Keating | A la caza del oro blanco | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 2, 512 Seiten

Reihe: Devlin, el pirata

Keating A la caza del oro blanco


1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-350-4695-4
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 2, 512 Seiten

Reihe: Devlin, el pirata

ISBN: 978-84-350-4695-4
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



En un juego de avaricia y traición, un hombre tiene todos los ases...La fórmula secreta para la fabricación de la porcelana es el último gran misterio de China. Perdida en la leyenda y muy difícil de obtener, el oro blanco es material de contrabando desde el Este. Cualquier hombre que la consiga podría construir un Imperio. De hecho, los Imperios la persiguen. Patrick Devlin, que ha pasado de ser criado a capitán pirata, es chantajeado para salvar las vidas y la libertad de sus hombres. Pero primero debe enfrentarse y burlar a viejos y nuevos enemigos, como agentes de gobierno y gobernadores coloniales, todos ellos a la caza del oro blanco. John Coxon, el antiguo amo de Patrick, ahora irá también contra él, mientras que Edward Teach, Barbanegra, el infame, tiene su propio ajuste de cuenta con el advenedizo pirata Devlin.

Mark Keating debutó estruendosamente en el género de novela histórica de aventuras en el mar con su novela Devlin, el pirata.La saga ha tenido continuación en A la caza del oro blanco, en la que Devlin es el protagonista.
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PRÓLOGO


Aunque era el único criado de la casa, el muchacho negro no cocinaba nunca para su amo. El deseo de privacidad de su señor era mayor que su necesidad de esclavos que lo atendiesen, de forma que una de las tareas diarias encomendadas al muchacho era ir a buscar las comidas de su amo a una taberna o posada distinta cada día –su señor había insistido en este punto– y, por lo que había deducido sobre el trabajo de su amo a lo largo del año pasado, tal costumbre no era una simple excentricidad.

Siempre eran cenas sencillas –pescado ahumado y patatas, un filete de ternera o solomillo de cerdo–, pero su amo se preparaba su propio desayuno, unas gachas de miel u ortigas, dependiendo del humor que tuviera, y algún que otro huevo duro a lo largo del día para matar el hambre. El muchacho solía ver a su amo examinar los huevos con una lupa de joyero en busca de pinchazos antes de meterlos cuidadosamente en el agua, pero nunca cuestionaba aquellas extrañas manías. A pesar de su solitaria posición de poder dentro de la casa, seguía siendo propiedad de su amo. El silencio era su mejor atributo.

Las farolas habían comenzado a encenderse a lo largo de las paredes de la calle, y el toque de queda para esclavos sin escolta era una de las normas más estrictas de la colonia. El muchacho comenzó a apresurarse con su bandeja de plata llena de ternera con chiles habaneros. Cruzó la calle con los ojos clavados en el plato que le calentaba los brazos a través de su levita escarlata, concentrándose tan intensamente en mantener el equilibrio que no vio el puño de terciopelo negro que estuvo a punto de arrancarlo del suelo.

Dio un respingo. La robusta mano lo sujetaba con fuerza y el muchacho miró con los ojos muy abiertos el rostro del hombre que lo había atrapado. Tenía quince años, pero no era alto para su edad, y tuvo que mirar hacia arriba para ver el rostro pálido y la barba elegante, afeitada tan fina como el filo de un cuchillo.

El jubón bordado de color púrpura, la capa negra y el largo cabello negro azabache conferían al hombre una apariencia casi medieval, como una figura extraída de una vidriera antigua. A pesar de la violencia de la detención, su voz era suave como el armiño y sus ojos se movían velozmente, alerta en busca de testigos.

–Llévame con Ignatius. –Había un dejo extranjero en su voz–. No voy a hacerte daño, muchacho –prometió, pero el guardamano dorado que vio a su costado sugería otras posibilidades.

–Mi amo no recibe visitas –replicó el muchacho con valentía, plantando cara a los maliciosos ojos del hombre alto.

El puño enguantado lo zarandeó bruscamente.

–¡A mí sí me recibirá! –Empujó al muchacho calle abajo, cruzando la mano derecha por delante del cuerpo para hacerla reposar sobre la guarnición de la espada. El muchacho obedeció.

* * *

El hombre del traje negro estaba sentado en el escritorio de su despacho, en su casa de alquiler de Charles Town. Era un edificio elegante, tan elegante como el del teniente coronel Rhett, adalid de Charles Town, pero sombrío, sin la campechanía y la gallardía que la presencia del soldado y afamado azote de los indios parecía conferir a su residencia.

El pueblo no sabía nada del forastero vestido de negro que se había instalado entre ellos. Había alquilado la casa al mismísimo gobernador Johnson hacía más de un año, pero no se paseaba por sus soleadas calles ni frecuentaba ninguna de las iglesias, inglesas o francesas, que ya habían dado fama a la ciudad.

Las lámparas parpadeaban en las ventanas del forastero durante toda la noche, y los niños de Charles Town ya habían empezado a murmurar que la casa estaba encantada.

Su escritorio de roble estaba sepultado bajo un montón de papeles y legajos cuya sombra oscurecía aún más al hombre de negro. Su ágil cuerpo se encorvaba sobre el papel y la pluma mientras garabateaba como una viuda frustrada que borda su pasado. La habitación también estaba en penumbras, sus rincones apenas recibían algo de luz de la única vela que ardía, casi consumida del todo, sobre el escritorio. No se percató de que había llegado la hora de cenar, y su reloj Dassier de plata, abierto, tictaqueaba sin que le prestase la menor atención. Sólo el golpe en la puerta de su estudio le hizo abandonar la pluma y abrir el cajón donde guardaba la pistola.

La llamada no fue el acordado repiqueteo de tres toques, sino un único golpe contra la puerta. Su muchacho no venía solo. El hombre de negro semiamartilló la pistola y la dejó en el cajón abierto. Consultó su reloj. Eran las siete en punto, y su cena todavía no había llegado. Eso podía esperar por el momento.

–Adelante –ordenó con la mano derecha bajo escritorio.

La puerta se abrió de par en par y el criado fue empujado hacia el interior de la estancia, trastabillando con la bandeja en las manos. El hombre del jubón púrpura entró haciendo una reverencia en la estancia, que la luz del pasillo iluminó brevemente. El resplandor a su espalda lo enmarcó con precisión, convirtiéndolo en el objetivo perfecto.

–Aquí estoy, Ignatius –dijo el hombre, echando su capa hacia atrás–. Por favor, disculpe mi ruda presentación. Deseaba que mi llegada a su ciudad fuese lo más discreta posible. Espero no haberlo importunado.

Ignatius cerró el cajón.

–En absoluto. Valoro la discreción por sobre todas las virtudes.

Su visitante hizo una nueva reverencia y señaló al aterrorizado sirviente.

–Por favor, no permita que interrumpa su cena.

Ignatius mandó retirarse al muchacho, que hizo una dócil reverencia, agradecido por poder cerrar la puerta tras de sí y poniendo cuidado en que no se le cayera la bandeja. La estancia volvió a sumirse en la penumbra.

–La cena no tiene relevancia alguna. Lo importante es que por fin está aquí, gobernador Mendes.

El visitante se acercó con gesto curioso y aceptó el asiento que se le ofrecía. Ignatius nunca había visto a Mendes, no conocía su rostro, pero la expresión de curiosidad no le pasó desapercibida.

–Conozco a todas las personas que necesito conocer, gobernador. Pero presto especial atención a aquellas cuyas cartas más me intrigan.

–¿Le intrigan? –A Valentim Mendes le hizo gracia el término–. Buena elección de palabras. –Se sacudió parte del polvo que el largo viaje desde San Nicolás había depositado sobre el caro paño de su jubón. Su isla en el archipiélago portugués de Cabo Verde era la sede de su gobernación y la cuna de su venganza. Una noche, hacía varios meses, había bastado para cambiar su vida, para hacerle contratar a un hombre en la otra punta del mundo; un hombre conocido en todas las cortes europeas, aunque sólo fuese mediante los rumores intercambiados entre bocas principescas.

Se le ofreció un trago y declinó la invitación. El mundo de Ignatius era demasiado grande para andarse con menudencias, de modo que cogió la carta escrita por Valentim.

–Su misiva me informa de que sabe usted dónde se encuentran las cartas del sacerdote. El arcano que yo creía perdido con el barco pirata en el que se hundieron. Cartas por las que pagué una suma considerable a un joven capitán para que me las trajera desde la China. Debo felicitarlo por lograr averiguar aquello que yo no pude. Esta información es muy valiosa, y no sólo para mí.

Los ojos negros de Valentim se entornaron con el gesto altanero propio de un noble.

–No me interesa su precio, Ignatius. Que hombres más innobles traten con el demonio, si quiere usted la porcelana es asunto suyo. Desde mi… deshonra… persigo ideales más elevados.

–¿Deshonra? Tengo entendido que perdió una fragata a manos de unos piratas. En abril, ¿no es así? La misma época en que yo perdí mis cartas en el barco de Bellamy. Sin duda ambos hemos sufrido pérdidas costosas, puesto que hemos dejado entrar a los piratas en nuestro mundo, pero difícilmente se trata de una deshonra personal, gobernador.

Valentim se inclinó hacia delante, y pronunció con cuidado sus palabras para el ignorante:

–Ustedes los ingleses no entienden el significado de la deshonra.

Ignatius asintió con la cabeza.

–O quizá tenemos poca experiencia al respecto, gobernador. –Se llevó los dedos a la barbilla–. ¿Y cuál es mi parte del trato? ¿Qué necesita de mí que está fuera de su alcance de hombre de mundo?

Valentim miró al techo, tratando de reunir fuerzas para pronunciar las palabras que hacía tanto deseaba decir.

–No conozco en profundidad su profesión y su fina red de contactos, Ignatius. Sus habilidades, tan alabadas, superan mi alcance y mi poder, especialmente en el llamado «Nuevo Mundo». Y estoy seguro de que también en los bajos fondos de éste. –Ignatius inclinó la cabeza ante lo que tomó como un cumplido–. Por ello acudo a usted. Mi información y mi cartera están a su disposición, siempre y cuando sea usted capaz de encontrar al hombre que busco. –Valentim dirigió un dedo enguantado a Ignatius–. Y él será el enviado a recuperar sus preciadas cartas, el hombre que debe ser traído ante mí para pagar. El hombre al que debo matar. Ése es mi precio, Ignatius.

Ignatius estudió el rostro de Valentim. Los complejos vericuetos del odio siempre habían sido la carta de presentación del noble....



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