E-Book, Spanisch, 324 Seiten
Reihe: Surcos
Grün Nadie vive solamente para sí mismo
1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-1063-111-3
Verlag: Editorial Verbo Divino
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Experimentar la conexión, reforzar la convivencia
E-Book, Spanisch, 324 Seiten
Reihe: Surcos
ISBN: 978-84-1063-111-3
Verlag: Editorial Verbo Divino
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
P. Dr. Anselm Grün OSB nació el 14 de enero de 1945 en Junkershausen, Alemania. Su niñez la pasó en Munich, Baviera. Allí ayudaba en la tienda de artículos eléctricos de sus padres, vendiendo bombillas (focos) y linternas. Al cumplir 19 años decide ser monje benedictino en la Abadía Münsterschwarzach cerca de Würzburg. Meditando la regla de San Benito de Nursia aprende el difícil arte de guiar y acompañar personas. Descubre, en los años setenta, la rica tradición de los antiguos monjes y la complementa con los conocimientos de psicología moderna, dándose cuenta de que la tradición monacal no ha perdido nada de su actualidad e importancia para las personas hoy. Desde 1977, después de haber completado sus estudios en filosofía, teología y administración de empresas, es administrador de la Abadía Münsterschwarzach y responsable de casi 300 empleados que trabajan en 20 empresas dependientes de la Abadía. En muchos cursos y ponencias, el P. Anselm busca respuestas a las necesidades y preguntas de la gente. Así se convirtió en guía espiritual de muchas personas, sobre todo de los altos directivos de la vida económica en su país. El P.Grün ha escrito más de 60 libros y está entre los autores cristianos más leídos de nuestro tiempo.
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Para entender la Escritura
Carta n.º 1
3 de octubre de 2022
QUERIDO PASCUAL:
Roma me ha acogido con los incipientes colores del otoño que la hacen aún más bella, despojada ya de los rigores del verano y preparada para ofrecer unos atardeceres únicos.
Siguiendo tu deseo, uso tu nuevo nombre de bautismo, Pascual, el que recibiste en la memorable vigilia del domingo de Resurrección de hace unos meses. Ya aquella noche, en medio de la alegría de tu nueva condición de cristiano, de criatura nueva, me confesabas tu tristeza porque las esperadas catequesis sobre la Biblia tenían que posponerse por el año de investigación en el extranjero que ahora comienzo. No supe qué responderte en aquel momento. Tal vez te dije que siguieras leyendo la Escritura con esa avidez e interés que tanto te caracterizan. Pero acusé el golpe y desde entonces no he olvidado esa mirada tuya que me pedía seguir acompañándote.
Hace unos días, mientras leíamos las cartas de san Pablo en la liturgia, me asaltó este pensamiento: si el apóstol usa el género epistolar para seguir comunicándose con las comunidades que ha engendrado en la fe, ¿por qué no podemos nosotros seguir su ejemplo? La pasión por comunicar a Cristo lo impulsaba a viajar por todo el Mediterráneo, mientras que la caridad por las iglesias que había fundado le llevaba a escribirlas continuando el camino educativo.
Por eso me he decidido a escribirte, prometiéndote una carta semanal en la que podamos afrontar algún pasaje de la Escritura, algún texto de difícil interpretación, al hilo de tus preocupaciones o de las mías, al hilo de la liturgia o de los acontecimientos de la actualidad.
Recuerda siempre esa expresión de san Agustín que tan certera te pareció cuando la escuchaste por vez primera: In manibus nostri sunt codices, in oculis nostri facta (en nuestras manos tenemos los códices, en nuestros ojos los hechos). El códice que tienes en tus manos, la Biblia, resulta incomprensible si tus ojos no pueden ver, hoy, los mismos hechos que en ella se narran. Los evangelios no nacieron para comunicar la buena noticia a los paganos. Eso lo hacían los cristianos con su vida y su palabra. Se escribieron para ser leídos en la liturgia, de modo que los creyentes pudieran conocer hasta el detalle los rasgos de aquel Jesús con el que se habían encontrado a través de Pablo, de Pedro, de Juan, de Felipe, y pudieran entender el origen de todo el mundo excepcional que vivían.
La vida nueva que los primeros conversos experimentaban encontraba razón en aquellos códices (probablemente rollos en los primerísimos años): era el Espíritu de Cristo muerto y resucitado, de aquel Cristo que describían los evangelios, el que estaba en el origen de todos los milagros de los que eran testigos. El que había recorrido los caminos de Galilea y Judea unos años antes, seguía presente «con ese poder que actúa entre nosotros», como dice san Pablo en su carta a los Efesios (Ef 3,20).
El mismo Pablo fue testigo de la resistencia de los paganos a atender a lo que dicen los códices sin tener delante los hechos que narran. Culminando su predicación en el areópago ante los gentiles, Pablo anuncia la resurrección de Cristo de entre los muertos. Hasta ese instante lo habían escuchado, tal vez con atención. Pero anunciar la vuelta a la vida de un muerto desbordaba los límites de la imaginación y de lo plausible. Por ello sus oyentes dejaron de escuchar y consideraron su discurso no atendible.
Sin embargo, para el lisiado de la puerta hermosa, que pedía limosna a la entrada del templo de Jerusalén, fue fácil confesar al Mesías Jesús: era el nombre que Pedro y Juan le ponían en la boca como origen de la curación que ellos mismos habían realizado. Así sucede hasta el día de hoy. No te separes de la vida nueva que has encontrado en la Iglesia. Cuanto más cargados estén tus ojos de hechos prodigiosos, más nostalgia sentirás de acudir a los evangelios a conocer los rasgos de ese Jesús que se mueve «con ese poder que actúa entre nosotros». Y al revés, podrás leer y entender los evangelios y el resto de la Biblia si lo que encuentras escrito sigue aconteciendo hoy, delante de tus ojos. Del pasado al presente, del presente al pasado.
La próxima semana empezaremos por el principio: bereshit bará’ ’elohim ’et hashamayim we’et ha’aretz («En el principio creó Dios los cielos y la tierra»).
Un abrazo.
En el principio...
Texto de referencia: Génesis 1–11
Carta n.º 2
11 de octubre de 2022
QUERIDO PASCUAL:
La semana pasada te dije que empezaríamos por «el principio». En realidad, es lo primero que uno se encuentra cuando abre la Biblia: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Gn 1,1). Si quisieras empezar por la segunda parte de la Biblia, es decir, por el Nuevo Testamento, te encontrarías con el mismo inicio. El evangelista Juan quiso empezar su obra parafraseando la apertura de Génesis: «En el principio era la palabra» (Jn 1,1). En realidad, los dos inicios dicen lo mismo, sobre todo si traducimos al pie de la letra las palabras de Génesis:
En el principio del crear Dios los cielos y la tierra, la tierra estaba informe y vacía; la tiniebla cubría la superficie del abismo, y el espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas, dijo Dios: «Exista la luz» [...].
Así traducido, la primera acción de Dios es la palabra, una palabra creadora. Justo lo que dice Juan: «en el principio era la palabra [...] por medio de ella se hizo todo». La gran novedad que nos anuncia Juan es que esa palabra se ha hecho carne y ha puesto su tienda entre nosotros (Jn 1,14)... «y yo me he topado con ella», podrías añadir tú, haciendo memoria de aquel primer día que marcó tu historia. Pero volvamos al inicio.
Si un día se te ocurriera interrumpir a tu profesor de biología, mientras explica la teoría de la evolución, y en pie declamaras los dos primeros capítulos del Génesis (la historia de la creación), se crearía, no me cabe duda, un silencio embarazoso entre tus compañeros de Biotecnología. Supongo que tu profesor te miraría con una mezcla de asombro y perplejidad, o tal vez te regalara una de sus sonrisas lacónicas en la que podrías leer: «¡¿Cómo es posible tanta ingenuidad?!». Esta escena dice de un equívoco que ha creado muchísimos problemas en el último siglo y medio y que todavía pervive entre nosotros.
Tal vez tengas en la cabeza la película de Stanley Kramer, La herencia del viento, protagonizada por un espléndido Spencer Tracy en el papel de un abogado que defiende a un profesor acusado de minar la fe en la Biblia de sus alumnos. El profesor no daba clase de religión: explicaba las teorías de Darwin en clase de Ciencias Naturales. En 1925 el estado de Tennessee lo llevó a juicio por ir contra una ley que prohibía negar lo que dicen los primeros capítulos del Génesis. El fundamentalismo americano de fines del siglo XIX y principios del XX libró muchas batallas en defensa de una lectura literal de la Biblia... que no han ayudado mucho a este libro.
Pero, ¿de verdad que los primeros capítulos del Génesis son incompatibles con la teoría de la evolución o con la teoría del origen del universo o big bang? Volviendo a los ejemplos del cine, yo respondería: tanto como la ley de la gravedad es incompatible con la película Mary Poppins. Me explico. Nadie denuncia a Walt Disney porque enseña cosas contrarias a la realidad, como que las institutrices vuelan con la ayuda de un paraguas. ¿Por qué? Porque Mary Poppins es una película para niños (¡aunque la disfrutamos los adultos!): ese es su «género literario».
Del mismo modo, toda obra escrita se presenta con un cierto género literario y exige al lector situarse en ese marco para entenderla de forma adecuada. Si tú abres un libro que comienza con la frase: «Érase una vez, hace mucho tiempo, en un país lejano...», después puedes leer cosas como «un hada madrina», «el gato le respondió», «llegó con su caballo alado» o «descendió por la chimenea», sin que te cree el más mínimo problema. Ahora bien, si en un periódico del día (o en el telediario) lees: «Madrid, 11 de octubre, Europa Press: Fuentes cercanas a la Moncloa aseguran haber visto un elefante volando [...]», te quedarás helado, tal vez verificando que la fecha del periódico sea la de hoy y no la del 28 de diciembre... día en el que se permiten otros géneros dentro de un diario. En el primer caso estamos ante el género literario «cuento infantil» o «fábula». En el segundo estamos delante de una «noticia» de periódico.
En el libro de Génesis existe una drástica división entre los once primeros capítulos (la creación, Adán y Eva, Noé y el diluvio, la torre de Babel...) y lo que sigue a continuación, que comienza con la llamada a Abrahán en el capítulo 12. Solo a partir de este último capítulo la Biblia tiene la pretensión de hablar de algo que tiene que ver con la historia, es más, por vez primera se sitúa una narración en el espacio (Ur de los Caldeos, Jarán, Canaán, Egipto) y en el tiempo (Egipto faraónico, primera mitad del segundo milenio a.C.). Por el contrario, en los once primeros capítulos no existe interés alguno por contar una historia situada espacio-temporalmente. Estos capítulos pertenecen al género narraciones etiológicas, es decir, creaciones literarias a través de las...




