Howard | Confusión. Crónicas de los Cazalet 3 | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 3, 436 Seiten

Reihe: Nuevos Tiempos

Howard Confusión. Crónicas de los Cazalet 3


1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-17624-10-1
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 3, 436 Seiten

Reihe: Nuevos Tiempos

ISBN: 978-84-17624-10-1
Verlag: Siruela
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«Con el tiempo sus Crónicas, como las de Trollope, se leerán como clásicos sobre la vida en Inglaterra». SYBILLE BEDFORD Primavera de 1942, el mayor conflicto armado de la historia de la humanidad se adentra en su cuarto año. Las incursiones aéreas y el racionamiento son moneda corriente, el caos se ha convertido en una forma de vida. Sin embargo, algo empieza a moverse entre los jóvenes Cazalet: el tiempo de espera ha terminado y el ingreso en el incitante mundo adulto parece haber llegado por fin. Bajo la pétrea moral victoriana del sacrificio y el esfuerzo bélico apuntan, sobre todo para las mujeres, unos hábitos menos encorsetados que permiten amar y trabajar con mayor libertad. Y así, en una sucesión de nacimientos y pérdidas, de matrimonios y relaciones ilícitas, va desarrollándose la vida del clan, de sus amigos y de sus amantes, que con la cabeza alta siguen adelante y sueñan con la paz después de la guerra, con el momento en que las familias volverán a reunirse y las heridas empezarán a sanar, con la igualdad y la justicia que el nuevo orden traerá consigo, con el día en que, definitivamente, acabará tanta confusión. La monumental saga de Elizabeth Jane Howard, una de las construcciones novelísticas más ambiciosas y acabadas de la literatura inglesa del siglo XX, sostiene con toda precisión en este tercer volumen el tempo y la intensidad a los que nos tiene habituados.

Elizabeth Jane Howard (Londres, 1923-Suffolk, 2014) escribió quince novelas que recibieron una extraordinaria acogida de público y crítica. Los cinco volúmenes de Crónica de los Cazalet, convertidos ya en un hito inexcusable dentro de las letras inglesas, fueron adaptados con gran éxito a la televisión y a la radio por la BBC. En el año 2002, su autora fue nombrada Comandante de la Orden del Imperio Británico.
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La familia


Primavera de 1942


—¿Te vas a Londres, tía Rach?

—Sí. ¿Cómo diablos lo has adivinado?

—Te has puesto la ropa de cuando vas a Londres —respondió Lydia, y, después de un examen detallado, añadió—: La verdad es que me parece que estás más guapa cuando no te la pones. Espero que no te moleste que te lo diga.

—Para nada. Seguro que tienes razón. Hace siglos que no me compro nada nuevo.

—No, lo que quiero decir es que me parece que nunca te ha favorecido. Me da que eres de esas personas que deberían vestir de uniforme para tener siempre el mismo aspecto. Así sería más fácil fijarse solo en tus ojos, en si están contentos o no. —Estaba en el pasillo, plantada delante del cuarto de Rachel y viendo cómo preparaba el bolso de viaje—. La ropa te envejece —dijo al cabo de un rato—. Al revés que a mamá. A ella, la ropa la rejuvenece... bueno, sus mejores trajes, quiero decir.

—No des patadas al zócalo, tesoro. A ver si se le va a caer la pintura.

—Ya se le ha caído mucha. Esta casa cada vez está más ruinosa. Ojalá me fuese yo a Londres.

—¿Y qué harías cuando llegases?

—Me iría a casa de Archie, como esas dos, que tienen una suerte... Me llevaría al cine, y después me invitaría a una cena superemocionante y podría lucir las joyas que me regalaron en el bautizo y pediríamos bistec y tarta de chocolate y crema de licor de menta.

—¿Esa es tu comida favorita? —preguntó mientras sopesaba si debía meter un par de zapatillas de estar por casa.

—Lo sería si la comiese alguna vez. Archie dijo que en su barco ponían carne todos los días. Bastante malo es ser una civil para, encima, ser una civil niña... Seguro que en los restaurantes todo es distinto. Mira que es mala pata vivir en un lugar en el que no hay ninguno. Tú tampoco te maquillas, ¿no? Pues yo pienso maquillarme. Me pondré un pintalabios carmín, como las estrellas de cine, y un abrigo blanco de piel, menos en verano. Y leeré libros picantes.

—¿Libros qué?

—Ya sabes. Es una manera de referirse a cosas que no son muy decentes. Los leeré a pares en mi tiempo libre.

—Hablando de tiempo libre, ¿no deberías estar con la señorita Milliment?

—Estamos de vacaciones, tía Rach. ¿Es que no te habías dado cuenta? Ah, sí: también le pediré a Archie que me lleve a la Cámara de los Horrores de Madame Tussaud. Me imagino que habrás ido, ¿no?

—Supongo que sí, pero hace años.

—Bueno, y ¿qué tipo de horrores hay? Porque preferiría saberlo antes de ir. Neville quiere hacer creer que ha estado. Dice que el suelo está lleno de sangre, pero a mí la sangre no es que me interese demasiado. Y que se oyen gemidos como de tortura; pero no es un niño del que te puedas fiar ni un pelo, así que sigo en las mismas. Bueno, cuenta, ¿qué hay allí?

—Hace siglos que fui, cariño, no me acuerdo... Solo recuerdo una escena de la ejecución de la pobre María I de Escocia. Pero me imagino que en algún momento de las vacaciones mamá te llevará a Londres.

—Lo dudo. Solo me lleva a Tonbridge Wells... al dentista. ¿Sabes una cosa muy tonta del señor Alabone? Cuando pasas a la sala te lo encuentras siempre de pie junto al sillón, y da dos pasos al frente para estrecharte la mano. Bueno, el caso es que en la alfombra hay dos puntos donde está desgastada, justo donde pisa, y queda de lo más cutre; si cambiase la forma de andar, esto no pasaría. Lo lógico sería que alguien que es lo bastante inteligente para hacer agujeros en los dientes de la gente se hubiera dado cuenta de ello, ¿no crees? Al final se lo dije, porque para mí que, con la guerra, las posibilidades de que pueda comprar una alfombra nueva son bastante escasas. Pero se limitó a decir «Claro, claro», así que vi que no iba a hacer ni caso.

—La gente rara vez sigue los consejos —dijo Rachel con aire distraído.

Estaba pensando en las veces que le había suplicado a Sid que no se alimentase solo de bocadillos, que alquilase una habitación para que así al menos el huésped contribuyese a los gastos de la casa y tal vez cocinase un poco. «Si es que me gusta tener la casa para mí sola. Así, mi amor, siempre que vengas podremos estar las dos a nuestras anchas», respondía Sid, y de ahí no pasaba. Aquel día, aquella noche, iba a ser una de esas ocasiones cada vez más infrecuentes. ¿Y si aprendo a cocinar?, pensó. Al fin y al cabo, Villy ha aprendido... pero, claro, a Villy se le da de miedo empezar cosas nuevas.

—¿Por qué te llevas tantos pañuelos? ¿Crees que vas a ponerte muy triste en Londres?

—No. Es que siempre que pasaba fuera el fin de semana la Duquesita me hacía llevarme seis, y doce si me iba una semana. Al final se ha convertido en una costumbre. Tenías que sacar uno limpio cada día, aunque no hubieras usado el del día anterior.

—O sea, que si te ibas para un mes tenías que llevarte cuarenta y ocho pañuelos. Y si te ibas para tres meses...

—No, mujer, claro que no; en esos casos, se lavaban. Anda, ve a ver si encuentras a Eileen.

—Vale, voy.

Una vez sola, Rachel echó un vistazo a su lista. En un lado estaban las cosas de las que tenía que encargarse antes de coger el tren. En el otro, las cosas que tenía que despachar en Londres al salir de la oficina, donde se pasaba el día metida en un cuartito negro llevando las cuentas y escuchando siempre la misma retahíla de desdichas de los empleados, que no habían tardado en encontrar en ella a la perfecta depositaria de todas sus cuitas. Menos mal que esta vez no la acompañaría el Brigada; había tenido un catarro que había degenerado en bronquitis, y el doctor Carr le había prohibido salir de casa hasta que se recuperase. La señorita Milliment sabría entretenerlo. Estaba enfrascado en la revisión de una antología de textos sobre árboles, y la institutriz estaba tan volcada en el proyecto que Rachel pensaba que, en fin, merecía figurar como coautora. Pero de la tía Dolly tendrían que ocuparse la Duquesita y Eileen; es decir, Eileen, ya que la tía se empeñaba en mantener una independencia completamente ficticia delante de su hermana y no aceptaba que la ayudase. Sería Eileen la que tendría que pasar horas al pie del cañón, buscando la ropa que quisiera ponerse la tía Dolly. Rachel se dijo que convenía advertir a Eileen de que muchas de estas búsquedas serían inútiles, dado que a menudo pedía prendas que hacía muchos años que había dejado de tener.

—Lo mejor es decirle que se están lavando —le recomendó a Eileen—. La memoria de la pobre señora Barlow ya no es lo que era. Elige tú lo que te parezca más adecuado y ya está.

—Sí, señora.

—Ah, y sus medicinas. Le pirran, así que cuando se le olvida que ya se las ha tomado tiende a tomarse una segunda dosis. Lo mejor será que se las des con el desayuno y las guardes luego; déjalas en mi habitación, si quieres. También toma una píldora amarilla por la noche.

—¿Y qué me dice del baño, señora? ¿Querrá que se lo prepare yo?

—Creo que preferirá lavarse en su dormitorio.

Rachel no quiso hacer pública la profunda aversión que sentía la tía Dolly por el baño (decía que era peligroso y que su padre le había prohibido bañarse más de una vez a la semana).

—Se acuesta después de las noticias de las nueve, así que no hace falta que te quedes hasta tarde. Gracias, Eileen. Sé que puedo confiar en ti.

Otra cosa resuelta. Menudo lío para solo dos noches, se dijo; pero, en el momento en que me suba al tren, podré saborear por adelantado las dos maravillosas tardes que me esperan. Hacía ya varias semanas que la mala suerte las llevaba persiguiendo a Sid y a ella. Primero, claro, por la pobre Sybil, y después porque el Brigada había caído enfermo y encima la Duquesita había pillado un catarro tremendo, con lo cual no podía acercarse a él. Y después había venido Simon a pasar las vacaciones, y Polly la había tenido preocupada. Total, que había sido imposible ausentarse de casa durante más tiempo que el de la jornada de la oficina. Pero, por lo que fuera, Sid no parecía entender que tenía obligaciones con la familia, con la casa en general, que había que anteponer necesariamente al placer. A decir verdad, la última discusión que habían tenido por este motivo, en un salón de té cercano a la oficina de Rachel al que había ido Sid a comerse un triste sándwich, había sido bastante dolorosa; después (aunque, por supuesto, no se lo había dicho a Sid) había estado llorando. El único lugar que había encontrado para hacerlo a gusto era el desagradable servicio de señoras de la oficina, en la sexta planta del edificio; el papel higiénico consistía en cachitos cuadrados del enganchados a la pared por un cordón, y la tubería que salía de la cisterna tenía una fuga. Sid suponía que quería volver a Home Place a cuidar de Wills, de la tía Dolly y del Brigada (cosa que, en cierto modo, era cierta, porque quería hacer lo que consideraba correcto) o, peor, acusaba a Rachel de no quererla... y a veces, como en el salón de té, de ambas cosas. Sabía que Sid se sentía sola, que echaba de menos las clases en el colegio de chicos (aunque había empezado a dar clases privadas a un par de alumnos para contribuir a sus precarias finanzas) y que la mayor parte del tiempo se aburría como una ostra en el puesto de ambulancias; pero, al fin y al cabo, en tiempos de...



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