Jomain | Un corazón por Navidad | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 392 Seiten

Reihe: TBR

Jomain Un corazón por Navidad


1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-19621-59-7
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 392 Seiten

Reihe: TBR

ISBN: 978-84-19621-59-7
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Un mes para que mi corazón lata de nuevo. Volver a pasar la navidad en los Alpes con mi padre está siendo difícil. Y más tras mi trasplante de corazón. Durante este tiempo mi vida ha sido muy# precavida: dieta exhaustiva, deporte controlado# Vamos, que apenas he hecho nada más que estudiar. Así que mi reto es alejarme del escrutinio de mi madre para pasar este mes con mi alocado padre. Y quizá, a pesar de mi miedo, hacerle caso y empezar a creer en los milagros.

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A la mañana siguiente, me despierta el tono del móvil. Mi madre. ¡Qué sorpresa!

¿Qué tal la primera noche
con tu padre?

Vimos una peli. ¿Y la tuya?

¡Perfecta!
¿Qué tienes pensado hacer hoy?

Estudiar. No quiero quedarme atrás.

Haces bien.
¡Ánimo!
Besos.

Dejo el teléfono sobre la mesilla de noche y me estiro como un gato. Mi habitación no ha cambiado nada. La misma cama de matrimonio, el escritorio de tosca madera, el armario de estilo saboyano, el edredón y las cortinas horteras de cuadros rojos y verdes... Todo sigue igual que siempre y he dormido tan bien como recordaba.

Salgo de mi nido, me enfundo un forro polar y abro las persianas. La cristalera da a un balcón que comparto con mi padre, puesto que su habitación está al lado de la mía. La vista me roba el aliento, como siempre. El paisaje que se extiende ante mí lo supera todo. El chalé está en la ladera de la montaña, un poco más alto que los demás. Desde mi posición, puedo apreciar la amplitud del pueblo, los prados nevados y el bosque de pinos. Al oeste, la cordillera de los Alpes se ilumina.

Llevo puestos los pantalones cortos del pijama, por lo que me hielo. ¡Mi madre sufriría un ataque si me viera ahora mismo! ¡Ya te digo! Me pongo los calcetines gordos de lana, me hago un moño descuidado y bajo a desayunar.

La chimenea funciona a pleno rendimiento mientras mi padre se está bebiendo un café frente a la encimera de la cocina, vestido con el uniforme de combate para enfrentarse al frío de la montaña.

–Ah, hola, peque. ¿Has dormido bien?

–Bastante.

Me acerco a darle un beso y abro un armario para sacar una taza.

–Me están arreglando la máquina de café, pero he sacado la vieja, la de las cápsulas monodosis, por si quieres hacerte uno.

–Gracias, papá, pero por las mañanas bebo té verde. En ayunas, es mejor para el cuerpo. Deberías hacer lo mismo.

–¡Qué cosas dices! Tengo una excursión con raquetas a las nueve, pero no terminaré muy tarde. Creo que a mediodía. Los clientes son un poco especiales. No te apetecerá acompañarme, ¿verdad?

Se me tensa la sonrisa.

–No, no, no hace falta. ¡Gracias!

–Te dejo la comida en la nevera y por la noche te llevaré a un restaurante.

–Ah... Vale.

Es la prueba de fuego para cualquiera que no puede comer como los demás.

–¿Qué vas a hacer hoy? ¿Quedar con Éva?

–No, no viene hasta el 10. Voy a estudiar.

Mi padre frunce el ceño.

–Pero estás de vacaciones...

Es inútil decirle que la carrera de Derecho, sobre todo el primer año, no es tan fácil. Aunque se hace una idea, mi padre y los estudios no se llevan muy bien.

Cuando se sirve otra taza de café, arrugo la nariz al mirar el reloj de la pared. Son las nueve menos cinco.

–¿Estás seguro de que vas a llegar a tiempo?

Consulta el reloj de su muñeca.

–Santo cielo, ¡me voy! Hasta luego, peque. Y que no se te olvide echar más leña a la chimenea.

Se bebe el café de un trago, atrapa la mochila y sale del chalé a toda prisa. Mi habitación no es lo único que no ha cambiado. Mi padre tampoco lo ha hecho; siempre llega tarde.

Me tomo mis medicinas, las que me acompañarán toda la vida para evitar rechazar el trasplante, aunque son también las que dejan mi sistema inmunitario por los suelos y hacen que me ponga enferma con más facilidad que el resto. Caliento el agua, sacó una bolsita de té verde, dos tortitas de arroz integral y una mandarina, y me siento delante de la chimenea con el ordenador.

El plan es no salir en todo el día y disuadir a mi padre para que no vayamos a ningún restaurante esta tarde. Sin duda, propondrá que comamos una raclette, una croziflette o una tartiflette, todas recetas terminadas en -ette con mucha grasa de las que no quiero ni oír hablar desde mi operación. En lugar de eso, podemos decorar el árbol.

Enciendo el portátil: ya estoy lista para tres horas de estudio.

Voy por la tercera taza de té, con la cabeza llena de información sobre el derecho de familia, los niños, los divorcios, los matrimonios y las parejas de hecho cuando alguien llama a la puerta con fuerza. Miro el reloj, casi es mediodía. Mierda, y yo sigo en pijama, sin peinarme ni ducharme.

Me recoloco la manta sobre los hombros y me levanto para abrir. Uff... Augustin Favre, el hermano mayor de Éva. Estoy a punto de dejar caer el cobertor, ya que no esperaba verlo allí, pero, teniendo en cuenta mis pintas, necesitaré mucho más que eso. Tendremos que repetir el concurso de belleza... ¡Qué vergüenza!

–¡Hola! –me dice con una sonrisa.

Su voz es más grave de lo que recordaba. La última vez que nos vimos, yo estaba a punto de cumplir los quince años y él tenía casi dieciocho, todo cubierto de acné. Ya no es así. Nunca hemos hablado mucho. Dedicaba todo su tiempo a las pistas de esquí porque quería convertirse en monitor; y yo, el mío, a la moda con Éva. No teníamos nada en común. Luego, cuando terminó el bachillerato, él se fue a estudiar Ciencias del Deporte a Grenoble y no nos hemos vuelto a ver.

–Hola.

–¿Está tu padre?

–No, salió a hacer una ruta y no volverá antes de las tres.

–Ah... ¿No ha dejado nada para mí?

Abro mucho los ojos y, por instinto, miro la mesa y el aparador.

–No creo. ¿De qué se trata?

–El mapa de una ruta. ¿Puedo pasar? Suele tenerlo en su despacho.

–Eh... sí, claro.

Me echo a un lado y cierro la puerta tras él. Se quita el gorro rojo y libera una maraña de pelo moreno y ondulado al que no le vendría mal un corte.

En realidad, me da la impresión de que ha cambiado sin cambiar de verdad. Siempre el mismo cabello oscuro, los mismos ojos negros y la misma piel mate, pero ya no lleva gafas y ha crecido veinte centímetros. Es enorme y lleva el uniforme de la ESF, una escuela de esquí. Es evidente que Augustin ha seguido el camino que deseaba.

–Quédate en el salón. Voy a ver si lo encuentro por alguna parte –digo.

–Gracias. Y... eh... tienes una cosa en el pelo.

–¿Eh? ¿Cómo?

Se señala la coronilla. Genial..., un trozo de tortita de arroz escondido en el moño.

–Gracias, ahora vuelvo.

En serio, no doy pie con bola...

Demasiado avergonzada, me apresuro hasta mi habitación. Me visto con lo primero que pillo, el vaquero y la sudadera con capucha de ayer, me arreglo un poco el pelo y me dirijo al despacho de mi padre. Hay una carta en la mesa en la que ha escrito el nombre de Augustin.

Cuando regreso al salón, le descubro avivando el fuego de la chimenea, de la que brotan unas gruesas llamas.

–Lo he reavivado porque fuera hace un frío que pela, aunque, ahora que te has vestido, no deberías tener problema –añade con una sonrisa torcida.

De verdad, tierra, trágame. Se limpia las manos en el pantalón y acepta el sobre que le tiendo.

–Estaba en el despacho. ¿De qué ruta se trata?

–A mi amigo Jimmy y a mí nos gusta salirnos de los caminos conocidos.

–¿Fuera de pista?

Asiente.

–La estación no los señaliza y los guías no suelen ir ni siquiera con los turistas más experimentados, así que se está a gusto. Tu padre conoce bien todos los sitios en los que podemos esquiar sin riesgos.

–Ya veo.

–¿Eres miedosa?

–No, soy prudente, sobre todo cuando ha nevado tanto.

–Sabemos lo que hacemos –añade con un guiño–. Me voy, que llego tarde. Gracias por el sobre.

–¡Gracias a ti por avivar el fuego de la chimenea!

Se gira hacia la puerta, pero, cuando coloca una mano sobre el picaporte, se detiene y se da media vuelta. Yo no me he movido del sitio.

–Se te ve muy bien.

Me entran ganas de sonreírle porque ha sonado muy sincero.

–Gracias, muy amable.

–¿Hasta cuándo te quedas?

–Hasta el 25. Me imagino que tú te pasarás aquí toda la temporada, ¿no?

–Sí, hasta mediados de abril. Bueno, ahora sí que me voy. Éva llega el 10, pero quizás nos veamos antes, ¿no?

–Eh... sí, tal vez... Ah, ¡mierda!

Al dar un paso atrás, me golpeo la pantorrilla contra la mesa de café y pierdo el equilibrio. Lo recupero por los pelos con las mejillas ardiendo.

–¿Estás bien?

–Sí, te acompaño.

Augustin sonríe. La clase de sonrisa que dice mucho sobre cómo he engarzado un momento vergonzoso con el siguiente desde que ha llegado. Vamos, chica, un poco de dignidad.

Avanzo, con la barbilla en alto, y le abro la puerta.

–Adiós, Augustin.

Reprime una carcajada.

–Adiós, Avril –me responde con el mismo tono cortés.

Cierro sin más preámbulos y me apoyo contra la puerta, con los ojos cerrados. Pero mira que eres tonta, Avril Hamon.

Cuando abro los párpados, reparo en el gorro de Augustin sobre la mesa. ¡Mierda! Lo cojo y me precipito hacia el exterior. No tengo siquiera puestos los zapatos.

Con unas piernas tan largas, Augustin ya ha recorrido la mitad de la calle.

–¡Oye! ¡Te has olvidado el gorro!

Se gira, levanta la mano y se acerca a recuperarlo a toda velocidad.

–¡Qué buen ojo! Aunque ahora tendrás que...



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