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Ihr Team von Sack Fachmedien
E-Book, Spanisch, 223 Seiten
Jorge El día de los prodigios
1. Auflage 2025
ISBN: 978-607-16-8696-1
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
E-Book, Spanisch, 223 Seiten
ISBN: 978-607-16-8696-1
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
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Lídia Jorge (Boliqueime, Portugal, 1946) es una de las representantes más destacadas de las letras portuguesas. Sus dos primeras novelas -El día de los prodigios (1980) y O Cais das Merendas (1982)- la situaron como una de las mejores autoras contemporáneas de Portugal; desde entonces, su producción literaria la ha llevado a ser una persistente candidata al Premio Nobel de Literatura. El conjunto de su obra ha sido galardonado con el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances (2020), el Premio Internacional de Literatura Albatroz (2006) de la Fundación Gu?nter Grass, el Prémio Máxima Literatura (1999), el Prémio de Ficção do Pen Club (1999) y el Prémio Ricardo Malheiros (1980) de la Academia das Ciências de Lisboa, por mencionar sólo algunos.
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CARMINHA parecía hacer adiós, pero sólo lavaba ventanas. Un paño blanco en la mano. El brazo revoloteando encontrándose con el vidrio. Bandejita llena de espuma, una bandeja más grande con pura agua suave. Enredo de faldas entre las piernas. Silla de madera cubierta de manchas, flores rojas. Los pies ahí juntos en el fondo cóncavo. Las piernas con ligero vello al ras. Entonces Carminha se empecinaba con la mancha tenaz entre la uña y el vidrio. Minúscula, fruto de mosca tocando con sus alas en tiempo vacío componiendo un huevo de estiércol redondo. Y ahí impregnado en el vidrio del marco blanco despintado. Zing zing encontrándose con la transparencia espejeada. Primero la punta del dedo, llevada después por la bola de jabón iridiscente y el paño tragando. Blanco paño cuadrangular rasgado de una sábana. Tragando las manchas. Aquí un poco de mezcla desgarrada por la fricción del agua. La ventana se deshace bajo jabón y movimientos. Un día de tanto lavarla la ventana se cae, se quiebra el vidrio, desmigajado en el piso. Oh, mujer. Pretendes emplear ahí, y de una sola vez, todas las formas de las manos. La ventana tiene características de humano transfigurado en transparencia, ya que la cuadrícula destripa dos ojos y una frente de mampostería abultada, nariz que encaja de lo alto a lo bajo, y la boca, más grande que la propia transparencia, sólo abierta de par en par. Entonces Carminha recarga los senos en el alféizar, redondeando la espalda. Torcido el paño blanco rasgado de la orilla de una sábana, raído de sueño y lavadas, ahora ahogado de agua. De lado a lado, brazada amplia, adioses de cuidadosa limpieza. Carminha premeditando la transparencia lustrísima que consigue iluminar las casas en escombros, ahí mismo del otro lado de la calle. Ya del color de la tierra. Como si una nube de ocre y terracota líquida hubiera venido de los lados del mar a abrir las piernas sobre la calle empedrada. Rayando de tinta la cal salitrosa de las paredes, espesas como murallas. Montones de pequeña argamasa arcillosa, de piedras calizas redondas como zanja, reunidas bajo el peso de las grandes cubiertas talladas por la lengua de un pico excavador. Los techos abultados y partidos bajo un aguacero de abandono. En lo más hondo. En lo más hondo, la transparencia pone estrellas y tornasoles en el cultivo por donde un dedo enorme de pie agigantado parece haber dibujado un rastro y un surco. Y el barranco de olivo y tomillo oloroso y gris, es más lila en la orilla del mar. Atenuado por humo brumoso y crepitante, como si la tierra se estremeciera bajo el sol. Estrella imponderable. Y la ventana limpia ya de todo el polvo y cagadera pequeña espejeara una iluminación adicional. Eso en el alma de Carminha. El brazo va y viene y el metatarso altivo por el estirar de todo el cuerpo erguido haciendo malabares, hace más hondo lo cóncavo de la tabla. Tal vez por ahí se va a desgarrar, a destrenzar el tejido de tallos, chillando por el peso de Carminha. Carminha consigue alcanzar el frente de la ventana donde sospecha que durante la noche siempre han estado patitas de gecos en espera de mosca. Por lo menos las arañas en ocho días ya tejieron una baba de seda filamentosa y pegajosa, y en el fondo del rincón oscuro continúan a la espera de que aterrice sobre el vidrio cualquier volador, por la ilusión del paisaje. En un instante saldrá de la cueva, lanzará un hilo de baba alrededor de la pata, y poco a poco, atormentada por el zum zum del bicho vencido, la araña le succionará las humedades del cuerpo. Carminha encuentra esas moscas de vientre quebrado en lo alto del borde de la ventana, enrolla el paño mojado, introduce en el fino intersticio todo lo que se puede introducir ahí de un cuadrángulo de paño, y, como si le limpiara a un niño los oídos purgando, quita esa basura impertinente que ensucia el rostro de la ventana. Ya tiene una amenaza de dolor en la pierna, un cansancio en la mitad izquierda del seno. Pero la transparencia reverberante es una fascinación. Y del otro lado del vidrio, el rumor de la gente hablando es nada. Vienen las voces subiendo sollozando como oreja de liebre. Nada se entiende de lo que podrán decir, quien habla así en medio de la plaza. Parece un silbido y un acorde de un zapateado español, palmadas de danza en rueda. Carminha deja el paño blanco ya ensuciado de manchas de polvo y mosca, y abre la puerta de par en par delante del sol de fuego. Se ve en el espejo de vidrio. Blanca y lisa, sin residuo de irritación o urticaria. Ceja poco poblada, lejos de los ojos oscuros, y el oscuro de los ojos sobre el azulado del blanco, vidrioso y transparente como verdadero vidrio. Cabello escurrido y pesado como una cola de caballo. Negro, azulado y brillante, reflejo de un ala de cuervo. El espejo imperfecto no le devuelve los colores, y sí los contornos. Pero Carminha sabe por boca de su madre, que no vivían en lo alto de un empedrado rodeado de estercoleros y lagartijas y que cualquier hombre podría cortarse las venas por ella. Se inclina sobre la gran boca del alféizar. Viene de debajo de la plaza, disparada sobre las tejas de los vecinos una tonada desenfrenada, de algo que pasó cerca de la iglesia. Una gineta con barriga llena de creación lamiendo sus barbas todavía pintadas con yema de huevo. Mirando a las personas a través de la jaula con titilaciones de fiera. Tal vez dos arrieros abriendo en público el vientre de las caballas y haciendo que los compradores planten ahí sus ventas para que elijan el mejor pescado. Simplemente un pum de una vecina para que otra vecina lo oyera, lo oliera y se ofendiera. Carminha cerró la ventana por el borde de la batiente. Aun así cerrada, Carminha retorcía el paño y sumergía una cabeza de dedo en la bandejita con espuma. Exactamente por debajo de la boca cerrada, la ventana todavía tenía un orificio. Empujó el paño con el dedo, hurgó lo desconocido con la yema y la uña afilada, y trajo para la zanja del alféizar ala y basura, que siendo de mucho color, formaban un todo grisáceo de desechos. La frescura de la casa, preservada así por los batientes de la ventana clara, era un primor. Apetito de andar descalza sobre los ladrillos rojos del piso. Olor a cosa lavada en el auge del mediodía. Carminha ya vio un capullo de donde salió una mariposa desenvolviendo las alas y sacudiéndose el polen de la barriga aún de larva. Le apetece extenderse. Mostrarse y sacudir el polen de su niñez. Abrir la blusa, desatar los cordones que le aseguran los senos. Agitar las piernas y decir aquí aquí. Pero eso dentro de su capullo de piedra, teja, ladrillo y una ventana de vidrio. Saliendo a la calle la sombra de su padre incógnito la paraliza, le congela la respiración, y perdida en el límite de la sombra de las casas pasa el dedo por las paredes para no cambiar el paso, no enredar las piernas en las telas de la falda. Una condena. Salir de casa calle abajo con la certeza de que no le ha nacido ninguna excrecencia que necesite esconder, se le enredaron en el tercer escalón de losa los ojos y los tobillos. Un mal augurio. Ay no vaya a ser. Saltaría corriendo las losas del empedrado para ver lo que sucedía en la plaza. Porque las voces crecían. Un silbato como de tren silbaba en el aire, y venido de abajo golpeaba en su casa y bajaba por donde había subido como si fuera resorte, y el aire amasado de ondas por el calor de la tierra. O la tierra hirviendo por el calor del aire. Carminha se puso las manos en la cabeza. Alguien le había dicho puta a alguien. Había cabellos pegados a la frente por injurias y griteríos muy rabiosos. Pero en poco tiempo cada cual desmigajaría el pan en la salsa de vinagre, y cumpliría una siesta sofocante sobre un tapete entre las puertas. Para que el viento pasara y evaporara el sudor de las pequeñas faenas. Levantó el encaje debajo de la repisa. Acomodada, guardadora de agua, colocó la bandejita al lado del balde, cada uno para lo necesario. Sacudió el paño paisajeado de desechos arrancados a la verdadera transparencia de una ventana de casa y fue a colgarlo en la hoja de una higuera frondosa, llena de higos iridiscentes y graníticos que a aquella hora del mediodía abrían el ojo, derritiendo una gota de melaza.
Entonces Manuel Gertrudes dijo. Ah Macário. Ah cuánta cosa. Cómo es posible que venga a aquí para hablarte de lo que acaba de pasar, y te encuentre acostadito como un animal montés. Y después ya de cuclillas dijo. Espalda encorvada. Ningún tapetito debajo de la cabeza, ni un pañito cubriéndote de las moscas. Aquí tumbado como no sé qué. Venía para decirte lo que le acaba de suceder a todos los habitantes. Como un aviso. Y mira nada más, te veo aquí desparramado en el piso, sin moverte como si estuvieras muerto por el flato. Si no te ahogases cuando te pongo la mano en la boca y en las fosas, así rodeado de animales, habría pensado que no tocarías más la mandolina. Y mirando alrededor dijo. Felizmente fui soldado en la primera guerra de este siglo, y viví meses dentro de trincheras, para poder encarar estas adversidades sin desacreditar a dios. Hazte un poco más ligero, hijo de tu madre, que voy a llevarte a tu cama. Ahí acostadito puedes descansar tu cuerpo, y cuando despiertes. Ay, cuando despiertes. Entonces enseguida vengo a contarte lo que pasó en la plaza enfrente de toda la gente. Ahora ya nadie más, Macário. Ahora ya nadie más pone en duda que los ángeles existan. Pero tú. A pesar de todo, tú eres la segunda maravilla. Sólo que te comienzas a marear. A marear y a mirar chueco. Ya nadie controla tu naturaleza. Abres los ojos como si quisieras despertar, o por lo menos comprender durmiendo. Como si tuvieras un ramito de ciprés dejado en tu frente....




