Henry Newman | Sermones parroquiales / 2 | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 360 Seiten

Reihe: Ensayo

Henry Newman Sermones parroquiales / 2

(Parochial and Plain Sermons)
1. Auflage 2011
ISBN: 978-84-9920-748-3
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

(Parochial and Plain Sermons)

E-Book, Spanisch, 360 Seiten

Reihe: Ensayo

ISBN: 978-84-9920-748-3
Verlag: Ediciones Encuentro
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En estos treinta y dos sermones, John Henry Newman vuelve a poner de manifiesto su fuerza, frescura y audacia. Fuerza en la verdad de su mensaje, que es el mensaje de Dios; frescura en la palabra, con un lenguaje cercano y familiar que se aleja del empleado en sus estudios teológicos; y audacia para acercar al hombre a lo verdaderamente esencial del cristianismo. En este segundo volumen de la serie completa de los Sermones parroquiales, un clásico de la espiritualidad cristiana, Newman demuestra nuevamente la coherencia de su trayectoria, que comenzó con su ordenación como pastor anglicano en 1825 y terminó, tras su conversión en 1845, como cardenal de la Iglesia católica.

John Henry Newman (Londres 1801 - Birmingham 1890) es sin duda uno de los pensadores cristianos con mayor influencia en el último siglo, especialmente en el mundo anglosajón. Fue ordenado sacerdote anglicano en 1825 en Oxford, y durante los años siguientes fue uno de los principales impulsores del Movimiento de Oxford. En 1842 se retiró a Santa maría en Littlemore, donde vivió bajo condiciones monásticas de gran austeridad. Mientras, escribía su Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana, lo cual le reconcilió con el credo y la práctica de la Iglesia católica romana. En 1845 se convirtió al catolicismo y fue ordenado sacerdote católico en 1847. A los 78 años de edad, en 1879, fue nombrado cardenal por el papa León XIII. Considerado por muchos como uno de los inspiradores del Concilio Vaticano II, en 1991 fue declarado Venerable por el papa Juan Pablo II, y en 2010 ha sido beatificado por Benedicto XVI. Encuentro ha publicado en español gran parte de los libros de su extensa obra.
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Sermón 1
LOS BIENHECHORES DEL MUNDO*
[n. 271 | 30 de noviembre de 1830]
En la fiesta de san Andrés, apóstol


«Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús» (Jn 1,40)

Con esta fiesta de san Andrés comenzamos el año; así, con unas semanas de preparación, nos vemos como introducidos en el día del Nacimiento de Cristo. Se considera a san Andrés el primero de los apóstoles porque, según nos cuenta la Escritura, él fue el primero que encontró al Mesías y quiso ser discípulo suyo. Las circunstancias que precedieron a su llamada se nos cuentan en el pasaje del evangelio del que procede el texto citado. Fue Juan el Bautista quien señaló el Salvador a Andrés. Es lógico que el precursor de Cristo sea el instrumento para llevarle sus primeros apóstoles.

San Andrés, que ya era uno de los discípulos de san Juan, estaba con su maestro en compañía de otro, cuando Jesús pasó cerca como por casualidad. El Bautista, que desde el principio había manifestado su papel secundario en la Nueva Alianza que entonces comenzaba, aprovechó esa ocasión para señalar a Cristo ante sus dos discípulos y mostrar que en Él se centraba esa Nueva Alianza. «He ahí el Cordero de Dios», dijo. Éste es de quien yo hablaba, el que el Padre ha escogido y enviado, el verdadero Cordero sacrificial, por cuyos sufrimientos serán expiados los pecados del mundo. Al oír esto, los dos discípulos —y Andrés era uno de ellos— inmediatamente dejaron a Juan y se fueron tras Jesús. Éste se dio la vuelta y les preguntó: «¿Qué buscáis?». Ellos expresaron su deseo de ser admitidos para seguir sus enseñanzas; y Él aceptó que le siguieran hasta su casa y pasaran el día con Él. Lo que Él les dijo no se nos cuenta pero san Andrés recibió tal confirmación de la verdad de lo dicho por el Bautista que en seguida buscó a su hermano para decirle lo que había encontrado. «Encontró primero a su hermano Simón y le dijo: ‘Hemos encontrado al Mesías que significa: Cristo'. Y lo llevó a Jesús».

El evangelista san Juan, que ha conservado diversas noticias relativas a cada uno de los apóstoles no recogidas en los tres sinópticos, habla de san Andrés en otros dos lugares y lo coloca en unas circunstancias que muestran que, a pesar de lo poco que hoy se le recuerda, gozaba del alto favor y la confianza de su Señor. En el capítulo 12 lo describe trayendo a Cristo a ciertos griegos que llegaron a Jerusalén para adorar a Dios, y que estaban deseosos de ver a Jesús. Lo que llama la atención es que estos extranjeros antes habían hecho su petición a san Felipe, el cual, aunque él mismo era un apóstol, en lugar de encargarse él mismo de llevarlos a Jesús, recurrió a su paisano Andrés, como si por edad o por su intimidad con Cristo fuera un canal más adecuado para llevar adelante la petición. «Vino Felipe y se lo dijo a Andrés, y Andrés y Felipe fueron y se lo dijeron a Jesús» (Jn 12,22).

Se menciona juntos a estos dos apóstoles otra vez en el capítulo 6 del mismo evangelio, en la consulta que precede al milagro de la multiplicación de los panes y de los peces; y de nuevo Andrés se encarga de llevar a un extraño ante Cristo. «Aquí hay un muchacho —le dice, un muchacho que, quizá, no tenía el ánimo de presentarse él mismo— que tiene cinco panes de cebada y dos peces» (Jn 6,9).

Estos dos pasajes hablan de la especial ascendencia sobre Cristo que tenía san Andrés entre los apóstoles; lo cual se confirma en el único lugar en que los otros evangelios lo nombran, aparte del momento de su elección como apóstol. Cuando el Señor predijo la ruina del Templo «le preguntaron a solas Pedro, Santiago, Juan y Andrés: ‘Dinos cuándo ocurrirán estas cosas'» (Mc 13,3-4); y a estos cuatro reveló nuestro Señor las señales de su venida y del fin del mundo. San Andrés, pues, aparece dentro de la especial confianza de Cristo, unido además a esos apóstoles que, en prenda de su especial favor, Él quiso escoger de entre los Doce en diversas ocasiones.

Aparte de estas noticias inspiradas, poco más se sabe de san Andrés. Se dice que predicó el evangelio en Escitia y que recibió martirio en Acaya. Según la tradición, murió crucificado en el tipo de cruz que lleva su nombre. Aunque la Escritura nos dice poco de él, al menos nos permite una lección, y una lección importante. He aquí los hechos: de los apóstoles, san Andrés fue el primer converso; gozó de la confianza de nuestro Señor, tres veces se le presenta llevando gente ante Cristo; y al final resulta que la historia prácticamente se olvida de él, y la gran dignidad y el renombre pasan a su hermano Simón, el cual llegó al Salvador gracias precisamente a Andrés.

La lección es ésta: los que hacen más ruido en el mundo, los que parecen imprescindibles en los hechos que registra la historia, no son necesariamente los más útiles en su momento ni los más favorecidos por Dios. Al contrario: incluso cuando se puede señalar a unas cuantas personas como el auténtico instrumento de alguna gracia para la humanidad, la estimación que otorgamos a unos respecto a otros está por lo general muy equivocada. Así que, en general, si rastreáramos la mano de Dios en los asuntos humanos, si persiguiéramos hasta su fuente la Bondad de Dios tal como se manifiesta en el mundo, nos veríamos obligados a retirar nuestra admiración a los poderosos y distinguidos. A continuación, decaería nuestra confianza en la opinión de la sociedad, y el respeto que tenemos por las decisiones de los sabios o de las mayorías, y volveríamos los ojos hacia la vida corriente buscando las verdaderas señales de la presencia de Dios en las cosas que leemos o pasan a nuestro lado. Allí veríamos la santidad manifestada personalmente en sus elegidos, los cuales, aunque parecen débiles ante los hombres, en realidad pueden mucho por la virtud de Dios, influyen en la marcha de la Providencia y son la causa de hechos trascendentales en este mundo en que la sabiduría y el poder del hombre natural no sirven de nada.

Observemos, lo primero, cómo opera esta ley de Dios al darnos esas bendiciones temporales que son de primera necesidad para el bienestar en la vida presente. Por ejemplo, ¿quién fue el primero que cultivó grano? ¿Quién fue el primero en domar y domesticar los animales cuya fuerza usamos y de quienes obtenemos comida? O ¿quién descubrió las hierbas curativas que desde los tiempos primitivos son el recurso contra la enfermedad? Si fue un hombre mortal el que así escudriñó el mundo animal y vegetal, discriminando entre lo útil y lo que no tenía valor, su nombre es del todo desconocido a los millones de personas a las que ha beneficiado. Es cosa notable que quienes abren camino para las más felices invenciones y secretos de la naturaleza, los que se gastan en la búsqueda de la Verdad, los que ponen en marcha acciones trascendentales, los que con dolor logran que sus contemporáneos adopten medidas beneficiosas o son la verdadera causa de hechos fundamentales en la historia de un país, normalmente, en lo que toca a celebridad y recompensa, son suplantados por gentes de inferior valía. No han dado su nombre a las obras, ni a las técnicas y modos de hacer que ellos dieron al mundo. Otros usurparon la escuela por ellos fundada; su sabiduría circula mostrenca entre los niños de su patria, e incluso es parte del carácter nacional, pero no es bálsamo inmortal para el nombre de sus verdaderos autores.

Así va la historia en el mundo político y social; y esa regla está aún más firmemente arraigada en el mundo de lo moral y lo religioso. ¿Quién instruyó a los doctores de la Iglesia y a los santos que han sido los más ilustres expositores de lo bueno y lo malo, y que de palabra y obra son guía de nuestra conducta? ¿Es que la Sabiduría Todopoderosa les habló directamente al alma o no los sometió, más bien, a la enseñanza de personas desconocidas, más sabios quizá que ellos? Andrés fue tras Juan Bautista, mientras Simón seguía con sus redes. Andrés fue el primero en reconocer al Mesías de entre los habitantes de la despreciada Nazaret; y él llevó a su hermano ante Jesús. Y, sin embargo, a Andrés no le hizo Cristo ningún elogio del que quede constancia. Mientras que a Simón, ya desde el primer encuentro, le dio el nombre de honor por el que ahora lo conocemos y después lo puso al frente como fundamento de su Iglesia. Naturalmente, nada se puede deducir de aquí, en un sentido u otro, acerca de la excelencia relativa de los dos hermanos; por el momento, lo único claro es que, en el curso providencial de los acontecimientos, uno fue el iniciador secreto y el otro el instrumento público de una gran acción divina. También san Pablo fue honrado con la distinción de una conversión milagrosa y fue llamado a ser el principal agente de la propagación del Evangelio entre los paganos; sin embargo, el gran encargo de transmitir el perdón y el Espíritu Santo al «apóstol de las gentes» se le dio a Ananías, un santo del todo desconocido que vivía en Damasco.

Así actúa la Providencia a diario. La infancia y juventud de los hombres no es pública y, normalmente, es siendo niños cuando se forma el carácter, para el bien y para el mal. Y quienes los forman para el bien, esos auténticos bienhechores, son desconocidos para el mundo. Se ha hecho notar que algunos de los cristianos más eminentes han tenido madres piadosas y, con el correr del tiempo, esos santos han atribuido los dones recibidos a la acción de sus madres. San Agustín ha...



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