E-Book, Spanisch, 336 Seiten
Jenkins Los elegidos - Vengan y vean
1. Auflage 2023
ISBN: 978-1-4245-6598-6
Verlag: BroadStreet Publishing Group, LLC
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Una novela basada en la segunda temporada de la aclamada serie "The Chosen"
E-Book, Spanisch, 336 Seiten
ISBN: 978-1-4245-6598-6
Verlag: BroadStreet Publishing Group, LLC
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
JERRY B. JENKINS ha escrito casi 200 libros, incluidos 21 éxitos de ventas del New York Times con ventas totales de más de 71 millones de ejemplares. Es conocido por la ficción bíblica, la ficción del fin de los tiempos (la serie Dejados atrás) y muchos otros géneros. También ayudó a Billy Graham con sus memorias, y ha escrito numerosas biografías de deportistas. Vive con su esposa, Dianna, en Colorado Springs, Colorado. Tienen tres hijos adultos, uno de los cuales, Dallas, es el creador, coautor y director de la serie de televisión The Chosen.
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Capítulo 1
«… ANTES DE CONOCERME»
Tristeza.
El quinto día de guardar la el periodo de luto por su hermano Santiago el Grande, muerto a espada por orden del rey Herodes Agripa de Judea, Juan intenta distraerse de su sufrimiento. El discípulo que cree que fue el más favorecido por Jesús ha sacado las pocas notas que ha guardado desde los días que pasó con el Rabino. Estimulado por esta última tragedia, está impaciente por complementarlas y detallarlas antes de que sus compañeros y él mismo se arriesguen a seguir el mismo destino. Inquieto por ordenar bien su relato, Juan ha invitado a sus amigos a compartir sus recuerdos, aquellos quienes estuvieron con él y su hermano con Jesús durante tres años que ningún mortal podría olvidar nunca. Las iglesias, el mundo, deben saberlo.
Juan ha llenado de sillas y bancos la sala principal de su modesta casa. Pero ¿llegarán sus amigos, especialmente en una noche como esta? Todos ellos asistieron al funeral de Santiago el Grande, por supuesto, y acompañaron a la madre de Jesús y a Juan la primera noche. No se requiere ni se espera de ellos que regresen una segunda vez durante el periodo de siete días de luto, pero lo cierto es que esta vez él les ha pedido algo más que tan solo consuelo y apoyo.
El cielo se cubrió de nubes negras en la tarde, y ahora aparecen relámpagos distantes en el horizonte. Si sus queridos compatriotas no llegan pronto, les sorprenderá un gran aguacero. Juan abre un poco la puerta principal y un viento frío le obliga a sujetarla con fuerza para evitar que golpee contra la pared.
—Paciencia —dice María, la madre de Jesús, a la vez que levanta su chal para cubrir su cabeza—. Vendrán. Sabes que lo harán. Es apenas la primera hora de la noche.
La mujer de aspecto radiante ha vivido con Juan desde la crucifixión de su hijo hace ya mucho tiempo. Desde la cruz, Jesús le dijo: «Mujer, ¡he ahí tu hijo!». Y también le dijo a Juan: «¡He ahí tu madre!».
En efecto, María inmediatamente fue como una madre para Juan, y él la valora y se siente valorado. Los años, y también la tristeza, han vuelto gris su cabello; sin embargo, él valora cada arruga que ve en su rostro sereno.
—Cierra la puerta —le dice ella, poniendo su mano suavemente sobre su hombro.
Cuando él la cierra, una ráfaga de viento entra por la ventana y apaga una vela que está sobre el alféizar, y comienza a llover.
—Oh, no —exclama él.
—No te preocupes —dice María—. Estos hombres han soportado todo tipo de condiciones meteorológicas…
—Pero la joven María estará con ellos…
—¡Es una mujer adulta! —responde ella con una sonrisa—. Y no hay duda de que está preparada. Tan solo asegúrate de que el fuego arda con fuerza, y prepárate para lavar pies embarrados.
Una hora después, todos han llegado; se han sacudido la lluvia de sus ropas, sus pies están limpios y han tomado turnos para estar delante del fuego. Lamentando haberles hecho pasar por todo eso, Juan se siente aliviado y reconfortado. El estado de ánimo es un poco diferente al que había sido la primera noche de la pero claramente sus amigos se sienten un poco incómodos, sin saber bien qué decir y cómo actuar.
—Esta noche tan solo quiero conversar —les dice, intentando tranquilizarlos.
Los ánimos son serios, pero él debe levantar la voz por encima del ruido del fuego y el viento que sopla. Se sienta en una mesa delante de ellos, y sus páginas son iluminadas por velas parpadeantes.
—Haré preguntas y tomaré algunas notas.
—¿Sobre tu hermano? —suelta Mateo.
—Él está en mi corazón y mi mente, desde luego —responde Juan—, pero no. Quiero conversar sobre Jesús. Comenzaré contigo, Pedro, si no te importa. Háblame de cuando lo conociste por primera vez.
Pedro sonríe con su barba ya canosa.
—Mucho antes de que me cambiara el nombre. Vaya, ¿la primera vez? Tú cómo fue la primera vez, Juan. Estabas allí.
—Quiero oírlo.
Pedro da un suspiro.
—Yo estaba en la vieja barca de Andrés. Había tenido una mala noche —dice, y levanta la mirada—. Al principio ni siquiera sabía que era él. ¿Recuerdas? Creí que era un romano a punto de arruinarme la vida. —Sonríe y menea la cabeza.
—¿Y qué ocurrió después?
Simón Pedro narra toda la historia: que al principio se opuso a la ayuda del hombre, al final siguió su consejo, y poco después casi se hunde por una captura de peces salidos de la nada. Cayó a los pies de Jesús y le suplicó: «¡Apártate de mí! Soy pecador». Pero Jesús le dijo que no temiera, que lo siguiera y se convertiría en pescador de hombres.
Después llega el turno de Tomás. Le dice a Juan:
—Fue en un momento en que pensé que mi carrera y mi reputación estaban a punto de ser destruidas.
No puede evitar reír, y a Juan le resulta en cierto modo consolador en un momento reservado para la tristeza y el luto anotar el relato de Tomás de cuando Jesús salvó una fiesta de boda, y también la reputación de Tomás y Rema, al convertir el agua en vino.
—¿Mi primera vez? —pregunta Natanael—. Felipe solo me dijo: «Ven, y ve». Y lo hice. —Sentado, mira fijamente a Juan—. Mira, no sé cómo describirlo, excepto que… él me conocía antes de conocerme.
Natanael estaba sentado solo y angustiado debajo de una higuera, y el Rabino lo había visto allí y lo conocía por su nombre.
—¿Yo? —dice Andrés sonriendo—. Yo estaba junto a Juan el Bautista…
—Juan el Raro —interrumpe Simón Pedro, quizá olvidando dónde está y por qué.
—Y él pasó por allí caminando. Llegué a conocerlo. Y Juan enloqueció y dijo: «¡He aquí!».
—Me comeré otro insecto —se burla Pedro.
Andrés le da un ligero empujón.
piensa Juan.
Tadeo se sienta delante de Juan y al lado de Santiago el Joven.
—Para mí, la primera vez… Jesús estaba sentado allí almorzando con algunos obreros, conversando y bromeando.
El recuerdo le causa gracia, y después parece entristecerlo.
—Yo iba de camino a Jerusalén —dice Santiago el Joven; pero, de repente, se derrumba—. Lo siento. Todo esto… es difícil hablar de esto. Me recuerda lo mucho que lo extraño.
—Pero tenemos que hacerlo —dice Juan.
—Lo sé. Es que… hablo a otros de él cada día. Pero, con todos ustedes que lo conocieron, es difícil.
Ahora tiene enfrente a la joven María, que es ya una mujer madura y que muestra la misma belleza dócil que él ha visto en ella desde que fue liberada de demonios.
—Cuéntame sobre la primera vez que lo viste —le dice Juan.
Ella sonríe tímidamente.
—Fue en una taberna —dice, asintiendo con la cabeza—. Él puso su mano sobre la mía. —Levanta su mirada rápidamente—. Lo cual no es lo que parece. Quizá debas omitir esa parte, confundirá a las personas.
—Todavía no sé qué voy a incluir —dice Juan—. Solo estoy escribiéndolo todo.
—Está bien —dice ella, y narra la historia del desconocido que se reveló a ella como su creador y redentor llamándola por su nombre y transformando su vida.
A Juan le llama la atención el contraste entre el Mateo que está sentado delante de él y el recaudador de impuestos que era cuando Jesús lo llamó. En ese entonces vestía ropas elegantes que podía permitirse fácilmente, y su rostro juvenil era suave e imberbe. Ahora muestra una barba muy tupida, y sus ropas son tan sencillas y harapientas como las de los otros.
—Fue en la cuarta mañana de la tercera semana del mes de Adar —comienza Mateo—, alrededor de la segunda hora.
El Mateo de siempre.
—No tiene que ser tan preciso —dice Juan.
—¿Por qué no debería ser preciso? —responde Mateo—. Mi relato será preciso.
Esto no sorprende nada a Juan. Sabe que Mateo está trabajando en su propio relato, y tiene muchas ganas de ver cómo refleja al autor tan meticulosamente obsesivo. Por ahora, disfruta de la historia de Mateo cuando respondió asombrado al llamado del Maestro y sorprendió a su guardia romano simplemente al dejarlo todo para seguir a Jesús.
Juan deja para el final a María, la madre de Jesús. Ella se acomoda delante de él; se ve cansada. Él le hace la misma pregunta que ha planteado a los demás.
—Mi respuesta podría no tener sentido —dice...




