Granados Y Gálvez | Tardes americanas | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 47, 324 Seiten

Reihe: Pensamiento

Granados Y Gálvez Tardes americanas


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9897-861-2
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 47, 324 Seiten

Reihe: Pensamiento

ISBN: 978-84-9897-861-2
Verlag: Linkgua
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Tardes americanas es un extenso diálogo entre un indio y un español, que ubica al libro en su época y repasa, no sin ardor y vehemencia, las cuestiones que agitaron la vida colonial. José Joaquín Granados es el autor de Tardes americanas, nació en Málaga en 1734, y llegó a México con diecisiete años de edad. En la Nueva España desarrolló su carrera religiosa hasta convertirse en obispo de Sonora.

José Joaquín Granados y Gálvez nació en Málaga en 1734, y llegó a México con diecisiete años de edad. Inició en la Nueva España su carrera religiosa y llegó a ser obispo de Sonora. Tardes americanas es un extenso diálogo entre un indio y un español, que ubica al libro en su época y relata, con cierta vehemencia, la vida colonial durante el siglo XVIII.
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INTRODUCCIÓN QUE SIRVE DE PRÓLOGO


Acompañado de un Paisano, salí, como solía, una tarde entre muchas, para desahogo del ánimo, a las frescas riberas de la Alaja, río tan hidrópico de sus corrientes, que bebe con implacable sed cuantos diáfanos cristales le tributan los muchos veneros y manantiales con que pródiga la naturaleza lo enriquece, sin dejar a los habitadores de sus márgenes otro recurso a sus sedientas ansias, que el de unos escasos cristales que, por alto, les franquea. Y al llegar a la ancha rotura de una ladera (común asilo de mis fatigas) nos encontramos con un Indio, socio en mis honestas diversiones, soledades, y retiros. Saludelo con aquellas cariñosas demostraciones de quien le amaba tiernamente. Correspondiolas cortésmente agradecido: y aún no bien concluíamos las discretas ceremonias que enseñan la política, la atención, y buena crianza, cuando el Paisano en voz baja, y cerca del oído, me dijo como admirado de la llaneza del Indio: Curas conozco, que ostentan con esta especie de gentes tanta majestad y soberanía como el Gran señor en su Diván, y el Zar de Moscovia en su Gabinete. A que le respondí: Dueño mío, cada uno gasta de su humor: este es mi genio: y cuando no lo fuera, me esforzaría con este despreciable natural a deponer cualquier engreimiento que quisiera introducir en mí la vanidad, y la soberbia; porque sus prendas y virtudes son acreedoras a más distinguidas expresiones que las mías. Jamás traté hombre de su clase más atento, más cristiano, más humilde ni comedido: a que se agrega haberle dotado Dios de unas potencias claras, e instruido en todo género de ciencias, artes, y facultades. Nada se le esconde a su estudio y penetración, poseyendo una cierta dominación y despotismo sobre todas ellas, como el que las goza por una especial gracia y privilegio de lo alto. ¿Y en la historia, y acontecimientos de este reino, qué tal grado de ilustración tiene? me dijo el Paisano. Ha, señor mío, le respondí, es tan alto y excelente, que no tiene que envidiar a muchos que blasonan de sabios y eruditos. Encanta y embelesa con su narración, porque a mas de la prontitud en referir los pasajes, y ajustar las épocas, es ingenuo, claro, breve, verídico, y poco amigo del hipérbole, de los tropos, de las frases, ni de la admiración impertinente. De suerte, que muchas veces he pensado para mí, que si como este Indio anhela solo a recogerse dentro de la esfera de su abatimiento, levantara los vuelos de la pluma hasta donde alcanza la hermosura y facundia de su lengua, entregando a los moldes lo que dicta de preciosas noticias, leeríamos en nuestros tiempos una obra pulcra, válida, acre, sublime, varia, elegante, pura, figurada, espaciosa, y difundida con grande elogio y alabanza, como lo pide Plinio en su Epístola 20 No por esto pretendo decirle a vuestra majestad que me debe el concepto que se granjearon en su siglo el nuevo Opinador Portugués Pereira, y los universales en ciencias don Ginés de Rocamora, y don Fernando de Córdoba; pero sí me debe el que se deben tener todos los estudiosos y aprovechados. Ahora por lo dicho podrá vuestra majestad juzgar si es digno del aprecio, y de la recomendación. No solo es acreedor, respondió el Paisano, al cariño de un Cura (que este era el título que me daba) sino a los cultos y veneraciones de un príncipe. Cuanto valgo, tengo, y he adquirido con la industria y solicitud desde que salí para estos reinos de Málaga, nuestra amada patria, se lo endonaría gustoso, y lo haría dueño de mi corazón, y demás arbitrios. V. reverendo sabe lo inclinado que fui desde la infancia a enriquecerme de todo género de letras y noticias: y aunque la variedad de la suerte me ha desviado de una aplicación tan útil y genial; con todo, el tiempo que he podido hurtarle a mis trabajos, empleos, y ocupaciones, he procurado avivar el gusto por la lectura, y apunticos que hago de lo que toco, oigo, y leo. Estas ansias de saber, que casi me son naturaleza, tienen en el día en mí más calor y asiento que nunca: porque con el motivo de haberles prometido a algunos amigos de nuestros países darles razón de mis destinos y ejercicios, desvelos regulares en todos los Europeos indianos, me provocan, y aún me estrechan con respetos, inseparables de mi gratitud, a que les dirija una instrucción de la historia, civilidad, usos, y costumbres de los antiguos indios, con una breve relación de la Conquista, acontecimientos después de ella, serie de gobierno, y las cosas más notables acaecidas hasta estos tiempos. Y no obstante de conocer que el empeño era muy desigual a mis fuerzas, registré libros, y consulté a los Sabios. Pero implicándose estos, y no pudiendo convenirse, ni ajustar la variedad de dictámenes de los otros; después de aporrearme la paciencia con bastante sentimiento en mis negocios e intereses, he suspendido estas fatigas, haciéndome sordo (aun en perjuicio del honor) a las repetidas instancias del paisanaje. Y ya que la fortuna ha presentado ocasión tan útil para mi desempeño, me acusaría de omiso, si malograra un lance en que, interponiendo V. reverendo su valimiento, y ayudando por su parte con lo mucho que puede repartir de su estudio y aplicación, no diera la última mano a un asunto de semejante empeño, en que acredito mi fineza, y las confianzas de aquel. Paisano mío, le dije, vuestra majestad déme a mí por escusado de semejante empeño, si no quiere quedarse en la misma oscuridad en que hasta aquí ha vivido: y no se me enoje, hasta tanto que no le exponga y justifique mi razón. vuestra majestad suponga, que a más de las continuas tareas de la administración, que me roban y han robado aun aquellos breves instantes de tiempo que pudiera emplear en un estudio de esa naturaleza; en los veinticuatro años que en servicio de Dios, y de vuestra majestad cuento de este reino, y ausente de nuestros Béticos territorios, con separación de solos tres, que fueron los de los gorjeos pueriles, tantos mi sagrada religión me ha empleado en los penosos afanes de los púlpitos, y otros ejercicios: debiendo a sus provechosas fatigas el premio y el honor que prescribe san Pablo a los que constituidos Administradores y Coadjutores en el ministerio de la verdad, se disponen para coger la heredad de la salud eterna. Tras de esta corro los caminos, fatigo los caballos, castigo la lozanía de mi cuerpo: sufriendo las crudezas, golpes, y rigores de las impiedades y destemplanzas de los tiempos: y esfuerzo la flaqueza de mis desmayados alientos para que no se pierda ni malogre ninguna de las almas que me son encomendadas: porque aunque la alta dignidad de Pastor y Cura de ellas vive reñida con mi mérito, soy uno como Coadjutor y Teniente suyo, librando el desempeño de su autoridad y obligación en una ampolleta, estola, y manual, que entre catorce que representamos sus veces, reparte: siendo estas insignias sagradas toda la librería en que incesantemente estudiamos, y nos fecundamos de noticias. vuestra majestad sabe, que la aplicación a la Historia demanda un total retiro de los bullicios del siglo, y con el recogimiento un considerable número de Historiadores verdaderos y desapasionados, para poder beber como en fuente los sucesos, y separar la agua turbia de la clara, porque así no se acobarda el ánimo en demostrar la verdad: a que se agrega faltarme, a mí aquella valerosa comprensión, que no trabuca las especies, y genio metódico para ordenarlas: una suprema discreción con que poderlas calificar según el mérito de cada una: vivacidad de ingenio para apartar y discernir las verdaderas de las adulterinas: y la nobleza y claridad de estilo con que se enamoran los lectores y oyentes. Todo me ha faltado, porque non omnibus omnia. Mucha gloria me resultaría en servir a un Paisano que se dedica a ilustrar la patria con asunto tan divertido, como provechoso. Pero ya que la desgracia me condena a la confesión de una culpa tan fea y abominable para el Mundo, como es la de la ignorancia, haré que este Indio, según su buena voluntad, condescienda con los buenos y laudables deseos de vuestra majestad Aún no bien clausulaba mi oración, se levantó el Indio, y con el gracejo, aire, y compostura acostumbrada, me dijo: V. padre venerado, sabe muy bien, que mi voluntad, corazón, y cuanto tengo, debo contribuirlo a su obsequio. Jamás fui dueño de lo mío, porque todo ha sido suyo. Sabe asimismo, que soy un pobrecillo Indio, cuyo carácter es el desprecio, la mofa, y la ignorancia; y cuando no le constara al Mundo nuestra estolidez y simpleza, bastaría el eco de esta voz Indio, para que despreciara sus conceptos, se riera y mofara de sus producciones. Tú dices bien, le respondí; pero como el fin del Paisano, según ha dicho, no es el de participar a persona alguna de estos reinos estos trabajos, sino el de congratular los ánimos de algunos ultramarinos; entre éstos, no hay duda, tendrán otra reputación y recibimiento, como quien vive bien lejos del negro borrón con que injustamente os infaman y tiznan las gentes de razón de aquestas partes. Pues siendo así (prosiguió diciendo) gustoso me ofreceré a comunicarle al señor español todo cuanto alcanzare, y he procurado saber, no solo por los libros y autores, sino por la inmemorial tradición que de padres a hijos en mis antepasados se ha conservado; siendo ésta el más constante testimonio de los sucesos y cosas que no vemos ni tocamos. Y porque vuestra majestad no se persuada a que tantas gracias caben en mí, cuantas. con sonrojo mío, el crecido amor de nuestro padre ha pintado; sépase, señor, que no es todo oro lo que reluce. Nuestro padre me ha oído muchas veces, y vuestra majestad me oirá desde aquí en adelante hablar de las costumbres y leyes de los romanos: y creerá que he avanzado con mi estudio a discurrir por las doce tablas donde Roma las tenía escritas, que tengo en los dedos a Tito...



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