Grelon | Sidney. Los juegos olímpicos del año 2000 | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 118 Seiten

Grelon Sidney. Los juegos olímpicos del año 2000

Historia, competiciones y protagonistas de los Juegos del nuevo milenio
1. Auflage 2016
ISBN: 978-1-68325-110-1
Verlag: De Vecchi Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Historia, competiciones y protagonistas de los Juegos del nuevo milenio

E-Book, Spanisch, 118 Seiten

ISBN: 978-1-68325-110-1
Verlag: De Vecchi Ediciones
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El 15 de septiembre tuvieron lugar en el Estadio Olímpico de Sídney los XXVII Juegos Olímpicos, los últimos del milenio. Todos los países participantes esperaban obtener el mayor número de medallas posible. Las disciplinas deportivas son muchas y los equipos están cada vez mejor preparados. En sus páginas encontrará todo lo que necesita saber: una breve historia de los Juegos Olímpicos antiguos y de los modernos, fichas de las disciplinas olímpicas en las que se detalla el proceso de selección, las distintas modalidades y los equipos y deportistas que tenían más posibilidades de vencer. Además, encontrará la información necesaria sobre Sidney: las direcciones de las agencias de viajes oficiales, el importe aproximado de las entradas, las instalaciones deportivas en donde se realizaron las pruebas, el calendario de competiciones y, además, algunos recorridos turísticos por Australia. Sin lugar a dudas, esta es la guía que todo aficionado al deporte debe tener en casa. Bruno Grelon es periodista y redactor jefe de dos revistas deportivas. Está especializado en pedagogía del deporte y ha escrito numerosos artículos y libros. En Editorial De Vecchi ha publicado Curso de patinaje sobre ruedas y, en colaboración con Olivier Laurent, Las cometas.

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UNA HISTORIA MILENARIA


Los Juegos Olímpicos eran una de las fiestas nacionales más importantes de la Hélade. Su origen legendario se remonta a la noche de los tiempos y la historia nos cuenta que fueron consagrados al honor, siguiendo las palabras del oráculo de Delfos, por Iphitos, rey de Élide (región al noroeste del Peloponeso) hacia el año 884 a. de C. Este monarca instituyó la «tregua sagrada» en virtud de la cual cualquier hostilidad entre las ciudades helénicas debía suspenderse durante los meses en que se celebraban los Juegos. Dicha tregua era proclamada por unos heraldos de la paz que recorrían toda la península helénica. Los Juegos se celebraron desde entonces sin interrupción hasta el año 394 de nuestra era, momento en que el emperador cristiano Teodosio los prohibió por considerarlos paganos.

Si bien al principio sólo participaban los ciudadanos del Peloponeso, los Juegos adquirieron con el paso del tiempo gran renombre en toda la Hélade, a pesar de que ni las mujeres, ni los extranjeros ni los esclavos pudiesen participar. Sólo lo hacían los ciudadanos griegos de conducta intachable, puesto que cualquiera que hubiera cometido alguna infracción contra las leyes divinas no podía disputar los premios. Poco a poco, ante el éxito popular, la severidad de los comienzos fue disminuyendo. La extensión de las colonias griegas por Asia, África y Europa y el posterior sometimiento a Roma ofrecieron la oportunidad a diferentes atletas de estos países de tomar parte en estos Juegos. Y las mujeres, a quienes se les prohibía asistir bajo pena de muerte, pudieron disfrutar del espectáculo. La afición era tanta, que incluso dos emperadores, Tiberio y Nerón, participaron y obtuvieron sendas victorias, si bien se sabe que el segundo no dudó en sobornar a los jueces para que le designaran vencedor de la carrera de cuadrigas en la que participaba.

Representación, con la figura de Zeus o Poseidón, de un atleta a punto de lanzar la jabalina

Pruebas cada vez más numerosas

A la carrera a pie simple (con un recorrido de un estadio, es decir, 192,77 m), y después doble, se añadieron numerosas pruebas con el paso de los años: la lucha, el pentatlón (salto, carrera, lanzamiento de disco y de jabalina, y lucha), el pugilato, la carrera en cuadrigas, la carrera a caballo y el pancracio (ejecicio que combinaba la lucha y el pugilato). Las carreras eran muy diferentes a las actuales. Además de las estrictamente atléticas, había otras en las que los participantes, soldados hoplitas, corrían con sus pertrechos. En las de cuadrigas se empleaban, según la categoría, mulos de tiro, jumentos y caballos, si bien con el paso del tiempo se utilizaron tan sólo parejas o cuadros de caballería. La duración de los Juegos cambió a causa de la importancia creciente de las ceremonias y ejercicios, las cuales, si en un principio se desarrollaban en una única jornada, llegaron a durar cinco días en la celebración de la 77.a convocatoria.

El premio que se concedía al vencedor era modesto. Consistía en una corona de olivo a la que se añadía una rama de palmera como símbolo de la victoria. Con todo, a menudo se erigían estatuas en honor de los vencedores y su éxito era considerado un título de gloria, no sólo por sus familiares, sino también en sus ciudades natales, donde se les concedían casi siempre privilegios más o menos importantes.

Uno de los gestos más representativos de los Juegos Olímpicos: el lanzamiento de disco (Discobolo, de Mirón; siglo v a. de C.)

Los Juegos Olímpicos modernos

A finales del siglo xix, a raíz del descubrimiento del emplazamiento de Olimpia y de las excavaciones arqueológicas que allí se llevaron a cabo, algunos apasionados del deporte, liderados por el barón francés Pierre de Coubertin, tuvieron la idea de formar un gran movimiento internacional que acercase a los pueblos y afianzase sus buenas relaciones gracias a las competiciones deportivas. Sin embargo, el primer encuentro en la Sorbona con otros colaboradores fracasó. Pierre de Coubertin no cejó, y en 1894 consiguió reunir a 2.000 representantes de 14 países y los convenció de la importancia de su proyecto. Se constituyó un Comité Olímpico Internacional formado por 15 miembros que se encargó de la organización de la primera edición de los nuevos Juegos Olímpicos, celebrada en Atenas en 1896.

En el estadio panatenaico de la capital griega, construido siguiendo los cánones clásicos y respetando su forma semielipsoidal, compitieron 293 deportistas venidos de 13 países ante 50.000 espectadores. El programa incluía 43 disciplinas deportivas repartidas entre las categorías de atletismo, lucha, halterofilia, gimnasia, natación, tiro, ciclismo y esgrima. Los jóvenes estadounidenses dominaron las pruebas de atletismo, mientras los griegos se consolaban de sus escasos resultados en esgrima y tiro con la victoria en el maratón.

Los primeros pasos fueron difíciles. Los Juegos de París (1900) y San Luis (1904) se convirtieron en instrumento de propaganda política y comercial, ya que los gobiernos de los países participantes encontraron en ellos la tribuna ideal para sus reivindicaciones nacionalistas. Por si fuera poco, la acogida no fue demasiado calurosa por parte del público. En la segunda edición, los Juegos se celebraron al mismo tiempo que la Exposición Universal, por lo que fueron relegados a las afueras.

A pesar de las dificultades iniciales, el olimpismo atrajo a un público cada vez más numeroso. El deporte dejaba de ser un mero pasatiempo y comenzaba a convertirse en un nuevo y gran espectáculo de masas.

El regreso del olimpismo

A comienzos de los años veinte, en una Europa en plena reconstrucción tras la primera guerra mundial, el mundo del deporte no había encontrado todavía su verdadero lugar. Pero durante esta década, los Juegos Olímpicos se convirtieron rápidamente en el punto de mira. El gusto del pueblo por los espectáculos atléticos fue pronto aprovechado por los nacionalismos exacerbados, que estaban en pleno desarrollo y que supieron sacar partido a los resultados de sus participantes. En 1920 el olimpismo experimentó una cierta recuperación gracias a los Juegos de Amberes y, cuatro años más tarde, a los Juegos de Invierno celebrados en Chamonix. En la ciudad belga se instauraron las primeras ceremonias como la colocación de la bandera olímpica y el desfile de los atletas. El esgrimista belga Victor Bouin pronunció estas palabras: «En nombre de todos los participantes, prometo que nos presentamos a los Juegos Olímpicos en leal competencia, con ánimo de respetar los reglamentos que los rigen y el deseo de participar del espíritu caballeresco, para mayor gloria del deporte y el honor de nuestros equipos».

A estos siguieron los de París en 1924 y, cuatro años más tarde, los de Amsterdam, con una participación creciente de naciones y atletas en cada cita. El éxito fue inmenso y llegó a tales cotas que los vencedores fueron elevados a la categoría de héroes y, algunos de ellos, llegaron a ser inmortalizados en el cine.

Los Juegos son una gran fiesta popular que atrae a cientos de miles de espectadores

Un espectáculo popular

Durante la década anterior a la segunda guerra mundial, el deporte dejó de ser un simple encuentro lúdico para pasar a ser un acontecimiento social y político, un trampolín para los medios de comunicación y un fenómeno psicosociológico. Los Juegos de Los Ángeles, celebrados en 1932, no acusaron demasiado la falta de asistencia de buena parte de las selecciones europeas y se saldaron con un resultado encomiable: 116 récords batidos. Cuatro años más tarde, Berlín acogía con grandes fastos a unos 4.000 participantes venidos de 49 países en una celebración deportiva que Hitler supo utilizar como instrumento de su propaganda.

La lucha del Comité Olímpico Internacional (COI) y de algunas federaciones nacionales, preocupados porque las grandes competiciones se vieran invadidas de profesionales, estaba perdida antes de empezar. La respuesta del público frente a los espectáculos deportivos crecía irremediablemente. Exigían más esfuerzos, más competiciones y mejores marcas en cada cita y estaban dispuestos a pagar por ello. Por otra parte, sólo una preparación física intensiva permitía alcanzar los objetivos, cada vez más ambiciosos, de los héroes del deporte.

El regreso de la paz trajo, en 1952, otra rivalidad, la de los soviéticos, que participaban por primera vez en los Juegos Olímpicos de Helsinki y que obtuvieron casi los mismos resultados que los norteamericanos, ya que los dos equipos consiguieron respectivamente 71 y 76 medallas. Australia se reveló como un continente maravilloso para el espíritu olímpico, hasta el punto de que con motivo de la ceremonia de clausura de 1956 en Melbourne, los atletas rompieron el desfile para mezclarse en una...



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