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Ihr Team von Sack Fachmedien
E-Book, Spanisch, Band 11, 164 Seiten
Reihe: Tiempo de Mirar
Greenhalgh La meditación y el arte de dibujar
1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-17308-73-5
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 11, 164 Seiten
Reihe: Tiempo de Mirar
ISBN: 978-84-17308-73-5
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Wendy Ann Greenhalgh reflexiona aquí sobre cómo el dibujo es capaz de crear una conexión profunda con nosotros mismos y con el mundo que nos rodea, y cómo puede ser algo tan natural como respirar. También nos revela cómo los artistas pueden redescubrir el placer lúdico del dibujo y cómo incluso aquellos que solo hacen garabatos pueden experimentar con ello un gran bienestar.
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SOLO DIBUJAR
Entonces, ¿cómo iniciar este sendero del dibujo con atención plena? La verdad es que probablemente hayamos dado ya con él a través de los garabatos, pues en esta práctica tan fácil se contienen muchas de las verdades profundas de la atención plena y el dibujo.
Sin embargo, la palabra «garabatear» hace que todo suene un poco desechable, ¿no? Tal vez no te suene igual la expresión «solo garabatear» que «solo dibujar». A lo mejor te parece algo menos zen, un poco más mundano. Pero no subestimes el garabatear solo por el nombre. Vayamos, en cambio, al corazón del potencial del garabateo haciéndole la misma pregunta que le hacíamos al dibujo. ¿Qué sucede cuando garabateamos? ¿Qué está pasando? La respuesta es que garabatear es dibujar sin ningún objeto concreto en mente, sin objetivo, sin aspiraciones. Es una especie de producción de trazos completamente instintiva, y como tal tiene algunas ventajas singulares, y mucho que enseñarnos acerca de la atención plena.
EJERCICIO DE DIBUJO
GARABATEAR CON ATENCIÓN PLENA
*
Probemos con un sencillo ejercicio de dibujo. Te sugiero que empieces a hacerlo durante unos cinco o diez minutos.
• Coge un papel de tamaño A4 y un lápiz o un rotulador. Siéntate cómodamente, sosteniendo el lápiz como harías de normal. Mantén la punta apoyada en el papel y cierra los ojos.
• Tómate unos momentos para centrarte en la sensación del lápiz entre los dedos. Esto es algo que hacemos casi todos los días: escribimos, apuntamos cosas, firmamos, pero muy rara vez prestamos atención a la sensación del lápiz entre los dedos.
• Prueba a ver si notas los diferentes lugares en los que el lápiz se apoya contra tu piel. ¿Descansa sobre un nudillo o sobre las almohadillas blandas de tus dedos? ¿Su superficie es áspera o suave? ¿Qué sensación te produce? Experimenta con el modo en que coges el lápiz. ¿Estás apretando, o lo sostienes de forma suelta y relajada? ¿Puedes aflojar o apretar el agarre para sentir que sigue bien apoyado pero aún así relajado?
• Empieza a hacer algunas formas simples en el papel, todavía con los ojos cerrados. Haz formas tan solo porque es agradable hacerlas. Tal vez sean círculos continuos o espirales, zigzags, líneas rectas, líneas curvas, formas geométricas, cualquier cosa está bien, ya sea una sola o una combinación de varias.
• Mantén los ojos cerrados y resiste la tentación de mirar. No intentes dibujar nada en particular: no estás dibujando a partir de la realidad ni a partir de tu imaginación, sino que solo estás haciendo garabatos, dejando trazos que te salen de forma instintiva y disfrutando.
• Cuando sientas que te estás cansando o aburriendo de dibujar de una manera, cambia y empieza a hacer algo diferente. Vuelve constantemente a la sensación de tu mano dibujando, rozándose con el papel, sosteniendo el lápiz. Sigue dibujando, sigue garabateando solo lo que te haga sentir bien, esas formas que de manera instintiva te salen.
Fuera de la cabeza y dentro del cuerpo
Hay dos cosas en especial que suceden cuando hacemos garabatos, que, en combinación, conforman una práctica de atención plena.
En primer lugar, liberada de la exigencia de que nuestro dibujo parezca algo concreto, e inmersa en la realización de algo agradable y natural, la voz que tenemos en nuestra cabeza, que podría empezar a hablar, diciéndonos que no sabemos dibujar, o que lo que estamos haciendo no está nada bien, resulta eficazmente silenciada. No hay nada a lo que nuestro crítico interior pueda agarrarse, porque el garabato tiene que ver con el proceso de trazar líneas, no con el resultado final. Nadie levantó nuestros garabatos en clase y declaro: «¡caramba, esto sí que no vale para nada!».
Así pues, como no hay ninguna manera irrefutable de juzgar ese tipo de imágenes abstractas, es mucho menos probable que nuestra cabeza, nuestra mente que piensa, se involucre en el proceso. De todas formas, puede que sí intente meter baza, con pequeños susurros del tipo de: «No lo estás haciendo bien». Si esto ocurre, lo mejor es que nos percatemos de esa vocecita que nos cuenta historias y le asintamos mentalmente a modo de reconocimiento: «Sí, ya te estoy oyendo, pero solo estoy garabateando, así que no tienes por qué meterte en esto ahora». Y luego puedes volver a tus garabatos.
La segunda cosa que garabatear hace por nosotros es traernos directamente de vuelta a la acción física de dibujar; después de todo, no hay nada más que esté ocurriendo. No estamos mirando nada en particular. No estamos copiando nada ni transportándolo al papel. Solo estamos trazando líneas. En el ejercicio anterior, te sugerí que prestaras especial atención a las sensaciones que tienes en la mano; claro que, si estás al teléfono, garabateando en los márgenes de una factura de electricidad, tal vez no seas consciente de esto de la misma manera. Pero lo cierto es que nuestra mano sigue dándole información a nuestro cerebro incluso cuando no somos conscientes de ello, y yo creo que muchas de las formas que hacemos cuando garabateamos de modo inconsciente son el resultado de nuestro disfrute subliminal del proceso físico de hacerlo.
Cuando practicamos la atención plena del dibujo, sin embargo, nuestro objetivo es hacernos más conscientes, estar más vivos ante la experiencia de trazar líneas y ante cómo nos afecta. Así que centrarnos en concreto en las manos puede resultar muy útil, y es algo a lo que volveremos una y otra vez a lo largo de este libro. Cada vez que dibujemos, ya sea porque estemos siguiendo un ejercicio, o solo porque hayamos salido a dar una vuelta con nuestro cuaderno de bocetos, nos beneficiaremos de tomarnos unos momentos de atención plena, tanto antes como durante el dibujo, para conectar con nuestra mano. Esto nos recuerda que dibujar implica el cuerpo entero, incluso la respiración, y no solo los ojos y las manos.
Un dibujo no es más que una línea que ha salido a pasear.
Paul Klee (1879-1940)
Tiempo perfecto
Con algunos de estos ejercicios de dibujo puede resultar útil ponerse un cronómetro. Si programamos una alarma no hará falta que estemos pendientes del reloj; puedes dejarte absorber por la actividad. Sin la alarma muchas veces podemos andar preocupados por el tiempo. ¿Hemos realizado la actividad durante suficiente tiempo? Parecen cinco minutos, pero cuando abrimos los ojos y escudriñamos el reloj ¡descubrimos que solo ha pasado un minuto! Y al preguntárnoslo y mirar, perdemos ese fluir, esa absorción en la actividad que es lo que perseguíamos.
Utilizar un temporizador reproduce también la experiencia de estar en un taller, y nos permite abrirnos a hacer las cosas de diferente manera, probando a realizarlas durante más o menos tiempo del que normalmente emplearíamos. Tal vez sintamos que nunca podríamos estar dibujando la misma cosa durante diez minutos, por ejemplo, pero luego nos sorprendemos (cuando suena la alarma) al ver que sí podemos, y no solo eso, sino que desearíamos haber tenido más tiempo. Asimismo, tal vez consideremos imposible dibujar el rostro de alguien en cinco minutos, ¡y luego descubramos que no lo hemos hecho nada mal!
Hay muchos temporizadores de atención plena gratuitos y Apps en internet, que podemos descargarnos en nuestro ordenador o teléfono. O podrías ponerte una alarma. ¿Por qué no intentarlo?
Despertar al cuerpo
Creo que mi primera experiencia realmente concreta de la naturaleza física de dibujar ocurrió en una escuela de verano a la que asistí antes de ir a la Facultad de Bellas Artes. Era la primera vez que trabajaba en un verdadero estudio de pintores, y el amplio espacio y el excelente maestro me animaron a salirme del folio A4 y trabajar a lo grande. Como ilustradora, e incluso cuando dibujaba por placer, me había acostumbrado a trabajar a una escala bastante reducida, y creo que se trata de una experiencia muy habitual. Nuestra decisión de dibujar en pequeño puede verse condicionada por muchos factores: por el hecho de trabajar en la mesa de la cocina, por ejemplo; por inseguridad (porque hace falta bastante confianza en uno mismo para hacer un gesto grandioso en nuestros dibujos); porque los cuadernos grandes de papel de dibujo pueden ser caros...
Sin embargo, aquel verano me animaron a pensar a lo grande, y el resultado fue una experiencia transformadora. Para entonces ya había empezado a practicar la atención plena, de modo que fui capaz de establecer conexiones entre lo que estaba pasando en el estudio y lo que pasaba cuando me sentaba a meditar. Un día el tutor pegó sobre una pared blanca una gigantesca cartulina sobre la que ya había marcas de pintura y carboncillo de una docena de artistas, y me invitó a lanzarme. Al principio lo hice solo por probar; nunca antes había dibujado a tan gran escala. A la superficie de mi mente emergieron dudas sobre mis capacidades. Me asaltaron miedos sobre si realmente sería capaz de hacerlo. Pero, una vez que hube empezado, cuando hice el primer trazo sobre aquel papel en blanco, con el mismo espíritu que un niño que salta por primera vez de lo alto de un trampolín, pronto empecé a disfrutar de tener tanto espacio. De pie, en lugar de en mi habitual postura sentada, pasé horas dibujando y pintando.
Mis trazos se fueron haciendo cada vez más grandes,...




