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Hammett | El halcón maltés | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 300 Seiten

Hammett El halcón maltés


Edición revisada
ISBN: 978-84-7254-588-5
Verlag: Century Carroggio
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 300 Seiten

ISBN: 978-84-7254-588-5
Verlag: Century Carroggio
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



El Halcón Maltés, que da nombre a la novela, es una escultura de oro con incrustaciones de piedras preciosas que los caballeros de la Orden de Malta regalaron al emperador Carlos V. La novela se desarrolla en la ciudad de San Francisco, donde un puñado de delincuentes y traficantes de arte, siguen la pista a dicha joya. Todo comienza cuando la bella señorita Brigid acude el detective Sam Spade.

Samuel Dashiell Hammett (1894-1961) fue un escritor estadounidense de novela negra y guiones cinematográficos, además de activista político. Alcanzó el prestigio literario con los personajes que creó como Sam Spade (El halcón maltés), la pareja de detectives Nick y Nora Charles (El hombre delgado) y el agente de la Continental (Cosecha roja). Ejerció de detective de la Agencia Pinkerton. En 1918 se alistó para la Primera Guerra Mundial y el trauma de la guerra provocó sus primeros excesos con el alcohol así como tuberculosis. Fue en el hospital donde conoció a una enfermera, Josephine Dolan, con la que se casó.
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2
MUERTE EN LA NIEBLA
El timbre de un teléfono vibró en la oscuridad. Cuando hubo sonado tres veces, los muelles de la cama crujieron, unos dedos tantearon la madera, algo pequeño y duro produjo un ruido sordo al chocar con el piso alfombrado, los muelles crujieron de nuevo y la voz de un hombre dijo:
-¡Hola!... Sí, soy yo... ¿Muerto?... Sí... Quince minutos. Gracias.
Se oyó el clic de un botón, y un globo blanco que colgaba del centro del techo por medio de tres cadenas doradas inundó de luz la habitación. Spade, con los pies desnudos y envuelto en un pijama a rayas verdes y blancas, se sentó en el borde de la cama. Contempló ceñudamente el teléfono que estaba sobre la mesilla de noche, mientras sus manos se apoderaban de unas hojitas de papel de fumar y de un paquete de tabaco Bull Durham.
Una corriente de aire frío y neblinoso entraba en la pieza a través de dos ventanas abiertas, llevando media docena de veces por minuto el sombrío lamento de la sirena de alarma de Alcatraz. Las manecillas de un pequeño reloj despertador inseguramente montado sobre un ángulo de Los más célebres casos criminales de América, de Duke -de cara contra la mesa-, señalaban las dos y cinco.
Los dedos de Spade hicieron un cigarrillo con minucioso cuidado, dejando caer determinada cantidad de hebras de tabaco sobre el papel curvado. Extendió las hebras a fin de que se equilibraran en los extremos con una ligera depresión en el centro; los pulgares hicieron girar el borde interior del papel hacia arriba y hacia abajo, mientras los índices ejercían una leve presión sobre la parte exterior, girando siempre pulgares e índices en torno a los cabos cilíndricos del papel, mientras la lengua humedecía el borde, con el índice y el pulgar izquierdo atenazados en un extremo en tanto que el índice y el pulgar derechos alisaban la juntura húmeda; torció uno de los extremos y llevó el otro a la boca.
Recogió el encendedor de níquel y piel de cerdo que había caído al suelo, lo hizo funcionar y se puso en pie, con el cigarrillo encendido en un ángulo de la boca. Se quitó el pijama. La armoniosa solidez de sus brazos, sus piernas y su torso, y la curva de sus grandes hombros, daban a su cuerpo el aspecto de un oso. Parecía el cuerpo de un oso afeitado: su pecho carecía de vello. La piel era suave y sonrosada como la de un niño.
Se rascó la nuca y comenzó a vestirse. Se puso una ropa interior blanca, calcetines grises, y zapatos castaño oscuro. Una vez calzado, tomó el teléfono, marcó Graystone 4500 y pidió un taxi. Se puso una camisa blanca a rayas verdes, un cuello blando, una corbata verde, el traje gris que había usado aquel día, un abrigo de medida muy holgada y un sombrero gris oscuro. El timbre de la puerta de la calle sonó cuando amontonaba tabaco, llaves y dinero en los bolsillos.
Donde Bush Street forma una especie de techo sobre Stockton, antes de deslizarse colina abajo hacia Chinatown, Spade pagó el viaje y descendió del taxi. La niebla nocturna de San Francisco, tenue y penetrante, empañaba la calle. A pocas yardas del lugar donde Spade había despedido al taxi se hallaba un grupo de hombres mirando en dirección a una callejuela. Al otro lado de Bush Street, dos mujeres acompañadas por un hombre miraban también hacia la callejuela. Se veían caras asomadas a las ventanas. Spade cruzó la acera entre una doble hilera de escotillas de hierro que se abrían por encima de unas escaleras desvencijadas, se acercó al parapeto y, apoyando sus manos en la balaustrada húmeda, bajó la vista hacia Stockton Street.
Un automóvil surgió del túnel, abajo, tan bruscamente como si una explosión lo hubiera proyectado en el aire, y desapareció zumbando ruidosamente. No lejos de la boca del túnel un hombre estaba en cuclillas frente a unos carteles que anunciaban una película y una marca de gasolina, al otro lado de un solar que lindaba con dos almacenes. La cabeza del hombre casi tocaba la acera, de tal modo que podía mirar debajo de los carteles. Una mano apoyada en el pavimento y la otra aferrada al marco del cartel le permitían sostenerse en aquella posición. Otros dos hombres estaban apostados en actitud desgarbada junto a un extremo del cartel, examinando el pequeño espacio que lo separaba del edificio más próximo. El otro edificio estaba rodeado por un paredón gris que se alzaba sobre el grupo apostado detrás del cartel. Las sombras de los hombres se movían entre las luces que oscilaban sobre el paredón.
Spade se apartó del parapeto y caminó por Bush Street hasta la callejuela en que se encontraba reunido el grupo de hombres. Un policía uniformado, que mascaba chicle bajo un letrero esmaltado con las palabras Burrit St. en blanco contra un fondo oscuro, extendió un brazo y preguntó:
-¿Qué busca aquí?
-Soy Sam Spade. Tom Polhaus me telefoneó.
-Bien -el policía dejó caer el brazo-. Al principio no le reconocí. Están ahí detrás -hizo una seña con el pulgar por encima del hombro-. Mal negocio.
-Muy malo -asintió Spade, y caminó calle arriba.
A mitad del camino, no lejos de la entrada de la callejuela, se hallaba una ambulancia de color oscuro. Detrás de la ambulancia, hacia la izquierda, la callejuela estaba rodeada por una cerca que corría a la altura de la cintura de un hombre, formada por tablones horizontales, de madera rústica. A partir de la cerca, el suelo declinaba bruscamente hacia el cartel de Stockton Street.
Una parte de la acera, de unos diez pies de extensión, estaba destrozada, y uno de sus extremos colgaba balanceándose del poste que la sostenía. Una piedra chata se había deslizado unos quince pies, cuesta abajo. En el espacio que separaba la piedra de la parte superior de la cuesta, Miles Archer estaba tendido de espaldas. Dos hombres se inclinaban sobre él. Uno de ellos proyectaba sobre el muerto el haz luminoso de una lámpara eléctrica. Otros hombres con lámparas subían y bajaban por la cuesta. Alguien saludó a Spade: «¡Hola, Sam!», y trepó la pendiente hacia la callejuela, proyectando una larga sombra mientras subía.
Era un hombre alto y de vientre abultado, con ojos pequeños y astutos, boca gruesa y mejillas descuidadamente afeitadas. Sus zapatos, sus rodillas, sus manos y su barbilla estaban manchados de barro.
-Supuse que le gustaría verle antes de que nos lo lleváramos -dijo mientras cruzaba de un salto la cerca rota.
-Gracias, Tom -dijo Spade-. ¿Qué sucedió?
Apoyó un codo en un poste de la cerca y bajó la vista hacia el hombre tendido en el suelo, saludando con un ademán a los que le saludaban.
Tom Polhaus se hurgó en el pecho con un dedo sucio.
-Le metieron un balazo en el corazón... Con esto, -extrajo del bolsillo de su chaqueta un revólver chato y se lo tendió a Spade. En las depresiones de la superficie del revólver  había  manchas de  barro-. Un  Webley inglés, ¿no es así?
Spade retiró el codo del poste y se inclinó para mirar el arma, pero no la tocó.
-Sí -dijo-. Una automática Webley-Fosbery. Eso es. Treinta y ocho, ocho tiros. Ya no se fabrican. ¿Cuántos disparos?
-Uno solo -Tom volvió a rascarse el pecho-. Ya debía de estar muerto cuando destrozó la cerca -levantó el revólver enfangado-. ¿Lo ha visto alguna vez?
Spade hizo un ademán afirmativo.
-He visto muchos Webley-Fosbery -dijo sin interés, y luego habló rápidamente-: Le mataron aquí, ¿no?
-Miles estaba ahí, donde usted se encuentra ahora, con la espalda contra la cerca. El hombre que le mató estaba aquí.
Spade dio una vuelta delante de Tom y levantó una mano a la altura del pecho, con el índice extendido.
-El hombre hizo un disparo y Miles retrocedió, rompiendo la cerca y cayendo hasta golpearse contra la piedra. ¿Es así?
-Así es -respondió Tom lentamente, frunciendo las cejas-. El fogonazo le quemó la chaqueta.
-¿Quién le encontró?
-El hombre que hacía la ronda, Shilling. Bajaba por Bush Street y al llegar aquí un automóvil que daba la vuelta iluminó esta parte con sus faros y vio la cerca. Entonces se acercó para echar una ojeada y le encontró.
-¿Qué sabe del automóvil?
-Nada. Sam Shilling no le prestó la menor atención, porque ignoraba entonces que había ocurrido esto. Dice que nadie salió por aquí mientras bajaba por Powell Street; de otra manera los hubiera visto. La otra salida que nos queda, sería la que pasa bajo el canal de Stockton. Nadie fue por allí. La niebla ha humedecido el suelo, y las únicas huellas son las que produjeron el cuerpo de Miles al caer y el revólver al rodar hasta aquí.
-¿Alguien escuchó el disparo?
-¡Por amor de Dios, Sam, si acabamos de llegar! Alguien debe de haberlo oído, pero tenemos que averiguarlo -se  volvió y pasó una pierna por encima de la cerca-. ¿Quiere bajar a echarle una mirada antes que le saquemos?
-No -dijo Spade.
Tom se detuvo a horcajadas sobre la cerca y miró a Spade con los ojos asombrados.
-Usted ya lo ha visto. Usted vio todo lo que yo podría ver -dijo Spade.
Tom, mirando siempre a Spade, asintió dubitativamente y retiró la pierna de la cerca.
-Encontramos el revólver sobre la cadera -dijo-. No fue usado. Su gabán estaba abrochado. Tiene unos ciento sesenta dólares en el bolsillo. ¿Estaba trabajando, Sam?
Tras una leve vacilación, Sam asintió con la cabeza.
-¿Bien? -preguntó Tom.
-Estaba siguiendo a un tipo llamado Floyd...



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