Kepnes | Tú me amas | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 3, 520 Seiten

Reihe: NOCHES NEGRAS

Kepnes Tú me amas


1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-19680-58-7
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 3, 520 Seiten

Reihe: NOCHES NEGRAS

ISBN: 978-84-19680-58-7
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



«Diabólico, trepidante y muy divertido». Paula Hawkins, autora de La chica del tren Joe quiere dejar atrás sus días entre rejas, la superficialidad de Los Ángeles... y a ciertos monstruos. Ahora abraza la naturaleza, los placeres simples en una acogedora isla al noroeste del Pacífico. Por primera vez en mucho tiempo, puede limitarse a respirar. Consigue un trabajo en la biblioteca local y ahí es donde la conoce: Mary Kay DiMarco. Bibliotecaria. Pero esta vez va a ser diferente, esta vez no va a obsesionarse. La conquistará a la vieja usanza y acabarán siendo felices para siempre. El problema es que Mary Kay ya tiene una vida. Es madre. Cuenta con sus propios amigos. Está ocupada. Joe sabe que el verdadero amor solo triunfa si ambas personas están dispuestas a hacer sacrificios. Él está listo. Tarde o temprano, Mary Kay acabará entrando en razón y lo aceptará en su vida. ¿Verdad? Tú me amas es la tercera entrega de You, la novela de Caroline Kepnes que la crítica ha comparado con Perdida, American Psycho, Girls y Misery. Los tres libros han sido adaptados por Netflix con gran éxito.

Caroline Kepnes nació en Cape Cod, Massachusetts, y estudió en la Universidad de Brown. Posteriormente se dedicó al periodismo y trabajó como guionista hasta la publicación de You (2014; Nocturna, 2019), cuyos derechos se vendieron en más de veinte idiomas. En 2018 Netflix estrenó su adaptación televisiva y confirmó una segunda temporada basada en Cadáveres ocultos (2016; Nocturna, 2020), la secuela de You. En la actualidad, Caroline Kepnes reside en Los Ángeles y se dedica íntegramente a la escritura.
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1

Creo que hablé contigo por teléfono: la bibliotecaria cuya voz era tan suave que fui a comprarme un jersey de cachemira. Calidez. Protección. Me llamaste hace tres días para confirmar que el puesto en la biblioteca pública de Bainbridge era mío. Se suponía que era una llamada corta. Funcional. Tú: Mary Kay DiMarco, jefa de la biblioteca. Yo: Joe Goldberg, voluntario. Pero hubo química. Nos reímos un par de veces. Esa cadencia de tu voz me llegó adentro y quise buscarte en Google, pero no lo hice. Las mujeres se dan cuenta de cuando un hombre sabe demasiado, y yo quería empezar fresco. He llegado pronto y estás buena, si es que esa eres tú. ¿Eres tú? Estás ocupada con un cliente (noto el olor de la naftalina y la ginebra) y eres sexi y sutil, presumes de piernas a pesar de ocultarlas con medias negras opacas que esconden tanto como dejaban ver las ventanas sin cortinas de Beck, DEP. Alzas la voz: quieres que el viejo pruebe con Haruki Murakami, y me he convencido. Eres la chica con la que hablé por teléfono, pero la madre que me parió, Mary Kay.

¿Eres mi media naranja?

Ya lo sé. No eres un objeto, bla, bla, bla. Y es posible que yo esté proyectando. Casi ni te conozco y he vivido un infierno. Me han retenido en la cárcel durante varios meses de mi vida. He perdido a mi hijo. He perdido a la madre de mi hijo. Es un milagro que no haya muerto y quiero hablar contigo en este puto preciso instante, pero me armo de paciencia y me alejo. En la pared del vestíbulo hay una foto tuya y la placa que la acompaña es definitiva, la confirmación. Eres Mary Kay DiMarco y llevas dieciséis años trabajando en esta biblioteca. Has cursado un máster en Biblioteconomía. Me siento nuevo. Desamparado. Pero entonces carraspeas (no estoy tan desamparado), y yo me giro, y tú me haces el signo de la paz y me sonríes. «Dos minutos». Te devuelvo la sonrisa de inmediato. «Tómate tu tiempo».

Sé lo que piensas: «Qué agradable, cuánta paciencia». Y por primera vez desde hace meses, joder, no me molesta tener que esforzarme en ser agradable y paciente. Verás, es que no me queda más remedio: tengo que ser el puto señor buenazo. Es la única manera de garantizar que no vuelvo a ser víctima de la Administración de Injusticia de Estados Unidos. Apuesto a que tú no has tenido ningún roce con la Injusticia estadounidense; en cambio, yo sé cómo están de amañadas las partidas de Monopoly. Usé la tarjeta de «quedas libre de la cárcel» (¡gracias a los ricachones de los Quinn!), pero también fui muy ingenuo (¡que les den por el culo a los ricachones de los Quinn!) y pienso esperarte todo el día porque si una sola de las personas que hay en esta biblioteca me ve como una amenaza… Pues eso, que prefiero no arriesgarme.

Delante de ti me hago el humilde, no miro el teléfono y me fijo en cómo te rascas la pierna. Sabías que hoy ibas a conocerme en persona, ¿no te habrás comprado esa falda para mí? Es posible que sí. Eres mayor que yo, más atrevida, como si fueses al instituto y yo aún estuviera en el colegio, y te imagino en los noventa, recién salida de la portada de la revista Sassy. Has seguido al mismo ritmo, en plena marcha todo este tiempo, esperando sin esperar a que aparezca un buen hombre. Y ahora estoy aquí, en el momento adecuado para ambos, y la bola de naftalina está leyendo el Murakami, por decir algo, y tú me miras («¿Ves lo que he conseguido?»), y yo asiento con la cabeza.

Sí, Mary Kay, te veo.

Eres la Madre de los Libros, rígida como un robot vestido de camarera francesa; la verdad es que llevas la falda un poco corta. Te agarras los codos mientras la bola de naftalina pasa las páginas del libro y parece que vayas a comisión, como si necesitases que se lo llevara en préstamo. Los libros te importan y este es mi sitio, aquí, contigo y con tus nudillos sobresalientes. Eres bibliotecaria, que es más que librero, y a la bola de naftalina no le hace falta sacar la tarjeta de crédito y eso está muy bien. Estados Unidos tiene cosas buenas. Me había olvidado del puto sistema Dewey de clasificación decimal y todos sabemos que Dewey era un tóxico, pero ¡mira lo que ha hecho por este país!

El viejo le da unas palmaditas al Murakami.

—Bueno, muñeca, ya te diré qué me parece.

Le sonríes un instante (te gusta que te llamen muñeca) y te estremeces. Te sientes mal por no ponerte hecha una furia. Tienes una parte de muñeca y otra parte de jefaza y eres lectora. Pensadora. Ves ambos lados. Me vuelves a hacer el símbolo de la paz («Dos minutos más») y presumes un poco más ante mí. Le dices a una madre lo mono que es su bebé (ejem, no lo es) y todo el mundo te quiere, ¿verdad? Tú y tu moño alto desaliñado, que quiere ser una coleta, y tu protesta sartorial contra las demás bibliotecarias, que llevan camisas anchas y pantalones de pinza; lo lógico sería que les cayeras mal, pero no. Dices «claro» muy a menudo, y estoy bastante seguro de que una Diane Keaton sabia se ha apareado con una Diane Keaton lela y te han hecho para mí. Me acomodo los pantalones («Con cuidado, Joseph») y he hecho una donación de cien mil dólares a esta biblioteca para conseguir el puesto de voluntario, y puedes preguntarle al estado de California o al barista de Pegasus o a mi vecino, cuyo perro ha vuelto a cagarse en mi jardín esta mañana, y todos te dirán lo mismo.

Soy una puta buena persona.

Es un hecho legal. Yo no maté a Guinevere Beck, DEP, y no maté a Peach Salinger, DEP. He aprendido la lección. Cuando la gente saca a relucir mi peor parte, huyo. Beck, DEP, podría haber huido: yo tampoco era la persona adecuada para ella, y ella no era lo suficientemente madura para el amor; sin embargo, se quedó y demostró ser digna de la clase de personaje femenino malhadado, autodestructivo y mal escrito de película de terror que era, y yo no fui mejor que ella. Debería haberle dado puerta el día que conocí a Peach, DEP. Debería haber cortado con Love en cuanto conocí al psicópata de su hermano.

Una adolescente entra corriendo en la biblioteca, choca conmigo y me devuelve al presente sin disculparse siquiera y es rápida como un suricata, pero tú le ladras:

—Nomi, nada de Columbine. Lo digo en serio.

Vale, el suricata es tu hija y las gafas le quedan demasiado pequeñas y seguro que las lleva porque tú le has dicho que no le valen. Es una insolente. Está más cerca de ser una niña peleona que una adolescente arisca y acaba de sacar un ejemplar blanco de Columbine de la mochila. Te hace una peineta, y tú se la devuelves, y qué familia tan divertida. ¿Llevas anillo en el anular?

No, Mary Kay. No llevas anillo.

Le coges el Columbine al suricata, y ella sale enfadada, y tú la sigues (un intermedio imprevisto), y me acuerdo de lo que me contaste cuando hablamos por teléfono.

Tu madre era representante de la marca Mary Kay, era despiadada y competitiva. Has crecido en el suelo de las salas de estar de Phoenix, jugando con Barbies mientras ella convencía a mujeres, cuyos maridos las engañaban, de comprar pintalabios que tal vez tentasen a esos desgraciados a quedarse en casa. «Como si pudieras salvar un matrimonio con pintalabios». A tu madre se le daba bien su trabajo, tenía un Cadillac rosa, pero entonces tus padres se separaron. Tú y tu madre os mudasteis a Bainbridge, y ella dio un giro de ciento ochenta grados y se puso a vender «Patagonia en vez de maquillaje compacto». Me contaste que falleció hace tres años, y después respiraste hondo y dijiste: «Vale, demasiados detalles».

Pero no eran demasiados, para nada, porque aún me contaste más: tu lugar favorito de la isla es Fort Ward y te gustan los búnkeres y mencionaste los grafitis. «Dios nos mata a todos». Yo respondí que era cierto, y tú quisiste saber de dónde era yo, y te conté que crecí en Nueva York, y eso te gustó, y te dije que había estado a la sombra en Los Ángeles, y pensaste que estaba en plan ocurrente y ¿quién soy yo para llevarte la contraria?

Se abre la puerta y has vuelto. En carne y falda. No sé qué le has dicho a tu suricata, pero se ha cabreado y agarra una silla y la pone de cara a la pared, y por fin te acercas a mí, cálida y suave como la cachemira que me roza el pecho.

—Disculpa todo este drama —me dices, como si hubieras preferido que no lo presenciase—. Eres Joe, ¿verdad? Creo que hablamos por teléfono.

No lo crees. Lo sabes. Claro. Pero lo que no sabías era que ibas a querer arrancarme la ropa y me estrechas la mano, piel con piel, y yo respiro tu aroma (hueles a Florida) y el poder que reside en mi cuerpo se restaura. ¡Tachán!

Me miras.

—¿Me devuelves la mano?

Te la he sostenido demasiado tiempo.

—Lo siento.

—Ah, no —contestas, y te acercas, más cerca, como en el título de la película Closer—. Soy yo la que lo siente. Me he comido una naranja en la calle y tengo las manos un poco pegajosas.

Me huelo la palma y me acerco.

—¿Seguro que no era una mandarina?

Te ríes de la broma y me sonríes.

—No se lo digas a nadie.

Ya está, ya somos nosotros contra los demás, y te pregunto si ya has terminado la novela de Lisa Taddeo (soy un buen chico y los chicos buenos se acuerdan de las cosas que les dicen las chicas por teléfono) y sí, la has terminado y te ha encantado, y te pregunto si puedo preguntarte por tu hija y lo de Columbine, y te sonrojas.

—Claro —respondes. Claro—. Bueno, como has visto…, está un poco obsesionada...



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