E-Book, Spanisch, 400 Seiten
Hopf THE END: EL NUEVO MUNDO
1. Auflage 2017
ISBN: 978-3-95835-180-6
Verlag: Luzifer
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
¡El superventas n.º 1 de Estados Unidos!
E-Book, Spanisch, 400 Seiten
ISBN: 978-3-95835-180-6
Verlag: Luzifer
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Antes de fundar una familia y descubrir su pasión por la escritura, G. Michael Hopf llevaba una vida llena de aventuras. Tras completar su servicio en el Cuerpo de Marines de los Estados Unidos, G. Michael Hopf trabajó como escolta. Actualmente, vive con su familia en la ciudad de San Diego, California.
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16 de noviembre de 2004
«Sé educado, sé profesional, pero ten un plan para matar a todo el que te encuentres».
– Gen. de Marina James Mattis a sus marines en Irak
Faluya, Irak
—¡Objetivo localizado! —gritó el Sgt. Gordon Van Zandt con su rostro pegado firmemente al visor diurno del sistema TOW de misiles antitanque.
A su alrededor, Gordon podía oír el craqueteo de los disparos. Se concentró en el objetivo que había localizado: una pequeña ventana. Dentro, un francotirador iraquí estaba apuntando a un escuadrón de marines que iba un poco más adelante por la carretera. El reflejo de su objetivo y el destello ocasional del cañón de su arma le revelaron la posición del francotirador.
Después de que el escuadrón al que apuntaba recibiera el aviso de que no había apoyo aéreo disponible, el escuadrón TOW de Gordon recibió la orden de atacar el escondite del francotirador. En un principio, el sistema TOW se había diseñado para destruir vehículos acorazados, y la anterior Guerra del Golfo había puesto de manifiesto su gran alcance de aplicación en el campo de batalla para la destrucción de búnkeres.
Gordon mantuvo la respiración y el punto de mira en el objetivo mientras su conductor, el cabo segundo Bivens, iba agachado fuera del vehículo junto a la parte trasera del conductor con su ametralladora SAW apretada contra el hombro.
—¡Retaguardia despejada! —gritó Bivens, quien no compartía el físico propio de un marine. Era de complexión bajita, flaco y solo medía alrededor de un metro sesenta y cinco centímetros. Pero su apodo, «Pitbull», decía de él mucho más que cualquier otra cosa: era un luchador ferviente y había demostrado ser un oponente de gran valía en el combate cuerpo a cuerpo.
En cuestión de un instante, Gordon hizo un rápido movimiento con la mano derecha y levantó la palanca de su arma. «¡Arma preparada!», gritó.
Luego volvió a colocar suavemente las manos en las perillas de control de la unidad de desplazamiento y levantó el seguro del gatillo con su pulgar derecho.
Justo entonces, vio cómo emergía de entre las tinieblas de la pequeña habitación el cañón del fusil que portaba el francotirador. Sin querer perder ni un segundo más, Gordon gritó.
—¡Bomba va!
Entonces apretó el gatillo.
Un ruidoso estallido acompañado de un silbido salió del equipo TOW. En un par de segundos, el estridente estallido del misil saliendo del tubo en su camino hacia el objetivo hizo repiquetear los oídos de Gordon, quien siguió la trayectoria del misil hasta que impactó contra su objetivo. Solo unos momentos después pudo ver una ráfaga de luz. El misil había dado en el blanco. Lo único que Gordon podía ver era una oscura nube de humo saliendo de la habitación.
—¡Impacto, objetivo destruido! —gritó—. Se levantó, soltó la abrazadera de puente, liberó el misil y dejó caer al suelo el tubo vacío.
Bivens arrojó su SAW y abrió rápidamente el portón trasero del todoterreno Hummer. Tomó un nuevo misil y se lo pasó a Gordon, quien lo cargó en el tubo de lanzamiento con precisión y rapidez y cerró hacia abajo la abrazadera de puente. Luego se puso a mirar a través de la mira, valoró el daño y siguió buscando más objetivos que atacar.
Cuando se sintió seguro, miró hacia arriba a través del arma y gritó a Bivens: «Ahí está ese jodido muyahidín, métete dentro y vayamos a ayudar a los soldados».
Bivens se metió de un salto en el asiento del conductor y se dirigió hacia el escuadrón de marines.
—Bivens, llama por radio al Batallón Avanzado HQ y pide una ambulancia de evacuación.
—Entendido —respondió Bivens mientras cogía la radio.
Bivens y Gordon pusieron rumbo hacia los marines.
Tras agarrar su fusil M-4, Gordon saltó de lo alto del Hummer. Luego, volvió a mirar a Bivens y dijo: «Haz guardia mientras ayudo a esos muchachos».
—Entendido —respondió Bivens mientras se introducía por la ventanilla del vehículo.
Ante él, Gordon vio trozos de edificios, equipos de combate y armas abandonadas. Entre los escombros vio a 11 marines, algunos de ellos magullados y ensangrentados. Algunos soldados estaban sentados con la espalda apoyada sobre la pared de un edificio situado en un callejón, pero otros yacían simplemente inmóviles en el suelo. No podía distinguir si estaban muertos o no. Gordon podía recordar la primera vez que disparó; por aquel entonces, las escenas de destrucción y muerte le resultaban surrealistas, pero ahora se habían convertido en algo habitual.
Gordon se acercó al primer marine, se arrodilló y le preguntó: «¿Cuál es tu estado?».
—Me han disparado en la barriga. Es una puta mierda—balbuceó el marine cabo segundo.
—Escucha. Te sacaremos pronto de aquí —le garantizó Gordon mientras levantaba el vendaje que cubría el estómago del marine.
—¿Médico? ¿Qué pinta tiene esto? —gritó Gordon al Médico de la Marina, quien atendía a otro marine herido.
—Sería mucho más fácil sin ese jodido iraquí disparándonos —respondió el médico mientras vendaba a otro marine.
—Gracias por aniquilar a ese muyahidín. Fuiste un regalo de Dios —le dijo a Gordon un segundo marine al pasar por su lado.
—Gordon miró al segundo marine y se dio cuenta de que le sangraban la pierna y todo el brazo izquierdo.
—¿Cómo puedes resistir? —preguntó Gordon.
—Joder, Sargento, he tenido días mejores, pero viviré.
—Bien, muchacho. ¿Quién está al mando?
—Bueno, mandaba el Cabo Davies, pero el francotirador lo abatió primero. Un tiro en la cabeza —le explicó el segundo marine gesticulando hacia el cuerpo sin vida del líder de su escuadrón, el cual yacía en el callejón.
—¿Cuál es tu unidad? —preguntó Gordon.
—1.er escuadrón, 3.er pelotón, Compañía India, 3/1, Sargento, y soy el Cabo Segundo Smith. Puedes llamarme Smitty.
—Yo soy el Sargento Van Zandt, Armamento, 3/1, encantado de conocerte, Perro Diablo —dijo Gordon dándole a Smitty una palmadita en su hombro bueno.
—Gordon continuó revisando a todos los marines heridos. Los marines del 3.er batallón del 1.er Regimiento de Infantería Marina llevaban luchando contra su objetivo durante al menos diez días. La lucha era dura, pero estos hombres eran marines; mostraban una conducta resuelta y decidida aun tras haber sufrido bajas. El Tercero Tronador, sobrenombre de este batallón, alcanzaría su objetivo o moriría en el intento. Sin embargo, ninguno de estos marines contemplaba la muerte entre sus opciones; tenían la tarea de asegurarse de que fuera el enemigo el que muriese por su causa.
Gordon se encontró con un marine que estaba gravemente herido; hincó una rodilla en el suelo y examinó las heridas de aquel hombre. Por las marcas de su ensangrentado uniforme Gordon supo que aquel hombre era soldado de primera clase y que no podía tener más de 20 años. Gordon no pudo evitar hacer la macabra predicción de que probablemente aquel joven marine no llegaría a su 21.er cumpleaños. Gordon tomó la mano del marine y le preguntó: «¿Qué tal estás, marine?».
Sin abrir los ojos, aquel soldado de primera clase habló entre susurros.
—Tengo frío… mucho frío.
Gordon podía ver el enorme charco de sangre que se estaba formando debajo del marine herido. Se agachó hasta su oído y le susurró: «Tenemos al hijo de perra que te ha hecho esto y te sacaremos pronto de aquí, te lo prometo».
Un todoterreno Hummer se acercó y paró delante del escuadrón. De las puertas traseras salieron dos marines que se dirigieron hacia los marines heridos portando una camilla. Uno a uno, fueron cargando en el vehículo a los más graves.
Justo cuando empezaban a retirarse del lugar, una mancha negra llegada del sur se elevó por encima del Hummer e impactó contra la cabina. Gordon cayó al suelo inconsciente a causa de la explosión.
Abrió los ojos. No estaba seguro de cuánto tiempo había estado inconsciente. Curiosamente, los gritos, los chillidos y los disparos parecían distantes y remotos. Le escocían los ojos, y lo único que podía ver era una intensa nube de humo negro sobre sí mismo. Intentó levantarse, pero sintió un fuerte dolor en la espalda.
—¡Maldita sea! —gritó—. Respiró hondo y se esforzó por adoptar una postura sentada. Sus movimientos eran lentos, pero sabía que tenía que levantarse y hacer algo. Miró a su alrededor y vio a Bivens escaneando la zona detrás del TOW. Tanto el chasis incandescente como los cuatro neumáticos en llamas de la ambulancia seguían allí, pero no mucho más. Todo lo que había a bordo estaba definitivamente perdido; pudo identificar dos cadáveres ardiendo en los asientos delanteros. Ambos cuerpos carbonizados estaban desparramados y por las bocas, abiertas, les salían unas llamas danzantes.
Vio a los marines que quedaban del escuadrón protegiéndose y tramando algo calle abajo. Gordon se puso de pie, mantuvo el equilibrio y fue hasta su Hummer.
—Bivens, si localizas algo, ¡dispara! —le recomendó.
—Nada, Sargento. La visibilidad no es tan buena con todo este humo. Espera un segundo… veo al hijo de perra. ¡Objetivo localizado!
Gordon miró a la parte trasera del TOW. No vio a nadie y gritó.
—¡Retaguardia despejada!
—Arma preparada —gritó Bivens y, ni un segundo después, volvió a gritar.
—¡Bomba va!
Tras el familiar estallido acompañado de un silbido, el misil salió impulsado...




