E-Book, Spanisch, 527 Seiten
Haefs Cuentos vagabundos
1. Auflage 2014
ISBN: 978-84-15415-16-9
Verlag: Ediciones Evohé
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
E-Book, Spanisch, 527 Seiten
ISBN: 978-84-15415-16-9
Verlag: Ediciones Evohé
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Gisbert Haefs nació en 1950 en Wachtendonk, Renania del Norte-Westfalia, Alemania. Estudió Filología inglesa e hispánica en la Universidad de Bonn. Ha sido traductor al alemán de Conan Doyle, Kipling, Borges....
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El testigo
Los marinos de Mileto amarraron el carguero de un sólo mástil; la sombra de la montaña cubría el noray y reptaba hacia la bahía. La tripulación empezó a descargar la mercancía —cestas de frutas y verduras, ánforas de vino, grandes jarrones con carne en conserva, jamón envuelto en rafia—, tarea en la que los niños, algunas mujeres y unos cuantos ancianos del pueblo fueron más bien obstáculo que ayuda.
Dos viejos legionarios examinaban las mercaderías apiladas y alineadas, hacían catas y les daban paso. Un tercero contempló sin interés al pasajero que había desembarcado con movimientos rígidos, vaciló un momento en tierra firme, alzó las manos al cielo y después pasó por encima de la borda dos cestas con correas para transportarlas. Otro desterrado, el undécimo o duodécimo que tenían que vigilar en Patmos. El capitán del barco entregó al viejo soldado el rollo de papiro en el que figuraban su nombre, su delito y su condena.
El legionario, que no sabía leer, sonrió y se encogió de hombros.
—Tu nombre, exoticus —dijo.
El desterrado sacudió la cabeza y ensayó una sonrisa, pero terminó muy por debajo de los ojos de oscuro centelleo. El hombre miró fijamente las casas claras y planas del lugar, pareció contar los niños, mujeres y ancianos que había junto al barco, y luego alzó la vista hacia la montaña y los matorrales y cabras. Iba descuidado, con la barba hirsuta, una melena greñuda, gris vestido de lana, y apestaba.
El viejo legionario gruñó algo y repitió la pregunta en griego:
—¿Tu nombre, bárbaro?
—Jochanaan —dijo el forastero—. O Ioannes. Es lo mismo.
—Para mí desde luego —el legionario escupió—. Ven —hizo una seña con el rollo de papiro.
Los soldados —dos docenas— y el centurión inválido percibían alrededor de un tercio de su antiguo sueldo, 100 denarios al año, el oficial 300; habían recibido fincas entre la bahía y la ladera de la montaña, material para construir sus casas e instrucciones precisas. Ahora vivían allí, en parte con sus familias, y vigilaban a los dos o trescientos pescadores junto con su antiquísima inclinación al contrabando y la piratería, y al número cambiante de desterrados, temporales o permanentes. Puede que el nuevo hubiera sido rey hasta hacía dos días, profeta, alto funcionario o pequeño alborotador; para ellos no era más que nuevo y molesto. No había motivo para ayudarle con los dos cestos. Uno estaba cubierto con un paño encerado y contenía probablemente rollos y recado de escribir... un exoticus chalado.
Jochanaan siguió al legionario a lo largo del muelle, cuyo adoquinado terminaba a los pocos pasos. Caminó inseguro bajo su carga por el suelo irregular, después del viaje en barco. Volvió a contemplar las casas blancas, los pocos barcos —la mayoría de los pescadores estaban en el mar—, los huertos de frutales y de olivos, hortalizas y pequeño ganado, las abruptas laderas con cabras y peñas. Luego, suspiró.
Poco después, también Marco Calpurnio suspiró. El viejo centurión tenía que cuidarse de los pescadores, vigilar a los desterrados, guiar al sacerdote del lugar, mantener el buen ánimo de los legionarios licenciados y administrar la soldada para que los hombres no se lo gastaran todo de golpe en el mercader de Samos que paraba en Patmos una vez al mes; tenía que cuidar de su enfermiza esposa —cosa en la que el esclavo Otho, que cada día se volvía más absurdo, le ayudaba poco— y cuando hacía mal tiempo tenía dolores en el muñón de la pierna derecha. Después de una mala herida con gangrena incipiente, se la habían cortado por debajo de la rodilla, hacía 21 años. Patmos era un sitio demasiado tranquilo para un viejo guerrero pero, al fin y al cabo, él y los emeriti tenían una especie de misión por la que recibían su salario, así que no había de qué quejarse. Y algunos de los desterrados traían buenas historias a aquel páramo, historias que hacían al tiempo gotear más deprisa e iluminaban las noches. Pero en este caso el primer vistazo echaba a perder todas las esperanzas. Marco había perdido la pierna en Jerusalén, cuando la pacificación de Tito. Jochanaan no necesitó decir nada; el centurión supo enseguida de dónde venía aquel hombre, y que el motivo del destierro tenía que ser una extraña expresión de locura religiosa. Por eso suspiró.
A todo lo demás se añadía el problema del alojamiento. En silencio, contempló a aquel hombre barbudo y greñudo con su sudado atuendo de lana («¡Si al menos se lavara!», pensó, y se preguntó porqué tantos que estaban pendientes de la boca de un dios olvidaban las narices de los hombres); luego miró el cesto, que probablemente contenía escritos más o menos heréticos. Los emeriti y sus deudos tomaban juntos una comida caliente una vez al día; los desterrados habitaban una gran casa y tenían que cuidarse por sí mismos. ¿Adónde llevar al nuevo? Marco ya veía la irritación: discursos, disputas, prédicas, el nuevo y su furibundo dios único contra los otros y sus muchos dioses compatibles. Adelantó la mandíbula y señaló una curva del camino de cabras en la ladera, al norte del asentamiento.
—Ahí arriba, ¿ves los arbustos que parecen una pirámide? Detrás hay una pequeña cueva, y cerca un manantial. Arréglatelas solo. Nada de peleas; no quiero conversaciones sobre dioses, nada. Te cuidarás de tí mismo. Nosotros te daremos los víveres. Vete.
Por la noche, Marco dejó que el armador de Mileto le contara los últimos cotilleos. Estaban sentados en la terraza de barro apisonado, bajo la marquesina en la que la yedra había estrangulado hacía tiempo a la parra, bebían y miraban a los pescadores arribar a puerto. El milesio contó que el emperador Domiciano, dominus et deus, había desterrado de Roma a casi todos los filósofos y escritores, por miedo a que hubiera más conspiraciones.
—Como si hubiera que estar especialmente formado para querer librarse de este emperador.
El gobernador de la provincia había hecho ejecutar a algunos predicadores de una nueva secta, porque perturbaban la paz pública con su intolerancia. Un librero de Mileto le había pedido que llevara consigo aquellos rollos de papiro; le había prometido once denarios.
El centurión dio al armador el dinero a la mañana siguiente. Cuando el barco se deslizó hacia la bahía, sujetó los rollos bajo el brazo izquierdo, cogió el bastón con la mano derecha, maldijo su pata de palo y acometió el empinado camino.
Sexto Pomponio Albo tenía más de ochenta años; hacía diez que había vuelto la espalda voluntariamente al mundo y se había hecho construir una casa en la cumbre llana de la montaña que se elevaba sobre la bahía. Conocía la Patmos cerrada a los ciudadanos, y también a la gente que se encargaba de los permisos especiales. Desde la terraza se veía al este y al oeste el mar, al norte y al sur las escasas colinas. El antiguo oficial de caballería, más tarde alto funcionario de la administración provincial de Numidia, vivía allí con tres esclavos y muchos libros. Raras veces bajaba; para el anciano, el pedregoso y serpenteante sendero era demasiado trabajoso. Marco habría podido dar los rollos a uno de los esclavos cuando compraban pescado o fruta en el pueblo, pero le gustaba hablar con el viejo... dos ancianos guerreros al final del mundo y de su vida.
Pomponio saludó al centurión con un gruñido. El anciano estaba tumbado en un ligero catre de cuero, bebía vino rebajado y miraba fijamente hacia el oeste, más allá del mar. Marco Calpurnio arrastró una silla de tijera hasta el catre, se sentó y apoyó su pata de palo en el borde del lecho.
Pomponio se incorporó trabajosamente, dio unas palmadas, se apoyó en el codo. El esclavo negro del sur de Mauritania apareció.
—Vino —dijo Pomponio—. Agua. Y cojines.
Cuando el esclavo lo hubo traído todo, Calpurnio ayudó al más anciano a colocarse los cojines en la espalda de forma medianamente confortable. Luego le entregó los rollos.
Pomponio señaló el ánfora y la jarra, desenrolló los libros y los sostuvo delante de sí con los brazos extendidos, uno tras otro. Entrecerró los ojos; aún así, le costó trabajo leer los títulos.
—Un Tucídides... sustituye al texto quemado —dijo Calpurnio. Miró de reojo e identificó el siguiente rollo—: Un texto de Jenofonte sobre las finanzas públicas. El tercero podría ser muy interesante. La versión latina del relato de un mercader cartaginés sobre las tierras del oro, en el océano occidental, y algunos viajes hechos allí.
Pomponio sonrió, dejó a un lado los rollos:
—Te lo agradezco mucho, amigo. Será una lectura trabajosa; el britano progresa muy despacio, ¿y el indio? —se encogió de hombros.
Calpurnio se rascó la cabeza.
—Sigue sin haber nada del mercader de esclavos que debe procurarte un escribano. Y yo entiendo demasiado poco de esto, además...
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