E-Book, Spanisch, Band 449, 268 Seiten
Reihe: Libros del Tiempo
Henderson El señor Bowling compra el periódico
1. Auflage 2025
ISBN: 979-13-8768803-5
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 449, 268 Seiten
Reihe: Libros del Tiempo
ISBN: 979-13-8768803-5
Verlag: Siruela
Format: EPUB
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Donald Henderson (Londres, 1905-1947) compaginó su carrera como actor con la narrativa. El señor Bowling compra el periódico, que escribió mientras trabajaba para la BBC, fue adaptada con gran éxito al teatro y a la televisión.
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Capítulo II
Antes de matar a su mujer, que en cierto modo no había sido una cosa premeditada, no mucho, el señor Bowling había llegado a tal punto de desesperación con la vida que se le había ocurrido la idea de cometer un asesinato y, más o menos, ponérselo relativamente fácil a la policía para que lo descubrieran y lo detuviesen. Era un pensamiento sincero y se le volvía a cruzar por la cabeza de vez en cuando, cuando le había dado a la ginebra. Con todo lo que había pasado desde que terminó los estudios, las amargas desilusiones y, sobre todo, la monotonía y la pobreza, y su espantoso matrimonio, a menudo había creído con toda honestidad que convertirse en objeto del interés público de esa forma sería mejor que morir en el anonimato y rendido espiritualmente. Su música no había conseguido darlo a conocer y Dios sabía cuánto había trabajado durante tantos años. ¿Por qué no causar sensación así? Por represión, sin duda. Y por hambre de sexo. Hambre espiritual. Por hambre sin más, también. La horca al menos acabaría con todo eso y sería mejor que el suicidio. Y ganar la apelación y que le cayeran veinte años, incluso eso sería mejor. Veinte años sin pagar alquiler y con todos los gastos cubiertos no estaban tan mal. Que se lo preguntaran a cualquiera que supiera de lo que hablaba en aquellos años de entreguerras. ¡Que se lo preguntaran! ¡Qué alegría esa nueva guerra después de la decepción de Múnich! «Por la paz», decían todos los carteles. ¡Qué puñetas, la misma retahíla de siempre, allá vamos otra vez! Y luego el 3 de septiembre. Y luego, al fin, las bombas. Aterrador, sí, pero emocionante. Un cambio. ¿Quién iba a esperar con ansia la paz y la agonía del frío y de la hambruna que nadie sabía cómo evitar?
Le dio un ataque de tos.
Soltó una blasfemia. Alguien golpeó airadamente la pared.
—Qué asco de vida —dijo. No podía uno ni toser en su propia casa.
De pronto cayó en la cuenta de que aquello apenas era una casa. Lo único que le había ayudado a soportar su matrimonio era el hecho de tener un hogar, la alfombra, una roja y bonita. Y entonces una bomba les da de lleno y todo se esfuma. Cuánto se alegró. Mientras tosía, en aquel momento, en medio del polvo y del caos, había pensado: bueno, gracias a Dios, un montón de recuerdos desagradables ya han desaparecido para siempre: fotografías, libros, adornos, y, efectivamente, incluso la maldita alfombra. ¡Al diablo con todo! Quedaron sepultados, juntos, en una especie de fosa negra, y ella empezó a gritarle en la oreja, y él le tendió la mano.
—¿Estás herida?
—¡No!
—Pues entonces deja de chillar. No estamos atrapados: ahí hay luz. ¡Es la calle! —Era la calle Fulham—. ¿Lo ves?
Pero gritaba como una loca.
Fue fácil hacer que parase.
La indemnización ascendía a mil libras.
No es de extrañar que uno empezase a tener ideas. ¿Y podría decirse que fue por el arte?
Iba de pub en pub y le gustaba decir: «Ahora llegaré a algo con mi música. ¡Se acabaron las preocupaciones! ¡Se acabó la monotonía! Y nadie podrá decir que no he dado nada por esta guerra. ¡Dos años en defensa civil! Una bomba alcanzó mi casa y se lo llevó todo por delante. Lo he perdido todo, amigo, pero no me quejo. ¡Volveré a levantarme! ¡Mírame!».
Siguió en la empresa y se pasaba por la oficina como de costumbre y era tan paciente como siempre con el señor Watson, su cliente más egocéntrico. El señor Watson lo deprimía muchísimo. Era un tipo gris con sombrero trilby marrón y actitud sombría. Creía que debíamos perder la guerra, pues según él ningún imperio tenía derecho a dominar durante más de mil años. Si no era un maldito pacifista, era solo, como él mismo reconocía, porque no tenía la entereza moral suficiente para enfrentarse a un tribunal. Lo único que le preocupaba era si su dinero estaba a salvo y si sus pertenencias estaban bien cubiertas por las pólizas de seguro. Nunca dejaba de pagar una prima, jamás se tomaba una copa y nunca iba con mujeres. Eso decía. Y qué forma de decirlo. Las mujeres eran una especie de comida, pero él nunca tenía hambre. Aunque había estado casado, ya podía uno imaginarse cómo debió de ser. Tal vez solo en Navidad, solo para animar a la pobre mujer.
El señor Watson también vivía en Fulham, en el número 10 de Peel Road, en una de las casas de una fila de casitas rojas. En la parte de atrás había una hilera de jardincillos, ahora ocupados sobre todo por patatas y repollos: economía de guerra. En Fulham las bombas habían derruido bastantes casas, de modo que Londres parecía una vieja sucia a la que le hubieran arrancado un puñado de dientes. Sonreía con una mueca, esperando a que el dentista volviera y le sacase unos cuantos más. Tal vez volviese o tal vez no, pero por lo pronto casi había olvidado su agonía. Los vecinos pensaban: «Sí, pero parece que vuelve a estar aseada. Más o menos». El señor Watson tenía una hija casada, la señora Heaton, que venía de Kingston unas dos veces al año. Llevaba pieles baratas y conducía un Baby Austin. El señor Bowling sentía mucha curiosidad, pues sabía que ella no recibiría ni un penique cuando el señor Watson muriera, aunque ella, ingenuamente, creía que iba a heredarlo todo. El señor Watson le había confiado a Bowling en una ocasión cuál era su última voluntad. El dinero iría a un refugio para perros. El señor Watson le había tenido mucho cariño a un spaniel que ya había muerto y no quería comprar otro, pero le gustaba visitar tiendas de cachorros y se paraba con todos los que se encontraba en los parques, con todos sin excepción, y preguntaba a los dueños por sus simpáticas costumbres. Así que sí tenía algo de humano, como todo el mundo si te esforzabas en buscarlo. Tras el funeral de su esposa en Fulham, y después de haber puesto sus asuntos en orden, de haber preparado y presentado sin ningún percance la reclamación por daños de guerra y de haber elegido su habitación amueblada en Notting Hill Gate, bien lejos de allí, el señor Bowling se sentó en su diván y se puso a pensar en el señor Watson. Pensó en lo horrible que era con el dinero. Era espantoso querer dinero solo para tenerlo guardado en el banco; para eso, mejor coleccionar cromos de los paquetes de cigarrillos: sería igual de útil para ti y para los demás. Un buen motivo se podía perdonar. La tacañería, no. Aquello era, se confesó a sí mismo, un poco como intentar buscar una razón para matar al señor Watson, pero había que admitir que se trataba de una elección justa y razonable. Si fuera un hombre feliz y generoso, a uno no se le ocurriría tramar nada en su contra (eso sería jugar sucio). Y había además otra buena razón: había huido de la ciudad cuando empezaron a llegar los «hunos» y volvió a hurtadillas cuando ya se habían ido. El tipo lo estaba pidiendo. Lo pedía a gritos. ¡Debía morir por el arte! Eso era lo que aportaría. Su muerte ayudaría a publicar un poco de buena música. Dejaría algo para la posteridad, después de todo.
Allí sentado, intentaba pensar en el dinero. No se le daba bien. Era demasiado artista, demasiado creativo, a decir verdad. El mero hecho de pensar en los seguros le daba escalofríos, pero algo había que hacer. Salario y comisiones, a eso se había reducido todo. «Bah, toco por ahí —era lo que les decía a sus amigos—. Algo me saco. ¿Y tú qué, viejo? ¿Tienes seguro de vida? ¿Por qué no vienes a vernos?». No es que ganara mucho, pero le daba para ir tirando. Apenas lo suficiente para emborracharse, sin embargo, y menos aún para mantener a una esposa. ¡Y qué decir de tener hijos! «No, señor, ¡ni hablar!».
En su nueva habitación del número 40, pensaba: «Si Watson firmara una póliza en la que pusiera que, en caso de que estire la pata, me deja a mí unos cuantos miles, merecería la pena cargárselo. Esa es la clave».
Sí, pero ¿cómo conseguirlo? ¿Una falsificación? No, eso sería juego sucio; uno no era un delincuente.
Pensó: «Un bote de cola. ¿Y si pego la póliza que él creería estar firmando sobre la real, dejando solo el espacio para la firma? Así firmaría la que me interesa a mí y el vapor de la tetera haría el resto. ¡Diantre, sí! Creo que funcionaría. ¿O se daría cuenta?».
Se quitó los zapatos de dos patadas y se recostó. «No lo sé», pensaba.
La historia del señor Bowling apenas llegaba a ser una historia en realidad, hasta tal punto que para ilustrarla se necesitaría un ciclorama. Era más una pintoresca mezcolanza de gente en sitios desastrados. De haber tenido un hogar, habría sido una historia dickensiana, pero ese hogar fue, sobre todo, una sucesión de habitaciones alquiladas y algún que otro piso. Sir Hugh Walpole escribía sobre duquesas y bailes y casas señoriales, sobre las colinas y los lagos de Cumberland. El señor Bowling se había relacionado con gente de alcurnia una vez, pero la vida lo había alejado de aquello cuando era niño y lo situó, a falta de una descripción mejor, con los modernos, aunque no los modernos de Noël Coward. No bebían cócteles, sino cerveza —o sidra de barril cuando se veían muy apurados—, y se dejaban caer por las casas de Hammersmith ya bien servidos de cualquiera de las dos cosas o de vino barato aderezado con metanol. Nada de pisos como palacios y cada vez menos trajes de etiqueta. No iban al teatro. Iban a los pubs y a conciertos, engañaban o seducían a las caseras y fueron los que importaban cuando Inglaterra entró en guerra. Conocían las oficinas de empleo y los hospitales militares mejor que la...




