Henry Newman | Sermones parroquiales / 3 | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 360 Seiten

Reihe: Ensayo

Henry Newman Sermones parroquiales / 3

(Parochial and Plain Sermons)
1. Auflage 2011
ISBN: 978-84-9920-640-0
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

(Parochial and Plain Sermons)

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Reihe: Ensayo

ISBN: 978-84-9920-640-0
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En este tercer volumen de la serie de los Sermones parroquiales se incluyen veinticinco sermones predicados en la iglesia de Saint Mary's en Oxford. El genio humano y cristiano de Newman, que ya era una autoridad no exenta de polémica en Inglaterra, vuelve a brillar en ellos con toda lucidez. Con un conocimiento de la Escritura poco común, el autor, todavía anglicano, describe con belleza y en toda su riqueza a la Iglesia como instrumento de salvación, como continuidad de Cristo en la historia a través de los sacramentos. Unas convicciones defendidas con fuerza y que llevarían a Newman, en no mucho tiempo, a la conversión al catolicismo.

John Henry Newman (Londres 1801 - Birmingham 1890) es sin duda uno de los pensadores cristianos con mayor influencia en el último siglo, especialmente en el mundo anglosajón. Fue ordenado sacerdote anglicano en 1825 en Oxford, y durante los años siguientes fue uno de los principales impulsores del Movimiento de Oxford. En 1842 se retiró a Santa maría en Littlemore, donde vivió bajo condiciones monásticas de gran austeridad. Mientras, escribía su Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana, lo cual le reconcilió con el credo y la práctica de la Iglesia católica romana. En 1845 se convirtió al catolicismo y fue ordenado sacerdote católico en 1847. A los 78 años de edad, en 1879, fue nombrado cardenal por el papa León XIII. Considerado por muchos como uno de los inspiradores del Concilio Vaticano II, en 1991 fue declarado Venerable por el papa Juan Pablo II, y en 2010 ha sido beatificado por Benedicto XVI. Encuentro ha publicado en español gran parte de los libros de su extensa obra.
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Sermón 1
ABRAHÁN Y LOT
[n. 203 | 19 de julio de 1829]


«Lot alzó la vista y vio la vega entera del Jordán; toda ella hasta Soar era de regadío antes de que el Señor destruyera Sodoma y Gomorra, como el jardín del Señor, como el país de Egipto. Lot eligió para sí toda la vega del Jordán, y se dirigió al Oriente. Así se separaron el uno del otro» (Gn 13,10-11)

La enseñanza que hay que sacar de la historia de Abrahán y Lot es esta, obviamente: que solo una clara aprehensión de las cosas invisibles, la sencilla confianza en las promesas de Dios y la grandeza de espíritu que de ahí surgen, pueden hacernos obrar por encima de las cosas del mundo; volvernos indiferentes, o casi, a sus consuelos, goces y lazos. O, en otras palabras, la lección es que las cosas buenas del mundo corrompen la carrera incluso de las personas religiosas que las poseen. Lot, al igual que Abrahán, dejó su tierra movido «por la fe», obedeciendo al mandamiento de Dios. Pero en una coyuntura posterior en la que la voluntad de Dios no se manifestaba tan claramente, uno fue hallado «sin mancha ni culpa» y el otro «se salvó como por el fuego». Abrahán se convirtió en el «padre de todos los que creen»; Lot enturbió las esperanzas puestas en el momento de su vocación, desgastó los privilegios de su elección y durante un tiempo se asimiló a la masa de la gente tal como se ve ahora en los países cristianos: es religiosa hasta un cierto punto, lleva una vida nada coherente con sus principios y no aspira a la perfección.

Podemos dividir la historia de Lot en tres partes. La primera, desde el momento en que salió de Jarán con Abrán hasta que los dos se separan; después, desde que se establece en las llamadas ciudades de la vega, entre las que estaba Sodoma, hasta su cautividad y rescate; y por último, desde su regreso a Sodoma hasta su huida desde allí a la montaña bajo la guía del ángel, que es cuando la Escritura lo pierde ya de vista. La repasaremos en este orden.

1. Cuando Abrahán y Lot llegaron a la tierra de Canaán, parece que no habían recibido ninguna indicación de parte de Dios acerca de dónde habían de establecerse. Primero fueron a Siquem; de ahí al vecindario de Betel; al final, una hambruna los llevó a Egipto y, a continuación, comienza lo que debería llamarse la historia de sus pruebas.

Abrahán y Lot habían abandonado el mundo ante una llamada de Dios; pero les esperaba una prueba más difícil. Aunque nunca es fácil, es más fácil entregar el corazón a la religión cuando no tenemos otra cosa en que ocuparlo (o tomar una decisión importante que nos saca del curso normal de nuestra vida y de alguna manera nos fuerza a hacer cosas que de otra manera evitaríamos) que poseer una buena porción de bienes de este mundo y, no obstante, amar a Dios por encima de todas las cosas. Mucha gente es capaz de sacrificar sus intereses mundanos en un arranque, y como entonces pocas cosas hay que puedan alterarles, están en condiciones de aferrarse a la religión y servir a Dios aceptablemente y con constancia. Quienes hacen tales sacrificios con frecuencia dan prueba de una gran fuerza de carácter, como fue el caso de Lot al dejar su tierra. Pero es cosa más grande, requiere una fe más noble, más firme y clara estar rodeado de bienes temporales y ser abnegado al mismo tiempo, considerarnos solo servidores de la bondad de Dios y ser «fieles en todas las cosas» que nos encomienda. Así pues, la tentación que padecieron los dos patriarcas consistió precisamente en esto: Dios les dio riqueza y categoría. Cuando se trasladaron a Egipto, Abrahán fue recibido entre honores por el rey de aquella tierra. Poco después, se dice que Abrahán tenía «ovejas y vacas, asnos, esclavos y esclavas, asnas y camellos» (Gn 12,16), que «era muy rico en ganado, plata y oro» (Gn 13,2) y que «También Lot... tenía ovejas, vacas, y tiendas» (Gn 13,5). En consecuencia, cuando volvieron a Canaán, el patrimonio y ganado de ambos había crecido demasiado como para establecerse en un solo lugar. «La región no les permitía habitar juntos, porque tenían mucha hacienda y no había lugar para ambos» (Gn 13,6). Los pastores de uno y otro disputaban porque, por ejemplo, cada uno quería hacerse con los mejores pastos y los pozos más abundantes. Esta discordia en la familia escogida era, claro está, cosa poco presentable a los ojos de los idólatras, los cananeos y perezeos que habitaban en los alrededores. Por eso Abrahán sugirió una separación amistosa y dejó que Lot escogiera en qué parte de la tierra prefería establecerse. En esto consistió la prueba de la fe de Lot. Veamos cómo se desempeñó. Ocurrió que la parte más fértil, la vega del Jordán, estaba en manos de un pueblo dejado de la mano de Dios, los habitantes de Sodoma, Gomorra y las ciudades vecinas. La riqueza que Lot disfrutaba hasta entonces le había sido dada como prenda del favor de Dios y su principal valor era que procedía del Señor. Pero al dejarse atraer por la riqueza y belleza de una tierra culpable y condenada, Lot se olvidó de esto y empezó a estimar la riqueza por sí misma. La prosperidad de un pueblo malvado no podía considerarse señal del amor de Dios; pero dirigir la mirada a Sodoma significaba ir con el mundo y hacer de la riqueza la medida de todas las cosas y el objeto final de la existencia. En palabras del texto, «Lot eligió para sí toda la vega del Jordán, y se dirigió al Oriente. Así se separaron el uno del otro. Abrán se estableció en tierra de Canaán, y Lot en las ciudades de la vega, ocupando las tierras hasta Sodoma. Pero los habitantes de Sodoma eran perversos y pecadores empedernidos contra el Señor» (Gn 13,11-13). No veo la manera de negar que este fue un paso en falso por parte del santo patriarca Lot, algo culpable en sí mismo y que llevó a consecuencias muy serias. «Pues más vale un día en tus atrios», dice el salmista, «que mil fuera. Prefiero estar en el umbral de la Casa de mi Dios que habitar en las tiendas de los impíos» (Sal 84,11). Pero los que se han acostumbrado a considerar la prosperidad mundanal como cosa altamente deseable en sí, la toman allá donde la encuentran: cuando Dios la da y también cuando no la da. Para ellos, quién la da no es asunto de primera importancia, al menos en el fondo de su corazón —aunque quizá les sorprendería que alguien se lo hiciera notar. Si todo esto no se aplica a Lot en su integridad, al menos su historia nos recuerda lo que ocurre a diario en casos que se le parecen externamente. Los hombres se consideran muy devotos y prometen adorar al Unico Dios Verdadero, al mismo tiempo que caen en ese pecado que el apóstol llama «idolatría»: amar y adorar a las criaturas en vez de al Creador.

Por su parte, Abrahán se quedó sin tierra ni posesiones, pero tenía la presencia de Dios como herencia y Dios le confirmó; porque, como una especie de recompensa por su desinterés, le renovó la promesa que le había hecho de darle en el futuro toda la tierra, incluyendo la hermosa porción que Lot había tomado para sí —temporalmente. «El Señor dijo a Abrán después de que Lot se separara de su lado: ‘Alza la vista desde el lugar en que estás y mira al norte, al sur, al este y al oeste. Toda la tierra que ves te la daré a ti y a tu descendencia para siempre. Haré a tu descendencia como el polvo de la tierra; si alguien puede contar el polvo de la tierra, también podrá contar tu descendencia. Levántate y recorre el país a lo largo y a lo ancho, porque a ti te lo voy a dar’» (Gn 13,14-17).

2. Así termina la primera parte de la historia de Abrahán y Lot. Prosigamos. Dios es tan misericordioso que no permite que sus siervos se aparten de Él sin hacerles repetidas advertencias. No pueden ser «como los paganos»; Dios va tras ellos con visitas bondadosas como a Jonás cuando huía de Él. Lot decidió vivir entre los pecadores; pero Dios no se olvidó de él. Le envió una calamidad para advertirle y escarmentarle. No se dice que esa fuera la intención pero sabemos por la luz de la razón que toda aflicción tiene como fin probarnos y mejorarnos, y por tanto es justo decir que ese fue el sentido de la violencia y el cautiverio al que pronto había de verse sometido Lot. Sodoma, Gomorra y las ciudades vecinas, que eran súbditas de Quedorlaómer, rey de Elam, se rebelaron contra él. Como represalia, el país fue invadido por su ejército y el de sus aliados; y los reyes de esas ciudades fueron derrotados en la batalla y murieron, y «se apoderaron de toda riqueza de Sodoma y de Gomorra con todas sus provisiones» (Gn 14,11). También Lot y sus posesiones cayeron en sus manos. Así pues, dejando al margen consideraciones de tipo religioso, el lugar que Lot escogió para vivir tenía su punto débil precisamente en esa feracidad y opulencia que él había codiciado y que atrajo la atención de aquellos cuya fuerza les permitía ser rapaces. Abrahán por aquel entonces vivía en la llanura de Mambré y al oír que su pariente había sido hecho cautivo, inmediatamente reunió seguidores, más de trescientos hombres, y se le unieron varios príncipes del país con los que había hecho alianza; buscó a los saqueadores, los sorprendió por la noche, los aplastó y rescató a Lot, a los demás cautivos y todos sus bienes.

Como he dicho, esto significó una advertencia misericordiosa hacia Lot. No solo una advertencia; parece haber sido también la ocasión de cortar sus relaciones con la gente de Sodoma y sacarle de esa tierra del pecado. Sin embargo, él no lo vio así. Nada se dice de su regreso allá en este pasaje del relato; pero en lo que sigue inmediatamente, lo encontramos de nuevo en...



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