Hirschberger | Breve historia de la filosofía | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 336 Seiten

Hirschberger Breve historia de la filosofía


1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-254-3072-5
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection

E-Book, Spanisch, 336 Seiten

ISBN: 978-84-254-3072-5
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection



Al ser un manual breve ofrece la ventaja del bosquejo rápido, en el que los rasgos esenciales y el sentido del conjunto quedan vigorosamente destacados al prescindir de la multiplicidad de pormenores. No es propiamente una obra de consulta (a esto se presta la Historia de la filosofía, en dos tomos, del mismo autor), sino que sirve de iniciación en la materia. La misión del historiador no se agota en la simple exposición de las ideas filosóficas, sino que además debe invitar, desde su especial enfoque, a revivir el hecho histórico y a repensar los problemas y las doctrinas, contribuyendo a la formación filosófica general del lector. La finalidad que persigue el autor es sobre todo iniciar en el espíritu de la filosofía, ofreciendo una clara visión del proceso histórico que ha conducido al planteamiento de los problemas filosóficos y ha provocado la meditación sobre ellos.

Hirschberger Breve historia de la filosofía jetzt bestellen!

Weitere Infos & Material


Capítulo primero


Los presocráticos

La filosofía griega tuvo su cuna en Jonia, en la costa de Asia Menor. Los filósofos de la era presocrática los hallamos en Mileto, Éfeso, Clazómenas, Colofón, Samos. Por esto se llama también a la filosofía presocrática filosofía jónica, lo cual no es completamente exacto, puesto que también en el sur de Italia y en Sicilia aparecen nombres célebres. Como tampoco lo es designar a la filosofía de los presocráticos —como con frecuencia se hace— como filosofía de la naturaleza («física»); en efecto, si bien la reflexión de estos hombres arrancó de la naturaleza que los rodeaba, lo que en realidad les interesaba era el ser, su propia esencia y sus leyes peculiares; se trataba, pues, de metafísica e incluso de teología, ya que inquiría las últimas razones que pudieran explicar el ser y el acontecer. Sin embargo, como dice Aristóteles, no procedían ya como Homero y Hesíodo, que también «teologizaban». En efecto, mientras éstos en su modo de hablar y de pensar se servían de imágenes y concepciones míticas, en los presocráticos se inicia un pensar «demostrativo», que no se limita ya a escuchar relatos, sino que con su propia observación y reflexión crítica trata de captar algo y al mismo tiempo de razonarlo. Al surgir así con los presocráticos el pensar conceptual, nacía al mismo tiempo la filosofía de Occidente.

1. Los problemas de los presocráticos


Toda una serie de conceptos que todavía usamos hoy, tales como principio, elemento, materia y forma, espíritu, etc., aparecen ya en la era presocrática. Fue una empresa osada. Estos pensadores crearon, por así decir, un sistema monetario intelectual, que se ha mantenido en vigor durante más de dos milenios. Cosa digna de admiración, pero que al mismo tiempo da qué pensar. Pues si se diera el caso de que estas primeras posiciones fueran deficientes, arcaicas, primitivas, al sobrevivir todavía en nuestros días, ¿no serían una rémora para nosotros, una desfiguración de nuestro espíritu, un camino torcido para nuestro pensamiento? Ahora bien, lo decisivo en dicha época no son las palabras o los conceptos, sino el modo de plantear las cuestiones, los problemas que preocupaban a aquellos hombres. En realidad, los conceptos nacieron de tal búsqueda. Por esto los problemas de los presocráticos tienen todavía más importancia que los conceptos y términos que utilizaron.

El problema capital de la filosofía presocrática se cifra en la cuestión de la arkhé, del principio de todas las cosas. Arkhé quiere decir, literalmente, origen. Pero en este caso no se pensaba tanto en un origen temporal cuanto en un origen esencial. El verdadero problema era, por tanto: ¿Qué son en su verdadero y más íntimo ser las cosas, cuyo aspecto es tan variado y que nuestra percepción sensible distingue unas de otras? Eso que aparece ante nosotros ¿no será pura apariencia, una corteza exterior, una superficie, mientras que en el interior de las cosas aparece en forma completamente distinta o acaso ni siquiera «aparece», sino que sólo es accesible al pensamiento y constituye el verdadero y propio ser de las cosas, por ser lo único pensable de ellas?

Esta distinción entre lo exterior y lo interior, entre el fenómeno perceptible por los sentidos y el verdadero ser sólo pensable, entre lo accesorio y lo esencial, acarreaba todavía otra distinción: En el fenómeno o apariencia exterior cada cosa era algo propio, individual, pero luego, en la esencia, los cosas resultaban iguales entre sí; la esencia era común. Ahora bien, esto común o general aparecía ahora como lo más importante, y por consiguiente como algo aún más esencial en comparación con lo sólo individual.

Todavía surgía, como por sí misma, una tercera distinción: la esencia interior, la misma en todas partes, es también lo permanente, lo consistente, seguro, computable, desconocible, comparado con lo transitorio, casual, inseguro, envuelto en sombras, que no puede ser objeto del saber, sino a lo sumo de una representación, de una creencia u opinión.

Así pues, cuando Tales de Mileto (hacia 624-546), el primero de estos pensadores, dijo que el agua era el principio de todo, que era el origen, el elemento del que procedían todas las cosas y al que todas retornaban, no hablaba ya del ser particular, singular, que aparece a los sentidos y es también objeto de las ciencias particulares, sino del ser a secas, que se halla sin más en todas las cosas; al mismo tiempo lo constituía en objeto del saber y creaba con ello lo que Aristóteles designaba con más precisión como ciencia del ser en cuanto tal, a la que denominaba también «filosofía primera» y sabiduría o «teología» y que más tarde sus continuadores llamarán metafísica. Son innumerables las respuestas que la filosofía occidental dará a estas cuestiones. Ya no tendrá fin la consideración del ser, de lo existente, de la esencia, del fenómeno, de lo universal y de lo particular, de las razones y de la razón primera.

Pero ya entre los mismos presocráticos se delinean diversas direcciones en la búsqueda de las respuestas. Son como diversas formas de presentar el problema central, la cuestión de la razón o fundamento primero. Una primera tentativa de solución aparece en la pareja conceptual de materia y forma. En la materia ven el fundamento primero los tres milesios: Tales en el agua, Anaxímenes en el apeiron y Anaximandro en el aire. Que el agua y el aire son algo material, es evidente; pero también el apeiron es de esta índole; aun cuando literalmente signifique «ilimitado», «infinito», lo que sugiere es una cuantía ilimitada de materia, de la cual todo lo existente ha recibido lo que tiene de corporeidad, si no directamente al menos tras diversas transformaciones. Sin embargo, en esta materia de los milesios no hay que ver lo meramente material —en realidad no son materialistas—; también hay que tener presente la importante circunstancia de que por esta materia se entiende algo prepotente, fundamentante, eterno, divino. Esto se observa principalmente en Anaximandro (hacia 610-545), de cuyo apeiron dice Aristóteles que es «como lo inmortal, lo incorruptible y divino que todo lo abarca y todo lo dirige». En el estilo solemne e hímnico con que Anaximandro habla de su apeiron se puede sentir la veneración que le inspira y en la que con razón se ha entrevisto una parte de la «teología» de los primitivos pensadores griegos.

De todos modos, aun cuando se hablara de una materia infinita o, como también se dio el caso, de una materia viva (hilozoísmo), tal concepto de la materia no podía servir como explicación suficiente de nuestra realidad mundana. El mérito de haberlo reconocido se ha de atribuir a los pitagóricos (Pitágoras nació en Samos el año 570). Éstos destacan el concepto opuesto a la materia, la forma. No ya que nieguen la legitimidad del concepto de materia, pues conciben este principio aun más exactamente que los milesios. En efecto, entre éstos la materia estaba siempre en cierto modo formada, era agua o aire, no ya pura materia. En cambio, los pitagóricos tratan ahora de pensarla, y así la conciben como lo totalmente «indeterminado» (apeiron). Pero precisamente ahora surge como necesario complemento la determinación, el límite (peras). Aporta límites a lo en sí ilimitado haciendo que así resulte esto o aquello. Por tanto, la distinción de las cosas reside ya en la forma o, como solían decir los pitagóricos, en el número. Tal era el sentido de su célebre doctrina según la cual todo es número. Esto no quería decir que todo fuera sólo número, sólo forma y sólo límite, y no al mismo tiempo materia. Junto a lo numerante y limitante ponían también lo numerado, precisamente la materia, lo en sí ilimitado. Y aún hoy la ciencia moderna que trabaja con el número debe admitir, además de los conceptos matemáticos, algo que se capta por medio de ellos, que es exterior a los mismos y que continuamente ha de plantear nuevos problemas.

Junto con el concepto del número aparece con los pitagóricos una nueva idea importante, la idea de armonía. Las formas que ordena el ser no surgen caprichosamente, sino que constituyen un sistema, un todo que tiene sentido, una armonía cósmica. «Todo el edificio celeste es armonía y número.» «Los sabios enseñan que el cielo y la tierra, los dioses y los hombres forman comunidad, con amistad, orden, medida y justicia, por lo cual a todo esto llaman cosmos.» Con razón se ha dicho que el descubrimiento pitagórico es uno de los más vigorosos impulsos dados a la ciencia humana.

Quedaba, sin embargo, un punto por considerar: el cambio que ocurre en la materia y en la forma, la modificación, en una palabra, el fieri o devenir. Según Heraclito (hacia 544-484), el devenir es todavía más principio que la materia y que la forma. Lo que las cosas son, lo son únicamente porque existe la eterna inquietud del devenir. Como símbolo de esto ponía el fuego: «Este mundo no lo ha creado ningún dios ni ningún hombre, sino que siempre fue y siempre será un fuego eternamente vivo, que con medida se aviva y con medida se extingue.» El devenir no es, por tanto, anárquico, sino que está dominado por la medida, por el logos (sentido, ley). A esta misma ley están sujetas la contradicción y toda dialéctica. Heraclito no lo relativiza todo; en esto se distingue del vitalismo moderno, que tantas veces lo invoca, para el cual todo tiempo y todo hombre, y consecuentemente hasta toda situación y todo...



Ihre Fragen, Wünsche oder Anmerkungen
Vorname*
Nachname*
Ihre E-Mail-Adresse*
Kundennr.
Ihre Nachricht*
Lediglich mit * gekennzeichnete Felder sind Pflichtfelder.
Wenn Sie die im Kontaktformular eingegebenen Daten durch Klick auf den nachfolgenden Button übersenden, erklären Sie sich damit einverstanden, dass wir Ihr Angaben für die Beantwortung Ihrer Anfrage verwenden. Selbstverständlich werden Ihre Daten vertraulich behandelt und nicht an Dritte weitergegeben. Sie können der Verwendung Ihrer Daten jederzeit widersprechen. Das Datenhandling bei Sack Fachmedien erklären wir Ihnen in unserer Datenschutzerklärung.