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E-Book, Spanisch, 192 Seiten
Joselovsky Con el miedo en el cuerpo
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-1172-074-8
Verlag: Ediciones Obelisco
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
La incomprensión del paciente y sus síntomas
E-Book, Spanisch, 192 Seiten
ISBN: 978-84-1172-074-8
Verlag: Ediciones Obelisco
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Nacido en Buenos Aires en 1961. Se licenció en Kinesiología y Fisiatría en la Universidad de Buenos Aires. Desde hace casi cuatro décadas se dedica a la investigación, la docencia y la atención de pacientes con problemas de la relación de la postura y las consecuencias del mal funcionamiento de ésta, determinadas por la influencia de las emociones y los sentimientos que recaen sobre el cuerpo. Una sólida formación en Psicología, Antropología Evolutiva y Biomecánica le permitió desarrollar un método de diagnóstico y un tratamiento, y es uno de los pioneros de la kinesiología psicosomática. Desde 1996 hasta la fecha ha publicado numerosos libros sobre la problemática del cuerpo y sus síntomas, entre los que se encuentran Confesiones del cuerpo, Cinesiología-Alteraciones tónicas y El origen de la ansiedad. Su libro Antropología evolutiva de la postura surgió de una colaboración con el Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH), Burgos, España. Ha sido conferenciante en países como España, Argentina, México, Brasil, Israel, Portugal y EE. UU. entre otros. En su actividad docente se destacan sus cursos en la Universidad de Buenos Aires, la Universidad Nacional de La Plata, y también es director del programa de formación del Método Joselovsky en la Clínica Planas de Barcelona y del Instituto Superior de Saúde do Alto Ave de Portugal. Desde hace más de 20 años reside en Madrid, España.
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5.
LA ANGUSTIA EN LA CONCIENCIA
La angustia nace en la conciencia como algo contenido dentro de ella que cuesta expresar, y aún más difícil realizar, porque es algo que da mucho miedo pensarlo, contarlo y, sobre todo, realizarlo. Hay siempre una idea de qué es «aquello» que nos angustia, aunque no siempre está bien entendido y atendido, pero sabemos con conciencia de qué se trata. En la ansiedad, por el contrario, el origen del miedo es inconsciente y nos llega como una sensación incómoda que promueve inquietud. El cuerpo se pone rígido. En la angustia, en cambio, se siente en el cuerpo un miedo consciente de algo que no nos animamos a realizar, aun siendo positivo para el ser, que nos obliga y exige. El cuerpo tiembla frente a decisiones o acciones, porque hay miedo a ser o a vivir la realización del hecho y llevarlo a la realidad.
En la angustia hay un momento donde se detiene el tiempo, hasta realizar o hablar de ella, aun hasta negarla con palabras contrarias al deseo. Todo eso promueve todavía más angustia. Mientras el deseo y la idea de realización no se muevan a la realidad, y tan sólo habiten en nuestra imaginación, la angustia se expresará por el cuerpo con síntomas muy variados pero muy conocidos. Por ejemplo, fuertes dolores migratorios, cansancio extremo, vértigos o mareos.
La angustia es miedo al cambio, es duda, y por eso también es deuda con uno mismo. A veces no nos debemos nada, pero actuamos como deudores; otras, ya no podemos saldar nuestra deuda; y otras, no queremos saldar la deuda, la duda.
La deuda obsesiona hasta hacer temblar el cuerpo, y éste duele. La obsesión es vertiginosa, y todo junto es cansador, porque nuestra deuda es duda y ésta termina siendo nuestro dueño.
Todo cambio trae miedo, pero el cambio mata la duda y nos libera de la obsesión de la deuda con uno mismo, que es la peor de todas las deudas.
Si una persona fue criada bajo la desconfianza y se le han cargado sobre sus espaldas infinidad de escrúpulos, no es difícil entender que tenga sus obsesiones. Detrás de cada obsesión hay necesariamente una evasión, un acto que nos distrae de la realidad que no podemos afrontar. Si aquellos que debieron confiar en nosotros en edades infantiles, juveniles o adultas no lo hicieron, bien podemos esperar un adulto exageradamente desconfiado de todo cuanto le rodea.
La ignorancia sobre uno mismo se mantiene si no se hace nada por cambiar. El saber se conquista. Cuanto más saber más conocimiento, pero nunca será una verdad, pues, guste o no, la verdad se padece.
Alcanzar la verdad es un objetivo imposible. Entonces, perseguir lo imposible es buscar la verdad, la imposible verdad.
«En perseguir la imposible verdad» vemos la verdad como fuerza para desarticular la angustia del sufrimiento, pero también como bisagra para encontrar una verdad que de momento se nos resiste, asomando ésta en múltiples síntomas. Todo síntoma debe ser escuchado, visto y tocado, si se pretende entenderlo.
Los síntomas son huecos abiertos de un cuerpo sometido a realidades biológicas, psicológicas y sociales, entrar por ellos a la verdad que se resiste es la oportunidad. Aquí aparece, sin dudar, un nuevo amanecer en la vida misma, un «verdadero momento en la eternidad». Por lo demás, es un tiempo de vida crepuscular llena de melancolía, lamentos y la búsqueda de culpables. Mientras tanto, entre pliegues y repliegues del ánimo, el cuerpo se agrieta en su momento de dolor o síntoma, que es otra forma muy distinta de un momento en la eternidad.
Se madura no sólo con los años. Se puede transitar largas llanuras de la vida, pero también se puede vivir subiendo y bajando las montañas. No se contempla de igual manera desde arriba de una montaña que desde su base. Desde arriba se madura de otra forma. Subir requiere de valor. Allí arriba se pierde el miedo al vértigo. En cambio, abajo, si se tiene compasión frente al esfuerzo, seguro que el cuerpo sentirá vértigo.
Los fantasmas del pasado, guardados en la mente, hunden la mirada en la vida y también la hunden en el sufrimiento, por eso es común ver a más gente al pie de una montaña que en la cima.
En la vida actual el éxito es subir, sin importar a dónde o por qué, y menos aún en cómo hacerlo. Fracaso, en cambio, es bajar de ese ahí. Sin embargo, subir con esfuerzo por un objetivo de realización personal surgido desde nuestro interior –como una necesidad verdadera–, hace perder el vértigo de la cima, y paradójicamente se baja al llano más fuerte y seguro, sin fracaso alguno, pues se ha visto un nuevo horizonte.
Y donde otros transitan un desierto sin saber a dónde van, el que busca y encuentra horizontes camina por una verde y fresca llanura, persiguiendo la imposible verdad, pero entrando en una realidad posible y gustosa de transitar.
El éxito por el éxito mismo es la hipocresía que lastima y duele tanto en el alma como en el cuerpo. Pero, además, cuando duele en el cuerpo hace olvidar los verdaderos infiernos del ánima traicionada.
Cuánta angustia causa saberse traicionado por uno mismo, y además no hay conciencia que lo pueda soportar, y siempre habrá un dolor corporal o un síntoma físico, que será otra gran paradoja: la de obsesionarse con el síntoma y su trágica descripción física, tan detallista como se pueda, y tan repetitivo como se quiera, con tal de evadirse de la autotraición y de su infierno, en la conciencia, y durante tanto tiempo como sea posible. Y entonces se olvida, para caer en el inconsciente, y ya no será angustia, sino ansiedad. Esa sensación tenue de un miedo permanente es difícil de explicar.
¿Hay vértigo en la angustia o hay angustia en el vértigo? No es un juego de palabras ni un acertijo. La angustia eleva el ser a un punto de abismo propio e interno, un punto donde se percibe un vértigo, tanto espiritual como moral, condensado en el propio cuerpo. Es miedo por algo no presente ni tangible. Es ese curioso y miedoso futuro próximo, que se imagina peligroso, sin poder explicarlo ni justificarlo. Un futuro que se acerca con vertiginosidad nos desequilibra y conmueve, tanto anímica como sentimentalmente. Hay angustia de futuro sentida en el presente y nacida en el pasado.
Nunca entendemos el origen de nuestras angustias, por eso no comprendemos su presencia y sus síntomas en el cuerpo. Somos impotentes frente al miedo que genera la angustia, ésta bloquea mucha energía en su interior, y por ende en el cuerpo. Es mucha energía en busca de satisfacción. Cuando sucede esto, hay necesidad de percibir sensaciones placenteras, pero sólo se termina hallando salida por tensión muscular excesiva y que, prolongada en el tiempo, será un síntoma desagradable. Además, sólo habrá atención obsesiva para el malestar, descripciones detallistas, metódicas y negativas del problema físico –que por supuesto existe y no es falso porque es muy concreto, pero nos hace olvidar el miedo, la angustia y su origen–.
Las necesidades satisfechas son deseos y los deseos cumplidos son esperanza. Por el contrario, las necesidades insatisfechas son indeseables y desesperanzadoras, como los síntomas corporales.
Cuánto hay del origen de la angustia en no saber encontrar nuestras necesidades insatisfechas, y que provocan falta de deseo y desesperanza.
¿Cuánta fuerza contenida puede haber en un dolor? ¿Cuántos sentimientos retenidos puede tener un dolor puntual y permanente? ¿Cuánto dolor se puede tener hasta darse uno cuenta de que no se puede seguir así?
Serán muchas las lágrimas que descargar, o muchas más las que no se descargarán, hasta empezar a pensar diferente sobre uno mismo. ¿Es tanto el miedo al cambio? O más aún: ¿hay tanto miedo a no saber qué es aquello que hay que cambiar, eso que ahoga pero no nos mata, lo mismo que paraliza el cuerpo y el tiempo? ¿Por qué siempre parece el mismo día si cada vez somos más viejos? ¿Por qué somos más viejos si aún somos jóvenes? ¿Se puede desear cambiar y no hacerlo? ¿Se puede aceptar la queja diaria sin haber hecho lo suficiente para revertir nuestra historia? Y si creemos haberlo hecho todo y no sirvió, ¿de dónde sacar fuerzas para empezar otra vez? Y ya van tantas veces…
Mirar en el espejo del otro para verse a uno mismo en lugar de mirarse dentro de uno: ¿cuánto miedo guardamos? ¿Por qué nos impide mirar a nuestro interior? Mientras tanto, nuestro cuerpo exterior está rígido, tenso e inflexible, nos envuelve de corazas que comunican sin palabras toda la fuerza contenida del dolor de ser alguien con sus sentimientos abarrotados.
Sólo hablando, pero sólo diciendo eso tan callado…
Decir diciendo, no hablando mucho sin decir nada, eso que no decimos porque se puede contar con palabras cargadas de verdades. Preferimos hablarlo con palabras banales que no dicen nada y ocupan un lugar en la comunicación con los otros, pues nos permite ocultar la realidad.
Sin duda, el cuerpo duele por sus silencios, duele por sus sentimientos, aún sin sentir ni expresar, duele por no querer cambiar y tener miedo al cambio. Es la queja el disimulo perfecto, la que no deja ver ni sentir el afecto a dar y recibir.
Nos quejamos con cualquiera y no hablamos las verdades con quien corresponde, ni en el tiempo justo ni de la forma apropiada. Ser sincero con uno mismo es descubrir quién debe saber nuestras verdades y hablar sin miedo, porque hablando nos cambiamos a nosotros mismos, demolemos la coraza del...




