E-Book, Spanisch, Band 2, 436 Seiten
Reihe: Nuevos Tiempos
Howard Tiempo de espera. Crónicas de los Cazalet 2
1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-17308-57-5
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 2, 436 Seiten
Reihe: Nuevos Tiempos
ISBN: 978-84-17308-57-5
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Elizabeth Jane Howard (Londres, 1923-Suffolk, 2014) escribió quince novelas que recibieron una extraordinaria acogida de público y crítica. Los cinco volúmenes de Crónica de los Cazalet, convertidos ya en un hito inexcusable dentro de las letras inglesas, fueron adaptados con gran éxito a la televisión y a la radio por la BBC. En el año 2002, su autora fue nombrada Comandante de la Orden del Imperio Británico.
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Louise
Enero de 1940
—¡Louise! Me alegro de volver a verte. Este trimestre vas a ser nuestra residente más veterana.
La señorita Rennishaw estaba en el vestíbulo vestida con uno de sus habituales trajes de , tan surcados de trazos grandes y regulares como un campo labrado, y parecía inmune a las ráfagas heladoras que acompañaban a cada nueva llegada. El camino de acceso estaba abarrotado de coches y de chóferes que arrastraban pesadas maletas de cuero. Enseguida apareció Bracken con la suya, una maleta antediluviana que había pertenecido a su padre y que ahora precisaba correas porque los cierres estaban desvencijados. La hermana de la señorita Rennishaw, su melliza (cosa harto sorprendente, pues lo menos era dos palmos más baja que su imponente hermana), salió afanosamente de la salita privada y murmuró algo.
—Están en el cajón de arriba de mi escritorio, Lily. Mide tus fuerzas.
—Gracias, Bracken —dijo Louise.
—Adiós, señorita. —Se llevó la mano a la gorra y desapareció en la oscuridad.
Pero ya no me importa, pensó Louise mientras subía con paso cansino las escaleras detrás de Blake, el jardinero de la escuela, que le llevaba la maleta. Le había tocado la misma habitación que los dos trimestres anteriores, un dormitorio del ático con dos pequeñas claraboyas. Aquel espantoso primer trimestre la había compartido con Nora, y luego, cuando esta se marchó debido a la guerra, con la aburridísima Elizabeth Crofton-Hay, que no hacía más que hablar de puestas de largo, debutantes y presentaciones en sociedad. Su único otro tema de conversación era Ivor Novello, de quien estaba locamente enamorada; había ido catorce veces a ver , pero no tenía el más mínimo interés artístico por el teatro. Se había marchado, y este trimestre habría otra persona; pero aún no había llegado, de modo que se apresuró a elegir la mejor cama, al lado de una de las ventanas. El dormitorio estaba exactamente igual: dos camas de hierro con colchas azules, dos cómodas con un espejito cuadrado colgando de la pared de detrás, dos armarios estrechos y dos sillas con asiento de mimbre. El suelo estaba cubierto de linóleo azul oscuro, tan pulido por las inquilinas que las alfombritas de lana que había al lado de cada cama se deslizaban por el cuarto al menor toque. Se sentó en su cama sin quitarse todavía el abrigo: del frío que hacía ni siquiera se olía la cera de los muebles. A mediados del trimestre anterior había descubierto que ya no le importaba, que ya no tenía morriña. Antes, aunque a ratos había empezado a reconocer que se le había pasado, había temido pensar demasiado en ello, no fuera que volviese a sentirse fatal. (Esto le había ocurrido a menudo durante el primer trimestre: ya podía estar untando pasta de sebo en un cuenco de pudin o en medio del comedor rodeada de gente parloteando que, justo cuando empezaba a pensar que después de todo no estaba tan mal estar lejos de casa, la asaltaba una enorme tristeza; tenía que interrumpir la actividad en cuestión y subir corriendo a llorar sobre esa misma cama). Sin embargo, poco a poco se fue dando cuenta de que estaba acostumbrándose a todo aquello. Ya no se le caía la vajilla ni tenía náuseas; pasaba horas, a veces incluso días, sin acordarse siquiera de su casa. Le había sorprendido que esto no le causara una gran euforia, pero, cuando habló con Polly en Navidad (pues, al fin y al cabo, Polly estaba en su misma situación: después de tantos años preocupada por si estallaba una guerra, resultó que la guerra no era muy distinta de la vida normal en cuanto a las cosas que daban miedo), esta le dijo que, aunque ya no le preocupaba tanto, no por ello estaba como unas castañuelas. De todas formas, había añadido que lo achacaba a que, en realidad, no creía que la guerra fuese a seguir siendo simplemente la situación un poco triste y fastidiosa que venía siendo hasta ahora, y Clary la había interrumpido diciendo que si fueran finlandesas seguro que tendrían miedo (no tenía ni pizca de tacto, pensó Louise). En realidad, lo que le pasaba era que seguía habiendo cosas que le daban miedo: la audición, por ejemplo. Había convencido a sus padres para que la dejasen presentarse a una sola…, y, si en esa escuela de arte dramático no la admitían, daría carpetazo al asunto. Tendría que aprender mecanografía y morirse de aburrimiento trabajando en una oficina. Sobre todo habían accedido, pensaba, porque su madre había estado tan empeñada en mandarla a Francia a estudiar francés con alguna familia (un plan que, obviamente, con la guerra quedaba descartado) que no habían pensado en ninguna alternativa, y a su edad (cumplía diecisiete años en marzo) era demasiado joven para alistarse en alguna organización o hacer cualquier otra cosa horrible de ese estilo. ¡Gracias a Dios! Habría sido terrible que, después de haberse pasado años y años yendo a clase y dejándose tratar como una chiquilla, al final le hubieran negado su mayor ambición aduciendo que era una frivolidad egoísta. Se imaginaba que unirse a las WRNS2 o al ATS3 sería como ir a un inmenso internado. De manera que si la aceptaban en la escuela de arte dramático dispondría de un año, y en un año podía pasar de todo. Era una egoísta, de eso no cabía duda. El trimestre «santo» que había pasado con Nora se lo había demostrado. Las señoritas Rennishaw eran devotas anglicanas de la facción más ritualista: ir a la iglesia era prácticamente obligatorio, y, aunque no era necesario que fueras a la suya (podías ir a otra en la que no quemaban incienso ni confesaban, etcétera), Nora se había aficionado a todo aquello con su fervor habitual y poco menos que había arrastrado a Louise con ella. Durante todo el trimestre, Louise se había arrodillado cada semana en el pequeño confesionario y, aunque al principio no sabía bien qué confesar (una vez, hasta se había inventado un par de cosas), con el tiempo se le fue haciendo cada vez más fácil; de hecho, su carácter iba empeorando de semana en semana. «Soy muy orgullosa, vengativa y ambiciosa», fue lo primero que dijo, pero el padre Fry lo había cazado al vuelo y había dicho que Hamlet solamente había deseado ser así y que, en cualquier caso, estas afirmaciones eran demasiado generales para constituir una confesión. Así pues, había tenido que concretar con cosas como admitir que no veía por qué tenía que lavar los inodoros o fregar los suelos (actividades obligatorias cuando te tocaba la semana de empleada doméstica), y de ahí pasaron directamente al orgullo. Cuando se quejó a Nora de que no parecía que la confesión le estuviese ayudando a ser mejor persona sino todo lo contrario, esta le dijo que una no podía evolucionar hasta que reconocía la propia debilidad de carácter, y se empeñó en que Louise se entrenase confesando con ella cada noche. Para ser justos, a Nora se le ocurrían infinitos defectos (o pecados, como decía ella) en relación consigo misma, y, cada vez que mencionaba uno, Louise caía en la cuenta de que ella también lo tenía: más de una vez habían acabado en una especie de competición por ver cuál de las dos era peor. La vida cotidiana se había convertido en un campo de minas. A poco que descuidaras tu carácter, ya habías pecado. «¡Esto es lo que lo hace tan importante y tan emocionante!», había exclamado Nora; sin embargo, en su fuero interno Louise pensaba que ello le quitaba la gracia a todo. Había llegado a la conclusión de que, aunque ahora sí que creía en Dios, desde luego no le amaba, ni siquiera le caía demasiado bien, pero, aunque para Nora habría sido sin duda un pecado a una escala excesiva, el padre Fry había reaccionado con una serenidad sorprendente al decir amablemente que él había sentido más o menos lo mismo a su edad; para Louise, este comentario había sido a la vez un consuelo y un desaire.
Sin embargo, entonces Nora se había ido a trabajar al Hotel de los Bebés de la tía Rach, que había sido trasladado de nuevo a Londres. Elizabeth Crofton-Hay no era nada religiosa, aunque no había faltado ni un domingo a la iglesia. Al principio, Louise disfrutaba aprendiendo los secretos del maquillaje y descubriendo que Elizabeth se lavaba cada noche las medias con jabón Lux y que llevaba un collar hecho de perlas sueltas que sus padrinos le iban regalando en cada cumpleaños, pero las experiencias más interesantes de la vida de Elizabeth (un trimestre en Florencia y un fin de semana largo en Sandringham) no parecían haberla convertido en una persona con la que fuese mínimamente emocionante conversar, y Louise no tardó en aburrirse con sus extasiados panegíricos sobre Ivor Novello. Se acercó a la puerta a ver quién era su nueva compañera y vio un papelito clavado con una chincheta en el que leyó: «Louise Cazalet y Stella Rose». Por alguna razón, el nombre le evocó una chica pálida con cabello rubio y lacio que le caía por la espalda, una ilustración de un cuento de hadas… Era un nombre de heroína. Decidió deshacer la maleta y buscar un jersey más grueso.
Casi habían terminado de cenar cuando llegó Stella. Había perdido el tren y, por consiguiente, los taxis de la escuela, y había tenido que esperar a que llegase otro taxi. Le dieron de cenar, y, a sugerencia de la señorita Rennishaw, Louise le hizo compañía mientras cenaba. Así pues, al final se quedaron solas en el gran comedor, sentadas a una de las ocho mesas redondas. No se parecía en nada a una princesa. Tenía una buena mata de cabello negro, fino y rizado, un cutis aceitunado sin arrebol en las mejillas, ojos gris verdoso alargados,...




