Infante | Garrincha y su Beretta | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 193, 382 Seiten

Reihe: Narrativa

Infante Garrincha y su Beretta


1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-10455-38-2
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 193, 382 Seiten

Reihe: Narrativa

ISBN: 978-84-10455-38-2
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Cuando a la familia Garay le incendian la fábrica de Sestao (Bizkaia) enseguida comprueban que van a por ellos. Pero ¿quién puede estar detrás? Sin pruebas y con enemigos al acecho, los Garay se ven atrapados en una telaraña de intereses oscuros y su impresión es que esto no ha hecho más que empezar.  Sin embargo, la familia Garay no está dispuesta a rendirse y pide ayuda a Garrincha, el gánster de Olabeaga, que aunque oficialmente está retirado y ya no debe hacer nada fuera de la ley, esto no siempre es así. Parece que tiene un imán para complicarse la vida y, con su inconfundible instinto y su Beretta, Garrincha sabe que en el mundo de la mafia y la corrupción nadie juega limpio. En su investigación, Garrincha se cruza con Bárbara Alberdi -una joven periodista que con su arrojo, inteligencia e inconsciencia acaba poniéndose en serio peligro por una buena causa- y ambos unirán sus fuerzas para descubrir la verdad en ese turbio caso y se introducirán en la trama criminal, donde el enigma y la tensión se mantienen hasta el final. Juan Infante nos brinda una novela negra llena de diálogos afilados, tensión constante, traiciones y mucho humor que nos sumerge en el mundo empresarial de un Bilbao vibrante pero también inquietante, y da un paso más en atraer al lector a que participe en la resolución del caso.

Juan Infante, nacido en Bilbao, es escritor y abogado. Con esta, ya son diez las novelas publicadas y once relatos de género negro-criminal. De la serie Garrincha, se han editado Atrapado, El precio del silencio, Sospechosos, El gánster de Olabeaga y Garrincha y su beretta. Atrapado fue nominada para el Premio Euskadi de literatura 2018. Dirige y es profesor de dos talleres de novela negra en ALEA Bilbao y elabora, junto a dos colegas, La Carta Noir, la newsletter mensual sobre género negro de novelas y series de El Correo.
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2
La familia Garay, consternada


Lunes, 4 de abril

A las diez de la mañana estaban todos reunidos en la casa familiar, en la Alameda de Mazarredo, junto a los Jardines de Albia. En sus semblantes se dibujaban la desolación, la tristeza y la furia. La madre y los cinco hijos sabían que debían controlarse, pero no era fácil mantenerse serenos.

Se trataba de una vivienda imponente que doña Regina Arbolancha había heredado de su madre. No fue la única dote que llevó al matrimonio, pero sí la más deslumbrante.

Tenía unos trescientos metros cuadrados, con espacios amplios y luminosos, a los que había que añadir una gran terraza que constaba de un pequeño jardín con un olivo, un parterre con flores de temporada donde al comienzo del verano se plantaban hortensias y unas enredaderas en las que crecían buganvillas rojas y granates. En medio de la terraza, un pequeño porche cubierto por una parra, con una mesa grande de hierro forjado y una tarima de piedra y azulejo, servía de lugar de encuentro en los meses templados del año para una intensa vida familiar y social.

Cuando se veía por primera vez, costaba creer que, en el centro de la ciudad, rodeada por casas y en un sexto piso, pudiera encontrarse esa joya, cuidada por doña Regina y un jardinero que acudía un par de horas todas las semanas.

Desde el jardín se veía medio Bilbao, con el Pagasarri y Artxanda a ambos lados, los Jardines de Albia abajo y la ría muy cerca. La iglesia de San Vicente —que había acogido los bautizos, bodas y funerales de la familia— se alzaba a menos de un centenar de metros y era donde doña Regina acudía con regularidad para ponerse en paz con el Altísimo y pedirle favores que muy pocas veces le concedía.

El matrimonio Garay-Arbolancha tuvo cinco hijos: Begoña tenía cincuenta y tres años, Virginia cincuenta y uno, Roberto cuarenta y ocho, Susana cuarenta y cinco e Iñaki cuarenta. La madre tenía ochenta y dos años y ya le habían dado doce nietos.

Solo Susana estaba soltera y sin hijos. Era una mujer con mucha personalidad, muy independiente, aunque aún vivía con su madre.

Lo que hoy se reunía era el consejo de administración, compuesto solo por los hijos y la madre. Cada hijo tenía el 15 % de las acciones y la madre el 25 %. Para alcanzar la mayoría, a la madre le bastaba pactar con dos de sus hijos. En cambio, los hijos necesitaban ponerse de acuerdo cuatro.

El consejo lo presidía doña Regina, su consejero delegado era Roberto y el secretario Iñaki. Begoña, Virginia y Susana eran vocales. En la empresa solo trabajaban Roberto, que era el jefe y gerente, y Begoña, que llevaba los departamentos de Marketing y Comercial. Tenía ciento cincuenta y ocho empleados con un nivel de preparación técnica muy alta. Entre ingenieros y otras titulaciones superiores alcanzaban los cuarenta.

Iñaki era profesor de instituto, Susana ejercía de abogada y Virginia era fiscal en la Audiencia Provincial.

Cuando estuvieron todos sentados —y mientras Susana ponía una jarra de café junto a una bandeja con bollos de mantequilla de Zuricalday—, Regina propuso no dar carácter legal a la reunión del consejo, salvo que hubiera que acordar alguna resolución formal. Todos asintieron. En familia y sin formalidades hablarían con más libertad.

Tomó la palabra doña Regina y, tras unas frases en recuerdo de don Ricardo, dijo:

—Roberto y Begoña, vosotros tenéis toda la información. Estuvisteis anoche viendo cómo ardía la fábrica y todavía lleváis el susto en la cara. Adelante.

Roberto miró a Begoña quien, con un gesto, le indicó que empezara él.

—El incendio comenzó a eso de las diez y cuarto de la noche. Los servicios de seguridad lo detectaron cuando ya ardía con fuerza y llamaron a los bomberos. A mí me avisaron de inmediato. Llegué pasadas las once y los bomberos llevaban un rato. Enseguida se presentó Begoña.

—Yo llegué a la once y veinte —dijo Begoña.

—El jefe de los bomberos me comentó que el fuego se había iniciado en tres lugares diferentes y que, en principio, por eso era sospechoso. Los dos empleados de seguridad confirmaron que ellos advirtieron un primer fuego en la parte trasera de la fábrica, junto a los vestuarios y los baños. Otro en la puerta lateral junto al río Galindo y el tercero en la entrada, muy cerca de donde estaban ellos.

—¿Y no vieron a nadie? —preguntó Iñaki.

—Según dijeron, el fuego tomó tal fuerza que se apartaron enseguida, pero no vieron a nadie. A mí también me pareció extraño. En todo caso, tenemos ya la confirmación. Me ha llamado hace un rato el jefe de los bomberos con el que estuve anoche y no hay ninguna duda. Han encontrado tres latas de gasolina en los puntos comentados. Piensan que estarían ya colocadas y con temporizadores provocaron los tres incendios simultáneos desde la distancia.

»Calculan que no debieron de intervenir más de dos o tres personas. Los lugares estaban bien elegidos y en las tres zonas había material inflamable. Ellos no tardaron más de media hora en llegar y solo pudieron conseguir que el fuego no se extendiera más allá de la fábrica —concluyó Roberto.

—¿Se ha salvado algo? —preguntó Virginia.

—Parte de la estructura, pero probablemente no interese mantenerla. Y las dos cajas fuertes. Había algo de dinero y papeles. Las patentes y otra documentación de importancia estaban en la caja de seguridad del banco. La maquinaria y todo lo demás está para la chatarra.

—¿Y el personal? —preguntó la madre.

—Todo el mundo está en sus casas. Los abogados están preparando no sé si un ERE o un ERTE, pero esto va para largo. No creo que antes de ocho meses podamos volver a producir en Sestao —dijo Begoña.

—Salvo que, mientras tanto, encontremos otra opción —comentó Roberto.

—Explícate, hijo, que no me entero.

—Empresas de la competencia podrían alquilarnos sus instalaciones y, en un par de semanas, continuaríamos con la producción.

—Pero ¿dónde? —volvió a preguntar su madre.

—En Zaragoza y en Madrid. Se podría trabajar en jornada de noche, fines de semana y vacaciones e incluso alguna en horario habitual. Sobre todo, pensando en atender a clientes con ciertas necesidades y en no perderlos.

—Menuda chapuza —dijo Iñaki—. ¿Por qué no repasamos lo que todos sabemos? Esto tiene la firma de los chinos, valientes hijos de puta. Me dan ganas de quemarles su fábrica, igual es lo más sensato que podríamos hacer.

—Chinos con una fábrica en España desde hace veinte años. Los que nos están haciendo la vida imposible y ayer nos quemaron la fábrica están a treinta kilómetros de aquí, en Boroa —aseguró Virginia, la fiscal.

—Tenemos que probarlo, pero tienen toda la pinta de que han sido ellos —apuntó Roberto.

—¿La Ertzaintza sabe algo? —preguntó Virginia.

—He quedado en pasar por la comisaría de Deusto a lo largo de esta mañana. Los bomberos les habrán comunicado ya el carácter de incendio provocado. Una cosa, Begoña y yo estaremos en la oficina que tenemos en el Edificio Albia. Desde allí dirigiremos todo —dijo Roberto.

Susana levantó la mano, con la cara sonriente.

Family, os leo este wasap que me ha llegado. Qué sinvergüenzas, me los cargaría ahora mismo.

»“Qué disgusto, colega, no sabes cómo lo sentimos. Nuestros clientes de Boroa quieren hablar con vosotros, están dispuestos a arrimar el hombro, me lo han dicho ahora mismo. Llámame. Ernesto”.

»Ya sabéis, de los Abogados del Crimen S. A.

—No os lo vais a creer, pero estaba convencida de que llamarían. Solo dudaba de cuándo. Tienen prisa. Está todo calculado —dijo Begoña—. Ahora querrán ofrecernos ayuda, para después proponernos adquirir la empresa.

—O sea, nos la queman y luego la compran más barata —dijo doña Regina.

—Son tan canallas que tendrán un plan de ataque para quedarse con nuestros clientes y obligarnos a vender —respondió Begoña.

—Si nos pagan la última oferta que hicieron, por mí, adelante —dijo Iñaki—. Ya sabéis que siempre he sido partidario de vender. Si pudiera lo haría a otros, pero en este momento nadie querrá pagar ese dinero.

—Ahora no van a mantener esa oferta, la empresa no estaba mal valorada —apuntó Begoña.

—Yo ahora me niego a vender, sería una derrota por goleada y no estoy dispuesto. Se lo debemos a nuestro padre —dijo Roberto.

—Estoy de acuerdo, hijo.

—Y yo. Dinero no nos falta, la empresa la podemos volver a levantar, la cuestión es que pague el que lo ha hecho. Ni olvido ni perdono —dijo Begoña.

—Nadie va a olvidar ni a perdonar —contestó rápido Roberto—. Os propongo un plan.

—Adelante, hijo.

—Susana, habla con los «abogados del crimen». No les digas que sabemos que han sido sus clientes y consigue una cita para mañana.

—El incendio ha sido tal chapuza que tienen claro que sabemos que ha sido provocado y que están los primeros en la lista —dijo Susana.

—Que lo piensen. Yo voy a estar con la Ertzaintza, quiero seguir de cerca sus pesquisas y ver si pueden pillar a los autores —dijo Roberto.

—Pero, aunque los atrapen, no sabrán para quién trabajan. Eso se consigue en el mercado de la delincuencia. Tres pringados a quinientos euros cada uno, así de fácil y barato.

—Cómo conoces el hampa, Virginia —comentó su madre...



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