E-Book, Spanisch, 288 Seiten
Reihe: Biblioteca Herder
Jonas Pensar sobre Dios y otros ensayos
1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-254-3050-3
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
E-Book, Spanisch, 288 Seiten
Reihe: Biblioteca Herder
ISBN: 978-84-254-3050-3
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
'Los distintos ensayos [reunidos en esta obra] representan un corte transversal a través de temas que me ocuparon durante muchos años. Son aquellos que han dominado mi filosofar desde que se alejó de la hermenéutica del pasado para centrarse en problemas modernos y contemporáneos, como la filosofía de la biología, la antropología, la crítica a la ciencia, la técnica y la ética. La conexión temática señalada queda manifiesta en las contribuciones incluidas en la primera y la segunda parte, ya que se mantienen todas ellas dentro del ámbito de la experiencia y de lo demostrable. Las de la tercera parte van más allá. Al ocuparse de la pregunta por Dios entran en el ámbito de lo no conocible y se les puede negar el calificativo de 'filosóficas' [...]. Pero sigue siendo inextinguible el derecho de aquellos espíritus que se sienten empujados a llevar su preguntar incluso allí donde este ya solo puede esperar respuestas adivinatorias y expresables en circunscripciones figuradas.' Hans Jonas
Weitere Infos & Material
1
EVOLUCIÓN Y LIBERTAD
Nuestra tradición filosófica occidental, por fijar la mirada fascinada sólo en el ser humano, le atribuye a éste como distinción única muchas de las características que arraigan en la existencia orgánica como tal. De esta manera, la comprensión del mundo orgánico queda privada de aquellos conocimientos que la mera autopercepción humana pone a su disposición. La biología científica, a su vez, ligada por sus reglas a los hechos físicos exteriores, está obligada a ignorar la dimensión de la interioridad que, sin embargo, forma parte de la vida. De esta manera, aunque, en su materialidad, explica la vida a la perfección, ésta queda más enigmática de lo que antes era en su estado no explicado. Los dos puntos de vista, fijados desde Descartes en su separación antinatural, son complementarios y se favorecen mutuamente, aunque en detrimento de los objetos que estudian, que de esta manera, literalmente, «se quedan cortos». La comprensión del ser humano queda tan afectada por esta separación como la de la vida extrahumana. Una nueva lectura filosófica del texto biológico puede recuperar, sin embargo, la dimensión interior –lo que mejor conocemos– para la comprensión de las cosas orgánicas, si atribuye a la unidad psicofísica de la vida nuevamente su lugar en el conjunto teórico, un lugar que había perdido desde que Descartes separó lo material y lo mental. De este modo, el enriquecimiento de la comprensión de lo orgánico también será un enriquecimiento para la comprensión de lo humano.
Las grandes contradicciones que el ser humano descubre en sí mismo –libertad y necesidad, autonomía y dependencia, yo y mundo, vinculación y aislamiento, creatividad y mortalidad– tienen sus prefiguraciones germinales ya en las formas más primitivas de la vida, y cada una de ellas mantiene el precario equilibrio entre ser y no ser, encerrando en sí misma desde siempre un horizonte interior de «transcendencia». Este hecho, común a todo lo viviente, se puede seguir en su evolución a través del orden ascendente de las capacidades y funciones orgánicas. Desde el metabolismo, el movimiento y la volición hasta las sensaciones y percepciones, la imaginación, el arte y el concepto hay un ascenso progresivo de libertad y peligro que culmina en el ser humano. Y éste tal vez puede comprender su unicidad de una manera nueva si desiste de entenderse a partir de su separación metafísica con respecto a todo lo demás.
Con independencia de los resultados de las investigaciones sobre la evolución, la multiplicidad existente y simultánea de la vida, especialmente de la vida animal, se manifiesta a modo de una escalera ascendente, que se extiende entre lo «primitivo» y lo «evolucionado» y en cuyos peldaños encuentran su lugar la complejificación de las formas y la diferenciación de las funciones, la sensibilidad de los sentidos y la intensidad de los instintos, el dominio de los miembros corporales y la capacidad de actuar, la reflexión de la conciencia y la aspiración a la verdad. Se puede interpretar el progreso que se manifiesta aquí de dos maneras: según los conceptos de la percepción y de la actuación (o sea, del «saber» y del «poder»). Esto significa, por un lado, según la amplitud y precisión de la experiencia y de los grados ascendentes de la presencia sensorial del mundo que, a través del reino animal, llevan en el ser humano hasta la objetivación más completa y libre de la totalidad de lo existente. Por otro lado, se puede interpretar el progreso –en paralelo con el primer concepto e igualmente culminando en el ser humano–, según la magnitud y el tipo de las intervenciones en el mundo, o sea según los grados de una progresiva libertad de acción. Con respecto a las funciones orgánicas, estas dos vertientes tienen su representación en la percepción y la motilidad. Las relaciones recíprocas y las interferencias entre ambos aspectos son el tema constante del estudio empático de la vida animal.
En lo que hemos dicho hasta aquí, el concepto «libertad» aparece en relación con la percepción y la actuación. Se suele esperar encontrar este concepto en el ámbito del espíritu y de la voluntad, pero no antes. Sin embargo, yo sostengo nada menos que ya el metabolismo mismo, el estrato básico de toda existencia orgánica, permite reconocer la dimensión de la libertad. Para muchos esto debe resultar extraño. Pues ¿qué podría estar más alejado de la libertad que el ciego automatismo de los procesos químicos en nuestro cuerpo? Quiero tratar de demostrar, no obstante, que en las reacciones oscuras de la substancia orgánica más arcaica resplandece por primera vez un principio de libertad dentro de la extensión infinita de la inevitabilidad que predomina en el universo físico. Se trata de un principio que es ajeno a los soles, planetas y átomos. Si queremos aplicar este concepto a un principio tan global, parece que hemos de excluir inicialmente todos sus significados mentales. «Libertad» tiene que designar un modo de ser objetivamente diferenciable, es decir, una manera de existir que es propia a lo orgánico en sí mismo y que por tanto comparten todos los miembros –pero ningún no-miembro– de la clase «organismo». Se trata de un concepto ontológico descriptivo que en un primer momento puede referirse a meros hechos corpóreos. Pese a toda objetividad física, sus características descritas en el nivel primitivo constituyen, no obstante, la base ontológica de aquellos fenómenos superiores que merecen inmediatamente la denominación «libertad», y también los supremos entre ellos permanecen vinculados a los comienzos modestos en el estrato orgánico básico, siendo éste la condición de su posibilidad. Por eso, la primera aparición de ese principio en su figura desnuda y elemental de objeto significa la irrupción del ser en el espacio ilimitado de las posibilidades, que se extiende hasta la amplitud más vasta de la vida subjetiva y que en su totalidad está bajo el signo de la «libertad».
Tomado en este sentido fundamental, el concepto de libertad puede servir como hilo conductor para la interpretación de lo que llamamos «vida». Aunque el secreto de los orígenes nos quede cerrado, una vez que nos encontramos dentro del ámbito de la vida misma, ya no tenemos que conformarnos con hipótesis. El concepto de libertad tiene aquí su lugar desde un principio y lo necesitamos para la descripción ontológica de su dinámica más elemental.
Mas, el camino ascendente desde allí no es sólo una historia de éxitos. El privilegio de la libertad lleva la carga de la precariedad y significa el existir en peligro. Pues la condición básica de este privilegio consiste en el hecho paradójico de que, por medio de un acto primario, la substancia viviente se separó de la integración general de las cosas en la totalidad de la naturaleza, de modo que quedó encarada al mundo introduciendo así la tensión entre «ser y no ser» en la anterior seguridad indiferente de la posesión de la existencia. La substancia viviente efectuó esto al entrar en una relación de independencia precaria frente a esa misma materia que ciertamente es imprescindible para su existencia, de modo que su propia identidad se diferenció de la de su materia temporal por medio de la cual se constituye en una parte del mundo físico común. Hallándose así en un estado de indecisión entre ser y no ser, el organismo llegó a poseer su ser sólo de manera condicional y revocable. Con este aspecto doble del metabolismo –su capacidad y necesidad– el no ser se introdujo en el mundo como una alternativa inherente al ser mismo; y sólo de esta manera «ser» adquiere un significado acentuado: íntimamente caracterizado por la amenaza de su negación, el ser debe reafirmarse en el mundo, y el ser que se reafirma es existencia que incluye el pretenderse a sí misma. De esta manera, en vez de ser un estado dado, el ser se ha convertido en una posibilidad constantemente propuesta, a la que debe arrebatar a su contrario siempre presente, el no ser, por el que al final, sin embargo, será inevitablemente devorado.
El ser, que se halla suspendido así en la posibilidad, es plenamente un hecho dominado por la polaridad, y la vida manifiesta esta polaridad incesantemente en las antítesis básicas entre las que se tensa su existencia: la antítesis entre ser y no ser, entre el sí-mismo y el mundo, entre forma y materia, entre libertad y necesidad. La más fundamental de todas estas polaridades es la de ser y no ser. A esta polaridad el organismo debe arrebatar su identidad para constituirse en un esfuerzo extremo y constante de aplazamiento, aunque su final está predeterminado. Porque el no ser tiene de su lado la generalidad o la igualdad de todas las cosas. Al final, la resistencia que el organismo le opone ha de terminar en la sumisión, en la que la individualidad se desvanece para no volver a ser nunca más esta misma y única que fue. Aunque la mortalidad sea la contradicción fundamental de la vida, es un hecho obvio el que pertenezca inseparablemente a su esencia y que ni siquiera se puede pensar la una sin la otra. La vida no es mortal a pesar de ser vida, sino por el hecho de serlo, por su constitución originaria; porque la relación entre forma y materia en que la vida se basa, tiene este carácter revocable y carente de garantías. Su realidad, paradójica y siempre contradictoria con la naturaleza mecánica, en el fondo es una crisis incesante, cuya superación nunca es segura, siendo de hecho tan sólo la...




