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E-Book, Spanisch, 450 Seiten

Hill Muro de escudos

Año 1016. Inglaterra arde
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-17683-58-0
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

Año 1016. Inglaterra arde

E-Book, Spanisch, 450 Seiten

ISBN: 978-84-17683-58-0
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Inglaterra, año 1016. Los ejércitos vikingos daneses asedian la gran ciudad de Lundenburh y asolan todo el país. El rey Ethelred yace moribundo y su amada Inglaterra muere con él. Los cimientos de los beligerantes reinos de Mercia, Wessex y Northymbria se tambalean ante los grandes cambios que se avecinan. Godwin de Wessex, un aristócrata sajón, soporta el peso de haber sido testigo de tanto horror, y estará llamado a convertirse en uno de los más grandes guerreros de su país. Cuando el hijo de Ethelred, Edmund, sube al trono, decidido a acabar con los daneses, convierte a Godwin en su mano derecha y principal consejero. Godwin atravesará campos, bosques helados y brumosos pantanales, y levantará a monjes, campesinos y pastores contra el invasor vikingo. Godwin y Edmund repelerán, con gran valor y tenacidad, el ataque de los despiadados daneses en tres grandes batallas. Pero un antiguo enemigo, el traicionero conde Eadric, espera el momento oportuno para traicionarlos... 'Emocionante, apasionante e imaginativa'. The Times 'Con maravillosos pasajes, Hill llega más allá de los límites del género y se remonta a los salones de nuestros antepasados sajones en esos días oscuros'. Ian Mortimer,Guardian

Justin Hill es un novelista inglés cuyo trabajo ha sido nominado dos veces al Man Booker Prize. Nació en Freeport, en la isla de Gran Bahama, en 1971, y se crio en York. Su primera novela, Sueños en la Casa de Té, ganó el Geoffrey Faber Memorial Prize de 2003 y el Betty Trask Award de 2002. Fue elegida por el Washington Post como una de las mejores novelas de ese año. Su segunda novela, Passing Under Heaven, ganó el Somerset Maugham Award de 2005 y fue preseleccionada para el Encore Award. Sus novelas se han traducido a catorce idiomas. En 2001 el Independent le incluyó en el top 20 de los mejores escritores británicos jóvenes.
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1


Sin olvido

Dyflin, invierno de 1013

Cristo tampoco llegó aquel año. El Señor permanecía en las iglesias y en las páginas del Libro, y Wulfnoth estaba sentado en el pabellón a medio construir mientras observaba el goteo de la lluvia, que, a través de la techumbre de brezo, ya estaba dando lugar a un charco en el suelo. La turba humeaba en el hogar. Los hombres que le quedaban estaban a su alrededor, en bancadas, arrebujados en sus capas y capuchas. Los escudos de umbo redondo estaban colgados en la penumbra del pabellón. Tenían las lanzas enfundadas y las espadas a mano.

Los días de mediados del invierno eran cortos y oscuros; sus sombras, delgadas y alargadas, se proyectaban en el suelo. Nadie hablaba. Eran malos tiempos. La actividad en los mercados de esclavos seguía siendo intensa, pero, día a día, aumentaban los rumores sobre el tamaño del contingente de Brian Boru.

La guerra se aproximaba cual jinete. Un caballo de color rojo sangre, decía el libro del Señor, al que seguían el juicio y el infierno. Las gaviotas lo presentían: era el distante hedor de la batalla. Luchaban y chillaban en caóticas multitudes, caían en picado sobre las pequeñas embarcaciones pesqueras y les arrancaban a las aguas grises peces fríos que parecían aletear.

El triste día invernal era frío, gris y lóbrego. Wulfnoth se acercó al muelle y observó el estuario. Entre los árboles que crecían a las orillas del río vio aparecer los mástiles de las naves de guerra que se aproximaban. La lluvia incesante desnudaba las ramas, las aguas calmas del río arrastraban una alfombra de hojas.

Wulfnoth sintió un escalofrío a pesar de llevar encima su capa azul con capucha; la prenda empezaba a acusar el desgaste. La fíbula de plata mantenía la lana próxima a su pecho, el disco lucía como motivo a tres perros arremolinados. Los días de mediados del invierno eran cortos, y la luz de la tarde ya se desvanecía; los ojos de cristal azul de los perros estaban apagados, uno de ellos no era más que un hueco vacío y ciego.

Wulfnoth permaneció inmóvil como un viejo roble, nudoso y hueco después de tantos inviernos, mirando hacia el este, hacia las olas. Su mente se encontraba lejos de aquel muelle embarrado a la sombra de los altos terraplenes de Dyflin, coronados por un muro de estacas. Sus recuerdos cruzaron las olas grises y revueltas y volvieron a los campos de su juventud, a la lumbre de su hogar, donde unas manos cálidas y delicadas le daban la bienvenida, cuando había buena comida en la mesa y palabras de cariño, cuando la música y las risas vibraban como cánticos de abadía, cuando dormía sin preocupación bajo las vigas y el pesado brezo de su casa.

—¡Brian no se atreverá a volver! —gritó un hombre, de Orcanege, a juzgar por su acento, cuando vio a los nuevos tripulantes. Wulfnoth bufó.

—O eres un idiota o eres un iluso —dijo para que le oyeran todos. Un puñado de hombres rieron—. Brian ha vaciado Mide, Connacht y Ulfastir de guerreros. ¡No le dais miedo ni los daneses ni vuestras lanzas!

Algunos hombres murmuraron su asentimiento. Eran pocos los que no se creían las historias que decían que Brian Boru, emperador de los gaélicos, gran rey de los irlandeses, estaba convocando a sus hombres para la batalla. Pero el hombre de Orcanege oyó el acento inglés en la voz de Wulfnoth y rio.

—¿Y a ti qué te importa, barba gris? ¡Vuelve a tu casa, si es que la tienes! ¡Cuando Brian esté muerto, vendremos y haremos de ti una mujer cada tres noches!

Wulfnoth hizo una pausa, y los extraños que le rodeaban sonrieron esperando trifulca. Había matado por menos, aunque ahora era más sabio. Su mirada provocó el fin de las risas. La mantuvo durante un tiempo. Escupió al barro negro del suelo y se alejó lentamente con la mano sobre el pomo de la espada. Las burlas fueron quedando atrás.

Wulfnoth cargaba con la culpa desde hacía cinco inviernos, y esa mañana, mientras volvía a casa, sintió que ese peso le abrumaba, que pesaba más a cada paso, como un saco de plata.

—«Silencioso y vacío yace el hogar antes risueño» —le oyó cantar a su joven esclava de voz clara mientras llevaba agua desde el río.

«Quien una vez fue señor ahora vaga errante.
La pena y la añoranza son sus únicas compañeras.
Hombre solitario que espera la misericordia divina».

Ella le estaba esperando cuando entró por la puerta. Le retiró la capa y la extendió junto al fuego para que se secara. La prenda de lana empezó a desprender vapor. Las brasas crepitaban. El tosco edificio se cernía sobre ellos y los aleros de paja chorreaban lluvia. La esclava retiró una rama de cardo del dobladillo de la capa y echó más leña de acebo al fuego. Saltó un puñado de pavesas rojas, pero la madera aún estaba mojada, y siseó y humeó al recibir el calor de las llamas.

—¿Alguna noticia?

—Ninguna —dijo Wulfnoth, y se sentó en silencio a observar las llamas bailarinas.

Había interrogado a los barbas-largas en el muelle, pero estos se habían limitado a negar con la cabeza; no sabían nada, no había nada que pudieran decirle, nada que pudiera tranquilizar al hombre abatido.

Le hizo un gesto a la esclava para que echara más leña al fuego, ignoró a la pequeña rata marrón que recorrió la base del muro e inhaló profundamente el aire lleno de humo para intentar levantar su decaído ánimo. Odiaba las casas atestadas, el hedor de las cloacas, el ruido constante de hombres y animales recorriendo las calles. Lo que le gustaba era salir a la puerta y sentir el viento en la cara, ver el horizonte amplio y verde ante él, su pequeño reino de campos, bosques y pastos. Le gustaba ver quién se aproximaba a su casa desde una milla de distancia.

Así había sido en su casa larga de Sudsexe, en lo alto de las tierras bajas del sur, con unas vistas diáfanas a una ordenada extensión de campos, de ricas dehesas y arroyos claros de agua abundante.

Contone era el nombre de la aldea; un lugar pequeño y carente de importancia en el devenir de las cosas, pero había sido el mismísimo Alfredo el que se lo había entregado a la familia de Wulfnoth, y era su hogar —una palabra sin pretensiones que pasaba desapercibida hasta que faltaba, como «esperanza», «alegría» y «familia»—. Conocía Contone como los surcos que recorrían las palmas de sus manos, como el estado de ánimo de sus hombres. Conocía sus estaciones de memoria, el ajetreado calendario de siembra, tala, esquila, siega, engorde y matanza. Sabía el número exacto de aldeanos, jornaleros y esclavos, la cantidad de arados, las cercas, cuánto valía en tributos y cuánto pagaba de impuestos.

Wulfnoth se quedó ensimismado con el fuego, las llamas se apoderaron de él. Su mente recorrió días mejores, amigos y acontecimientos: las grandes festividades de otoño, antes de que llegara el invierno; los hogares cálidos y llameantes; la luz intensa de las velas iluminando rostros cercanos; las risas y las canciones que mantenían a raya la larga oscuridad; las mañanas tranquilas después de los banquetes, cuando el gran salón olía a cerveza rancia y a ceniza; las noches frescas de verano cuando las puertas se abrían de par en par y acudían los mosquitos y se oía el canto nocturno del mirlo; los largos atardeceres del final del verano cuando no se encendían hogueras, cuando los murciélagos, como sombras, volaban bajo y las estrellas blancas titilaban en el cielo del norte…

Bebió lentamente, mascando la suerte que le había abocado a ese final.

—Deberías comer más —dijo la esclava, y Wulfnoth alzó la mirada de las palmas avejentadas de sus manos y del cuenco con pan de cebada y cerdo salado que ni tan siquiera había tocado.

Kendra era una bella muchacha de Cumbraland: cabello negro, ojos azules, amables maneras. Cuando se desvestía, su piel lucía pálida y fría como una helada. Tres años atrás, cuando se la trajeron del mercado de esclavos de Dyflin —sucia y cubierta de picaduras de pulgas en brazos y piernas que se había rascado hasta hacerse sangre que se había tornado en costras—, no había hablado ni una palabra de inglés. Nadie podía pronunciar su nombre real, así que Wulfnoth y sus hombres la llamaron Kendra, «aquella que todo lo sabe». Fue una chanza que en un principio les resultó graciosa a medida que ella fue aprendiendo su lengua y aquellas cosas que complacían a su señor, pero hacía tiempo que habían dejado de reírse de ella. Había sido una buena esclava, y Wulfnoth no lo olvidaría.

—No has comido —dijo Kendra—. Ten, esto está caliente.

Wulfnoth alargó las manos hacia las llamas, pero no sintió calor. Nada parecía reconfortarle, ni siquiera la plata acumulada con la venta de esclavos a los mercaderes moros: el gasto y el beneficio tan solo proporcionaban una gratificación pasajera; le consumían el honor y la lealtad. «Y el deber», se recordó Wulfnoth a sí mismo. Una palabra sencilla, un vínculo de sangre que unía y encadenaba a los hombres libres.

La penumbra del crepúsculo crecía, el día se hundía, sus rostros quedaban iluminados por el cálido hogar, convertido en un montón de rescoldos rojos y quebradizos. Era agradable estar sentado junto a gente cercana por sangre, junto a compañeros de rancho, beber y comer sin necesidad de decir palabra. Wulfnoth disponía de veintiséis hombres, aunque había llegado a liderar a más de un centenar. Pero eran hombres robustos, de buen corazón, de lealtad probada a lo largo de años de hambre y frío en el camino del exilio. En batalla formaban una égida de cuerpos. En noches tristes como...



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