E-Book, Spanisch, 234 Seiten
Gorodischer Trafalgar
2. Auflage 2022
ISBN: 978-84-18878-31-2
Verlag: Sportula Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
E-Book, Spanisch, 234 Seiten
ISBN: 978-84-18878-31-2
Verlag: Sportula Ediciones
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Buenos Aires, 1928 - Rosario, 2022. Sin duda una de las grandes autoras en castellano, tanto dentro del fantástico como fuera de él. Con una voz y un estilo muy personales, Angélica se ha movido con igual facilidad (y fertilidad) por el relato y la novela y le ha dado a la ciencia ficción y a la fantasía algunas obras imprescindibles, como Kalpa Imperial, Trafalgar o Bajo las jubeas en flor. Desde muy joven reside en la localidad argentina de Rosario, de donde procede su familia, y allí ha ambientado algunas de sus obras, entre ellas Trafalgar. Sus últimos trabajos se alejan en ocasiones del género y en ellos Gorodischer relata historias más íntimas, muchas de ellas ligadas a su propia infancia. También ha escrito sobre los derechos de la mujer, tema en el que es una abanderada literaria. Durante su carrera literaria Gorodischer ha recibido multitud de premios, entre los que destacarían el Premio Emecé, el Gigamesh o el Esteban Echevarría
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Ayer estuve con Trafalgar Medrano. No es fácil encontrárselo. Siempre anda de aquí para allá en esos negocios suyos de exportación e importación. Pero de vez en cuando anda de allá para aquí y le gusta sentarse a tomar café y charlar con un amigo. Yo estaba en el Burgundy y cuando lo vi entrar casi no lo reconocí: se había afeitado el bigote.
El Burgundy es uno de esos bares de los que ya van quedando pocos, si queda alguno.
Nada de formica ni de fluorescentes ni de cocacola. Una alfombra gris un poco gastada, mesas de madera de veras y sillas de madera de veras, algunos espejos entre la boiserie, ventanas chicas, puerta de una sola hoja y fachada que no dice nada. Gracias a todo eso adentro hay bastante silencio y cualquiera puede sentarse a leer el diario o a conversar con otro o a no hacer nada frente a una mesa con mantel, vajilla de loza blanca o vidrio como la gente y azucarera en serio sin que nadie y menos Marcos, venga a molestarlo.
No le digo dónde queda porque en una de esas usted tiene hijos adolescentes, o peor, hijas adolescentes, que se enteran y adiós tranquilidad. Le doy un solo dato: está en el centro, entre una tienda y una galería y seguro que usted pasa por ahí todos los días cuando va al banco y no lo ve.
Pero Trafalgar Medrano se me vino en seguida para la mesa. Él sí que me reconoció porque yo sigo teniendo ese aspecto gordinflón cheviot y Yardley de abogado próspero que es exactamente lo que soy. Nos saludamos como si nos hubiéramos visto hacía un par de días, pero calculé que habían pasado como seis meses. Le hizo una seña a Marcos que quería decir a ver ese café doble, y yo seguí con mi jerez.
—Hacía rato que no te veía —le dije.
—Y, sí —me contestó—. Viajes de negocios.
Marcos le trajo su café doble y un vaso con agua fresca sobre un platito de plata. Eso es lo que me gusta del Burgundy.
—Además me metí en un lío.
—Un día de estos vas a terminar en cana —le dije—. Y no me llames para que te vaya a sacar. No me ocupo de esas cosas.
Probó el café y prendió un cigarrillo negro. Fuma cortos, sin filtro. Tiene sus manías como cualquiera.
—Un lío con una mujer —aclaró sin mirarme—. Creo que era una mujer.
—Traf —le dije poniéndome muy serio—, espero que no hayas contraído una exquisita inclinación por los jovencitos frágiles, de piel tersa y ojos claros.
—Era como una mujer cuando estábamos en la cama.
—¿Y qué hacías con ella o con él en la cama? —le pregunté, cosa de estimularlo un poco.
—¿Qué te parece que hace uno con una mujer en la cama? ¿Cantar a dúo los lieder de Schumann?
—Ta bien, ta bien, pero explicame: ¿qué tenía entre las piernas? ¿Una cosa que sobresalía o un agujero?
—Un agujero. Mejor dicho, dos, cada uno en el lugar correspondiente.
—Y vos te aprovechaste de los dos.
—Y no.
—Era una mujer —resolví.
—Hmmm —me dijo—. Eso pensé.
Y volvió al café y al negro corto sin filtro. No se lo puede apurar a Trafalgar. Si usted se lo encuentra alguna vez, en el Burgundy o en el Jockey o en cualquier otra parte y él empieza a contarle lo que le pasó en uno de sus viajes, por Dios y toda la corte celestial no lo apure, vea que tiene que ir largando sus cosas a su modo perezoso y socarrón. Así que pedí otro jerez y algunos saladitos y Marcos se acercó y comentó algo sobre el tiempo y Trafalgar decidió que los cambios de clima son como los chicos, si uno les da pelota está perdido. Marcos estuvo de acuerdo y se las tomó para la barra.
—Fue en Veroboar —siguió—. Era la segunda vez que iba, pero a la primera no la cuento porque estuve ahí de pasada y no alcancé ni a bajar. Queda en el borde de la galaxia.
No he sabido nunca si es cierto o no que Trafalgar viaja por las estrellas, pero no tengo por qué no creerle. Pasan tantas cosas más raras. Lo que sí sé es que es fabulosamente rico. Y que no parece importarle un bledo.
—Yo había andado vendiendo material de lectura en el sistema de Seskundrea, siete mundos limpitos y brillantes en los que la lectura visual es un lujo. Un lujo que impuse yo, por otra parte. Allá los textos se escuchaban o se leían al tacto. La chusma lo sigue haciendo, pero yo les he vendido libros y revistas a todos los que se creen que son alguien. Tuve que bajarme en Veroboar, que no queda muy lejos, para que me controlaran una pantalla de inducción única, y aproveché para vender el sobrante. —Prendió otro cigarrillo—. Eran revistas de historietas. No pongas esa cara que si no hubiera sido por las revistas de historietas no hubiera tenido que afeitarme el bigote.
Marcos le trajo otro café doble antes de que se lo pidiera. Es una maravilla este Marcos: si usted no toma más que jerez seco bien helado como yo o jugo de naranja sin colar y con gin como Salustiano, el más chico de los Carreras, o siete cafés dobles al hilo como Trafalgar Medrano, puede estar seguro de que Marcos va a estar ahí para recordarlo así hagan diez años que usted no va al Burgundy.
—Esta vez no fui a Seskundrea, no vaya a ser que el lujo se convierta en costumbre y tenga que ponerme a pensar en otra cosa, pero llevaba Bayaspirina a Belanius III donde la Bayaspirina tiene efectos alucinógenos. Cuestión de clima o de metabolismo debe ser.
—No te digo que vas a terminar en cana.
—Difícil. Lo convencí al jefe de Policía de Belanius III para que probara con Cafiaspirina. Imagínatelo.
Traté, pero no pude. El jefe de Policía de Belanius III castigándose con Cafiaspirina es algo que está más allá de los límites de mi modesta imaginación. Y hay que ver que no hice un gran esfuerzo porque estaba intrigado con lo de la mujer que a lo mejor no era y con lo del lío.
—Belanius III queda no muy cerca de Veroboar, pero ya que estaba decidí probar con más revistas y algunos libros, pocos para no espantarlos. Claro que ahora me iba a quedar un tiempo y no se las iba a ofrecer al primer mono que apareciera para que él las vendiera y se quedara con mi tajada, cualquier día. Estacioné el cacharro, metí la ropa y la mercadería en una valija y tomé un ómnibus que iba a Veroy, la capital.
—¿Y la aduana?
Me miró sobrador:
—En los mundos civilizados no hay aduanas, viejo. Son bastante más vivos que nosotros.
Terminó el segundo café y miró para la barra, pero Marcos estaba atendiendo otra mesa.
—Iba decidido a hablar con alguien estratégicamente situado que me pudiera decir dónde y cómo organizar la venta, comisión mediante.
—Así que en los mundos civilizados no hay aduanas, pero hay coimas.
—Bah, más o menos civilizados. No seas tan estricto: todos tienen sus debilidades. Ahí por ejemplo me llevé la gran sorpresa: Veroboar es un aristomatriarcado.
—¿Un qué?
—Eso. Un millar de mujeres, supongo que son mujeres; jóvenes, supongo que son jóvenes; divinas.
—Supones que son divinas.
—Eso se ve a la legua. Ricas. También se ve a la legua. Ellas solas tienen en un puño a todo Veroboar. Y qué puño. No podés ni estornudar sin su permiso. A los dos minutos de estar en el hotel recibí una nota con sellos y membretes en la que se me citaba al despacho del Gobernador. A las treinta y una horas setenta y cinco minutos en punto. Quiere decir que tenía media hora para bañarme, afeitarme y vestirme.
Marcos llegó con el tercer café doble.
—Y desgraciadamente —dijo Trafalgar—, salvo en las casas de Las Mil, aunque yo no tuve tiempo de verlos, en Veroboar no hay aparatos de tocador sofisticados como en Sechus o en Vexvise o en Forendo Lhda. ¿Te conté alguna vez que en Drenekuta V viajan en carros tirados por bueyes, pero tienen televisión en relieve y unos cubículos de aire comprimido que te afeitan, te hacen peeling, te masajean, te maquillan porque en Drenekuta los hombres se maquillan y se enrulan el pelo y se pintan las uñas, y te visten en siete segundos?
—No, creo que no. Un día me contaste de unos tipos mudos que bailaban en vez de hablar o algo así.
—Por favor. Anandaha-A. Qué mundo fulero. Nunca pude venderles nada.
—¿Y llegaste a tiempo?
—Adónde.
Se tomó media taza de café.
—Al despacho del Gobernador. Rubia, ojos verdes, muy alta, con unas piernas que si, las ves, te da un ataque.
A mí con mujeres esplendorosas. Me casé con una hace treinta y siete años. No sé si Trafalgar Medrano está casado o no. Agrego que mi mujer se llama Leticia y sigo.
—Y dos manzanitas duras que se le veían a través de la blusa y unas caderas redondas. —Hizo una pausa—. Era una víbora. No gastó saliva en ceremonias. Se me plantó delante y me dijo: «Nos preguntábamos cuándo volvería a Veroboar, señor Medrano.» Pensé que empezábamos bien y me equivoqué como un boludo. Le dije que era muy halagador que se acordaran de mí y me miró como si yo fuera un pedazo de bosta que el barrendero se olvidó de levantar y me largó, ¿sabes lo que me largó?
—Ni idea.
—«No hemos visto con buenos ojos sus actividades clandestinas en el puerto de Veroy.» Qué me decís.
No le dije nada.
—Para qué te voy a repetir el diálogo. Además, no me acuerdo. Las brujas estas habían fusilado al pobre tipo que se puso a vender mis revistas —tomó otro poco de café— y habían confiscado el material y decidido que yo era un...




