Green | Relatos de los héroes griegos | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 304, 248 Seiten

Reihe: Las Tres Edades

Green Relatos de los héroes griegos


1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-18245-81-7
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 304, 248 Seiten

Reihe: Las Tres Edades

ISBN: 978-84-18245-81-7
Verlag: Siruela
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«Amigo de C. S. Lewis y Tolkien, Lancelyn Green ha enseñado a generaciones de lectores la fascinación por las mitologías. Sus libros tienen el sabor clásico de una gran época».IRENE VALLEJO, autora de El infinito en un junco «Los dioses y héroes de la Antigua Grecia jamás deberían resultarnos ajenos, sus historias forman parte del patrimonio de la humanidad, son pieza básica de nuestra literatura, nuestro lenguaje y nuestro pensamiento actual». Del prólogo de ROGER LANCELYN GREEN Desde los mitos de la creación del universo hasta la muerte de Hércules, el autor se detiene en los grandes ciclos heroicos, como los de Perseo, Teseo o los argonautas, a los que incorpora otras aventuras más breves, como las de Orfeo y Eurídice, la del rey Midas, las desgracias de Edipo y las expediciones contra Tebas o algunas «metamorfosis», como las de Narciso o Jacinto. En este original libro, convertido ya en un clásico, Lancelyn Green entrelaza en una sola narración los mitos y leyendas de la Antigua Grecia, respetando así la forma en que los antiguos griegos concebían su propia mitología. Una aproximación sorprendente, a la vez que rigurosa, a uno de los universos más explorados y fascinantes de nuestra cultura.

Roger Lancelyn Green (Norwich, 1918-Bebington, 1987) se aficionó a los mitos y leyendas en sus años de estudiante en la Universidad de Oxford. También le fascinaron las obras de teatro clásicas y la reelaboración de los mitos antiguos. Publicó un gran número de libros: biografías de sus autores favoritos, relatos para niños y unos cincuenta volúmenes con su personal visión de las leyendas tradicionales, como en El rey Arturo y sus caballeros de la Tabla redonda (2018), Relatos de los héroes griegos (2022), El libro de los dragones (2021), La historia de Troya (2021), o Las aventuras de Robin Hood (2023), todos publicados en castellano por Siruela.
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1

La llegada de los Inmortales

¿Qué formas son estas que se acercan

tan blancas a través de la sombra?

¿Qué vestidos, que aventajan

el brillo de la retama de dorada flor?

Cantan primero al Padre

de todas las cosas, y luego

al resto de los Inmortales,

la acción de los Hombres.

MATTHEW ARNOLD, Empédocles en el Etna

Si alguna vez tienes la fortuna de visitar la hermosa tierra de Grecia, encontrarás un país hechizado por más de tres milenios de historias y de leyendas.

Imponentes montañas que bajan resbalando por empinadas laderas hasta el más azul de los azules mares. Y entre las montañas, valles adornados de verde y plata con las hojas de un millón de olivos, dorados de trigo al comienzo del verano y luego pardos y blancos cuando el ardiente sol todo lo seca. Hasta los anchos ríos se convierten en rumorosas corrientes que dudan por los lechos de piedras grises y amarillas.

En invierno y al comienzo de la primavera los montes se adornan de nieve, la bruma oculta las tierras altas y los ríos se vuelven torrentes que rugen hacia los grandes golfos y bahías: entrantes del mar que dividen Grecia en regiones aisladas con la misma contundencia con que lo hacen las montañas.

Al recorrer el territorio griego cuando termina la primavera, al dejar atrás las bulliciosas ciudades, retrocedes a los días antiguos. En las verdes cuestas que remontan hasta las elevadas cimas de los más altos picos: el Parnaso, el Taigeto o el Citerón, puedes sentarte e imaginar que retrocedes a la época en que no era extraño dar con un Inmortal arriba de un monte, entre los campos de olivos o en un valle solitario.

A lo lejos un cabrero toca su flauta para el rebaño, las mágicas notas flotan en el cálido silencio. Seguro que es Pan, mitad hombre y mitad cabra, protector de los primeros pastores.

Entre las hojas de olivo se vislumbran los restos de un templo con sus columnas grises, doradas o blancas. Cada montón de ruinas tiene su propia historia: leyenda o relato inventado, quién lo sabe, basado quizá en algún olvidado suceso.

Por el mar azul, con sus bandas del color del vino púrpura, se ven las islas esparcidas en la distancia. También ellas tienen algo que contar. ¿Será aquella Delos, tal vez? Nadie vive allí ahora, pero los vestigios de ciudades y templos, de puertos y teatros, salpican la costa y la cima de la colina en que nacieran Apolo, el Centelleante, y su hermana Artemisa, la Doncella Cazadora. ¿O puede que sea la abrupta y rocosa Ítaca? La isla de la que zarpó Odiseo hacia la guerra de Troya, y a la que volvió tras diez años de vagar por extraños mares preñados de quimeras.

Con la sobrecogedora belleza de Grecia como marco, no es de extrañar que los antiguos griegos creyeran que las montañas y los valles, los bosques y los ríos, el mismísimo mar, estuvieran habitados por Inmortales. Ninfas del bosque que bailaban entre los árboles, o ninfas del agua que se deslizaban en las rumorosas corrientes: hadas de tamaño humano que no morían y que tenían poderes vedados a los hombres. También ninfas marinas —sirenas, aunque no todas tuvieran cola de pez— y extraños seres de las ignotas profundidades tan crueles y feroces como el mismo mar cuando se desataba la tormenta. Y también un rey, más poderoso aun que las ninfas, el Inmortal llamado Poseidón, que surgía de entre las aguas en su carro tirado por caballos de blanca espuma, blandiendo su tridente: la lanza de tres puntas que era su cetro, el emblema de su poder.

En la tierra también había poderes Inmortales. Apolo, refulgente como el sol, señor a la par de la música y la poesía; Artemisa, la Cazadora, protectora de todas las cosas salvajes; el feroz Ares, el señor de la guerra, cuyo temible alarido resonaba en el fragor de la batalla, cuando volaban las lanzas y las espadas de bronce o hierro chocaban contra escudos y yelmos; Atenea, la Inmortal Señora de la Sabiduría; la amable Diosa Madre, Deméter, que hacía crecer el trigo y nacer a los jóvenes corderos, con su hermosa hija Perséfone, obligada a pasar la mitad del año en el Reino de los Muertos mientras el oscuro invierno se extendía sobre la tierra.

También estaba Afrodita, Señora Inmortal del Amor y de la Belleza, con su hijo Eros, que disparaba las flechas invisibles que desataban la pasión en los jóvenes pechos; estaba Hefesto, más diestro que ningún mortal forjando el bronce, el oro y el hierro, cuya fragua se hallaba en la isla de Lemnos, con un volcán como su horno-chimenea; estaba Hermes, el de alados talones, el veloz mensajero, más astuto que cualquier humano; y Dioniso, que insuflaba tal poder a las uvas que se podían fermentar en vino para gozo y descanso de la humanidad; y la tranquila Hestia, Señora del hogar y guardiana de su fuego, pues la lumbre era el corazón de la casa en los días en que no era fácil hacer brotar la primera llama.

Estos y algunos más eran los Inmortales, y grandes eran sus poderes, aunque también ellos estaban sometidos a leyes y tenían un señor que se las imponía. Y este no era otro que Zeus, el Rey del Cielo y de la Tierra, que blandía la centella y que era el padre de los Mortales y de los Inmortales. Su Reina era Hera, Señora del Matrimonio y protectora de los niños. Zeus tenía poder sobre todos los Inmortales, aunque rara vez lo ejercía sobre sus dos hermanos: Poseidón, Señor del Mar; y Hades, Señor de los Muertos, cuyo reino de sombras se extendía por debajo de la tierra.

Los «Dioses», llamaban los griegos a estos Inmortales, y los adoraban ofreciéndoles sacrificios en sus templos: a Zeus en Olimpia, a Apolo en Delfos, a Atenea en Atenas, y así con todos ellos. Cuando empezaron a contar sus historias, tenían una idea muy vaga de cuál podía ser su aspecto, y de forma natural los imaginaron parecidos a ellos mismos, aunque mucho más poderosos, hermosos y libres. Tampoco les resultaba extraño que dioses y diosas pudieran ser crueles o mezquinos, falsos, egoístas, celosos e incluso malvados, según nuestras propias ideas, tal como ellos mismos lo hubieran sido de haber disfrutado de sus prodigiosas facultades.

Otra cuestión es que los griegos de cada pequeño reino y ciudad, y de cada una de las islas, tejían su propia red de relatos, sin conocer las que se contaban al otro lado del mar o más allá de las montañas. Más tarde, cuando los aedos empezaron a viajar de lugar en lugar y la escritura se fue haciendo más común, la gente trabó contacto con los habitantes de otras partes de Grecia, percatándose entonces de que muchas historias no coincidían.

«Hera es la esposa de Zeus», proclamaban los habitantes de Argólide. «¡Tonterías!», replicaban los de Arcadia, «¡se casó con Maya y de su unión nació un hijo llamado Hermes!». «¿De qué estáis hablando?», protestaban los de Delfos o los de Delos, «¡Leto se llama la esposa de Zeus, y tuvo con ella dos hijos, Apolo y Artemisa!».

Y bien, solo había una solución posible para tanta confusión. Acordaron que Zeus debía haber tenido muchas esposas. Pero Hera, siendo la más importante de las Inmortales, era obviamente la auténtica Reina del Cielo y, como le hubiera sucedido a cualquier mujer en esas circunstancias, sentía unos celos terribles.

En aquellos primeros tiempos los griegos tenían varias esposas, igual que los habitantes de Egipto, o los de Turquía y la India hasta muy recientemente. Sin embargo en Grecia solía haber una única esposa legítima, las demás eran siervas, mujeres capturadas en la guerra que cada vez más eran consideradas como meras esclavas; bien tratadas, pero forzadas a hacer lo que se les ordenaba.

De esta forma no era difícil concebir a Zeus o a Apolo comportándose igual que Teseo, rey de Atenas; y por supuesto, ahí estaban los reyes de Asia, que siempre habían dispuesto de harenes bien surtidos. En Asia se encontraba Troya, y lo más normal era que el rey Príamo tuviera cincuenta hijos, siendo Hécuba, la reina de Troya, tan solo la principal de sus esposas.

Cada una de las pequeñas polis griegas, o ciudades-estado, tenía su propia familia real; y a cada una de ellas le gustaba hacer remontar sus ancestros hasta uno de los dioses. Lo mismo sucedía en Inglaterra hace mil años: a Alfredo el Grande le gustaba imaginar que descendía de Odín, que para sajones y daneses ocupaba el mismo lugar que Zeus había tenido en el panteón griego. De hecho, si atendemos a los cronistas medievales, ¡la propia familia real inglesa, hasta la soberana reinante hoy en día, puede trazar su ascendencia por una parte hasta Odín y por otra hasta Antenor, pariente del mismísimo rey Príamo de Troya!

¡Ciertamente Hera tenía motivos para estar celosa! Y bien que lo estaba —o por lo menos eso cuentan las historias— de las compañeras mortales de Zeus, quien parecía tener una amante en cada reino, ¡igual que se decía de los marineros y sus amores portuarios!

Los griegos no estaban aún muy civilizados cuando empezaron a elaborar sus relatos de dioses y diosas, por lo que dichas leyendas les parecían perfectamente verosímiles. Con el transcurrir del tiempo, y según iban progresando en su pensamiento y saber, algunos griegos empezaron a reflexionar sobre aquellas historias, y se dieron cuenta de que en realidad solo había un único Dios, un dios magnánimo y justo, mejor que el más bueno de los hombres.

Seguro que ese Dios no podía ser otro que Zeus, por lo que el mismo Zeus tenía que...



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