E-Book, Spanisch, 438 Seiten
Reihe: 100XUNO
Henry Newman La fe y la razón
2. Auflage 2017
ISBN: 978-84-9055-842-3
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Quince sermones predicados ante la Universidad de Oxford (1826-1843)
E-Book, Spanisch, 438 Seiten
Reihe: 100XUNO
ISBN: 978-84-9055-842-3
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
John Henry Newman (Londres 1801 - Birmingham 1890) es sin duda uno de los pensadores cristianos con mayor influencia en la actualidad, especialmente en el mundo anglosajón. Ordenado sacerdote anglicano en 1825, durante los años siguientes fue uno de los principales impulsores del Movimiento de Oxford, cuya aspiración principal era que la Iglesia de Inglaterra volviera a sus raíces católicas. Tras un largo proceso, sus estudios sobre los Padres de la Iglesia le acaban llevando a convertirse al catolicismo en 1845, siendo ordenado sacerdote católico en 1847. En 1879 fue nombrado cardenal por el papa León XIII. Considerado por muchos como uno de los inspiradores del Concilio Vaticano II, en 1991 fue declarado Venerable por san Juan Pablo II y en 2010 beatificado por Benedicto XVI. Encuentro ha publicado en español buena parte de su extensa obra, de la que destacan Ensayo para contribuir a una Gramática del Asentimiento, Apologia pro vita sua, Suyo con afecto y los Sermones parroquiales (ocho volúmenes).
Autoren/Hrsg.
Weitere Infos & Material
PRÓLOGO A LA TERCERA EDICIÓN [74]
Estos discursos [75] fueron publicados por primera vez tal como se habían predicado, con la sola excepción de algunas correcciones verbales. Ya en aquel momento el autor hubiese deseado modificarlos de un modo considerable, añadiéndoles o quitándoles algunos fragmentos; pero, dado que constaban como «predicados ante la Universidad», no se sintió libre para hacer tal cosa [76]. Muchísimo menos iba a alterarlos ahora. Simplemente ha considerado correcto llamar la atención, mediante notas entre corchetes, al pie de la página, sobre ciertos defectos de pensamiento o de lenguaje que se descubrirán en ellos, para así corregirlos en la medida de lo posible.
No podía dejar de contarse con tales defectos en el análisis de un tema tan delicado como el que abordan algunos de los discursos. Además, se escribieron con largos intervalos de interrupción, de manera ocasional por no decir imprevista; sin la ayuda de teólogos anglicanos y sin ningún conocimiento de los teólogos católicos [77]. El mismo autor se sorprende de que, en tales circunstancias, los errores no fueran de carácter más grave [78]. Esta advertencia vale especialmente para los que tratan sobre las relaciones de la fe con la razón, discursos perfectamente comparables a una expedición que sale a explorar territorios casi desconocidos, y que ni siquiera se arriesgan a definir de alguna manera la fe o la razón al momento de partir [79]. A medida que avanzan, sin embargo, se vuelven más precisos, y también más exactos, en su doctrina [80], que ahora voy a puntualizar de manera categórica y, en la medida de lo posible, con las palabras utilizadas en el curso de los mismos.
1. Antes de formular una definición de fe y de razón, será correcto considerar lo que es la noción común y corriente de fe y razón, contrapuestas entre sí.
«No he dicho todavía lo que en realidad es la razón, ni cómo se relaciona con la fe, sino que me he limitado a confrontarlas mutuamente, tomando la palabra razón en el sentido que corrientemente se le atribuye», X. 45. Véase también XII. 7, 11, 36; XIII. 1, 4; XIV. 32.
2. Según este significado corriente, fe es juzgar en materia religiosa basándose en fundamentos débiles, y razón es juzgar con fundamentos sólidos y firmes. Fe implica facilidad para aceptar lo que pide la religión, y razón implica lentitud para lo mismo. «Fe» quiere expresar un sentimiento o experiencia emotiva; «razón», un acto de sentido común. Fe se aviene con conjeturas o presuposiciones; razón, con pruebas [81].
«Sean cuales sean las distinciones y relaciones que hay entre fe y razón, el contraste que se establecería entre ellas, según el parecer común y corriente, consistiría en afirmar que la razón, antes de asentir, requiere garantías firmes, y que la fe se contenta con garantías más endebles», X. 17.
«Es cosa corriente contraponer entre sí la fe y la razón. Pues la fe consta de ciertos ejercicios de la razón basados principalmente en presuposiciones; y la razón consiste en ciertas operaciones a base principalmente de pruebas», XII. 3. Véase también 2, 7, 10, 36; y V. 19; X. 26, 32; XI. 17.
3. Pero ahora, por hablar de una manera más exacta, ¿qué hay que entender por facultad de la razón en un sentido abierto a todo su alcance (sin dejar de ser preciso)?
«Se entiende propiamente por razón cualquier proceso o acto de la mente, mediante el cual, a partir del conocimiento de una cosa ésta avanza hasta conocer otra», XII. 2. Véase también XI. 6, 7; XIII. 7, 9; XIV. 28.
4. El proceder de la facultad racional puede ser explícito o implícito: es decir, con o sin reconocimiento directo, por parte de la mente, de los puntos de partida y de las vías mediante las cuales llega a su conclusión.
«Todos tienen alguna razón, pero no todos pueden darla. Podemos, pues, designar estas dos actividades mentales con los términos respectivos de razonar y argumentar, o bien raciocinio inconsciente y consciente, o bien razón implícita y explícita», XIII, 9. Véase la totalidad del discurso.
5. El proceso de razonar, sea implícito o sea explícito, es el acto de una misma facultad (la de la razón), a la cual corresponde también la capacidad de analizar su mismo proceso, y de pasar así de lo implícito a lo explícito. El razonamiento, empleado en analizarse a sí mismo de esta forma retrospectiva, viene a parar en una ciencia específica, llamada lógica, que es una especie de arte literaria [82] que pone de relieve provechosamente los actos implícitos con que ha procedido.
«La claridad en la argumentación no es indispensable para razonar bien. El razonamiento es completo en sí e independiente; el análisis no es sino una explicación del mismo», XIII. 10; véase 8.
«La batalla entre el error y la verdad es necesariamente ventajosa para el primero, por su misma naturaleza, ya que se libra con las armas de un lenguaje establecido o de un tratado metódico; esto se debe no sólo a... la deficiencia de la verdad en cuanto a recursos de elocuencia, e incluso de palabras, sino además a la nitidez y a la precisión de método que se requieren en un debate escrito o hablado. La verdad es amplia, vista como conjunto orgánico se extiende hasta muy lejos..., de ahí que difícilmente pueda exponerse en un número determinado de frases. Su defensor, incapaz de mostrar nada más que un fragmento del conjunto, se ve obligado a redondear y reducir sus extremos indomables, etc. En esto consiste precisamente el arte de la composición», etc. V. 21.
«Los que quieren abreviar el debate..., buscan algún argumento firme y bien perceptible, que pueda formularse limpiamente, manejarse convenientemente, y ponerse de relieve con insistencia retórica», etc. XIII. 36. Véase XIV. 30.
6. Además, hay dos métodos de razonar: a priori y a posteriori [83]; a partir de verosimilitudes o probabilidades antecedentes, y a partir de garantías efectivas o indicios demostrativos [84]; de ambos métodos, el de la verosimilitud corresponde más naturalmente al razonamiento implícito, y el de las garantías o pruebas al explícito.
«Las pruebas suelen ser firmes o frágiles, no en sí mismas, sino según los detalles o circunstancias con que se nos presenta la doctrina a favor de la cual se aducen; y el efecto de las pruebas será mayor o menor en nuestra mente, según aceptemos o no aquellos detalles. Ahora bien, la admisión de éstos implica una gama inmensa de opiniones antecedentes, presuposiciones, sobreentendidos, asociaciones de ideas, etc., muchos de los cuales son dificilísimos de descubrir y analizar», etc. XIII. 33. Véase también 9; y XII. 36.
7. Además, si bien la facultad raciocinante es de una misma naturaleza en todas las mentes, varía sin límite, en cuanto a fuerza, tal como existe en concreto en cada uno de los individuos; varía según el objeto o tema a que se aplica. Así, un hombre puede razonar bien en asuntos de comercio, a los que se dedica, pero puede ser sencillamente incapaz de presentar de manera ordenada sus razonamientos sobre tal materia, porque no tiene talento para analizar, es decir, para razonar sobre sus razonamientos, o para encontrar sus términos medios lógicos.
«El funcionamiento de la razón de una persona tiene tanto de misterio como el funcionamiento de su memoria. Recuerda mejor o peor según las materias de que se trate, y razona también mejor o peor. [...] Cabe que el don o talento de razonar sea distinto en diferentes temas, aunque el proceso de razonar es el mismo», XIII. 10. Véase también XI. 6.
8. Esta desigualdad en un mismo individuo de la facultad de razonar, con respecto a diferentes temas o materias, proviene de dos causas: de la falta de experiencia o de familiaridad con los detalles de una determinada materia; y de la ignorancia de los principios o axiomas, a menudo recónditos, propios de la misma.
«Quien descuidara los experimentos por confiar en el vigor de su talento, sería calificado de “teórico”; y el ciego que pretendiera en serio dar conferencias sobre la luz y los colores, poca esperanza podría tener de ganarse un auditorio... Quizá su discurso fuera fluido y desenvuelto, hasta casi hacernos olvidar su lamentable carencia; pero a la larga, en el momento menos pensado, se confundiría cometiendo algún error de bulto indescriptible», IV. 8.
«Por completos y precisos que fueran los fundamentos que presentamos, por sistemático que fuera nuestro método, y claras y tangibles las garantías que aducimos; sin embargo, cuando se sigue la pista de nuestro argumento hasta sus elementos más simples, siempre tiene que haber algo que no es susceptible de prueba», XI. 18.
9. De ahí que la palabra “razón”, además del sentido verdadero, abierto a todo su alcance [85], tenga otros tres sentidos. Puesto que es muy difícil reconocer la existencia de lo que no se saca a la luz de alguna manera, resulta que los razonamientos no explícitos son generalmente ignorados. De esta suerte se entiende por razón, con respecto a la religión, en primer lugar (A) la habilidad o pericia en la argumentación lógica [86].
«La razón tiene un poder de análisis y de crítica sobre todas las opiniones y conductas, y nada hay verdadero o correcto sino lo que puede justificarse y, en cierto sentido, demostrarse por ella; por consiguiente, las doctrinas aceptadas por fe no...




