E-Book, Spanisch, 416 Seiten
Jenkins The Chosen - Y yo les daré descanso
1. Auflage 2023
ISBN: 978-1-4245-6811-6
Verlag: BroadStreet Publishing Group, LLC
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Una novela basada en la tercera temporada de la aclamada serie para la TV
E-Book, Spanisch, 416 Seiten
ISBN: 978-1-4245-6811-6
Verlag: BroadStreet Publishing Group, LLC
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
JERRY JENKINS, cuyo hijo Dallas es el creador de la serie de televisión The Chosen, ha escrito más de 200 libros con ventas de más de 72 millones de ejemplares, incluidos 21 éxitos de ventas del New York Times. Es conocido por la ficción bíblica, la ficción de los últimos tiempos (la serie Dejados atrás) y muchos otros géneros. Jerry ayudó a Billy Graham con sus memorias y ha escrito muchas otras biografías. Es miembro del Salón de la Fama de Autores de Colorado, y se desempeña como director de la especialidad Escritura Creativa en la Colorado Christian University. Él y su esposa, Dianna, tienen tres hijos adultos.
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Capítulo 1
«NO ME LLAMES ABBA»
Mateo teme el día que hay por delante.
Una joven promesa dentro de la autoridad romana bajo el pretor Quintus, ha visto cómo se ha ampliado su esfera de autoridad. A pesar de ser el recaudador de impuestos más joven en su pueblo natal, ahora está a cargo de imponer sanciones a cualquier ciudadano judío que no pague sus tributos a Roma. Es conocido por su agudeza empresarial y la capacidad de exprimir hasta el último siclo a quienes están en su distrito. Mateo ha aprendido rápidamente todos los trucos de su profesión.
Para apuntalar incluso su lucrativo salario, se embolsa todo lo que pueda recaudar en exceso de lo que en realidad se le debe a Roma. Cuando quiere insinuar una obligación más elevada a otros judíos que tienen más juicio, sugiere que el cumplimiento les permitirá tener un respiro en el futuro, no en la cantidad que él espera sino tal vez en el periodo de tiempo que se les dé para pagar. Maneja con cuidado los recursos para mantener satisfecha a Roma a la vez que duplica sus ingresos en el largo plazo.
Tales prácticas han permitido a Mateo tener su mansión en el barrio más exclusivo del pueblo, sin mencionar la más elegante vestimenta, calzado, fragancias, y joyas. La ironía de todo eso es que acepta con entusiasmo la envidia de sus conciudadanos, mientras que su propia rareza le procura cierta invisibilidad. Él sabe que no entiende la sutileza del sarcasmo y del humor cruel, pero entiende plenamente el desprecio que le muestran dondequiera que es reconocido, pues llega en forma de maldiciones y saliva. Mateo no puede recordar la última vez que fue recibido con una sonrisa. Vive para la insinuación de admiración que proviene de los romanos, que menean sus cabezas con cierto asombro ante lo que él es capaz de exprimir a su propio pueblo.
, piensa. Aparte de algunos otros recaudadores de impuestos, no tiene ningún amigo entre los judíos. Ellos lo consideran claramente el convenenciero y traidor supremo, un garrote financiero. No es suficiente con sufrir el puño de hierro de Roma. No. Ese puño lo lanza ese joven extravagante y con cara de niño, hijo de Alfeo y Eliseba, judíos tan devotos que por años lo llamaron Mateo Leví, convencidos de que algún día él honraría al único Dios verdadero como sacerdote entre su pueblo.
Mateo rápidamente desengañó a sus padres de esa idea cuando era más pequeño y estaba en la escuela hebrea. Incluso entonces era denigrado por muchachos de su edad que podrían haber sido, deberían haber sido, sus compañeros. Sin embargo, él era más delgado que la mayoría, demostraba cualquier cosa menos destreza atlética, y corría (cuando lo hacía) con paso titubeante y torpe. Solamente observaba a los otros armar pelea, sin tener ningún interés en embarrar su túnica o soportar burlas acerca de sus idiosincrasias.
Incluso él mismo no entendía su obsesión por la precisión y el orden. Sus rollos, su papel, sus instrumentos de escritura, y otros objetos similares tenían que estar ordenados delante de él en la mesa. Su aparente afinidad sobrenatural por los números y los cálculos hacían de Mateo lo que los otros llamaban la mascota del rabino. Y, mientras ellos memorizaban concienzudamente la Torá, a él lo adelantaron a clases de matemáticas con estudiantes de más edad.
De algún modo entendía que, aunque los de su propia edad no querían admitirlo, tenían que envidiarlo incluso si no lo aceptaban. Pues bien, él se lo demostraría, los dejaría en el polvo. Y, aunque su capacidad para inducir el desprecio de sus compatriotas se extendía hasta su carrera estelar como recaudador de impuestos, se decía a sí mismo que cambiaría la riqueza y la posición por aceptación cualquier día dado. Incluso sus devastados padres tenían que reconocer su logro tan singular, ¿verdad?
Sin embargo, hoy, mientras soporta su rutina matutina irritante, hay más preocupaciones en su mente que la de simplemente esperar evitar cuantas malas caras y maldiciones de sus compatriotas judíos sea posible. Elegir su vestimenta, sus joyas y su fragancia requiere el usual toque de cada pieza antes de decidir cuáles escogerá cada día, y todo el tiempo va ensayando cómo manejará su tarea arriesgada.
Hoy es el día que deja cerrada su caseta de impuestos y hace las rondas de los hogares que están demorados en sus pagos. Llevará con él al centurión Lucio, uno de los asistentes más amenazantes de su propia guardia. La mera presencia de Lucio intimida a la mayoría para pagar de inmediato. Malhechores que normalmente podrían intentar avergonzar a Mateo por servir como perrito faldero de los romanos, tienden a sujetar la lengua cuando se encuentran con el soldado.
Aunque el día de recaudar impuestos demorados es siempre extraño y agotador, también puede demostrar ser lucrativo. Sin embargo, nada acerca de este día es atractivo para Mateo, pues ha programado su caso más difícil en primer lugar. Y, para este caso, ha asignado a Lucio la tarea de acercarse y demandar lo que se debe. Mateo estará mirando desde cerca, pero sin ser visto.
—Yo me encargo —le dice Lucio a Mateo—. Me encanta este tipo de trabajo.
—Solo encárgate de que pague; hoy.
—Ah, pagará, de un modo o de otro.
Mateo le muestra al soldado el nombre en su cuaderno y señala a la casa. Vestido de rojo resplandeciente, Lucio da largas zancadas hacia la casa, con su metal resonante y su cuero atrayendo miradas de otros que pasan por la calle. Separa sus pies y llama con fuerza cuatro veces.
—¡Ya voy!
Cuando se abre la puerta, la mirada de curiosidad del residente se convierte en un escalofrío. Antes de que el hombre pueda decir palabra, Lucio grita.
—¿Alfeo bar Joram?
—Sí —logra decir el hombre, con un tono incierto.
—Han pasado veinte días de demora desde tu fecha de pago del tributo de este trimestre. Tu recaudador ha pasado tu caso a la oficina romana. ¿Puedes pagar tu sanción ahora?
Alfeo se ha puesto pálido.
—Yo… yo solicité una prórroga en el mes de…
—Tomaré eso como un no. Por decreto de Quintus, honorable pretor de Capernaúm, debo llevarte bajo custodia.
Mateo se pone pálido. No había esperado que Lucio pasara a tal agresión con tanta rapidez. Seguro que Alfeo encontrará rápidamente el modo de pagar.
—Lo siento mucho —dice Alfeo—. No me di cuenta…
Lucio se quita una tira de cuero de su cinturón.
—¡Voltéate!
, decide Mateo.
—Señor —se queja Alfeo—, no me di cuenta. ¿Puedo solicitar una prórroga de solo cinco días?
Desesperado a esas alturas, Mateo mantiene la esperanza de que Lucio le otorgará la petición. Cinco días no son nada. No es como si el hombre fuera un criminal.
Pero Lucio agarra a Alfeo por el brazo. Y desde dentro se escucha la voz lastimera de una mujer.
—Alfeo, ¿quién es?
, piensa Mateo. Esto se está descontrolando.
—¡Todo va bien, Eliseba! —grita Alfeo, consiguiendo en cierto modo parecer más seguro de lo que se ve.
—Por favor, te ruego… —susurra a Lucio.
Lucio tira de Alfeo desde la puerta y lo empuja contra el marco.
—¡Adonai en los cielos! —clama Alfeo.
—Adonai no está aquí —responde Lucio, comenzando a atar las manos de Alfeo a su espalda.
Eso es más de lo que Mateo puede soportar, y se acerca rápidamente.
—Yo puedo zanjar esto, Lucio. Realmente hubo un error.
Lucio parece sorprendido y perplejo.
—¿Qué quieres decir? Me dijiste que…
—Lo sé, pero me he dado cuenta de que se calculó mal el tiempo. Yo lo arreglaré. Gracias.
—¿ lo calculaste mal? ¡Eso nunca ha sucedido!
—Me dieron información imprecisa, pero ahora está corregida. Yo me ocuparé. Sería mejor que tú vayas a la casa siguiente, y nos veremos en la caseta en una hora.
Lucio mira con furia a Alfeo, menea la cabeza ante Mateo, y se aleja fatigosamente.
Alfeo entrecierra sus ojos ante Mateo.
—¿Ahora eres mi…?
—No es prudente hablar de eso ahora, Abba. No hay mucho tiempo.
—Primero, la vergüenza de tu decisión, ¿y ahora tú eres mi recaudador?
—¿Mateo? —dice Eliseba desde la puerta— ¿Qué estás haciendo aquí?
—¡Tu hijo es nuestro publicano! —dice Alfeo.
—Mateo, no —dice ella cubriéndose la boca.
—¡Envió a un soldado a tu casa! —añade Alfeo.
—Lo siento —dice Mateo rápidamente—. No quería que lo supieran. Yo no escogí este distrito.
—¡Tú este trabajo!...




