E-Book, Spanisch, 248 Seiten
Reihe: Religión
Henry Newman Sermones parroquiales / 8
1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-9055-334-3
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
(Parochial and plain sermons)
E-Book, Spanisch, 248 Seiten
Reihe: Religión
ISBN: 978-84-9055-334-3
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
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John Henry Newman (Londres 1801 - Birmingham 1890) es sin duda uno de los pensadores cristianos con mayor influencia en la actualidad, especialmente en el mundo anglosajón. Ordenado sacerdote anglicano en 1825, durante los años siguientes fue uno de los principales impulsores del Movimiento de Oxford, cuya aspiración principal era que la Iglesia de Inglaterra volviera a sus raíces católicas. Tras un largo proceso, sus estudios sobre los Padres de la Iglesia le acaban llevando a convertirse al catolicismo en 1845, siendo ordenado sacerdote católico en 1847. En 1879 fue nombrado cardenal por el papa León XIII. Considerado por muchos como uno de los inspiradores del Concilio Vaticano II, en 1991 fue declarado Venerable por san Juan Pablo II y en 2010 beatificado por Benedicto XVI. Encuentro ha publicado en español buena parte de su extensa obra, de la que destacan Ensayo para contribuir a una Gramática del Asentimiento, Apologia pro vita sua, Suyo con afecto y los Sermones parroquiales (ocho volúmenes).
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Hasta ahora, las introducciones a estos Sermones han tenido un sesgo vagamente biográfico, a medida que iban pasando los años y los tomos —los años del Newman anglicano y los tomos de sus sermones en castellano. Ahora que hemos llegado al último de los ocho volúmenes, no parece el mejor momento para cambiar de línea; lo cual nos sitúa en los años que van entre el último sermón que predicó como pastor anglicano en septiembre de 1843, titulado «Separarse de los amigos», y el 9 de octubre de 1845, día de su recepción en la Iglesia Católica Romana.
La situación interior de Newman en ese tiempo es un tanto paradójica. Por un lado, la seguridad de su convicción intelectual respecto a la Iglesia Romana es cada vez más sólida; pero, por otro, no termina de estar seguro de que Dios le esté pidiendo a él que dé el paso hacia Roma, por motivos que se verán. La mejor manera de indagar en su estado interior es recorrer su correspondencia entre mediados del 43 y octubre del 45, de impresionante volumen, y sus anotaciones personales. Por ejemplo, el 4 de mayo de 1844 redacta un pequeño memorandum privado: «1. Más seguro estoy de que nosotros estamos en situación de cisma que de que el Credo de Pío IX no sea un desarrollo que parte de la doctrina primitiva. 2. Estoy mucho más seguro de que nosotros hemos quitado cosas a la Fe, que de que Roma las haya añadido. Por otro lado: 1. Implica una responsabilidad mayor cambiarse a una nueva comunión que permanecer donde le pusieron a uno. 2. Hay que tener una prueba clara y que pese más que la certeza de la pena tremenda que ocasionaría a otros. 3. No debe guiarse uno por su juicio privado, sino con otros» (LD 10, 225).
Su admirado John Keble, antiguo fellow de Oriel y vicario ahora en el apacible pueblo de Hursley, seguía siendo algo así como su director espiritual, la persona a quien Newman confiaba su intimidad. Ya en enero le había escrito: «a veces tengo el incómodo sentimiento de que no me gustaría morir en la Iglesia de Inglaterra» (LD 10, 103). Ahora, poco después del memorandum, el 8 de junio del 44, le escribe una larga carta venciendo «una gran repugnancia, porque la carta trata sobre mí —por no decir que escribir con letra intelegible hace que me duela la mano. Pero debo darte a conocer mi estado interior». Se remonta esta vez a la infancia, en una especie de confesión general: «He pensado mucho últimamente en las palabras de la oración de la mañana del obispo Andrewes: “No desprecies la obra de Tus propias manos” […] dirigidas a cada una de las personas de la Santísima Trinidad. […] Miro hacia atrás a los años pasados, o mejor, toda mi vida desde que era un chico, y digo: “¿A esto he llegado? ¿Se ha olvidado Dios de dar su gracia? ¿Me ha estado llevando tan lejos para luego rechazarme?”». Evoca a continuación: cuando «era un chico de quince años y llevaba una vida de pecado, y tenía una conciencia muy negra y un espíritu muy mundano, Dios en su misericordia me tocó el corazón; y a pesar de innumerables pecados, no Le he abandonado desde entonces, ni Él a mí […]. Cuando vine a vivir a Trinity, el verso de los salmos que más llevaba en el corazón y en los labios era “Tú me guiarás con tu consejo”. A través de innumerables pruebas Él me ha llevado adelante con seguridad y con felicidad, en conjunto. ¿Por qué va a dejarme ahora a ciegas? De sobra he hecho yo cosas para irritar a Dios, lo sé; pero ¿lo hará Él?». Entre los 19 y los 27 años Newman se siente, en palabras de Job, «obra de sus manos», porque «repetidamente y de maneras distintas me castigó y, al final, para destetarme del mundo, me quitó a una hermana querida; y justo en ese mismo momento Él me dio amigos queridos para que me enseñaran Sus caminos más perfectamente»; uno de esos amigos era, por supuesto, el propio Keble. Recuerda entonces su viaje al Mediterráneo en 1833. Dios había seguido «preparándome», pero fue entonces, al ir a Sicilia a solas, cuando «tuve la convicción de que Él me quería para llevar a cabo un propósito determinado». Durante ese viaje Newman contrajo unas fiebres y estuvo a punto de morir, pero en medio de su debilidad y de sus lágrimas le repetía a su asombrado criado que no había «pecado contra la luz» y que Dios tenía un trabajo para él. «Y en cuanto llegué a Inglaterra, el primer domingo después de llegar (14 de julio), tú predicaste tu sermón sobre la apostasía nacional, que fue el inicio del movimiento». [1]
Hasta este momento Newman ha considerado su pasado a la luz de la Providencia de Dios. Para alguien con fe no es difícil ver la mano de Dios en el pasado. El problema, para Newman y para todos, es descubrirla en el presente y en el futuro:
Ahora [prosigue su carta a Keble], después de once años, ¿cuál es mi situación? Pues que durante los últimos (casi) 5 años, he tenido una impresión profunda, que a menudo llega a ser una convicción habitual —al principio, durante un tiempo, latente, pero muy activa ahora durante los últimos dos años y medio, y que se vuelve cada vez más urgente e imperativa—, de que la Comunión Romana es la única Iglesia verdadera. Esta convicción se impuso sobre mí leyendo a los Padres de la Iglesia, y procedente de los Padres; los estaba leyendo teológicamente [el verano de 1839], no eclesiásticamente, en esa línea de trabajo concreta, las herejías de la antigüedad, a la que circunstancias ajenas a mí me habían llevado hace catorce años, antes de que empezara el movimiento.
Le cuenta a su amigo que solo se lo dijo a dos personas que tenía cerca y que se propuso «resistirse a esa impresión»; que escribió cosas en contra de ella y que no es consciente de haber cedido. Que desde entonces ha intentado llevar una vida más austera, que las Cuaresmas las ha pasado monásticamente en Littlemore, y que casi no se ha movido de allí en los últimos dos años. Y además, se ha esforzado positivamente en frenar a los que quieren pasarse a Roma. ¿Por qué, pues, la Providencia ha respondido a mis oraciones en estos temas y «no cuando he rezado pidiendo luces y guía?». El análisis que mejor refleja la situación de Newman en junio del 44 es quizá este párrafo de la carta:
Así pues, lo que puedo decir es que todos los incentivos y las tentaciones son seguir callado y no hacer movimiento alguno. Perder a los amigos, ¡qué mal tan grande! Perder la posición, el nombre, la estima ajena ¡qué manera de hacer el tonto!, ¡qué triunfo para los otros! No es motivo de orgullo desdecirme de lo que he dicho, echar abajo lo que he intentado construir. Y además, lo que es para mí como si me metieran un taladro, la perturbación interior que el cambio mío causaría a tantos; dejarlos a la deriva, hacerles perder tanto la estabilidad religiosa como el consuelo; la tentación a la que muchos se verían arrastrados de escepticismo, indiferencia e incluso de perder la fe. (LD 10, 262)
El peso de esta responsabilidad suya hacia los que le han seguido de una u otra forma, es tan agobiante que confiesa a Keble que «a veces me siento incómodo yo mismo; un temperamento escéptico y que tiende a dejar pasar las cosas, no es cosa del todo ajena a mi modo de ser, y quizá tenga que sufrir caer en ello de nuevo, como castigo».
Termina su carta con la gran pregunta aún sin responder: «¿Qué quiere Dios de mí? El tiempo de las discusiones intelectuales ha pasado ya. Llevo mucho tiempo asentado en una única convicción, que parece reforzarse a cada nueva idea. Cuando coincido con personas que piensan de otra manera, la tentación de callar es más fuerte, muy fuerte; pero no creo que esa convicción se vea alterada en lo más mínimo. Así que termino como empecé: ¿me estoy engañando, me he entregado a creer en una mentira? […] Pero si es así, ¿es posible que Dios misericordioso no quiera que yo me dé cuenta y me libre? ¿Me ha guiado hasta tan lejos para destruirme en el desierto? Tengo verdadero miedo a las consecuencias si algún amigo íntimo se uniera a la Iglesia de Roma. ¿No sentiría yo que era imposible desobedecer lo que parecería una advertencia dirigida a mí, cualesquiera que fueran las pruebas y el sufrimiento interior que llevaran consigo?» (LD 10, 259-63; la cursiva es mía).
A esos amigos y seguidores que tanto atenazaban su conciencia escribirá en estos años muchas otras cartas, aunque no tan íntimas y dramáticas como esta a Keble, que contiene en realidad una auténtica y concentrada autobiografía espiritual; que yo sepa, la primera que Newman compuso, un poco sin darse cuenta, a diferencia de sus otras dos bien conocidas autobiografías, la novela Perder y ganar (1847) y, sobre todo, Apologia pro vita sua (1865), uno de los textos canónicos del género autobiográfico moderno.
Newman apelaba a la Providencia. Es fácil pensar que Newman sentiría manifestarse la voluntad de Dios en los acontecimientos de esos meses, grandes y pequeños. Entre los grandes, la muerte de su amigo más antiguo, John William Bowden, evidente ya en el verano de 1844. Newman se tomaba la no pequeña molestia de ir los miércoles a Roehampton, cerca de Londres, para darle la Comunión a su amigo y se volvía al día siguiente a Littlemore. Bowden murió finalmente el 15 de septiembre, en su casa de 17 Grosvenor Place en Londres. Newman lloró amargamente sobre su ataúd, «al pensar que me dejaba aún a oscuras acerca de cuál era el camino de la verdad, y acerca de lo que tenía yo que hacer para agradar a Dios y cumplir Su...




