Kepnes | Cadáveres ocultos | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 2, 480 Seiten

Reihe: Joe Goldberg (You)

Kepnes Cadáveres ocultos

YOU
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-18440-47-2
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

YOU

E-Book, Spanisch, Band 2, 480 Seiten

Reihe: Joe Goldberg (You)

ISBN: 978-84-18440-47-2
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Joe Goldberg tiene más de un cadáver oculto. En los últimos diez años, este librero neoyorquino ha enterrado cuatro: los daños colaterales en su búsqueda del amor. No obstante, ahora ha decidido cambiar de aires y trasladarse de Brooklyn a Los Ángeles, la ciudad de las segundas oportunidades. En Hollywood, Joe se integra perfectamente: se dedica a vender libros y a seguir la pista de su nueva obsesión. Pero mientras que en la ciudad de las estrellas otros viven pendientes de su propio reflejo, Joe no puede dejar de mirar atrás. A fin de cuentas, el problema de los cadáveres ocultos es que tarde o temprano dejan de estarlo. Cadáveres ocultos es la frenética secuela de YOU, la novela de Caroline Kepnes que la cri?tica ha comparado con Perdida, American Psycho, Girls y Misery. Ambas han sido adaptadas por Netflix con gran éxito. Cita de reseña crítica: SOBRE YOU SE HA DICHO: «Hipnótico y escalofriante». Stephen King «Mi thriller favorito. Uno de esos casos inusuales en que tanto la escritura como la trama son exquisitas». Lena Dunham «Brillante. Es una mezcla de Perdida y una versión siniestra de Girls». Marie Claire «Uno de esos libros por los que pones en pausa tu vida». Glamour «Agudo y espeluznante». Elle «Indaga en la delgada línea que separa la seducción del acoso». The Guardian «El thriller del año». Daily Mail «¡Adictivo!». Closer

Caroline Kepnes nació en Cape Cod, Massachusetts, y estudió en la Universidad de Brown. Posteriormente se dedicó al periodismo y trabajó como guionista hasta la publicación de You (2014; Nocturna, 2019), cuyos derechos se vendieron en más de veinte idiomas. En 2018 Netflix estrenó su adaptación televisiva y confirmó una segunda temporada basada en Cadáveres ocultos (2016; Nocturna, 2020), la secuela de You. En la actualidad, Caroline Kepnes reside en Los Ángeles y se dedica íntegramente a la escritura.
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1

He comprado violetas para Amy. Rosas no. Las rosas son para los que han cometido un error, y esta vez yo lo he hecho todo como está mandado. Soy un buen novio. Escogí bien. Amy Adam vive el momento, no dentro de un ordenador.

—Las violetas son la flor del estado de Rhode Island —le cuento al tipo que me envuelve el ramo.

Tiene las manos sucias y roza los pétalos sin cuidado, mis pétalos. Joder con Nueva York.

—No me digas. —Se ríe—. Nunca te acostarás sin saber algo nuevo.

Pago en metálico y salgo con las violetas a la East Seventh Street. Hace calor para ser mayo, las flores huelen. Rhode Island. He estado allí. El invierno pasado fui a Little Compton. Estaba loco de amor, muerto de miedo porque mi novia Guinevere Beck, que descanse en paz, corría peligro por culpa de la inestabilidad emocional de su amiga Peach Salinger, que también descanse en paz.

Alguien hace sonar el claxon y me disculpo. Sé cuando algo es culpa mía y, si pisas un paso de cebra cuando la luz parpadea, el culpable eres tú.

Igual que lo fui el invierno pasado. Reflexiono sobre ese error varias veces al día: estaba escondido en un armario del primer piso de la casa de los Salinger. Tenía que hacer pis, pero no podía salir de allí. Así que lo hice en una taza, una taza de cerámica, y la dejé en el suelo de madera del armario. En cuanto tuve la oportunidad, salí corriendo de allí y no hay vuelta de hoja: me olvidé de la taza.

A raíz de ese día, soy un hombre distinto. No puedes volver atrás y alterar el pasado, pero puedes seguir adelante y convertirte en una persona que se acuerda de las cosas. Ahora me tomo los detalles muy en serio. Por ejemplo, me acuerdo con total claridad del momento en el que Amy Kendall Adam regresó a Mooney Rare and Used. A mi vida. Veo su sonrisa, su pelo indomable (rubio) y su currículo (todo mentiras). De eso hace cinco meses y, según ella, buscaba trabajo, pero vosotros y yo sabemos que me buscaba a mí. La contraté y el primer día se presentó allí con una libreta de espiral y una lista de libros selectos y muy buscados que quería ver. Llevaba un tarro de cristal de superfrutas y me dijo que te ayudan a vivir para siempre. Yo contesté que nadie vive para siempre y ella se rio. Su risa era agradable, relajada. También llevaba guantes de látex.

Cogí uno.

—¿Qué es esto?

—Para no lastimar los libros —me explicó.

—Quiero que estés en la tienda —contraataqué—. Tu trabajo es muy básico; más que nada, reponer ejemplares y ocuparte de la caja.

—Vale —contestó ella—. Pero ¿sabías que hay ejemplares de Alicia en el país de las maravillas que valen más de un millón de dólares?

Me reí.

—Siento destrozarte el corazón, pero abajo no tenemos ninguno de Alicia.

—¿Abajo? —preguntó—. ¿Es ahí donde guardáis los libros especiales?

Me dieron ganas de ponerle la mano en la cintura y dirigirla hacia la jaula donde conservamos y protegemos los «libros especiales» en cajas. Quería desnudarla y encerrarme allí con ella y hacerla mía. Pero fui paciente. Le di el formulario para los impuestos y un bolígrafo.

—Pues podría acompañarte de rastrillos, a por libros viejos —me propuso—. Nunca se sabe lo que puedes encontrar entre lo que vende la gente.

Sonreí.

—Solo si prometes no llamarlo «ir de rastrillos».

Amy sonrió. A su modo de ver, si iba a trabajar en la librería, pensaba hacer mella. Quería que fuésemos a liquidaciones de patrimonio de todo el estado y a desenterrar libros en liquidaciones de bibliotecas y a meter las manos en las cajas vacías de puestos en plena calle. Quería que trabajásemos juntos y así es como acabas conociendo a alguien tan bien en tan poco tiempo. Os adentráis juntos en habitaciones desocupadas y mohosas, y os apuráis por salir a respirar aire fresco y os reís y estáis de acuerdo en que lo único que se puede hacer es ir a tomar algo. Nos convertimos en un equipo.

Una anciana con un andador me mira. Yo le sonrío, y ella señala las violetas.

—Qué buen chico.

Lo soy. Le doy las gracias y continúo mi camino.

Amy y yo empezamos a salir hace unos meses, cuando estábamos en el salón de un difunto en el Upper East Side. Me tiró de la solapa de la blazer de color azul marino que ella misma me había comprado por cinco pavos en un mercadillo de segunda mano. Me imploraba que soltase setecientos por una edición arrugada y firmada de Las hermanas Grimes.

—Amy —susurré—, Yates no está de moda y no veo un resurgimiento en el horizonte.

—Pero a mí me encanta —me suplicó—. Este libro lo es todo para mí.

Ay, las mujeres: son emocionales. Así no se hacen los negocios, pero tampoco puedes mirar a Amy, con esos ojos azules y esa melena larga y rubia como salidos de una canción de Guns N’Roses, y decirle que no.

—¿Qué puedo hacer para que cambies de opinión? —intentó engatusarme.

Una hora más tarde, era el propietario de un ejemplar carísimo de Las hermanas Grimes, y Amy me chupaba la polla en el baño de un Starbucks de Midtown, y fue más romántico de lo que parece porque nos gustábamos. No era una mamada; era una felación, amigos míos. Ella se levantó, le bajé los vaqueros anchos hasta el suelo y me quedé parado. Sabía que le gustaba depilarse: a menudo le pinchaban las piernas y le preocupa mucho malgastar el agua. Pero no esperaba un felpudo. Me besó. «Bienvenido a la jungla».

Por eso sonrío al andar y así es como llegas a ser feliz. Amy y yo somos más atractivos que Bob Dylan y Suze Rotolo en la portada de The Freewheelin’, y somos más listos que Tom Cruise y Penélope Cruz en Vanilla Sky. Tenemos un proyecto: acumulamos ejemplares de El mal de Portnoy. Es una de nuestras novelas preferidas y la hemos releído juntos. Ella empezó a subrayar sus fragmentos favoritos con un rotulador y yo le sugerí que usara un bolígrafo más delicado.

—No soy delicada —repuso ella—. Odio lo delicado.

Amy es un rotulador; es apasionada. El mal de Portnoy le gusta la rehostia y yo quiero poseer todos los ejemplares de cubierta amarilla que se hayan impreso y guardarlos en el sótano para que solo los toquemos Amy y yo. Se supone que no hay que acumular demasiadas copias de un título, pero me gusta follar con Amy cerca de nuestra pared de libros amarillos. Philip Roth nos daría su aprobación, y ella se rio cuando se lo dije y, además, sugirió que le escribiéramos una carta. Tiene imaginación, tiene corazón.

Me suena el móvil. Es el electricista de Gleason Brothers por lo del humidificador, pero eso puede esperar. Tengo un correo electrónico de BuzzFeed sobre una lista de «librerías independientes que molan» y eso también puede esperar. Todo puede esperar cuando en tu vida hay amor. Cuando puedes ir por la calle e imaginarte a la chica a la que amas desnuda sobre un montón de Portnoy con la sobrecubierta amarilla.

Llego a Mooney Books y suena la campanilla en cuanto abro la puerta. Amy cruza los brazos y me mira mal y puede que sea alérgica a las flores. A lo mejor las violetas son una mierda.

—¿Qué pasa? —le pregunto.

Espero que este no sea el momento, que no sea el principio del final, cuando la chica se convierte en una hija de puta y se desvanece el olor a coche nuevo.

—¿Flores? —contesta ella—. ¿Sabes qué me gustaría más que las flores?

Niego con la cabeza.

—Las llaves —me espeta—. Acaba de venir un tío y podría haberle vendido el de Yates, solo que no he podido enseñárselo porque no tengo las llaves.

Suelto el ramo sobre el mostrador.

—Para un momento. ¿Le has pedido el número de teléfono?

—Joe —empieza ella, y da golpecitos en el suelo con el pie—. Me encanta este negocio. Y sé que ahora mismo estoy siendo tonta y no debería decirte lo mucho que lo disfruto. Pero, por favor, quiero unas llaves.

No digo nada. Necesito memorizarlo todo, ponerlo a buen recaudo; la melodía tenue de la música («Sweet Virginia» de los Rolling Stones, una de mis favoritas) y el matiz que tiene la luz ahora mismo. No cierro la puerta con llave. No le doy la vuelta al cartel de ABIERTO. Me acerco al otro lado del mostrador y la abrazo y la inclino hacia atrás, la beso y ella me besa a mí.

Nunca le he dado la llave a nadie. Pero se supone que esto tiene que ocurrir. En teoría, tu vida ha de expandirse. En tu cama debería haber suficiente espacio para otra persona y, cuando esa persona aparece, te corresponde dejarla entrar. Yo no dejo escapar el futuro, sino que pago más de la cuenta para que las copias de las llaves sean de color rosa con flores. Y cuando le poso a Amy esas cosas metálicas sobre la palma de la mano, ella las besa.

—Sé que esto es muchísimo para ti —afirma—. Gracias, Joe. Las protegeré con mi propia vida.

Esa noche, viene a casa y vemos una de sus películas para tontos (Cocktail, nadie es perfecto) y nos acostamos y pedimos una pizza y se me estropea el aire acondicionado.

—¿Llamamos a alguien? —sugiere.

—A la mierda —contesto—. Va a ser el Día de los Caídos.

Sonrío y la inmovilizo y los pelos...



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