Grün | No desaproveches tu vida | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 200 Seiten

Reihe: Surcos

Grün No desaproveches tu vida


1. Auflage 2015
ISBN: 978-84-9073-151-2
Verlag: Editorial Verbo Divino
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, 200 Seiten

Reihe: Surcos

ISBN: 978-84-9073-151-2
Verlag: Editorial Verbo Divino
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



'Quien desaprovecha una ocasión deja escapar algo importante. Deja escapar la vida, porque no se ajusta a lo que piensa. Veo frecuentemente a personas que desaprovechan la vida, porque sencillamente no encaja con lo que piensan. Pero por mucho que esperen, nunca encontrarán lo que se ajusta a sus expectativas. Siempre hay que dejar algo. Y porque la vida no coincide con lo imaginado, se la deja pasar. Así se renuncia a jugar el juego mismo de la vida. Es importante para mí mostrar un camino para tener constantemente el valor de arriesgar nuestra vida. Intento encontrar este camino en el comportamiento de Jesús, en su actitud interior, en sus palabras y en sus acciones. Él es para mí alguien con una personalidad llena de fuerza. Vivió su vida de verdad. Arriesgó su vida por nosotros. Dio todo de sí, y pagó con la vida su misión. Pero precisamente por eso es un desafío para que nosotros arriesguemos nuestra vida, para que nos liberemos de la pasividad del desaprovechamiento y asumamos la vida como auténticos protagonistas.' Anselm Grün nos enseña en este libro cómo podemos superar nuestras dudas y temores, y asumir con determinación los riesgos que implica vivir. Nos anima a traspasar los límites y a aprovechar con valentía y alegría cada instante de nuestra vida.

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BUSCAR LA PROPIA SEGURIDAD


Un maestro japonés de zen me contó la experiencia que tuvo con unos jóvenes que habían acudido a él para reflexionar sobre el modo de planificar su vida. Quedó aterrorizado al escucharles hablar. En lugar de arriesgar la vida y comprometerse en una profesión, le expresaron todas sus inquietudes: el mundo no es seguro. Si me meto en esta empresa, ¿quién me pagará la jubilación? Aunque eran jóvenes, ya estaban pensando en la jubilación, en lugar de embarcarse en la arriesgada empresa de la vida.

Ciertamente, se trata de un ejemplo extremo, pero he comprobado que algunos jóvenes dan más prioridad a la duda que al valor de arriesgar algo. Una mujer me contó que un estudiante de veintiséis años se había hecho ya un seguro de defunción para garantizarse una sepultura en el cementerio de su ciudad. Esta mujer le animó a que pensara más en vivir su vida que en hacerse ese seguro. Pero a él le sorprendía que los demás no se hubieran hecho aún ese seguro. Pensaba ya en el final, pasando por alto su vida.

Las dudas se extienden a diferentes ámbitos, y entre ellos destaca el miedo a no estar suficientemente preparado para la vida. De ahí la necesidad de formarse antes en una u otra carrera. Entre todas las ofertas que existen para formarse bien, no se termina nunca.

Hay personas que aún siguen formándose con cuarenta años y que nunca han trabajado de verdad. Se han saltado una fase importante de su vida. Creen que cuando acaben de formarse se pondrán a hacer algo con ímpetu, pero albergo mis dudas cuando oigo decir eso. A menudo, nunca empiezan a hacer algo. Están en formación permanente y se habitúan tanto al perfeccionamiento que no pueden comprometerse en un trabajo concreto.

En ciencias empresariales se habla de input (entrada) y output (salida), es decir, que algo tenemos que invertir en la empresa para que salga algo. Esto también es aplicable a nuestra vida personal. Debemos aprender a admitir algo en nosotros para que después pueda surgir algo de nosotros. Sin embargo, tengo la impresión de que algunos se atragantan de puro input. Siempre necesitan más y más información. Se sientan ante el ordenador y exploran a fondo Internet buscando informaciones interesantes, pero por mucha información que tengan, nunca llegan a asumir su protagonismo y forjar este mundo.

Su sed continua de conocimientos, de informaciones y de seguridad se expresa también en su forma de pensar: creen que necesitan aún este o aquel perfeccionamiento. Cada vez me encuentro con más personas que desaprovechan la vida por su deseo de perfeccionamiento. Sus perfeccionamientos no les han ayudado a que fluya su vida. Su vida no da ningún fruto. De tanto regar, ahogan a las plantas, en lugar de hacerlas crecer.

Yo no puedo vivir únicamente de informaciones. La vida solo se mantiene en equilibrio si hay una correspondencia recíproca entre input y output. Si nunca sale nada de mí –o si dedico muy poca energía a mi vida–, entonces bloqueo la duración de la energía en mi interior. Veo personas que continuamente están enfermas. ¿Por qué? Porque la energía que no puede fluir hacia fuera termina volviéndose contra ellas.

La seguridad excesiva tiene también grandes desventajas en la práctica. Si uno se forma demasiado, le resultará difícil encontrar un empleo en el mercado laboral, pues está demasiado cualificado. Nadie le contratará, sencillamente porque tiene una cualificación excesiva. El empleador temerá tener que pagarle un sueldo elevado por una actividad que no vale tanto. Y, así, personas que poseen muchos títulos se ven en una situación contraria a la que se imaginaban. No encuentran ningún puesto de trabajo y desaprovechan de nuevo mucho tiempo buscando un empleo adecuado.

A veces, en el fondo de este perfeccionamiento permanente se encuentra una imagen exagerada del yo o, al contrario, una falta de confianza en uno mismo. Algunos se sienten demasiado buenos para los trabajos normales. Tienen un ego tan elevado que no pueden dejarse involucrar en la medianía de la vida. Se sienten directores de departamento y ya de entrada se niegan a hacer los trabajos más sencillos para de este modo ir ascendiendo. Otros necesitan un perfeccionamiento tras otro porque no se encuentran nada capacitados. Piensan que mediante el perfeccionamiento serán capaces de llevar a cabo este o aquel trabajo, pero esta actitud solo aumenta el miedo a no estar, pese a todo, a la altura de las exigencias de ese trabajo.

Solo puedo encontrar un empleo si reúno la suficiente humildad para comprometerme inicialmente con trabajos de poca monta. Si me comprometo, puedo cambiar mi trabajo, aportar nuevas ideas y ascender a un empleo «más importante». En el evangelio de Lucas, Jesús lo expresa así:

«Quien es de confiar en lo pequeño, también lo es en lo grande, y quien es injusto en lo pequeño, también lo es lo grande» (Lucas 16,10).

Todas las empresas quieren probar primero a sus empleados en lo pequeño antes de confiarles tareas más grandes e importantes.

Otros tienen miedo a agobiarse con una determinada profesión o un determinado trabajo. Quieren asegurarse de que no van a quemarse si aceptan ese trabajo. Cuando queda trabajo por hacer, lo primero que piensan es si no será demasiado para ellos. Algunos hacen los cálculos inmediatamente: «Esto supone el 40% de mi volumen de trabajo, y lo otro, el 60%. Por consiguiente, no puedo cargarme más». Se aseguran de que no se les exija por encima de sus límites, pero así nunca descubrirán sus capacidades. Marcan demasiado pronto los límites en los que quieren vivir, y así jamás saldrán de ellos. Su vida girará siempre dentro de esos estrechos límites que ellos mismos se han fijado.

Y es que, de entrada, no sé cuáles son mis límites si no los he sobrepasado. Recuerdo que cuando asumí la responsabilidad de la administración de la abadía no me pregunté si era demasiado trabajo. Simplemente, quería echar una mano. Quería poner algo en movimiento. Quería, en primer lugar, probar mis fuerzas, para descubrir en cualquier momento mis límites y admitirlos. Mi lema era: primero, darme rienda suelta antes de empezar a discernir qué es verdaderamente importante y qué puedo dejar. Solo después de darme rienda suelta podré fijar mejor los límites.

Evidentemente, es importante fijar unos límites. El que trabaja sin mesura se verá envuelto fácilmente en una exigencia excesiva e incluso es posible que llegue a quemarse. Pero el que fija demasiado pronto sus límites nunca se pondrá realmente en movimiento. Siempre trabajará con el freno de mano puesto. Y el que está constantemente frenando, solo avanza con gran dificultad. Necesita mucha energía para frenar y le ocurre como cuando se conduce: le falta esa energía precisamente para conducir.

El miedo a quemarse se expresa en las conversaciones permanentes sobre el estrés. Las personas se sienten ya estresadas en cualquier pequeña tarea. En lugar de comprometerse con ellas, sienten anticipadamente el estrés que pueden provocarles. Algunos se quejan del estrés al que se exponen ante las mínimas exigencias. En psicología se habla actualmente también de un estrés provocado por la hospitalización.

Cuando me pongo en el lugar de los jóvenes que ansían la última seguridad, intento entenderlos. Es evidente que necesitan seguridad en este mundo inseguro. Antes, bastaba con comenzar en una empresa y trabajar bien en ella para tener un puesto de trabajo seguro, pero actualmente no se tiene la garantía de si la empresa se mantendrá o se reestructurará y se suprimirá el propio puesto de trabajo. No se tiene ninguna seguridad de si uno permanecerá en su lugar o será enviado a otra parte del mundo para trabajar allí. Esta inseguridad no solo afecta a la propia persona, sino también a la familia que, no obstante, se quiere probablemente crear. La inseguridad tiene asimismo repercusiones en la elección de pareja, en la educación de los niños y en su crecimiento en un entorno bueno. Como la inseguridad es mayor, también aumenta la necesidad de seguridad, que ciertamente es más grande que cuando yo era joven.

Mi padre dejó con veinticinco años la región del Ruhr para irse a vivir a la católica Baviera sin tener ningún trabajo. Se buscó la vida en la construcción hasta que montó su propio negocio. Después de la guerra tuvo que declararse en quiebra, pues no pudo hacer frente al pago de las facturas por la reforma monetaria. Luego, tuvo que esforzarse para poner de nuevo en marcha su negocio. Las condiciones exteriores eran también inseguras, pero él tenía claro que debía luchar. A comienzos de los años sesenta se mantenía la lucha. Tenía que adaptarse continuamente a las nuevas situaciones del mercado.

En los años cincuenta y sesenta se adueñó de Alemania un ambiente de renovación. Y ese ambiente repercutió en mí y en mis compañeros: ya no queríamos crecer económicamente, sino cambiar el mundo con nuevas ideas. Y para mis compañeros y para mí, eso significaba sobre todo renovar la Iglesia, aportar nuevas ideas a la Iglesia, proclamar el mensaje de un modo nuevo. Teníamos ganas de probar algo nuevo. No nos satisfacía seguir adelante con lo que había.

Evidentemente, también en muchos jóvenes de hoy existe este deseo de novedad y de riesgo, de adentrarse en lo desconocido. No obstante, observo que muchos que han terminado sus estudios de bachillerato no tienen nada claro lo que quieren. Miran con desaliento el futuro. Quieren asegurarse. Dudan si comenzar una carrera universitaria....



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