Hernández Franco | Almas envenenadas | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 320 Seiten

Reihe: eMilenio

Hernández Franco Almas envenenadas


1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-9743-994-7
Verlag: Milenio Publicaciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 320 Seiten

Reihe: eMilenio

ISBN: 978-84-9743-994-7
Verlag: Milenio Publicaciones
Format: EPUB
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Finales del siglo xix, en Vallalmera, una pequeña ciudad de provincias, se cruzan las vidas de dos mujeres, madre e hija, y un hombre. Isabel de Landáburu, obsesionada con someter a su imperio a todos los que la rodean, Alicia Olivares, proclive a los histerismos místicos, y Luis Vélez, enfermo de una lujuria que solo enmascara sus complejos de inferioridad. Las tormentosas relaciones que se establecen entre ellos desembocarán en un terrible crimen. A caballo entre la novela romántica y la negra, Almas envenenadas es ante todo una exploración sin concesiones de los rincones más oscuros del alma humana, allí donde la razón duerme y los monstruos te devuelven la mirada. Basada en la historia real de León Vitalis y Marie Boyer, un crimen que escandalizó a la sociedad francesa a finales del siglo xix.

Aitor Óscar Hernández Franco es licenciado en Historia y Geografía por la Universidad de Deusto y técnico superior en Riesgos Laborales. Ha ganado la VII Beca Serapio Múgica, con el proyecto La Prensa en Irún antes y durante la Belle Époque. Mujer, Laicismo y Modernidad (1885-1925) y el V Concurso de Investigación histórica Luis de Uranzu con Federico Forcada y la Escuela Moderna. La doctrina pedagógica de Ferrer Guardia en Guipúzcoa. También ha publicado otros libros de investigación relacionados con las principales corrientes ideológicas del siglo XIX como El Ku Klux Klan, el brazo armado del Partido Demócrata.
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Dos

Tras la primera entrevista con el nuevo encargado, Isabel comentó a su marido con voz extrañamente ronca: “No me acaba de convencer. No presta suficiente atención a mis instrucciones, a lo mejor como viene de Madrid se cree demasiado importante. Le daré una semana para ver cómo se desenvuelve”. Sin embargo, esa noche Isabel tardó en conciliar el sueño. Reconstruía en su mente el rostro de Luis y tenía que admitirlo: era poco agraciado, bajo y mezquino de carnes. Podría tumbarlo de una bofetada. Dudaba que atrajese a las mujeres. Pero no podía quitárselo de la cabeza. ¿Por qué? ¿Por qué ese hombre y en ese momento después de tantos años de no mirar a ninguno a la cara? Una vez creyó haber encontrado la solución, Luis le recordaba a su padre. Al instante, se tomó por loca y rechazó la idea. Mientras tanto, el objeto de sus desvelos, se masturbaba fantaseando con las redondeces de la mujer de su patrón. Una vez aliviado, decidió, sin embargo, que no debía intentar nada con ella. No necesitaba escándalos ni ataduras. Vallalmera tendría otras formas de saciar sus apetitos.

Obviamente, los encuentros entre ambos resultaban cotidianos. Incluso se abrió una puerta en la pared que separaba los dos locales para que pudiera pasarse de uno a otro sin necesidad de dar rodeos. No era infrecuente al principio que Luis entrase en La Parisina para consultar con Isabel detalles sobre una venta o un género o que ella visitase la tienda de caballeros para hacer una inspección general, reafirmando así su papel de valido de rey gandul. A veces, Isabel le apartaba de una venta para llevarla en persona, y le clavaba luego una mirada altiva que venía a significar “mire y aprenda”. A él no parecían importarle estos menosprecios. Esbozando una sonrisa de jesuita tomaba nota de cómo Isabel servía a los clientes mientras su fantasía se desbordaba. Se imaginaba todas las formas en las que podría tomarla en ese mismo instante. Era siempre lo mismo con las mujeres que le atraían. El impulso irresistible, doloroso, le obligaba a intentar la conquista, a buscar no solo la satisfacción de la carne, sino el apaciguamiento de su retorcida imaginación. Por las noches corría a alguno de los prostíbulos locales y se desfogaba casi con crueldad con la fulana de turno. Para conocer muchachas de cama que no fueran prostitutas solo le quedaban los festivos, que Matías se empeñaba en que los pasasen juntos. El buen hombre deseaba ser su cicerón en Vallalmera. Le sondeó, incluso, para que se dedicase a la política. Si se afincaba en la ciudad y se dejaba guiar por las fuerzas liberales, le aseguraba, un muchacho como él, madrileño, despierto, podía llegar a concejal en pocos años. Luis asentía, sonreía, no se comprometía con nada, su mirada vagaba a derecha e izquierda buscando una visión femenina que le alegrase la vista. Pero nada. Matías no estaba casado, a su domicilio invitaba solo varones panzudos y sus criadas, por edad y físico, hubieran apagado la libido de un camello en celo. Un par de meses después de comenzar a trabajar en El Parisino, Félix tomó por costumbre invitarlo a comer en su casa. Era una tontería, sostenía, que tras cerrar la tienda al mediodía el joven tuviese que ir a una fonda cuando en el piso de arriba Mercedes cocinaba unos platos para chuparse los dedos. Él trató de excusarse. No quería molestar.

—Tonterías, tonterías —contestó Félix mientras le propi-naba una amistosa palmada en el hombro—, le doy de comer para no tener que subirle el sueldo, y de paso quitarle esas pícaras ideas liberales que le mete Matías en la cabeza.

No tuvo más remedio que aceptar. Comenzó a presentarse de lunes a viernes a las dos de la tarde en casa de los Olivares. La mujer dejaba que su marido llevase la conversación, como si le molestase que hubiera invitado al joven. Luis, por su parte, luchaba por no traicionar la obsesión que sentía por los pechos de Isabel, grandes y jugosos. Pero a veces los ojos traicionaban a sus dueños o en la estrechez del comedor se rozaban, entonces un chasquido de sexualidad estallaba entre ambos, electrificándolos. En esas ocasiones, mortificada por lo que consideraba un momento de debilidad, Isabel reaccionaba dejando que su carácter imperioso tomase las riendas. Reñía a su marido por dar la murga con un determinado tema y, sin servirse aún los postres, mandaba a Luis de regreso a la tienda para que hiciese inventario de los pañuelos de seda o guantes que se acababan de recibir. Necesitaba reafirmarse en el mando. Nunca más caería bajo la tutela de nadie. Pasara lo que pasase, jamás volvería a perder el mando. Pasara lo que pasase, sí, pues en su interior había aceptado ya la posibilidad de que, finalmente, ese hombre que no se le iba de la cabeza se convirtiese en su amante. El pensamiento consciente de aquella idea la fascinaba y repugnaba al mismo tiempo, no entendía por qué Luis la atraía de una manera semejante. En todos sus años de casada, jamás había sentido el más mínimo impulso de traicionar a su marido, y ahora con ese hombre… ¿Por qué? Pero después de todo, ¿importaba la razón? Fuese un simple capricho o una necesidad más profunda ahogada durante tantos años de dedicarse solo a los negocios, ese pensamiento se iba abriendo paso en las profundidades de su consciencia como un enorme gusano en las entrañas de la tierra.

Era un viernes. Un poco antes de sentarse a la mesa Félix se había acordado que ese día estaba convidado al banquete anual que los comerciantes lugareños ofrecían al alcalde. De inmediato, Luis, ya presente en el hogar de los Olivares, mostró su intención de retirarse. No deseaba, dijo, que la señora se sintiese violenta sin más compañía que la suya. Félix rió de buena gana.

—Se necesita más que eso para incomodar a mi mujer. Ya ha visto usted cómo se las gasta…

Y, acordándose de las veces que les había reñido a ambos, su risa se hizo más sonora. Luis se sintió azorado. Isabel fulminó a su marido con una mirada y este enmudeció por unos instantes.

—Bien, bien —continuó al poco con tono de disculpa—, será mejor que me vaya. No quiero hacer esperar al alcalde. Que aproveche el cocido.

Se acercó a su mujer y le besó en una mejilla. Isabel y Luis empezaron a comer. Comían y sudaban. Guardaban silencio. Al fin, para romper aquella situación tan embarazosa, Isabel preguntó con tono mayestático:

—¿Sabe usted que yo soy vizcaína?

Luis arrugó el ceño desconcertado por ese comentario inesperado. Alzó la vista del plato. Bebió un sorbo de vino.

—Bien, suponía que, con su apellido, sería de alguna de las provincias del norte.

Ella continuó como si no lo hubiese oído.

—Vizcaya es una tierra orgullosa poblada por hidalgos. Todo el que nace en esa tierra, sea pobre o rico, es noble. Su gente no está acostumbrada a obedecer, solo a mandar. Esto es algo que los castellanos no comprendieron durante siglos. Se burlaban del honrado vizcaíno que sabedor de su hidalguía trataba de tú a cualquier noble castellano. Es una tradición. ¿Cree usted en las tradiciones?

Luis esbozó una media sonrisa burlona. Cuánto absurdo barroquismo para reafirmar una posición dominante que nadie disputaba.

—Bien —contestó pensativo—, las tradiciones pueden ser útiles a veces como burladero pero, francamente, yo no me considero hombre de tradiciones como no sea de las mías propias.

—¿Y cuáles serían esas?

—Tomo lo que me gusta.

—¿Por ejemplo?

Luis, en un error indigno de su cacareada experiencia, traicionando sus promesas de no intentar nada con Isabel, lo consideró una invitación genuina. Alargó el brazo, agarró una mano de la mujer, estaba fría, la suya ardía.

—Ya lo sabe.

Su voz estaba ronca por la excitación. Perdiendo toda precaución, hizo ademán de levantarse.

La mujer se echó hacia atrás.

—¿Qué hace? ¿Qué se cree que hace? —siseó temerosa de que Mercedes la pudiese oír desde la cocina. Retiró su mano y se la frotó, como si estuviese manchada.

El hombre se quedó inmóvil, desconcertado. Luego, vanidoso, la rectificación nunca había sido su punto fuerte, insistió:

—Hago lo que usted desea que haga. He visto…

—Usted no ha visto más que lo que quiere ver, como todos los hombres. Yo, en cambio, sí he visto con claridad sus intenciones desde el principio.

—¿Solo mías?

Isabel se levantó con un movimiento lento, majestuoso, su voz dura como la roca:

—Le voy a dar dos consejos: el primero, que nunca vuelva a intentar nada parecido. El segundo, que de aquí en adelante cuando mi marido le invite a comer, busque una excusa para no venir. Recuerde que puedo despedirlo cuando quiera. Y ahora le agradecería que se fuera…

Luis palideció. Esta vez se sentía humillado de verdad. Intentó balbucear algo. La otra lo cortó de raíz.

—He dicho que se vaya.

El joven se quitó la servilleta que aún llevaba puesta en torno al cuello. La arrojó sobre la mesa, se dio media vuelta y se fue.

El rostro de Isabel era una máscara inescrutable. En su interior el regocijo no podía ser mayor. Nunca antes había sentido temor por ningún hombre, pero Luis se lo infundía, un cierto malestar, una incomodidad consigo misma por no poder evitar sentirse atraída, por ese difuso parecido que tenía con su padre. Se había arriesgado a desafiarlo y había vencido. Ahora sabía que la deseaba y que ella podía controlarlo. Hasta ese momento Isabel se había rodeado de súbditos, Luis podía convertirse en su primer esclavo.

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