Henry Newman | Sermones Parroquiales / 4 | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 352 Seiten

Reihe: Ensayo

Henry Newman Sermones Parroquiales / 4

(Parochial and Plain Sermons)
1. Auflage 2011
ISBN: 978-84-9920-552-6
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

(Parochial and Plain Sermons)

E-Book, Spanisch, 352 Seiten

Reihe: Ensayo

ISBN: 978-84-9920-552-6
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Entre 1835 y 1838, periodo al que pertenecen los sermones que encontramos en este cuarto volumen de la serie de los Sermones Parroquiales, Newman se halla en plena evolución desde el anglicanismo hacia el catolicismo. Su batalla contra el racionalismo liberal de los protestantes, que considera corruptor de la fe y ajeno al anglicanismo reformado que él promueve, tiene ya una formulación: la Via Media. A pesar de la declarada intención 'práctica' de sus sermones, Newman tiene claro que 'el fin de la predicación no es convertir a la gente' sino que 'el predicador cristiano, al emplear sus propias palabras, no puede pretender ser más que un Juan Bautista que prepara el camino del Evangelio'. Y el poder del Evangelio para convencer y convertir está en 'la Iglesia, los sacramentos, etc., y en la vida de las personas buenas'.

John Henry Newman (Londres 1801 - Birmingham 1890) es sin duda uno de los pensadores cristianos con mayor influencia en el último siglo, especialmente en el mundo anglosajón. Fue ordenado sacerdote anglicano en 1825 en Oxford, y durante los años siguientes fue uno de los principales impulsores del Movimiento de Oxford. En 1842 se retiró a Santa maría en Littlemore, donde vivió bajo condiciones monásticas de gran austeridad. Mientras, escribía su Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana, lo cual le reconcilió con el credo y la práctica de la Iglesia católica romana. En 1845 se convirtió al catolicismo y fue ordenado sacerdote católico en 1847. A los 78 años de edad, en 1879, fue nombrado cardenal por el papa León XIII. Considerado por muchos como uno de los inspiradores del Concilio Vaticano II, en 1991 fue declarado Venerable por el papa Juan Pablo II, y en 2010 ha sido beatificado por Benedicto XVI. Encuentro ha publicado en español gran parte de los libros de su extensa obra.
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Sermón 1
EL RIGOR DE LA LEY DE CRISTO
[n. 473 | 9 de julio de 1837]


«Y, liberados del pecado, os hicisteis siervos de la justicia» (Rm 6,18)

En el pasaje del que estas palabras forman parte, san Pablo insiste otra vez en la enorme verdad que declaran estas palabras: que los cristianos no nos pertenecemos, sino que hemos sido comprados a precio, y al serlo, hemos pasado a ser siervos o, más bien, esclavos de Dios y de su justicia. Antes, además, habíamos sido rescatados del estado de mera naturaleza. El gran apóstol no se contenta con decir la verdad a medias; no dice solo que hemos sido liberados de la miseria y de la culpa, sino que añade que nos hemos convertido en siervos de Cristo. En realidad, usa una palabra que propiamente significa «esclavos». Los esclavos se compran y se venden; nosotros éramos, por nacimiento, esclavos de Satanás y del pecado. La sangre de Cristo nos compra, pero no por eso dejamos de ser esclavos. Ya no pertenecemos a nuestro antiguo amo, es verdad. Pero seguimos teniendo un amo porque los esclavos no pasan a ser libertos cuando alguien los compra. Seguimos siendo esclavos, pero de un amo nuevo y ese amo es Cristo. Él no nos ha comprado y luego nos ha dejado sueltos en el mundo sino que ha hecho por nosotros lo único que podía culminar su primer beneficio: comprarnos para que seamos siervos o esclavos suyos. Nos ha dado una libertad que es la única verdadera libertad: entrar a su servicio, porque si Él no nos acogiera, recaeríamos sin remedio en la esclavitud cruel de la que Él nos rescató. En cualquier caso, cualesquiera que sean las consecuencias, cualquiera que sea el beneficio o las pruebas, no dejamos de ser esclavos al quedar libres de Satanás; quedamos sujetos a un nuevo amo, el que nos compró.

Hay que insistir en esto. Porque abundan las personas dispuestas a admitir su naturaleza de esclavos pero que, por un motivo u otro, llegan a la conclusión de que, ahora que Cristo los ha liberado, no tienen obligación de prestar servicio alguno en absoluto. Si por «esclavitud» entendemos un estado cruel y miserable de sufrimiento, como suelen infligir los amos de la tierra a sus esclavos, desde luego que, en ese sentido, los cristianos no son esclavos y es impropio aplicarles esa palabra. Pero si por esclavos entendemos que no podemos sacudirnos nuestra condición de siervos, que no podemos cambiar de lugar y hacer cuanto deseemos, en ese sentido es literalmente verdad que somos más que siervos de Cristo. Somos —y esa palabra emplea el texto— esclavos. La gente habla como si el colmo de la humana felicidad consistiera en la capacidad de hacer o no hacer, elegir o rechazar. Ahora bien, nosotros tenemos esa capacidad, por supuesto, en lo que toca a esto: que si no nos decidimos a ser siervos de Cristo, podemos recaer en el antiguo vínculo del que nos rescató y ser de nuevo esclavos de las fuerzas del mal. Tenemos libertad para empeorar nuestro estado, pero no la tenemos para no tener amo o dependencia de cualquier tipo. No es propio de la naturaleza del hombre carecer de toda servidumbre o depender por completo de sí mismo. Podemos escoger a nuestro señor, pero ese señor nuestro será o bien Dios o bien Mammón. No es posible quedarse en un terreno neutral o intermedio. Semejante terreno no existe. Si no somos siervos de Cristo, pasamos inmediatamente a serlo de Satanás. Y Cristo nos libra de Satanás solo haciéndonos siervos suyos. El reino de Satanás apenas tiene trato con el de Cristo, el mundo casi no tiene trato con la Iglesia, y perteneciendo a Cristo dejamos de pertenecer a Satán. No podemos estar sin amo, esa es la ley de nuestra naturaleza. Sin embargo, ya lo he dicho, hay personas que pasan esto por alto y piensan que su libertad cristiana consiste en carecer de toda ley, incluida la ley de Dios. Semejante error parece haberse dado ya en tiempos de san Pablo, y se alude a él en el capítulo que consideramos. La gente parece haber pensado que, como la ley del pecado fue anulada y eliminados los terrores de la ley de la naturaleza, ya no estaba sometida a ningún tipo de ley; que su propia voluntad era su ley y que la fe sustituía a la obediencia. Para contrarrestar este error tremendo, san Pablo recuerda a sus hermanos en el texto citado que al ser «liberados del pecado, os hicisteis siervos de la justicia». Y también: «que el pecado no tendrá dominio sobre vosotros, ya que no estáis bajo la Ley», esto es, la Ley de la naturaleza, «sino bajo la gracia» (Rm 6,14) o, como dice en otro lugar, «la ley de la fe» o «la ley del Espíritu de Vida». No es que no tuvieran señor sino que ese señor suyo era bondadoso y generoso.

Lo mismo dice en otras epístolas. Por ejemplo: «el que siendo siervo fue llamado en el Señor [...] es siervo de Cristo» o esclavo (1 Cor 7,22). «Habéis sido comprados mediante un precio; no os hagáis esclavos de los hombres» (1 Cor 7,23). O sea: sedlo de Cristo. Y también, tras decir «siervos: obedeced en todo a vuestros amos de la tierra» (Col 3,22), añade «porque sois esclavos de Cristo, el Señor» (Col 3,24). En otro momento habla de sí mismo como «Pablo, siervo de Jesucristo» (Rm 1,1), palabra que en realidad significa esclavo; y también dice «no estoy fuera de la ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo» (1 Cor 9,21).

Así pues, la religión es necesariamente un servicio. Desde luego, es también un privilegio, pero lo es más y más en la medida en que más nos ejercitamos en él. El perfecto estado cristiano es aquel en que coinciden el deber y la inclinación, cuando lo recto y lo verdadero nos resultan naturales, cuando el «servicio de Dios es la libertad perfecta»1. Y ese es el estado hacia el que tienden todos los verdaderos cristianos. Es el estado permanente de los ángeles: su felicidad es la perfecta sujeción a Dios de pensamiento y de obra; la plenitud de su alegría y vida eterna es la completa y absoluta cautividad de su voluntad en la voluntad de Dios. Pero eso no es así con los santos más que en parte. Por supuesto, después del Bautismo, tenemos en nosotros una semilla de verdad y felicidad, y en nuestra naturaleza hay implantada una nueva ley, pero todavía tenemos que someter esa antigua naturaleza, «el hombre viejo, que se corrompe conforme a su concupiscencia seductora» (Ef 4,22). En suma: tenemos que luchar, tenemos una guerra que dura toda la vida. Tenemos que convertirnos en señores de todo lo que hacemos, de lo que somos, echando fuera todo desorden y rebeldía, enseñando e imprimiendo en todo nuestro ser, alma y cuerpo, el lugar y el deber que le corresponde, hasta que seamos tan completamente de Cristo en voluntad, afectos y razón, como decimos serlo. En palabras de san Pablo, «deshacemos sofismas y toda altanería que se levanta contra la ciencia de Dios, y sometemos a la obediencia de Cristo, como a un prisionero, a todo entendimiento» (2 Cor 10,5).

Acaso no he dicho más que lo que confiesa todo el mundo. Sin embargo, entre los que se dicen cristianos, lo normal es no compartir en la práctica la doctrina de que estamos sometidos a una ley. Nada más raro que la obediencia estricta, el sometimiento sin reservas a la voluntad de Dios, la dedicación constante al cumplimiento del deber —como lo mostrarán unos cuantos ejemplos.

La mayoría de los cristianos admitirán en general que sí, que están sometidos a una ley, pero lo admitirán con esta reserva: la posibilidad de dispensarse de esa ley. Lo que digo es del todo independiente de la pregunta acerca de cuál es la medida de la obediencia que cada uno se propone a sí mismo. Unos ponen más alto que otros su nivel de exigencia en el deber; los hay que lo limitan a mera moralidad personal; otros lo reducen a las obligaciones sociales, otros lo regulan según las convenciones propias de determinados círculos o clases sociales, otros incluyen las obligaciones religiosas. Pero tanto si se considera en mucho o en poco la ley de la conciencia, tanto si esta se toma por lo ancho o por lo estrecho, pocos son los que hacen del deber su regla de conducta, pocos los que convierten su idea del deber —cualquiera que esta sea— en algo que les obliga, pocos hay que profesen guiarse por ella de forma constante y coherente. Preguntad por ahí a la gente y veréis que a todos y cada uno les parece aceptable situarse a veces por encima de la ley —incluso según su propia medida de lo que es ley-, hacer excepciones y reservas, como si ellos fueran soberanos de su conciencia y tuvieran poder para otorgar dispensas.

¿Qué tipo de persona es la que el mundo considera respetable y religiosa, tanto entre los distinguidos como entre los sencillos? Como mucho tiene estos rasgos: presenta una serie de buenas cualidades de carácter, pero algunas las tiene por nacimiento, y las que ha adquirido con esfuerzo, bien proceden de que las circunstancias le han obligado a adquirirlas, bien de que por temperamento posee algún principio de acción —de un tipo u otro— que se pone en marcha, somete otras tendencias y prevalece en su carácter. Ha adquirido cierto autodominio porque nadie es respetado si no lo tiene. Se ha visto obligado a adquirir la costumbre de ser puntual, diligente, exacto y honrado. Es cortés y amable, y ha aprendido a no decir todo lo que piensa y siente, o a no hacer todo lo que quiere, en según qué ocasiones. La gran masa de la gente, por supuesto, está lejos de poseer virtudes tan loables como estas. Pero estoy suponiendo lo mejor, y por tanto doy por supuesto que el carácter y posición de un individuo son tales que solo en ocasiones se encontrará con que sus inclinaciones o intereses van contra su deber. Pues bien, esas ocasiones son...



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