Heisig | El gemelo de Jesús | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 224 Seiten

Heisig El gemelo de Jesús

Un alumbramiento al budismo
1. Auflage 2011
ISBN: 978-84-254-2720-6
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection

Un alumbramiento al budismo

E-Book, Spanisch, 224 Seiten

ISBN: 978-84-254-2720-6
Verlag: Herder Editorial
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El Evangelio de Tomás, cuyo texto ha permanecido perdido durante dieciséis siglos, ofrece una visión de las enseñanzas de Jesús distinta de cualquier otra. Después de un repaso general a la historia del análisis erudito del texto, dicho a dicho, Heisig atrae al lector a la tesis central del libro: ser discípulo de Jesús significa despertar al reino del no nacido en uno mismo y, al hacerlo, uno se convierte en su gemelo. El lector contemporáneo identifica con facilidad los vínculos del texto con algunas de las enseñanzas fundamentales de la tradición budista. Heisig sugiere que, como texto sagrado, El Evangelio de Tomás tiene la capacidad no sólo de alumbrar el camino hacia el budismo a los cristianos, sino también de potenciar la recuperación de la tradición mística cristiana como puente entre caminos religiosos.

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COMO HIJOS DE nuestra época, hemos de tener cuidado de no arrojarnos deprisa en los recintos sagrados, el del texto del sin primeramente tomar en consideración su lugar en los recintos exteriores de la erudición corriente, el del texto. De lo contrario, corremos el riesgo de cometer el sacrilegio de leer demasiado en el texto y sacar demasiado poco de ello; en otras palabras, de reducirlo a un acontecimiento de moda que destella en la imaginación por un momento solamente para ser reemplazado por otra novedad en el siguiente. El mero volumen de indagaciones históricas sobre el texto compiladas durante los últimos cuarenta y cinco años, así como el hervor de debate académico que éste ha suscitado, imposibilitan un resumen sencillo. Casi todo lo que sigue precisa alguna que otra calificación, y muchas de las opiniones a las cuales he decidido no prestar atención han menester de la cortesía de más discusión detallada de la que les voy a conceder. Mi intención es más simple: enmarcar la gama de cuestiones que ocupan a los eruditos en relación con la historia y la composición del texto y, de esta manera, aclarar el punto de vista desde el cual intentaré leerlo. Sólo después de haber acabado esa lectura estaremos en situación para realizar la pregunta que estos comentarios provocarán seguramente una y otra vez, a saber, dónde ubicar el en la tradición cristiana y en la más amplia herencia religiosa de la humanidad.

UNA VOZ DESDE FUERA DE LA TRADICIÓN


El Jesús del tiene un carácter diferente de cualquier otro en las escrituras o teología cristianas. Las especulaciones posteriores al redescubrimiento y edición del texto en 1959 confirmaron las críticas que habían circulado ya desde el siglo III, identificándolo como poco más que un portavoz para el cristianismo gnóstico. Cuando estudios más ceñidos empezaron a cuestionar el carácter gnóstico del evangelio, voces en la periferia del marco académico dieron un paso adelante para sugerir que Jesús en el parecía más un sabio hindú o budista, un maestro sufí o incluso un cabalista. [1] El polvo que ha levantado esta figura en el mundo cristiano no se ha posado todavía, [2] pero una cosa queda clara desde ahora: no es cosa fácil injertarla en ninguna de la gran variedad de imágenes de Jesús que han dominado la tradición cristiana a través de los siglos.
La argamasa de mito y detalles históricos sobre la vida y muerte de Jesús que hallamos en el credo apostólico del siglo II [3] —como también algún rastro del lenguaje metafísico añadido en el IV— están ausentes en el como también lo está cualquier referencia a su bautismo, tentaciones y curaciones encontradas en los cuatro evangelios canónicos. No hay espíritus malévolos amenazando la humanidad ni demonios que expulsar; no hay tampoco un cielo y un infierno. De hecho, el Jesús de este evangelio no es ni siquiera un maestro de doctrinas sobrenaturales en el sentido en el que se le presenta en los cuatro evangelios canónicos. [4] Es más bien la voz de un oráculo que el predicador del amor desinteresado y del cuidado de los pobres, los hambrientos, los enfermos y los excluidos. Sus dichos no deparan verdades divinas, ni hacen profecías, ni construyen argumentos filosóficos, ni pretenden captar a discípulos. Él no se muestra redentor o justificador de una humanidad pecadora. Nada se dice sobre su muerte, por no hablar de una resurrección o ascensión. No hay ni rastro de un apocalipsis inminente ni de un regreso para juzgar al mundo en los últimos días. En efecto, la persona histórica de Jesús es todo menos transparente al lector del texto, como para permitir que sus palabras, las palabras del «Jesús viviente», resuenen con mejor claridad.
La imagen de la condición humana que figura en también supone una desviación radical de la tradición bíblica y teológica conocida por los cristianos. Si el lenguaje de redención está ausente del texto es porque los seres humanos no somos considerados criaturas nacidas en un estado de desobediencia pecaminoso que solamente un ser divino y ultramundano pueda rectificar. Más bien, sufrimos de una conciencia oscurecida, de un fracaso fundamental consistente en no entender aquello que queda dormido en lo profundo de nuestra propia naturaleza. [5] No hay relación alguna con un Dios personal, e incluso la idea de un creador trascendente que reina en un mundo más allá del nuestro, donde nos esperan las alegrías del cielo o los tormentos del infierno es totalmente ajena al espíritu del texto.
Todo esto parece razón más que suficiente para rechazar el del cristianismo. Pero cuando empezamos a considerar lo que el texto de hecho dice y a reconstruir la historia de su composición, los motivos de su exclusión son menos seguros.
La primera cosa de la que uno se entera al leer por encima es que, de manera extraña, nos resulta familiar. De hecho, todos menos 20 de sus 114 logia —o dichos— incluyen oraciones y frases con paralelos en el canónicamente aprobado nuevo testamento. [6] Cierto es que los dichos causan la impresión de haber sido recopilados descuidadamente con poco orden y sin trabazón, pero eso plantea la posibilidad de que tengamos en un recuerdo de cosas dichas más fiel que el de los evangelios canónicos donde las enseñanzas de Jesús están reordenadas en «historias» deliberadamente construidas. El asunto no es tan fácil, pero al menos la pregunta nos orienta en la dirección correcta por sugerir que no es una mera antología de dichos sacados de Mateo, Marcos y Lucas, sino que representa una tradición distintivamente suya. Aunque sigue habiendo exegetas del nuevo testamento que continúan oponiéndose a ella, esta idea ha sido ampliamente aceptada por historiadores del cristianismo temprano. [7]
El no es el único recuerdo de los dichos de Jesús que se supone que estuvo en circulación durante las generaciones que sucedieron su muerte. (Lucas mismo cita un dicho que no se encuentra en su propio evangelio. [8] ) La más importante de estas colecciones es la llamada simplemente Q (del alemán o «fuente»). Su existencia como una fuente previa para los evangelios canónicos ha sido aceptada por gran parte de los eruditos del nuevo testamento, si bien no se ha descubierto ningún texto real hasta la fecha. Y ésta es solamente una de las numerosas antologías de dichos atribuidos a Jesús que los documentos históricos de la época referencian como conocimiento común.
La práctica de anotar y utilizar «dichos» inconexos no fue en modo alguno exclusiva de las primeras comunidades cristianas. En realidad, fue un fenómeno bastante habitual a lo largo del mundo judío y grecoromano de la antigüedad, con rastros que datan hasta del segundo y tercer milenio a.C. en la antigua «literatura sapiencial» de Egipto y Oriente Medio —una sabiduría en parte obvia, en parte un desafío a lo que se consideraba obvio, pero todo accesible como reflexión sobre la experiencia ordinaria—. Vemos ejemplos de este género en los libros de la biblia hebrea de y Es más, en el tiempo y el lugar en los que predicó Jesús, los dichos de los cínicos o «filósofos perros» —el apodo fijado a los seguidores de Diógenes de Sinope (-400-325 a.C.) cuyas «máximas útiles» o fueron adoptadas para intranquilizar a la gente y cuestionar sus ideas convencionales así como para ofrecer otro modo de pensar— circulaban extensamente. [9]
El se parece mucho más al género de esas colecciones de dichos que a un cuadro narrativo como los que adoptaron los evangelios del nuevo testamento para proporcionar a las palabras de Jesús un contexto concreto. Hacia el fin del siglo I, la utilidad de estas colecciones para las comunidades establecidas de cristianos empezó a disminuir, en la misma medida en que los evangelios biográficos crecían en importancia. A mediados del siglo II, la literatura sapiencial misma había empezado a ser considerada «anacrónica». [10] De esta manera la tradición de recopilar dichos llegó a ser asociada principalmente con predicadores itinerantes y con grupos de cristianos que los reescribieron en forma de...



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