Goulson | Una historia con aguijón | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 200 Seiten

Reihe: Ensayo

Goulson Una historia con aguijón

Mis aventuras con los abejorros
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-125285-9-6
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

Mis aventuras con los abejorros

E-Book, Spanisch, 200 Seiten

Reihe: Ensayo

ISBN: 978-84-125285-9-6
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Dave Goulson se obsesionó con la vida silvestre cuando era pequeño y crecía en la zona rural de Shropshire, comenzando con una colección de mascotas cada vez más exóticas. Cuando su interés se dirigió hacia lo anatómico incluso hubo algunos experimentos malogrados con la taxidermia. Pero la verdadera pasión de Goulson son las abejas, en particular el humilde abejorro. El abejorro inglés de pelo corto, que antaño era común en las marismas de Kent, se extinguió en el Reino Unido pero, por un giro del destino, sigue existiendo en las zonas silvestres de Nueva Zelanda, descendiente de unas pocas parejas enviadas en el siglo XIX. La apasionada búsqueda de Dave Goulson para reintroducirlo en su tierra natal es uno de los aspectos más destacados de un libro que incluye investigaciones originales sobre los hábitos de estas misteriosas criaturas, la relación de la historia con el abejorro y consejos sobre cómo protegerlo para las generaciones futuras. Goulson, uno de los conservacionistas más respetados del Reino Unido y fundador del Bumblebee Conservation Trust, combina relatos desenfadados sobre la creciente pasión de un niño por la naturaleza con una visión profunda de la importancia crucial del abejorro. Detalla las minucias de la vida en el nido, compartiendo fascinantes investigaciones sobre los efectos que la agricultura intensiva ha tenido en nuestra población de abejas y los peligros potenciales si seguimos por este camino.

Profesor de Biología (Evolución, Comportamiento y Medio Ambiente) en la Universidad de Sussex. Especializado en la ecología y la conservación de los insectos, sobre todo de los abejorros, Goulson es autor de varios libros y más de 200 artículos académicos. En 2006 fundó el Bumblebee Conservation Trust, una organización benéfica cuyo objetivo es invertir el declive de la población de abejorros. En 2015 fue incluido en el número 8 de la lista de los 50 principales 'Héroes de la Conservación' de la revista BBC Wildlife.
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Mi interés por los abejorros y otros insectos se remonta a cuando tenía siete años y mi familia se mudó del chalé pareado en que vivíamos, en una zona de expansión urbana de Birmingham, a un pueblecito de Shropshire que se llama Edgmond. Mi padre se había criado cerca de allí, en la ciudad ferial de Newport, y, como profesor que era, estaba empeñado en que sus dos hijos recibieran una buena educación. Newport tenía entonces, y tiene todavía, una buena escuela de primaria, la misma en la que había estudiado mi padre y en la que confiaba matricularnos a mi hermano y a mí si pasábamos el examen de acceso.

A los siete años, a mí me interesaba muy poco el colegio, pero me encantó nuestra casa nueva. Con la sabiduría que da la experiencia, ahora me parece bastante fea. Tenía un revestimiento de piedra que parecía un sarpullido y un añadido horrible, con el tejado plano, aunque a los niños estas cosas les dan igual. Era una casa independiente, con un jardín mucho más grande de lo que yo estaba acostumbrado. Teníamos matas de flores, manzanos y ciruelos, y un estanque y dos cobertizos de madera cubiertos de telarañas, con unas arañas enormes que me ponían los pelos de punta. Además, había espacio suficiente para que mi padre pudiera cultivar un buen huerto. Lo mejor de todo era que la casa estaba al lado del campo. Me bastaba cruzar la calle principal del pueblo y saltar una cerca de piedra para entrar en un prado enorme, en el que había un magnífico castaño de Indias al que podía subirme. Los días de verano, cuando hacía calor, un caballo tordo, de mal genio y muy dado a lanzar mordiscos y coces, iba a refrescarse a la sombra del castaño y espantaba a las moscas con la cola. En primavera, el árbol estaba plagado de abejorros que visitaban sus flores blancas y rosas en forma de pirámide. La presencia de las abejas indicaba que las flores se convertirían al final del verano en espléndidas castañas, con las que mis amigos y yo, escondidos en la densa y verde fronda del árbol, bombardeábamos a todo el que pasaba por allí.

A mi padre no le interesaban demasiado las flores y me dejó que plantara lo que quisiera, así que planté lavanda, budelia y nébeda para atraer a los abejorros y las mariposas. Puse una madreselva pegada a la pared de uno de los cobertizos, para alimentar a las polillas, y un sauce blanco, macho, para que las abejas encontraran alimento a principios de primavera. Rescaté un montón de ladrillos viejos de una granja en ruinas de los alrededores y me los llevé a casa en una mochila para construir un jardín de rocalla. Dejé un hueco en la parte de abajo, con la idea de que pudieran anidar los abejorros, y planté encima cuernecillo, para ofrecer flores a las abejas y hojas ricas a las orugas de la mariposa azul. Cavé otro estanque más hondo y lo llené de tritones, peces espinosos y todos los bichos que encontré en el canal que atravesaba el pueblo.

No sé cómo se me ocurrió todo esto. Mi padre, que era profesor de Historia, todavía es capaz de recitar la lista de monarcas ingleses desde los tiempos de Guillermo el Conquistador —con las fechas de su reinado—, y sabe distinguir la edad de un edificio por la forma de sus ventanas o su ornamentación. Pero si le das un abejorro, no tiene la menor idea (por más que he intentado educarlo). Mi madre era profesora de Gimnasia. Jugaba de maravilla al tenis o al rounders —un juego de bola y bate—, y era una competidora temible, pero la naturaleza le traía totalmente sin cuidado. No le gustaban los bichos de ninguna especie y las arañas le daban pánico. El caso es que tuve que aprender solo, con ayuda de los manuales y las guías de ciencias naturales que por suerte me regalaban mis padres, porque mi padre era un enamorado de los libros de cualquier materia.

La única persona adulta que recuerdo que me animara en mi afición fue una maestra de primaria, la señorita Scott. Era una mujer bajita y regordeta, con el pelo castaño y rizado. Tenía muy malas pulgas, se enfadaba a menudo y nos echaba unas broncas tremendas. Mis compañeros y yo al principio estábamos aterrorizados, porque hasta entonces siempre habíamos tenido profesores amables y cariñosos, como se supone que deben ser los maestros de primaria. Pero enseguida nos dimos cuenta de que la señorita Scott tenía unos ojos muy alegres y su severidad no era más que una fachada. Además, le encantaba llevarnos a buscar animales y bichos; nos enseñó a identificar los árboles por sus hojas y a poner trampas para escarabajos. Lo que más le gustaba era darse un chapuzón. Tal como lo recuerdo, parece que fuéramos todos los días a bañarnos en el canal (y que siempre hiciera sol). Nuestra aula no tardó en llenarse de tarros de mermelada con renacuajos, opiliones, feroces larvas de libélula, enormes escarabajos de agua, ciempiés, arañas y muchos otros insectos. Mis favoritas eran las larvas de libélula, unos bichos gordos y feos, de color marrón, que se quedaban inmóviles en el fondo del tarro, esperando a que les dieran de comer. Todos los días les dábamos un renacuajo o un gusano y observábamos con curiosidad morbosa hasta que la larva sacaba la cabeza y desplegaba unas pinzas telescópicas para atrapar a su incauta presa y zampársela a continuación.

La primavera siguiente, mis esfuerzos para despertar a la naturaleza en el jardín empezaron a dar sus frutos. Vi a las enormes reinas de los abejorros, recién salidas de la hibernación, alimentándose en el sauce blanco y en la pulmonaria. Las abejas llevaban unos siete meses dormidas, desde el mes de julio anterior, y recibieron con entusiasmo el festín primaveral que yo había cultivado para ellas. Cuando se saciaban, las reinas volaban a ras de suelo, buscando un agujero para hacer el nido. Me fijé en una reina de abejorro de cola blanca que estaba explorando el terreno, debajo de uno de los cobertizos del jardín, y debió de gustarle aquel rincón, porque al cabo de unas semanas aparecieron sus obreras, un poco más pequeñas: salieron volando a recolectar alimento y volvieron al cabo de media hora con unas bolas enormes de polen amarillo entre las patas. Me pasaba horas sentado, observándolas, y veía que el tráfico en el nido era cada vez más denso a medida que avanzaba la estación y que el número de obreras crecía rápidamente. Ninguna abeja quiso anidar entre las cámaras de mi jardín de rocalla, a pesar de que las hice expresamente para eso.

Según se iba acercando el verano, el jardín rebosaba de vida. La budelia se llenó de mariposas ortigueras, mariposas pavo real, mariposas blancas, grandes y pequeñas, sírfidos y abejorros. Los opiliones y los escarabajos torniquete libraban combates territoriales en mi nuevo estanque, y la libélula emperador estableció su residencia en una mata de arroyuela que crecía a la orilla del estanque. Salía disparada como una flecha para atrapar a otros insectos voladores y los cazaba en pleno vuelo con sus frágiles patas, ahuyentando a cualquier otra libélula que intentara acercarse a sus dominios. Aún me sigue asombrando la rapidez con que prospera la naturaleza en un jardín a poco que se la anime.

Un día, después de una tormenta de verano, encontré a unas abejas empapadas, aferradas a mi budelia, y decidí secarlas. Por desgracia para ellas, yo era demasiado pequeño para haber desarrollado un buen sentido práctico. Con los conocimientos que tengo hoy, coger el secador de pelo de mi madre y acercárselo con cuidado habría sido la opción más sensata. En vez de eso, puse a las aturdidas abejas en la plancha eléctrica de la cocina, las cubrí con una capa de papel de seda y encendí la plancha al mínimo. Como era un niño, me aburrí de esperar mientras entraban en calor y me fui a dar de comer a mis voraces jerbos. No volví a acordarme de las abejas hasta que noté el humo. El papel empezó a arder y las pobres abejas se achicharraron. Me llevé un disgusto tremendo. Mi primera incursión en el ámbito de la conservación de los abejorros había sido desastrosa. Esto no presagiaba nada bueno para el futuro, aunque al menos había aprendido que pasada cierta temperatura los abejorros no son felices. Como veremos más adelante, un principio similar explica por qué en España hay tan pocos abejorros.

Me entusiasmaban los libros de Gerald Durrell, sobre todo los que tratan de su infancia en Corfú, cuando coleccionaba toda clase de animales fascinantes y los guardaba en su dormitorio. Tenía lechuzas, serpientes y tortugas; pero lo mejor de todo es que nunca fue al colegio (estudiaba en casa, con un excéntrico tutor que daba más importancia a la esgrima que al álgebra). Hasta tenía un burro para transportar sus nidos y sus tarros. Muerto de envidia, hice todo lo posible por seguir sus pasos, aunque tuve que conformarme con la fauna de Shropshire, ligeramente más prosaica. No paré de dar la lata a mis pobres padres para que me dejasen tener algunos animales: empecé con cobayas, conejos, hámsteres y ratones. Con ayuda de mi hermano, agoté la paciencia de mis padres hasta que nos dejaron tener una perra, una cachorra preciosa, cruce de labrador negro, a la que con una absoluta falta de imaginación llamamos Spot, por la mancha blanca que tenía en el lomo. Como la mancha desapareció enseguida, conforme la perra iba creciendo, su nombre a veces causaba cierta sorpresa. Por lo demás, era una perra cariñosísima, que soportaba con un aguante infinito nuestras continuas bromas y nos acompañaba en nuestras correrías por el campo.

Cuando me cansé de la...



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