Grass | Anestesia local | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 312 Seiten

Reihe: Polifonías

Grass Anestesia local


1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-123241-6-7
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 312 Seiten

Reihe: Polifonías

ISBN: 978-84-123241-6-7
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
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Starusch, un profesor de cuarenta años de alemán e historia, se somete a un prolongado tratamiento dental en una consulta donde la televisión sirve para distraer a los pacientes. Bajo el efecto de la anestesia local, el paciente proyecta en la pantalla su pasado y presente con la fluidez y la calidad visual de una película. Anestesia local es un retrato satírico de las confusiones sociales en la revolucionaria década de los sesenta, incluidas las revueltas estudiantiles de mayo del 68. Originalmente, Grass había planteado la historia a través de un general de Hitler que pretendía ganar las batallas de la II Guerra Mundial en un cajón de arena, pero finalmente decidió orientar el argumento de la novela hacia una crítica al activismo violento de quienes se declaraban revolucionarios, aunque procedían de buena cuna. Individuos cuyos remordimientos debido a los propios privilegios llevan a la lucha de clases (que apenas conocen de los libros) en nombre de un proletariado que desconocen (y que no existe ya de esa forma).

Artista y escritor galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1999 y el Premio Nobel de Literatura en el mismo año, uno de los autores en lengua germana más destacados del siglo XX. Son múltiples sus compromisos en los campos del arte, la cultura, la política y los derechos humanos. De familia polaca, Grass pasó a la Alemania Federal como exiliado al final de la Segunda Guerra Mundial, tras un polémico paso por las Waffen-SS, cuando tenía apenas 17 años. Su novela más conocida es también la primera: El tambor de hojalata (1959) que fue llevada al cine por Volker Schlöndorf, en la que habla de su ciudad natal, la guerra y el nazismo. En la obra de Grass también está presente el ensayo político y el compromiso, como en Malos presagios (1992) o Discurso de la pérdida (1993). Grass, junto a otros autores alemanes, formó parte de un movimiento comprometido socialmente y de gran importancia como eco de los movimientos de 1968. Obras como El rodaballo (1977), cuyos truculentos episodios se desarrollan en el transcurso de varios siglos, Encuentro en Telgte o La caja de los deseos (2009), entre otras, han sido fundamentales en la historia de la narrativa alemana.
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I

Esto se lo conté a mi dentista. Con las quijadas muy abiertas y frente al vidrio opaco que, silencioso como yo, va contando propaganda: Hairspray Torres del Sol Másblancoqueblanco... Ah, y el refrigerador en donde entre riñones de ternera y leche estaba depositada mi prometida y mandaba hacia arriba burbujas habladas: «Quítate de ahí. Quítate de ahí...».

(¡Santa Apolonia, ruega por mí!) A mis alumnas y alumnos les dije: «Tratad de ser un poco considerados. Tengo que ir al sacamuelas. La cosa puede prolongarse. Por consiguiente: ¡haya tregua!».

Risitas ahogadas. Moderadas faltas de respeto. Scherbaum se extendió en conocimientos burlescos: «Muy apreciado señor Starusch. Su dolorida decisión nos sugiere a nosotros, sus alumnos simpatizantes, recordarle el martirio de santa Apolonia. El año 250, bajo el reinado del emperador Decio, esta buena muchacha fue quemada en Alejandría. Toda vez que la chusma le había arrancado previamente con tenazas todos los dientes, es la santa patrona de los que padecen dolor de muelas y también, aunque injustificadamente, de los dentistas. Se la puede ver reproducida, con tenaza y molar, en los frescos de Milán y Espoleto, en las bóvedas de algunas iglesias suecas y también en Sterzing, Gmünd y Lübeck. Diviértase, pues, y santa resignación. Nosotros, sus alumnos, rogaremos a santa Apolonia que interceda en su favor».

La clase emitió murmullos de bendición. Di las gracias por aquellas sandeces mediocremente graciosas. Vero Lewand me pidió enseguida una contraprestación: mi voto en favor del rincón para fumar, al lado del tinglado de las bicicletas, solicitado desde hacía meses. «Usted no puede ciertamente tener interés en que echemos humo a escondidas en el retrete.»

Prometí a la clase patrocinar, en ocasión de la próxima conferencia y ante el consejo de padres de familia, un permiso temporalmente limitado de fumar, a condición que Scherbaum se declarara dispuesto a hacerse cargo de la jefatura de la redacción del periódico escolar si el comité de alumnos de la Unión de Estudiantes se la ofrecía: «Perdonadme la comparación: mis dientes y vuestro periodicucho necesitan tratamiento».

Pero Scherbaum hizo que no con la mano: «Mientras la corresponsabilidad de los alumnos no vaya acompañada de la participación de los alumnos en las decisiones, no quiero saber nada. Una necedad no hay manera de reformarla. ¿O cree usted acaso en una necedad reformada? — ¿Entonces? — Por lo demás, lo de la santa es cierto. Puede usted consultarlo en el calendario eclesiástico».

(¡Santa Apolonia, ruega por mí!) Porque una sola invocación no les entra a los mártires en la mollera. Así pues, a la caída de la tarde me puse en camino, diferí la tercera invocación, y no fue sino hasta llegado al Hohenzollerndamm, pocos pasos antes de la placa del número de la casa que me prometía el consultorio del dentista en el segundo piso de aquel inmueble de alquiler burguésmente distribuido, o no, no fue sino en la caja de la escalera, entre adornos vaginales en estilo art nouveau, que dispuestos en friso subían conmigo escaleras arriba, cuando me decidí, por falta de algo mejor, a la tercera invocación: «¡Santa Apolonia, ruega por mí!».

Me lo había recomendado Irmgard Seifert. Lo consideraba reservado, cuidadoso y, con todo, decidido. «E imagínese usted: tiene televisión en el consultorio. Primero no quise que funcionara durante el tratamiento, pero ahora he de conceder que distrae estupendamente. Uno se encuentra totalmente en otro lugar. E inclusive el mero vidrio opaco apagado resulta en alguna forma estimulante, sí, estimulante...»

¿Puede un dentista preguntar por su origen a un paciente?

«Perdí mis dientes de leche en el suburbio portuario de Neufahrwasser. La gente de allí, estibadores y trabajadores de Schichau, eran partidarios del tabaco de mascar, lo que se les veía en los dientes. Y adondequiera que entraran dejaban sus marcas: unos bituminosos escupitajos que ni con la helada se congelaban.»

«Así es», dijo él, en sus zapatos de lona; «pero hoy es raro que se nos presenten problemas ocasionados por el tabaco de mascar». Y ya volvía a estar en otra parte: en trastornos de articulación y en mi perfil, al que, desde la pubertad, una prominente mandíbula inferior atribuye más fuerza de voluntad de lo que un tratamiento dental a tiempo hubiese prevenido. (Mi ex prometida comparaba mi mandíbula con una carretilla; al lado de una caricatura que Vero Lewand había puesto en circulación, se atribuía a mi mandíbula otra función: la de pala mecánica.) Cierto, sí. Siempre lo he sabido. Tengo una dentadura cortante. No puedo moler. El perro desgarra. La vaca muele. El hombre mastica con los dos movimientos. A mí me falta esta articulación normal. «Usted corta», dijo mi dentista. Y ya me alegraba que no hubiera dicho: usted desgarra como el perro. «Por eso vamos a hacer una radiografía. Cierre usted tranquilamente los ojos. Pero podemos prender también la televisión...»

(«Gracias, doctor.» —¿O es que ya abrevié el apelativo desde el principio al más familiar de «doc»? Más adelante, dependiente, gritaba: «¡Socorro, doc! ¿Qué quiere usted que haga, doc? Usted lo sabe todo, doc...»)

Mientras él con su instrumento manual once veces zumbante se hacía cargo de mis dientes y conversaba —«Podría contarle a usted anécdotas de la prehistoria de la odontología...»—, veía yo muchas cosas en la lechosa superficie abombada; por ejemplo, Neufahrwasser, donde sumergí un diente de leche en el Mottlau, frente al islote.

Su film empezaba de otro modo: «Hay que comenzar con Hipócrates. Recomienda papilla de lentejas contra los abscesos del medio bucal».

Y mi mamaíta movía la cabeza en el vidrio opaco: «No, no debes echarlo al agua. Será mejor que lo guardemos en el joyero, entre algodón azul». Ligeramente abombada difundía bondad. Cuando mi dentista decía, con tono de historiador —«Los gargarismos con solución de pimienta son buenos, según Hipócrates, contra los tumores dentarios»—, decía mamá, en la cocina que nos servía de sala: «Y el prendedor de granate lo pondremos con el ámbar y las medallas de abuelito. Pero tus dientes de leche los guardaremos muy bien, para que algún día puedas decir a tu mujer y tus hijos: así eran».

Pero él la había tomado con mis premolares y mis molares. Porque ocurría que, de todas mis muelas, las del juicio eran las más firmes. Habían de convertirse en soportes de puente y atenuar, gracias a un puente corrector, mi dentadura cortante. «Intervención», dijo. «Tendremos que proceder a una intervención mayor. ¿Me permite ahora, mientras mi ayudante revela la radiografía y yo le quito el sarro, introducir imagen y sonido?»

Otra vez: «Gracias».

Renunció a los principios: «¿Tal vez el programa del Este?». A mí me bastaba el vidrio opaco que lo toleraba todo, en el que lentamente y una y otra vez me veía echando al caldo portuario, frente al islote, un diente de leche. Seguía gustándome la historia de mi familia, porque así, con los dientes de leche, es como había empezado: «Sí, mami, eché un diente al agua —ese que me falta. Y se lo ha tragado un pez; no una lucioperca, sino un siluro, que ha sobrevivido a todos los malos tiempos. Sigue estando al acecho, porque los siluros se hacen muy viejos, y sigue esperando más dientes de leche. Pero los demás mordedores burbujean lechosos y sin sarro entre algodón rojo, en tanto que el prendedor de granate, juntamente con el ámbar y las medallas de abuelito, se perdió...».

Mi dentista se encontraba entretanto en el siglo XI y hablaba de Albucasís, el médico árabe que antes que nadie habló en Córdoba del sarro. «Hay que hacerlo saltar.» Recuerdo también frases por el estilo de ésta: «Cuando el resto del ácido se sitúa en el alcalino, esto es, por debajo del pH7, se forma sarro, porque las glándulas salivares del maxilar inferior vacían la saliva hacia los incisivos, y las parótidas hacia los primeros molares superiores, y aun en forma particularmente fuerte en el caso de movimientos extremados de la boca, por ejemplo al bostezar. A ver, bostece usted. Bueno, bueno, ya está bien...».

Lo hice todo dócilmente; bostecé, emití saliva generadora de sarro pero no pude conseguir la participación de mi dentista: «Bueno, doctor, ¿cómo se llama mi pequeña producción? — Los dientes de leche salvados. Porque es el caso que cuando en enero del cuarenta y cinco hubo de empacar —porque mi padre era práctico del puerto y pudo arreglárselas oportunamente—, mi mamita logró dejar Neufahrwasser con el último transporte de tropas. Pero antes de partir, empacó lo más estrictamente necesario, incluyendo también mis dientes de leche, en el gran saco marinero de mi padre, el cual, como suele ocurrir en semejantes casos de preparativos precipitados de huida, fue cargado erróneamente en el Paul Beneke, vapor turístico de ruedas, que no topó con una mina y llegó sano y con toda su carga salva a Travemünde, en tanto que mi buena mamita no logró ver ni Lübeck ni Travemünde; porque aquel transporte de tropas, del que digo que fue el último, topó al sur de Bornholm con una mina, fue torpedeado y —si usted quiere mirar por favor tras de sí y dejar por un momento el sarro— se hundió con todas las de la ley, lo mismo que entonces en la sémola de hielo, hoy en ese vidrio opaco de usted. Tal parece que solamente unos pocos señores de la jefatura de distrito del partido lograron transbordar oportunamente a un torpedero...».

Mi dentista dijo: «Ahora, enjuáguese usted»....



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