E-Book, Spanisch, 530 Seiten
Haefs Alejandro
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-18491-48-1
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Unificador de la Hélade
E-Book, Spanisch, 530 Seiten
ISBN: 978-84-18491-48-1
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Gisbert Haefs (1950) es un escritor alemán que ha cultivado diversos géneros literarios, como la novela histórica, la policíaca y la ciencia ficción. Estudió Filología inglesa y española en la universidad de Bonn. Trabajó después como traductor al alemán de literatura española, francesa e inglesa. En 2004 Haefs tradujo todas las canciones (Lyrics 1962-2001) de Bob Dylan. Ha editado y traducido obras de Rudyard Kipling, Ambrose Bierce y Jorge Luis Borges. De su narrativa histórica han sido traducidos al español numerosos títulos, que se han convertido en clásicos del género, como su aclamado Aníbal, sus dos novelas sobre Alejandro Magno, Troya, Rajá, La amante de Pilatos y El jardín de Amílcar.
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I
La mentira de Aristóteles
Al este de la carretera de Acarnania se veía un grupo de esclavos acarreando y arrastrando la basura de Atenas hacia una hondonada oculta entre peñascos, al pie de la colina. El suelo estaba anegado a causa de la lluvia de la noche anterior; algunos de los hombres se encontraban tan cubiertos de barro que no se distinguían ni su piel clara ni las lechuzas marcadas con hierro candente en sus hombros. Cuatro arqueros escitas, guardias mercenarios de la ciudad, los vigilaban.
La densa masa de nubes oscuras seguía avanzando hacia el norte, mostrando sus primeros desgarros sobre los huertos y las cabañas del suburbio norteño. Cuando el último de los veinte carros, cerrados y de un solo eje, llegó a aquel vertedero entre las rocas, el terreno se hallaba ya muy removido y blando. Uno de los escitas levantó una pierna y se miró el pantalón verde adornado con rombos negros y blancos; por debajo de la rodilla, todo era una oscura bota de lodo. Arrugó la nariz, dio un tirón a la orejera de su yelmo y silbó con dos dedos.
Los esclavos empezaron a descargar: excrementos, desperdicios de comida, huesos, restos de animales, a veces envueltos en pieles o pellejos, a veces amontonados en cubos y cestos de mimbre. Bajaban de los carros esos recipientes y los arrastraban hasta el borde de la amplia hondonada. Una vez vaciados, los cestos eran llevados de regreso a los carros, donde esperaban otros hombres provistos de burdas palas, tridentes y escobas hechas con ramas secas. El escita se rascó la barba. Mientras un hombre cuyo torso era una lodosa red de cicatrices y músculos prominentes arrastraba hacia las rocas el cadáver hinchado de un perro, el escita se volvió y se dirigió lentamente hacia los otros tres arqueros. De la aljaba que llevaba al cinto sacó un pellejo, un trozo de pan y dos cebollas. Apoyados en las rocas cercanas a la carretera, donde el hedor no era tan intenso y desde donde se podía observar los campos y el camino, los escitas se dispusieron a devorar su desayuno.
De repente las nubes se abrieron; cegadoras cortinas de sol cayeron sobre la tierra. Algo brillaba al otro lado del camino, algo metálico apoyado en la pared de una inestable cabaña de madera, junto a la cual trabajaban dos campesinos de mugrientas vestiduras.
Más al norte, unos pájaros echaron a volar entre chillidos; luego aparecieron por el camino unos muchachos. Venían de recoger la fruta que la tormenta había arrancado de los árboles. Pero no llevaban cestos.
—¡Macedonios! ¡Vienen los macedonios!
Toda la gente de los alrededores dejó de trabajar y echó a correr hacia la ciudad, abandonando sus carros y utensilios. Los esclavos se quedaron como de piedra, miraron carretera arriba y empezaron a cuchichear.
Sin mostrar ninguna prisa ni nerviosismo, tres de los escitas descolgaron los arcos de sus hombros, sacaron flechas de sus aljabas y apuntaron en dirección a los esclavos. El cuarto, con la misma parsimonia, desenrolló un largo látigo.
—Seguid arrastrando mierda —dijo con voz grave y ronca—. Los macedonios no vienen por vosotros. Vamos. —Blandió el largo látigo y lo hizo restallar en el aire. Los esclavos siguieron trabajando, aunque con movimientos más torpes.
La tropa se acercaba rápidamente. Eran unos cuatrocientos soldados de a pie —la mitad de armadura ligera, la mitad hoplitas—, más unos sesenta jinetes tesalios de armadura y otros tantos jinetes tracios. Todos iban más o menos desarmados. Avanzaban conversando, riendo, comiendo; ni siquiera se habían amarrado las corazas. Solo los dos cabos de filas, que llevaban los estandartes —el gran disco solar dorado de Macedonia, el águila imperial sobre el suelo de oro—, estaban completamente vestidos y armados. Detrás venía el bagaje: carros, tirados por mulas y caballos, cargados de armas, partes de armaduras, tiendas de campaña, altos de lanzas y jabalinas, víveres, herramientas, mujeres y curanderos.
Detrás del primer grupo de jinetes, y como escoltados por ellos, cabalgaban cinco hombres. Tres de ellos llevaban petos adornados y yelmos tocados con penacho rojo; los otros dos, solo el quitón de color claro y la capa de viaje. Al pasar por el vertedero, uno de los oficiales se tapó la nariz.
—Esto debe de ser la Academia —dijo, y soltó una risotada.
El más joven de los que no llevaban peto sonrió.
—No lo creo. Los filósofos no huelen así.
—¿Estás seguro? ¿Cómo huelen los filósofos, según tú? —intervino el mayor. Era el único de toda la tropa que lucía una tupida barba negra.
—En Atenas un filósofo no tiene que tratar con mierda ni perros muertos. Huele mejor… —El más joven sacó un brazo de debajo de la capa y chasqueó los dedos—. Pues sí, huelen a polvo, a papiro, como mucho a polilla. Y a veces, aunque muy rara vez, también a honrado sudor.
El oficial que cabalgaba delante de él se volvió.
—Tanto me da a qué huelan, Peucestas —dijo—. Cuando lleguemos a Atenas no quiero más bromas, ¿está claro?
El joven se llevó la mano al pecho.
—Dioses y generales siempre tendrán mi obediencia, oh, Clitarco.
Las cabañas y casas que rodeaban la ciudad estaban abandonadas y cerradas a cal y canto; por todas partes yacían utensilios, carros y otros objetos. En la explanada que se extendía ante la puerta de Acarnania, de donde partían cinco caminos, los campesinos y los comerciantes habían desarmado precipitadamente un mercado que allí habían montado; las cosas que no habían podido ser recogidas a tiempo habían terminado arrasadas por la multitud que huía a refugiarse a la ciudad. Clitarco mandó hacer alto a la tropa y cabalgó hacia la puerta escoltado por los dos portaestandartes.
Las pesadas alas de la puerta, revestidas de hierro, estaban cerradas. Sobre la muralla centelleaban yelmos y puntas de lanza. Un joven capitán de la guardia de la ciudad, cubierto por una coraza que imitaba los músculos del torso y un ondeante penacho en el yelmo, se inclinó sobre el borde de la muralla.
Clitarco se echó atrás el yelmo, miró hacia arriba y gritó:
—¡En nombre del divino Alejandro, abre las puertas!
El ateniense hizo un gesto negativo con la mano.
—El nombre de un dios muerto no me sirve de llave.
—¿Quieres que me vaya y regrese con diez mil guerreros armados con diez mil llaves afiladas? —dijo Clitarco enseñando los dientes—. No obstante, debo reconocer que vas muy bien engalanado, príncipe de los centinelas áticos.
El ateniense carraspeó y señaló a los soldados macedonios, que permanecían a la expectativa.
—¿Diez mil? Mira cómo tiemblo. ¿Y eso de allí es todo lo que has traído para reducir Atenas a escombros?
El macedonio rio.
—¿Para qué usar las armas, si podemos entendernos con palabras?
—El Consejo decidirá si abrimos o no. ¿Qué queréis?
—Traemos un mensaje de Antípatro y Crátero.
El ateniense sacudió la cabeza.
—¿Desde cuándo envían mensajes los vencedores? Nuestros emisarios salieron hacia Macedonia hace ya mucho tiempo.
—Lo sabemos; hemos topado con Demades y sus hombres. Pero nosotros tenemos una misión especial.
—¿Que es…?
El macedonio suspiró.
—Como mínimo, ¿no podrías bajar para que no me vea obligado a gritar tanto? Ya me duele el cuello.
El ateniense desapareció; un momento después se entreabrió la puerta. Detrás se veían soldados de a pie y una multitud abigarrada. El capitán salió a la explanada; la puerta volvió a cerrarse tras él.
—Ya puedes hablar más despacio. Y baja de tu enorme corcel.
El macedonio desmontó y rodeó el pescuezo de su caballo con el brazo derecho.
—Así está mejor. Bien. Di a tu Consejo lo siguiente. Son palabras de Antípatro y Crátero. Hace veintiséis años, Demóstenes, el calumniador, empujó a Atenas y otras ciudades a la guerra contra nuestro señor Filipo. Filipo venció y respetó a Demóstenes. Hace veinte años Demóstenes, la víbora, volvió a morderos con palabras y os incitó a guerrear, aceptando el oro persa para hacer que helenos lucharan contra helenos. Nuestro rey Filipo venció, hace ya dieciséis años, y respetó a Demóstenes y a la ciudad de Atenas. Hace catorce años Filipo fue asesinado, y Demóstenes tardó tan poco en enterarse de esta muerte, que… En fin. Y enseguida promovió la siguiente guerra, esta vez contra Alejandro. El rey arrasó la ciudad de Tebas, cuyos habitantes habían seguido a Demóstenes; pero respetó Atenas, y también a Demóstenes. Y hace un año, cuando Alejandro fue a reunirse con los otros dioses, Demóstenes, el escorpión, con su veneno, volvió a enfrentar en el campo de batalla a helenos contra helenos. Antípatro puso cerco a vuestra ciudad de Lamia. Antípatro y Crátero aniquilaron vuestro ejército en Krannón. Destruimos vuestra flota frente a la isla de Amorgos. Y ahora Antípatro y Crátero ordenan esto. —El macedonio enarcó las cejas y tomó aire—. Escucha lo que te digo, ateniense: no piden ni preguntan, sino que ordenan. Antes de que pueda firmarse la paz, la ciudad de Atenas ha de entregar a Demóstenes. Todos los que han sido desterrados de Atenas por él y sus secuaces recuperarán inmediatamente el honor. Esto vale también para el gran Aristóteles. Transmite este mensaje a tu Consejo. Y di también que el embajador de Antípatro y Crátero tiene otras propuestas dignas de ser tomadas en cuenta.
El ateniense se mordisqueó el labio inferior.
—Permitirás que cuando transmita tus...




