Howard | Esa clase de chica | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 524, 376 Seiten

Reihe: Nuevos Tiempos

Howard Esa clase de chica


1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19942-45-6
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 524, 376 Seiten

Reihe: Nuevos Tiempos

ISBN: 978-84-19942-45-6
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Una de las grandes novelas de la autora de las Crónicas de los Cazalet «Elizabeth Jane Howard se aproxima siempre a sus personajes con esa magistral mezcla de empatía y distanciamiento que solo ella es capaz de lograr».Hilary Mantel Anne y Edmund Cornhill, ambos de mediana edad, son una pareja feliz. Viven en una idílica propiedad en el campo, no muy lejos de Londres, donde él va a trabajar todos los días mientras ella se ocupa del cuidado de la casa, el jardín, la gata preñada y las deliciosas cenas para su marido. Hasta que un día, la madrastra de Edmund -la riquísima Clara, que lleva una existencia nómada y mundana- les pide que acojan a su hija Arabella, una veinteañera que se presenta en la puerta con su equipaje de ropa cara y carencias afectivas. Al no tener hijos, el matrimonio se siente de entrada inclinado a criarla, pero muy pronto su presencia resultará absolutamente desestabilizadora, revelando grietas ocultas en lo que parecía una unión indestructible... Esa clase de chica es una certera exploración de las relaciones de pareja, una lúcida mirada sobre el amor, la soledad y el deseo, esos tenues lazos que conforman el tejido de nuestras vidas.

Elizabeth Jane Howard (Londres, 1923-Suffolk, 2014) escribió quince novelas que recibieron una extraordinaria acogida de público y crítica. Los cinco volúmenes de Crónica de los Cazalet, convertidos ya en un hito inexcusable dentro de las letras inglesas, fueron adaptados con gran éxito a la televisión y a la radio por la BBC. En el año 2002, su autora fue nombrada Comandante de la Orden del Imperio Británico.
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Ni Edmund ni Anne mencionaron su aniversario a la mañana siguiente: Edmund porque se había olvidado y Anne porque pensaba que a Edmund no le gustaba celebrarlo hasta por la noche. Esta fórmula se había establecido desde su primer año, cuando Anne puso un paquete en la bandeja del desayuno y lloró cuando Edmund pareció no haberse dado cuenta —como, de hecho, ocurrió—. Él, entonces, con gran entereza, había dicho que no, que no era que se hubiera olvidado —¿cómo podría?—; simplemente quería que la celebración fuera cuando volviera a casa de la oficina y pudiera disfrutarla realmente. En Londres se había apresurado a ir a Harvey y Gore a comprar un collar de estilo dieciochesco de color azul pavo real, y más tarde, en Fortnum’s, un frasco de Mitsouko y una lata de caviar. Luego le dijo a su secretaria que debía recordarle siempre el cumpleaños de Anne y su aniversario en la mañana precisa de esos dos días. Todas las secretarias siguientes habían sido leales a este respecto, y Edmund prefería comprar regalos bajo la presión del tiempo: lo volvía más generoso e inspirado. El día de su cumpleaños llevaba a Anne a cenar; para su aniversario, ella le preparaba una suculenta comida. Aquella mañana, sin embargo, ambos estaban preocupados: Edmund preguntándose qué demonios podía decirle a Clara si Anne y Arabella no se llevaban bien, y Anne porque se dio cuenta de que tendría que apresurarse a ir Henley a por un tercer lenguado, dado que Arabella iba a estar allí impidiendo que aquella noche fuera como lo era siempre…

—… deja que la señora Gregory le haga el desayuno —estaba diciendo Edmund.

—Oh, no me importa hacerlo yo.

—Eres una santa, no te importa nada.

—En cualquier caso, la señora Gregory no llega aquí hasta las diez.

—Bueno, puede esperar hasta esa hora, ¿no?

—No te preocupes, de verdad.

—No me preocupa; simplemente no quiero que lo hagas.

—Bueno, pues no lo haré. Que tengas un buen día, cariño. Dale las gracias a sir William por esas odiosas flores.

—¿Sabes? Me gusta tu pelo cuando no te lo has arreglado. Pareces una huérfana victoriana, un Pip o un Oliver. —Tomó un rizo que dejó caer de nuevo sobre su frente—. Le diré que son tus flores favoritas.

—¡No lo hagas! Es tan amable que me las seguirá regalando.

—Querida, no se acuerda de nada. Ni siquiera te recordó ayer. Insistía en que tuviera una alegre aventura con alguien.

—¡Menudo viejo horrible!

—Bueno, es más bien una adorable y vieja criatura sorda. Cree que es el único del mundo en haber tenido un matrimonio perfecto. —Se inclinó para besarla—. Qué poco sabe.

Y se marchó. Ella se quedó sola, excepto por Ariadne, que yacía como un animal de peluche, tan inmensa que sus ojos eran como canicas al pie de la cama. Y, por supuesto, por Arabella.



Arabella se despertó para descubrir que estaba sola en una cama extraña. No le costó mucho recordar dónde se encontraba, solo el temor de un segundo; ninguna cama s
igue siendo ajena después de la primera noche. Permaneció tumbada, completamente quieta, tratando, en parte, de recordar y de no hacerlo cuanto había sucedido el día anterior. El conjunto resultó bastante descorazonador. Para comparar pensó en otros días malos de su vida y descubrió que solo podía recordar partes horribles de días concretos: momentos sueltos que la habían marcado; revelaciones; cosas que no tendría que haber sabido, pero que había acabado descubriendo; conocer a gente que solo actuaba por el interés… Le dolían también otros recuerdos, como el de descubrirse abandonada en lugares donde no conocía a nadie, empezar a encontrarse mal y tener que fingir, intentar averiguar lo que otros esperaban de ella, pasar sola una tormenta, recibir la orden de ir a hablar con Clara, y cosas por el estilo. Uno no recordaba los días enteros por mucho tiempo, solo los hechos destacables que se habían producido en ellos —los momentos de llegada a la cima o la caída de ella, por decirlo de algún modo—. Entre los días de los que se acordaba, el anterior resaltaba, sin duda, por haber sido especialmente espantoso. Según su experiencia, a los momentos terribles los seguía normalmente una calma aburrida donde no pasaba apenas nada, o si lo hacía, uno estaba tan deslumbrado por el previo resplandor de la catástrofe, que no se daba cuenta. Resultaba curioso que, por muchas y variadas situaciones a las que se enfrentase, siempre parecía recibir más de lo que era capaz de soportar, como, de hecho y por desgracia, era lo que finalmente sucedía. Decidió que debía pasar el día siendo la invitada ideal y averiguar, de paso, si deseaba ser una invitada de algún tipo en concreto. Cuanto menos lo quisiera, más fácil le resultaría ser perfecta. Pero una cosa es la perfección instantánea, que funciona con un número asombroso de gente y que casi todo el mundo puede alcanzar, y otra la perfección constante, que equivale a ser un santo, algo que, como los dragones o los ángeles, resulta ser tan solo un recurso mitológico para la imaginación. Acababa de decidir levantarse para ir al baño cuando tocaron a su puerta. Ella simuló dormir, pero después de dos golpes más la puerta se abrió y entró alguien con una bandeja; a través de los ojos prácticamente cerrados vio que era Anne. Mientras esta dejaba la bandeja y abría las cortinas, Arabella hizo ver que se despertaba.

—Aquí tienes tu desayuno. Espero que hayas dormido bien.

—Maravillosamente. —Se irguió para sentarse—. ¡Qué amabilidad! Cuando dijiste desayuno en la cama nunca imaginé

—Claro que no. Pero no pasa nada. Nosotros nos levantamos temprano porque Edmund tiene que ir a Londres.

Anne movió la mesilla de noche de Arabella de tal forma que girase sobre la cama. La luz del sol llenaba la habitación y también mostraba que estaba cubierta de equipaje a medio deshacer. Arabella vio que Anne se había dado cuenta de esto y dijo rápidamente:

—Estaba tan cansada anoche que ni siquiera recordaba dónde estaban mis cosas para dormir. Ese es el motivo de este caos. —Colgó las piernas por el lateral de la cama y entonces dijo—: De hecho, eso apenas es verdad. Soy caótica por naturaleza, y por eso se me da especialmente bien pensar en razones por las que justificarme. Debo salir un momento. Por favor, no te vayas…, no tardaré nada.

Anne esperó mientras Arabella se ponía un camisón como el que temerosas y gruesas cantantes de ópera habrían vestido para escenas de amor —una prenda enorme, sin forma aparente, pero con cola y de lana verdemar— y desaparecía durante un largo rato —o, al menos, eso le pareció— al tiempo que sentía una mezcla de curiosidad e incomodidad por el hecho de que la chica estuviera allí. Cuando regresó, Anne vio que el camisón —o como se llamase— resultaba, de hecho, misteriosamente atractivo, o, en todo caso, Arabella poseía el secreto de cómo llevarlo: con su trenza y su pálido rostro, tenía el aspecto de una majestuosa y conmovedora inválida. Arrojó la prenda a un lado y se metió cuidadosamente de nuevo en la cama.

—Edmund me dijo que habías estado enferma.

—No sé por qué dijo eso. No lo he estado exactamente. Qué desayuno tan estupendo.

—Tal vez era solo que Clara, tu madre, dijo que necesitabas un descanso.

Siempre dice algo así. Yo necesito descansar y ella necesita hombres nuevos. —Bebió algo de zumo de naranja y comenzó a servirse café—. ¡Y un huevo! —exclamó con lo que a Anne le pareció una alegría simulada—. ¡Madre mía! Qué amabilidad.

—Tienes aspecto de necesitar comer un poco.

—Oh…, siempre estoy así. Incluso después de comidas enormes en restaurantes franceses tengo pinta de anuncio de Oxfam. No te preocupes. Soy el tipo de persona a quien no se le nota nada cuando la tratan bien, y cuando me tratan mal… —Su voz se perdió. Ambas se miraron—. Tampoco se me nota nada —finalizó Arabella.

Hubo un silencio corto y espeso.

—Cómete el huevo antes de que se enfríe —dijo Anne amablemente.

Tuvo la sensación de estar tratando con algún niño extranjero, y esto era extraño para alguien que nunca se había preocupado ni había querido niños.

Arabella se comió el huevo y, de hecho, todo lo que había de comestible en la bandeja mientras Anne fumaba y hablaba con ella. Su conversación, en realidad, consistió en hacerse preguntas mutuamente; ninguna de las dos se sentía capaz de comentar sobre muchas de las respuestas, y cada una tenía una cierta reserva, o timidez, para con la otra. Ambas albergaban un auténtico deseo por saber de sus vidas, pero Arabella tenía la sensación de que la suya había sido demasiado inadecuada para Anne, y Anne pensaba...



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