Huxley | Ciego en Gaza | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 512 Seiten

Huxley Ciego en Gaza


1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-350-4780-7
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, 512 Seiten

ISBN: 978-84-350-4780-7
Verlag: EDHASA
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Ciego en Gaza (1936) es, ante todo, una novela personal e íntima. En conflicto entre lo intelectual y lo sexual y a través del misticismo, Huxley nos describe simultáneamente y sin aparente orden cronológico, la vida de una serie de personajes; sin embargo, al llegar al final, el lector ha de rendirse, sorprendido ante la apretada unidad que presenta la obra. Por encima de los valores de la inteligencia, del despiadado y lúcido estudio psicológico de los personajes, habituales en el autor; sorprende la prodigiosa construcción de la novela. Así, en Ciego en Gaza, Huxley llega al cénit de su vida narrativa, dedicado a describir en carne viva con sorprendente exactitud y crudeza a la sociedad de entreguerras, y se centra en una desesperada búsqueda de los valores positivos que podrían salvar al ser humano de la alienación a la que lo conduce el desarrollo tecnológico.

Procedente de familia de tradición intelectual, se formó en Eton y Oxford. Después de unas primeras novelas predominantemente satíricas, el éxito y la atención de la crítica más rigurosa llegó con Contrapunto (1928), ambiciosa e inteligente novela que constituye uno de los retratos más agudos y completos del esnobismo intelectual de entreguerras. Su siguiente novela, Un mundo feliz (1932), es quizá su obra más famosa y sin duda la más inquietante. Pasó un tiempo escribiendo guiones cinematográficos en Hollywood, hasta que volvió a situarse en primera línea con las novelas Muere el cisne depués del verano (1939), El genio y la diosa (1945), El tiempo debe detenerse (1948), Mono y esencia (1949) y La isla (1962), y los polémicos ensayos Eminencia gris (1941), La filosofía perenne (1946) y Nueva visita a un mundo feliz (1958).
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Capítulo primero

30 DE AGOSTO DE 1933

Las instantáneas se habían vuelto casi tan mortecinas como los recuerdos. Aquella joven que aparecía en un jardín al final del siglo era como un espectro al amanecer. Anthony Beavis reconoció a su madre, un año o dos –tal vez sólo un mes o dos– antes de que muriera, pero la moda –pensó–, mientras miraba fijamente el fantasma de color castaño, es un arte decorativo, como el de la jardinería ornamental. ¡Esas caderas en forma de cisne! ¡Ese pecho en cascada, sin la menor relación aparente con el cuerpo desnudo bajo él! ¡Y todo ese pelo, como una deformidad ornamental en el cráneo! En 1933 parecía en verdad horrenda y repelente y, sin embargo, si cerraba los ojos (como no pudo por menos de hacer), podía ver a su madre lánguidamente hermosa en su chaise–longue o jugando, ágil, al tenis o planeando como un ave por el hielo de un invierno lejano.

Lo mismo ocurría con las instantáneas de Mary Amberley, tomadas diez años después. La falda era tan larga como siempre y, bajo su más estrecha campana de tela, la mujer aún se deslizaba sin pies, como sobre ruedecitas. Cierto es que se habían realzado los senos un poco y se había adentrado el prominente trasero, pero la forma general del cuerpo vestido seguía siendo extrañamente inverosímil: un cangrejo encerrado en un caparazón de ballenas; y aquel enorme sombrero con penacho de plumas de 1911 era simplemente un entierro francés de primera clase. ¿Cómo podía haberse sentido atraído un hombre en su sano juicio por una apariencia tan profundamente antiafrodisíaca? Y, sin embargo, pese a las instantáneas, la recordaba como la encarnación misma del atractivo deseable. A la vista de aquel cangrejo con plumas y sobre ruedas, se le había acelerado el corazón y la respiración se le había alterado.

Veinte, treinta, años después, las instantáneas sólo revelaban cosas remotas y ajenas, pero lo ajeno es (¡automatismo deprimente!) siempre lo absurdo. En cambio, lo que recordaba era la emoción sentida cuando lo ajeno era aún lo familiar, cuando lo absurdo –al darse por descontado– nada tenía de tal. Los dramas del recuerdo son siempre Hamlet con atuendo moderno.

¡Qué hermosa había sido su madre... bajo la cabellera arborescente y pese al sobresaliente trasero y el pecho en disminución! ¡Y qué enloquecedoramente deseable era Mary, aun envuelta en un caparazón y coronada por plumas propias de un entierro! Y también él con su chaquetita de cazador beige y su boina escocesa; como Bubbles (del cuadro de John Millais), con traje de pana lisa de color de hierba y volantes; en el colegio con su traje Norfolk y pantalones bombachos que acababan por debajo de las rodillas en dos tubos ceñidos de excelente tela espesa; con su cuello almidonado y su bombín, los domingos, y su gorra rojinegra de la escuela en los demás días... también, en su recuerdo, llevaba siempre ropa moderna, nunca la absurda figurita cómica que aquellas instantáneas revelaban: no peor –por lo que a su sensación interior se refería– que los muchachos de treinta años después con sus jerséis y pantalones cortos. Era una prueba –se vio reflexionando impersonalmente Anthony, mientras examinaba la imagen con sombrero de copa y frac de sí mismo en Eton– de que sólo se podía registrar el progreso, nunca experimentarlo. Cogió su cuaderno, lo abrió y escribió: «Tal vez los historiadores noten el progreso, pero quienes participan en realidad en el supuesto avance nunca pueden sentirlo. Los jóvenes nacen en circunstancias nuevas y los ancianos las dan por sentadas al cabo de unos meses o años. No se sienten los avances como tales. No hay gratitud... sólo irritación, si, por alguna razón, las nuevas comodidades se deterioran. Los hombres no dedican tiempo alguno a agradecer a Dios la existencia de los automóviles; se limitan a maldecir, cuando se ahoga el carburador».

Cerró el libro y volvió a mirar el sombrero de copa de 1907.

* * *

Se habían oído pasos y, al levantar la vista, vio a Helen Ledwidge, que se acercaba por la terraza con sus características zancadas. Bajo el sombrero ancho, su rostro brillaba con el reflejo de su ropa de playa de un rojo encendido, como si estuviera en el infierno, y en realidad –siguió pensando– lo estaba... mentalmente; llevaba su infierno consigo; el infierno de su grotesco matrimonio y tal vez otros, pero él siempre se había abstenido de preguntar con demasiado detalle en qué consistían, siempre había fingido no notarlos, cuando ella misma se ofrecía a guiarlo por sus vericuetos. Sólo el Cielo sabía a qué atolladero de emoción, a qué sentido de la responsabilidad lo conducían la interrogación y la exploración. Además, no tenía tiempo ni energías para las emociones y las responsabilidades. Su trabajo tenía prelación. Reprimió su curiosidad y siguió desempeñando, obstinado, el papel que se había asignado desde hacía mucho: el de filósofo desapegado, hombre interesado en la ciencia y que no ve las cosas que resultan evidentes a todos los demás. Se comportaba como si no pudiera advertir otra cosa en la cara de ella que sus bellezas externas de forma y textura, cuando, en realidad, la carne nunca es del todo opaca; el alma se muestra a través de las paredes de su receptáculo. Aquellos claros y grises ojos suyos, aquella boca con el labio superior delicadamente prominente, eran duros y casi desagradables a consecuencia de una tristeza resentida.

Cuando salió de la zona soleada y entró en la sombra de la casa, el rojo subido se apagó, pero la repentina palidez de su cara no hizo sino intensificar la agriada melancolía de su expresión. Anthony la miró, pero no se levantó ni le hizo un saludo. Entre ellos había una convención en virtud de la cual no debía haber formulismos, ni siquiera el de dar los buenos días: nada de formulismos. Cuando Helen cruzó las puertas de cristal abiertas y entró en la sala, él volvió al examen de sus fotografías.

«Pues ya estoy aquí», dijo ella, sin sonreír. Se quitó el sombrero y con un lindo movimiento impaciente de la cabeza sacudió los rizos rojizo–carmelitas de su pelo para que recuperaran su forma original. «¡Un calor espantoso!» Tiró el sombrero al sofá y cruzó la sala hasta donde Anthony estaba sentado a su escritorio. «¿No estás trabajando?», añadió, extrañada. Era tan poco frecuente no encontrarlo inmerso en libros y papeles...

El negó con la cabeza. «Hoy no hay sociología».

«¿Qué estás mirando?» Situada junto a la silla de él, se inclinó sobre las instantáneas dispersas.

«Mis antiguos cadáveres». Le pasó el espectro del muerto de Eton.

Después de estudiarlo un momento en silencio, ella comentó: «Tenías buen aspecto entonces».

«Merci, mon vieux!», dijo él y le dio una palmadita irónicamente cariñosa en la parte trasera del muslo. «En el colegio me llamaban Benger». Entre las puntas de los dedos de él y la redondeada resistencia de la carne de ella, la seda interponía una seca suavidad deslizante, extrañamente desagradable al tacto. «Abreviación de “Alimentos de Benger”, porque tenía aspecto infantil».

«Delicioso», prosiguió ella, sin hacer caso de la interrupción de él. «Tenías un aspecto de verdad monísimo entonces, enternecedor».

«Pero sigo teniéndolo», protestó Anthony y le dedicó una sonrisa.

Ella lo miró un momento en silencio. Bajo el denso y obscuro pelo, la frente era deliciosamente suave y serena, como la de un niño meditabundo; infantil también, de forma más cómica, era la nariz, corta y ligeramente inclinada hacia arriba. Entre sus estrechos párpados, los ojos estaban animados por una risa interior y en las comisuras de los labios había también una sonrisa... ligeramente irónica, que en cierto modo contradecía lo que la forma de los labios parecía expresar. Eran labios gruesos y bien dibujados: voluptuosos y al mismo tiempo serios, tristes, casi trémulamente sensibles, unos labios que parecían desnudos con su pesarosa desnudez, sin defensa propia y abandonados a su desamparo por la barbillita nada agresiva.

«Lo peor», dijo Helen al final, «es que tienes razón. Sí que eres delicado, sí que eres enternecedor. Dios sabe por qué, porque no deberías serlo. En el fondo es un engaño, un truco para gustar a las personas mediante pretensiones falsas».

«Pero, ¡bueno!» protestó él.

«Les haces darte algo por nada».

«Pero al menos soy siempre totalmente franco al indicar que no es nada. Nunca finjo que sea una gran pasión». Prolongó la r y abrió la a grotescamente. «Ni siquiera una Wahlverwandschaft», añadió, pasando al alemán, para que todo aquel romántico asunto de las afinidades y las emociones intensas pareciera particularmente ridículo. «Es sólo un poquito de diversión».

«Un poquito de diversión», repitió Helen irónicamente, mientras pensaba, al hablar, en aquel período al comienzo de aquel amorío en el que había estado a punto –por decirlo así– de enamorarse de él... como en el umbral y esperando que le pidiera que entrara, pero, ¡con qué firmeza (pese a su silencio y estudiada caballerosidad), con qué claridad y determinación, le había cerrado él la puerta en las narices! No quería ser amado. Por un momento ella había estado a punto de rebelarse; después, con aquel espíritu de resignación amargada y sarcástica con el que había aprendido a afrontar el mundo, aceptó sus condiciones. Éstas eran tanto más aceptables cuanto que no había otra opción mejor a la vista, ya que, al fin y al cabo, era un...



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