Jouvé de la Barreda | El manantial de la vida | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 312 Seiten

Reihe: Ensayo

Jouvé de la Barreda El manantial de la vida

Genes y bioética
1. Auflage 2012
ISBN: 978-84-9920-803-9
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Genes y bioética

E-Book, Spanisch, 312 Seiten

Reihe: Ensayo

ISBN: 978-84-9920-803-9
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



¿Qué concepto tenemos del ser humano como ente biológico? ¿Cómo pudo la evolución generar un ser consciente y ético a partir de unas bestias instintivas y egoístas? ¿Por qué le atribuimos al ser humano el mayor valor y dignidad entre los seres de la naturaleza? ¿Es esta dignidad diferente a lo largo de la vida, desde la concepción hasta la muerte? ¿Qué son realmente los embriones? ¿Cuándo empieza la vida? ¿Es ético producir embriones en el laboratorio y utilizarlos con fines distintos a la reproducción? ¿Existen razones para controlar la fertilidad y la natalidad? ¿A quién beneficia el aborto? ¿Hay algo más progresista que la defensa de la vida humana? ¿Por qué no es ético utilizar los embriones para investigar o producir patentes? Estas son algunas de las preguntas que a lo largo de sus diez capítulos trata de resolver este libro y cuyas respuestas se presentan de forma sencilla, documentada, divulgativa y asequible, basadas en la objetividad y rigor propios de la ciencia y desde una perspectiva bioética personalista y de defensa de la vida humana en todas sus etapas, con el convencimiento de que el bien más preciado que tenemos y el derecho por encima de todos los derechos es el derecho a la vida.

Nicolás Jouve de la Barreda es Doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid. Catedrático de Genética desde 1977, actualmente en la Universidad de Alcalá (Madrid). Fue profesor en las universidades Complutense de Madrid, Politécnica de Madrid, Bilbao y Córdoba. Fue Presidente de la Sociedad Española de Genética (1990 a 1994). El Consejo Social de la Universidad de Alcalá le otorgó el Premio Anual a la investigación (1991) y a la Docencia (1996). Tiene reconocidos 6 sexenios de investigación. Su línea de investigación versa sobre genética, citogenética, mejora y biología molecular de especies cultivadas. Los resultados de su labor científica se resumen en la producción de más de 200 publicaciones, la mayoría en revistas internacionales de su especialidad, y en la dirección de 20 tesis doctorales. Ha presentado numerosas ponencias en Congresos Internacionales. En la actualidad imparte cursos de Genética en la Facultad de Medicina y de Genética Evolutiva en la Facultad de Biología de la Universidad de Alcalá. Además ha enseñado genética, biología molecular y biotecnología en Chile (1996), Nicaragua (1998) y Argentina (2001). Fue responsable del módulo científico del Curso de Doctorado de la Cátedra UNESCO de Bioética, dirigido por la Dra. María Dolores Vila-Coro (2000-2008). Es consultor del Consejo Pontificio para la Familia. Es Miembro del Comité de Bioética y Médico-Científico de 'VidaCord'. Profesor de Bioética del Pontifico Instituto Juan Pablo II (Sede Complutense). Ha colaborado en diversas obras colectivas y es autor de varios libros de genética y bioética, entre ellos Explorando los genes. Del big-bang a la nueva Biología, publicado por Encuentro.
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PRESENTACIÓN


Cuando miramos atrás y observamos cómo ha evolucionado el mundo de la ciencia y sus aplicaciones en el corto tiempo de nuestra propia existencia nos asaltan diferentes sensaciones. Por un lado podemos sentirnos satisfechos por la enorme capacidad de descubrir muchos entresijos de la naturaleza hace apenas unas décadas ignorados. Pasamos de un sentimiento de asombro ante lo desconocido, a veces considerado como inabordable o mágico, a una impresión de dominio o poder. Este sentimiento de capacidad aparentemente ilimitada tiene un efecto secundario inherente a la naturaleza humana. Nos invade un sentido de responsabilidad, fruto de nuestra capacidad de razonamiento y de nuestro modo ético de ser y estar en el mundo. Los seres humanos formamos parte de una especie muy singular, una especie a la vez ética, inteligente y autoconsciente. Propiedades únicas en el contexto de la naturaleza que se resume señalando que somos la única especie que vive su vida conscientemente gracias a la unión indisoluble del espíritu y del cuerpo.

La conciencia y el sentido ético de nuestra vida nos conducen a hacernos preguntas tales como ¿conocemos bien las etapas de nuestra vida?, ¿sabemos que cada vida humana es además singular por su identidad genética?, ¿sabemos cuando surge esta identidad?, ¿qué estamos haciendo con el conocimiento adquirido?, ¿somos conscientes de nuestra dignidad?, ¿valoramos cada vida humana de acuerdo con su singularidad y dignidad? Es necesario dar respuesta a todas estas preguntas para a continuación adoptar medidas que delimiten nuestro campo de actuación. Es necesario tener un concepto antropológico adecuado y valorar cada vida humana como un tesoro precioso propio de cada persona y sobre el que nadie tiene derecho sobre otro. En los años setenta, en los albores de la creación de la tecnología de la «ingeniería genética» surgió una pregunta inquietante: ¿todo lo que se puede hacer se debe hacer? Esta pregunta parece interpelarnos cada vez con más insistencia. Fue de hecho, unido a los avances de la Biomedicina y las consecuencias de los desastrosos incidentes de falta de respeto a la vida humana derivada de la actuación de los médicos de la Alemania nazi, lo que impulsó el nacimiento de la Bioética, una disciplina nueva e interactiva entre la filosofía y la ciencia, —la ética y la biología—. Un foro para la reflexión, joven e innovador, que emergió con fuerza en la segunda mitad del siglo pasado.

Hay científicos que piensan que la ciencia es imparable y que debe defenderse la investigación científica sin establecer límite ninguno. Otros piensan que la ciencia es necesaria siempre, para elevar el bienestar del hombre y satisfacer sus necesidades vitales, entre las que se sitúa la del propio conocimiento. Todo esto está muy bien y además es verdad, pero tampoco está de más añadir un mínimo de cordura y pensar en los riesgos. Si el hombre es un ser singular por su inteligencia y su sentido ético de la vida, parece lógico que el avance científico sin limitaciones, presiones o directrices ideológicas, debe ir en paralelo con el reconocimiento de una responsabilidad y trascendencia de lo que se deduce del conocimiento adquirido y, en virtud de la autonomía moral y la libertad de conciencia, pensar también en las consecuencias. Sin embargo no parece que esto sea siempre así por lo que cabe preguntarse si existe un avance paralelo del conocimiento científico y el progreso moral. El Profesor Jerome Lejeune (1926-1994), médico y genetista francés, denunciaba una situación alarmante de nuestro tiempo al significar el «desequilibrio cada vez más inquietante entre su poder que aumenta y su sabiduría, que disminuye».

De este modo ¿por qué no añadir a la ciencia un mínimo de conciencia?, ¿es que todo da igual con tal de obtener un beneficio?, ¿quién decide y en qué se funda lo que se ha de considerar bueno o malo?, ¿es que no hay principios objetivos para decidir sobre ello?, ¿no es cierto que el beneficio de unos puede afectar negativamente a otros? La ciencia es enormemente útil precisamente por su objetividad en la aportación de los datos necesarios para responder a muchas de estas preguntas, pero ha de ser contemplada en su justa medida, como la actividad que proporciona los datos, las explicaciones de los fenómenos de la naturaleza, el conocimiento de los hechos que nos permiten saber más y aprovechar mejor el entorno. Las aportaciones de la ciencia tienen además la ventaja de su enorme objetividad, precisamente por la integridad del propio método científico. Que dos mas tres son cinco es tan cierto como que la radiación gamma puede provocar mutaciones al alterar las moléculas del ADN, o que la vida de un ser vivo se inicia cuando se constituye la información genética por la fusión de los gametos materno y paterno y en la que está inscrito a qué especie se pertenece o cuáles van a ser sus características biológicas.

Sin embargo, vivimos tiempos de injerencia de la ideología y su imposición sobre la ciencia, como consecuencia de corrientes culturales o políticas que invaden la vida cotidiana. Los datos científicos no son producto de una actividad de lujo, motivados sólo por el ansia de saber. Hay que aceptarlos, tenerlos en cuenta, valorar su trascendencia y calibrar bien los límites de las aplicaciones que de ellos se deriven. En las relaciones de ciencia, filosofía y derecho el modo de proceder debe estar presidido por el respeto al conocimiento y la verdad de los hechos. La ciencia aporta los datos y el conocimiento de los fenómenos naturales, la filosofía racionaliza el conocimiento y lo ha de integrar en el contexto de una antropología adecuada, la ética ha de valorar las consecuencias del uso o abuso de los hechos conocidos y finalmente el derecho ha de defender los principios morales que la ética haya establecido y instituir normas para la protección.

Desgraciadamente hoy vivimos situaciones que van a la inversa. Se establecen normas incluso injustas, desoyendo los datos aportados por la ciencia o la racionalidad que emana del conocimiento filosófico, antropológico y ético, y una vez instituidas, son las propias normas aprobadas democráticamente, las que se tratan de imponer como de obligado cumplimiento, incluso por encima de cualquier análisis ético. Es justo lo contrario de lo que debe ser. La ética debe preceder a las normas si queremos que estas sean justas. No vale decir que la Ley está por encima de todo simplemente porque es una Ley aprobada democráticamente. Si una Ley no ha tenido en cuenta la verdad o no ha contemplado los principios morales que se deriven de su aplicación, carecerá de legitimidad. Decía el humanista, teólogo, político y escritor inglés Tomás Moro (1478-1536) en el juicio al que fue sometido por orden del rey Enrique VIII, acusado de alta traición por no prestar el juramento antipapista frente al surgimiento de la Iglesia Anglicana: «En cuanto a lo que decís que todos los buenos vasallos están obligados a responder, yo os digo que esto no es cosa que concierna a la conciencia del fiel vasallo. Porque más obligado está a su conciencia y a su alma que a cosa de este mundo».

En este manual he tratado de reunir los datos que deben conocerse de la realidad del ser humano en el contexto de la naturaleza. Planteo el papel de la ciencia como generadora de una visión realista del mundo y el de la Bioética, como orientadora de las acciones humanas en su relación con la naturaleza, sin perder de vista el respeto a la realidad del ser humano y el vínculo ciencia y conciencia, como la referencia obligada en el establecimiento de normas de actuación. Implícitamente he incluido en este contexto los temas más polémicos de las últimas décadas: la Bioética, origen, fundamento y orientación; el Homo sapiens una especie singular; bioética y persona; el inicio de la vida y el significado biológico del embrión; la instrumentalización de la vida humana; el control de la natalidad; los métodos de reproducción artificial y sus consecuencias; el aborto; la dignidad de la vida frente a la «muerte digna». En la presentación de los distintos temas he tratado de ser fiel a los tres elementos básicos de mi forma de pensar, el conocimiento científico, mi visión cristiana de la vida y la bioética personalista, convencido de que es perfectamente compatible la ciencia con una religión que nos habla de la dignidad y el respeto a la vida humana, por su singularidad en la obra del Creador y en el conjunto de la naturaleza. Fiel a mi manera de enfocar los temas científicos y de hacerlos asequibles al gran público, he tratado de exponerlos de forma divulgativa, objetiva y rigurosa, para lo que he sacrificado explicaciones demasiado técnicas, que quien lo desee puede consultar en las referencias bibliográficas o manuales científicos que acompañan a los textos.

Es mi deseo expresar un agradecimiento muy especial a la Dra. María Dolores Vila-Coro, fallecida a las pocas horas del inicio del 2010. Ella, me enseñó Bioética y confió en mí como colaborador en temas de ciencia en el programa de Bioética de la Cátedra UNESCO que dirigía. Desde ella atendió a una multitud de destacados alumnos durante muchos años. María Dolores solía decir que ser persona significa estar dotado de dignidad, y añadía que el hombre, por estar dotado de una dignidad especial es acreedor de respeto a sus derechos, siendo la vida el primero y el principal de todos ellos. Mi agradecimiento a María Dolores por todo lo que me enseñó, por su contagioso entusiasmo, su actitud siempre positiva a favor de unas convicciones y unos valores morales que...



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