cuando se vio envuelta en una subtrama romántica; no quería que el mundo la viera como una mujer fácil. Intenté calmarla, pero lo último que supe es que se había metido en un lío de tal magnitud que la buscan en cuatro estados. Sally no es muy fan de las licencias creativas, aunque respeto su ferocidad para proteger su propia narrativa.

Luego está Charles Olson. En una crisis, Charles sería mi última opción; es un tipo egocéntrico. Hace años, en Arizona, tuve la certeza de que intentaba venderme. Es un tirador excepcional, sí, pero no sabe escuchar. Maryanne lo retrató con una precisión quirúrgica. Seis meses después, en California, llegó a encañonarme con una escopeta exigiendo que reescribiéramos su arco de personaje. Le recordé que aquello era ficción y que Maryanne mandaba en la página, pero la discusión escaló. Digamos que la escopeta cambió de manos y él terminó con la nariz rota. No es, precisamente, un entusiasta de mi estilo literario.

Maryanne aparece cinco minutos después. Lleva el cabello pelirrojo recogido en una coleta y un vestido verde que acentúa su figura; sus labios rojos se curvan en una expresión triunfal.

—¡Pregúntame por qué no traigo la computadora! —me desafía nada más llegar.

—¿Por qué la olvidaste? —pregunto entre risas.

—Es un secreto —responde, deslizándose en el reservado con la agilidad de quien conoce bien el terreno.

—Ah, conque un secreto...

Me muestra un sobre antes de hacerlo desaparecer en su bolso. —Si te portas bien, puede que lo comparta contigo —dice con los ojos chispeantes.

—Yo siempre me porto bien —le sigo el juego.

No recuerdo haberla visto tan radiante, ni siquiera cuando entró por primera vez en la lista del . Me quedo absorto mirándola y su sonrisa flaquea un instante, quizá abrumada por mi intensidad. Aparto la mirada de inmediato para no romper el hechizo.

—¿Tengo algo en la cara? —pregunta tocándose las mejillas con un horror fingido. —No, estás increíble. Solo tengo curiosidad por esa noticia.

Maryanne desliza entonces un sobre negro sobre la mesa. Está rotulado con una caligrafía dorada y elegante, pero carece de sello postal.

—¿Sabes qué es esto? —susurra. El local está casi vacío, pero el misterio requiere voz baja.

Levanto una ceja. —Un sobre.

—¿En serio? Y yo que pensaba que era un portal mágico. ¡Qué tonta soy! —ironiza con una mueca burlona.

—¿De quién es? —El gramaje del papel y el oro de la tinta huelen a importancia... o a peligro.

Ella gira el sobre con delicadeza. En el reverso, un sello de lacre rojo sangre muestra una "H" grabada en oro. Se me corta la respiración. Ese emblema es inconfundible. El nombre Helhaven arrastra sombras de familias malditas, pueblos borrados del mapa y susurros que harían temblar al más escéptico. Se me revuelve el estómago, pero mantengo la máscara de calma.

—Llegó justo después de que te marcharas —dice ella. Sus dedos tamborilean sobre la mesa, debatiéndose entre la impaciencia por abrirlo y el placer de compartir el momento. Su entusiasmo me resulta tierno, pero el presentimiento de una catástrofe me oprime el pecho.

Maryanne es, por naturaleza, una escéptica. ¿Creería en la maldición de los Helhaven si se la explicara? Solo tengo una certeza: no la quiero cerca de .

—¿Invitación a qué? —pregunto mientras ella rompe el lacre. El crujido de la cera resuena como un disparo en el silencio del restaurante.

—¿Me cuentas todas estas historias y me vas a decir que no conoces a los Helhaven? —pregunta con una ligereza casi eufórica.

Reprimo un escalofrío. Helena Helhaven, con su presencia pálida y esos ojos azules que parecen ver el fondo de tu alma, es la última persona que desearía volver a cruzarme. Si Maryanne pretende entrar en su órbita, solo puedo esperar que Helena me haya borrado de su memoria. Los recuerdos de nuestro último encuentro son demasiado vívidos, y nada agradables.

Los ojos de Maryanne se expanden mientras devora el texto. Un pequeño chillido escapa de sus labios. —¡Es justo lo que esperaba! —exclama, deslizando el papel hacia mí.

Se me forma un nudo amargo en el estómago al leer la elegante caligrafía que confirma mis peores temores:

150º Baile Paranormal Anual

—¿Un Baile Paranormal? —Levanto una ceja, fingiendo desconcierto—. Jamás he oído hablar de eso. ¿Es alguna clase de fiesta de disfraces?

Miento. Mi padre solía hablar en voz baja con otros cazadores sobre los Helhaven y su infame baile; lo describían como un cónclave para la élite, un despliegue de misterio y rituales antiguos. Aquellas historias inquietantes fueron parte de mi entrenamiento, una lección que casi había olvidado hasta ahora.

Me doy cuenta de que me he quedado con la mirada perdida en el vacío. La voz de Maryanne me trae de vuelta al presente.

—Ojalá supiera más. Sabía que Helena era una fan —siempre envía a alguien a mi casa por novelas firmadas—, pero no tenía idea de esto. —Los ojos de Maryanne brillan, su voz oscilando entre la emoción pura y un leve nerviosismo. Me mira con una esperanza contagiosa—. ¿Vendrás conmigo? No puedo contárselo a nadie más.

Si acepto, me ato al pueblo por más tiempo. Si me niego, la dejo a merced de un peligro que ni siquiera imagina. Tras un segundo de duda, asiento.

—Sería un honor.

—Nos vamos a divertir mucho —exclama ella. Siempre ha tenido esa debilidad por asomarse al abismo. Intento devolverle la sonrisa, pero me sale una mueca tensa que ella, por suerte, no parece notar.

—¿Alguna vez has conocido a un Helhaven? —pregunta mientras caminamos hacia el buffet.

—Tal vez, si es que pasan por la gasolinera —intento bromear, aunque el humor se siente pesado en mi lengua.

Mientras nos acercamos a la comida, su entusiasmo se vuelve casi tangible. El aire está saturado del aroma a especias y el vapor que sube de las bandejas.

—Siempre me ha fascinado esa familia. Su encanto, ese vínculo con lo paranormal… es como...



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