E-Book, Spanisch, 444 Seiten
Griffin Mujer y naturaleza
1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-19362-33-9
Verlag: Plankton Press
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
El rugido en su interior
E-Book, Spanisch, 444 Seiten
ISBN: 978-84-19362-33-9
Verlag: Plankton Press
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Susan Griffin escribe ensayos atípicos, poesía, teatro y ha ganado un Emmy al mejor guion por su obra Voices. Pasar su infancia en California, entre el valle de San Fernando y el desierto de Mojave, la conectó con el ecologismo e impulsó su vertiginosa forma de expresarse. Susan fue profesora adjunta en varias universidades y hoy imparte talleres de escritura creativa. Su obra se ha traducido a más de doce idiomas y fue nominada al premio Pulitzer por A Chorus of Stones: The Private Life of War. En la actualidad vive en Berkeley donde, cuando empieza a escribir, nunca sabe realmente en qué se convertirá su idea.
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Prefacio
por Azahara Palomeque
It is written that the meaning
of woman is to be meaningless.
«Se escribe que el significado de la mujer es ser insignificante». Esta afirmación punzante, abrasiva, se encuentra clavada en la obra que la lectora tiene entre las manos, y condensa, de alguna manera, la inteligencia de su autora. El tono impersonal, para el que emplea una voz pasiva que evoca la autoridad patriarcal, nos remite a la legitimidad contenida en la lengua escrita, esa de la que suele carecer la oralidad. El juego de palabras en torno al verbo «significar» demuestra una sensibilidad poética que va a ser omnipresente, utilizada como herramienta de cuestionamiento y desestabilización del lenguaje hegemónico. La mujer, como categoría, ente colectivo y antiespecista, actúa en todo momento en el papel de protagonista de una historia de opresión, discriminación y muerte que necesita ser revertida.
Susan Griffin (Los Ángeles, California, 1943) es una artista de aquello que puede ser construido apenas con vocabulario, es decir, el mundo entero, y este libro magistral al que se le ha atribuido nada menos que haber lanzado el ecofeminismo en Estados Unidos, a partir de su publicación en 1978, lo prueba con creces. Por qué llamamos «carne» a lo que son animales domesticados, cazados, para alimentarnos; en qué momento la Tierra se transforma en una entidad silenciada para referirnos a territorios o terrenos; qué oculta la «madera» sino un asesinato de árboles; cuándo una mujer no fue tal, sino cuerpo despiezado: la piel, el cabello, el pecho, la vulva o el útero. El acto de nombrar, alerta Griffin, es un ejercicio de poder, y se vuelve imprescindible deshilachar esa madeja histórica para, como alegaba Foucault en 1969, hacer arqueología del saber. Pero, a diferencia del filósofo francés, Griffin se adentrará en un proyecto tan ambicioso como rico en referencias culturales, tejido mediante prosa poética, pues la pensadora es consciente de que la poesía también conforma el código de la música, del baile y el cuerpo, y su objetivo primordial clama el fin de la maliciosa dicotomía naturaleza contra cultura, o cuerpo contra alma, que tanto daño ha causado en nuestras sociedades. El atrevimiento, gozoso de leer y, a la vez, enriquecedor para nuestras cabezas reflexivas, bien merecía una primera edición en español.
Maldito dualismo
Griffin no es socióloga ni historiadora, sino poeta, pero una muy especial que consigue amalgamar la armonía del verso incisivo a partir de numerosos recursos lingüísticos, en su mayoría procedentes de las vanguardias, como el empleo de los ritornelos, la alternancia de voces en apariencia contradictorias, el flujo de conciencia y hasta el caligrama, con un análisis de las concepciones hegemónicas de la Historia (con mayúscula) y la naturaleza y, con ello, del racismo y el machismo estructurales, en un texto que podríamos considerar un palimpsesto. Capa sobre capa, se va adivinando una intertextualidad que la autora no disfraza (su bibliografía es amplísima), aunque tampoco alardea de ella: Mujer y naturaleza no guarda más pretensiones enciclopédicas que amor por la artesanía lírica. Para descifrar el jeroglífico debemos, quizá, remontarnos a la filosofía griega, concretamente a Platón, y luego emprender un viaje apasionante por el cristianismo, las devastadoras hazañas colonizadoras, hasta llegar a la revolución industrial y, finalmente, nuestros días. Griffin entiende que la división entre la materia, las cosas vivas que podemos oler y tocar, y el mundo de las ideas al que es imposible acceder encerrados en la caverna platónica fue, de manera progresiva, dando lugar a esa partición entre el cuerpo y el alma, donde a la mujer le tocó estar más cerca del primero.
Así, nos dice que Dios no es corpóreo, pero paradójicamente «él es la realidad última». Esta aparente incongruencia ontológica culminará en lo que ha venido a llamarse «dualismo cartesiano» a partir de la máxima del filósofo René Descartes contenida en su Discurso del método (1637): «pienso, luego existo». El raciocinio pasa a configurarse como característica esencial de lo humano, y será esta premisa la que inaugure la ya manida Ilustración, nuestra era de las luces. El problema, advierte Griffin, es que eso conllevaba la relegación a un segundo plano no solo de la naturaleza —ente exterior juzgado como surtidor ilimitado de recursos y susceptible de ser dominado por el supuesto homo sapiens—, sino de millones de criaturas asimiladas a dicho universo natural: las razas «otras», las mujeres, los animales, carentes tradicionalmente de razón. En este sentido, por el ensayo lírico van transcurriendo hitos como el desarrollo de la ciencia: mecanismo para cuantificar y, por ello, controlar una Tierra traducida a leyes naturales inamovibles; o como la esclavitud, que ponía a disposición de los adalides de la Civilización a pueblos enteros. Como el machismo, la misoginia, el desprecio a una mujer atravesada de cuerpo: fertilidad última para servir al hombre, especialmente el hombre blanco. Lo admirable es que la autora no necesita recurrir a la redacción de un tratado para deslumbrarnos con su sabiduría. Lo va soltando todo en cápsulas, en gritos silenciosos o perlas metafóricas: conocemos que la Biblia describió a Eva como surgente de una costilla de Adán, mero complemento, que Darwin estudió la evolución de las especies y la mujer resultó menos evolucionada que sus compañeros, que los «descubrimientos» coloniales se produjeron a costa de reducir a las gentes nativas.
La Historia Otra
De aquí surgiría una Historia ya canónica cuya periodización merece ser sacudida: ¿por qué lo llamamos Modernidad, progreso, si se condenó a una mayoría de los habitantes del planeta a la ignominia y el sometimiento? ¿No será que alguien se equivocó al nombrar y precisamos construir otros lenguajes? ¿Cuánto dolor causó el antropocentrismo, el darwinismo o incluso el psicoanálisis? Ante esta última y dudosa disciplina, Griffin se rebela: contra la histeria, contra la noción de mujer como macho castrado, contra la criminalización de nuestra sexualidad. Pero, ¡ah!, lejos de articularlo como un libro iconoclasta, demoledor de epistemologías tiránicas, pirómano de saberes anteriores, ella elabora, teje, arcilla y compone para que no nos devore el vacío. Frente a la voz pasiva refleja del «se escribe», «se dice», como espejo de una jerarquía donde la masculinidad ocupa los primeros lugares, va naciendo otro hablar que inaugura sujetos políticos, un «nosotros» femenino que reivindica su tiempo y espacio. Durante la primera y la segunda parte, su enunciación es tímida, a veces parentética, breve… A partir de la tercera parte, «Camino», ella y ellas son las que enarbolan otra narrativa, igualitaria y respetuosa, y ahí se tambalean los cimientos del aprendizaje bajo las cadenas cognitivas imperialistas, racistas, androcéntricas… Las etapas históricas podrían, por lo tanto, trazarse con las marcas delineadoras de la primera violación de una mujer, o del día que nos prohibieron leer, o de los siglos durante los cuales no tuvimos derechos —argumenta—. Podríamos defenestrar las lógicas teleológicas del marxismo, su confianza en la lucha de clases como motor del progreso, o la supervivencia del más apto aplicada al capitalismo —avisa—. Podríamos las mujeres ser agentes productores de conocimiento y, además, no renunciar a danzar con los árboles, con el viento, como augura uno de los últimos poemas. Podríamos, finalmente, reconocer de una vez que estamos hechas y hechos de esta Tierra, y que la Tierra se fertiliza con nuestros órganos y sangre.
Periodizar a la contra es lo que hace Griffin, desde un pensamiento heredero de los años sesenta del siglo xx, momento en que, como examinó Fredric Jameson, los nativos del mundo se levantaron y se convirtieron en seres humanos. Mujer y naturaleza bebe de ese tramo de temporalidad tan convulso que ha sido categorizado como la cuna de lo que hoy se entienden como identidades: entre los nativos se encontraban comunidades indígenas y naciones colonizadas —recuérdense las guerras de independencia en África, por ejemplo—; el activismo negro dentro de Estados Unidos que, en el contexto de las luchas por los derechos civiles, consiguió victorias como la aprobación de la ley del voto (1965), el feminismo en pie en figuras del calibre de bell hooks o Simone de Beauvoir, el Mayo del 68 francés, la Revolución cubana y sus grandes hitos en política exterior —denunciar el imperialismo del gigante del norte, cortar lazos— o en políticas sociales —eliminar el analfabetismo en poco más de un año—, etcétera. Este es el espíritu que recorre las páginas que la lectora tiene en las manos, aunque fuesen escritas en la década de 1970.
Brujas renacidas
En el nuevo paradigma que pretende inaugurar Susan Griffin, las brujas que fueron injustamente condenadas a la hoguera, asesinadas, calcinadas durante la Edad Media, renacen. Si se me permite una reapropiación del término, lo cierto es que este ensayo está lleno de ellas (de nosotras), y las gotas de sus pócimas y ungüentos van llenando el texto en forma de citas. Poco a poco, Griffin rinde...




