Kepnes | You | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 456 Seiten

Kepnes You


1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-17834-38-8
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, 456 Seiten

ISBN: 978-84-17834-38-8
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



'Hipno?tico y escalofriante'. STEPHEN KING 'Mi thriller favorito'. LENA DUNHAM Cuando una atractiva joven entra en la libreri?a neoyorquina donde trabaja Joe Goldberg, e?l hace lo normal: busca en Google el nombre que aparece en su tarjeta de cre?dito. So?lo hay una Guinevere Beck en Nueva York. Usa Twitter con frecuencia y tiene una cuenta pu?blica de Facebook que a e?l le revela todo lo que necesita saber: es Beck para sus amigos, estudio? en Brown, vive en Bank Street y esa misma noche ira? a un bar de Brooklyn: el lugar perfecto para encontrarse por casualidad. A medida que Joe va asumiendo el control de la vida de Beck, pasa de acosador a novio y se transforma en su hombre ideal; eso si?, acabando por el camino con todos los posibles obsta?culos... Incluso aunque eso implique el asesinato. Con esta impactante novela que ha sido adaptada a una de las series ma?s exitosas de Netflix, Caroline Kepnes profundiza en lo vulnerables que somos al acoso y la manipulacio?n digital en la actualidad hiperconectada mediante una historia frene?tica que la cri?tica ha comparado con Perdida, American Psycho, Girls y Misery.

Caroline Kepnes nacio? en Cape Cod, Massachusetts, y estudio? en la Universidad de Brown. Posteriormente se dedico? al periodismo y trabajo? como guionista hasta la publicacio?n de You (2014; Nocturna, 2019), cuyos derechos se vendieron en ma?s de veinte idiomas. En 2018 Netflix estreno? su adaptacio?n televisiva y confirmo? una segunda temporada basada en Hidden Bodies (2016), la secuela de You. En la actualidad, Caroline Kepnes reside en Los A?ngeles y se dedica i?ntegramente a la escritura.
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1

Entras en la librería y sujetas la puerta para asegurarte de que no dé un golpe al cerrarse. Sonríes, te da vergüenza ser una chica agradable y llevas las uñas sin pintar, el jersey de cuello de pico es de color beige, pero es imposible saber si llevas sujetador, aunque diría que no. De tan limpia eres sucia y entonces me murmuras tu primera palabra, me dices «hola», cuando la mayoría de la gente pasaría de largo; pero tú no, tú con tus vaqueros anchos de color rosa, un rosa como el del cerdito de La telaraña de Carlota, y ¿de dónde has salido?

Eres clásica y compacta, mi propia Natalie Portman, la del final de Closer, cuando tiene buena cara porque ya está harta de los británicos malotes y se vuelve a casa, a Estados Unidos. Has vuelto al hogar, a mí, te recibo por fin un martes a las diez y seis minutos de la mañana. Todos los días, viajo desde mi apartamento de Bedford Stuyvessant, Brooklyn, hasta esta tienda del Lower East Side. Todos los días, cierro sin haber encontrado a alguien como tú. Mírate, acabas de nacer en mi mundo. Tiemblo y me tomaría un Orfidal, pero los tengo abajo y en realidad no quiero tomármelo. No quiero que se me pase este subidón. Quiero seguir aquí, prestarte toda mi atención, observarte mientras te muerdes las uñas sin pintar y vuelves la cabeza hacia la izquierda, pero espera, que te falta el meñique; abres más los ojos, te vuelves hacia la derecha: no, descartas las biografías, los libros de autoayuda (¡gracias a Dios!) y frenas al llegar a la sección de ficción.

Bien.

Dejo que desaparezcas entre las estanterías de ficción F-K, pero no eres la típica ninfa insegura que va a la caza de un Faulkner que jamás terminará o ni siquiera empezará, un Faulkner que se calcificará y fosilizará en la mesita de noche, si es que los libros pueden calcificarse; un Faulkner cuyo único propósito es convencer a los rollos de una noche de que va en serio cuando jura que nunca hace esas cosas. No, tú no eres una de esas. Tú no usas a Faulkner como atrezzo, además llevas los vaqueros caídos y estás demasiado morena para Stephen King y no vas tan a la moda como para Heidi Julavits, así que ¿qué vas a comprar? Estornudas bien alto y me imagino el ruido que haces cuando llegas al clímax.

—¡Jesús! —te respondo en voz alta.

Te ríes y me contestas a voces un «María y José. Gracias, chato». Eres una calentorra.

«Chato», qué manera de flirtear. Si yo fuera uno de esos gilipollas de Instagram, le haría una foto al cartel de «F-K», le pondría la hostia de filtros y escribiría: «F-K. Sí, la he encontrado».

«Cálmate, Joe. No les gusta que les entren tan a saco», me digo. Le doy gracias a Dios por el cliente que entra, y luego me cuesta escanear el Salinger que ha escogido porque es muy predecible. La verdad es que siempre me cuesta. A ver, este tío tiene ¿cuántos años? ¿Treinta y seis? ¿Y se pone ahora con Franny y Zooey? Seamos realistas: no va a leerlo porque es una fachada para el de Dan Brown que tiene en el fondo de la cesta. Trabajando en una librería acabas aprendiendo que la mayoría de las personas del mundo se sienten mal por ser quienes son. Primero meto el de Dan Brown en la bolsa como si fuese pornografía infantil y le digo que Franny y Zooey es la hostia, y él responde que sí con la cabeza, y mientras tú sigues en la sección de la F a la K, porque justo alcanzo a ver el jersey beige entre las estanterías. Si estiras el brazo un poco más alto, te veré el vientre. Pero no lo haces. Coges un libro y te sientas en el suelo del pasillo, podrías quedarte ahí toda la tarde. A lo mejor esto acaba siendo como la película de Natalie Portman, La fuerza del amor, una adaptación muy desleal de la novela de Billie Letts (que está por encima de la media para esa clase de porquería), y te encuentro en mitad de la noche. Sólo que tú no estarás embarazada y yo no seré el hombre sumiso de la película. Me agacharé un poco y diré: «Discúlpeme, señorita, pero ya hemos cerrado», y tú me mirarás y sonreirás. «Pues yo no he cerrado —dirás, y tras una breve pausa—: Estoy abierta a todo, chato».

—Oye —ladra Salinger-Brown.

¿Todavía sigue aquí? Sí, todavía.

—¿Me das el recibo?

—Disculpe.

Me lo quita de la mano. No me odia a mí, se odia a sí mismo. Si la gente fuera capaz de manejar el odio que siente por sí misma, trabajar de cara al cliente sería más fácil.

—¿Sabes qué te digo, chaval? A ver si te bajas del pedestal. Trabajas en una librería, no haces los libros. No los escribes. Y si se te diera bien leer libros, seguramente tampoco trabajarías aquí. Así que no me mires con tanta superioridad y deséame que pase un buen día.

Este hombre puede decirme todo lo que quiera, pero el que se avergüenza de comprar Dan Brown sigue siendo él. Tú apareces con tu sonrisa de complicidad a lo Portman, has oído al capullo. Te miro. Tú lo miras a él, y él sigue mirándome y esperando.

—Que pase un buen día, caballero —le digo.

Y él sabe que no lo digo en serio y se odia por necesitar la cortesía de un desconocido. Cuando ya se ha ido, le respondo en voz alta porque sé que me escuchas:

—¡Disfruta de Dan Brown, hijoputa!

Te acercas riéndote y gracias a Dios que es por la mañana y por la mañana esto está muerto y nadie va a entrometerse. Dejas el cesto de libros en el mostrador y te pones descarada.

—¿A mí también vas a juzgarme?

—Vaya imbécil, ¿no?

—Bueno, estará de mal humor.

Qué mona. Ves lo mejor de las personas. Me complementas.

—Bueno —digo, y debería callarme y quiero callarme, pero tú me das ganas de hablar—, ese tío es el motivo por el que Blockbuster no debería haberse hundido.

Me miras. Sientes curiosidad, y yo quiero saber más de ti; pero, como no puedo preguntarte nada, sigo hablando:

—Todo el mundo se esfuerza por ser mejor, por perder cinco kilos, leer cinco libros, ir al museo, comprar un disco de música clásica, escucharlo y disfrutarlo. Pero lo que quieren hacer es comer donuts, leer revistas y comprar álbumes de música pop. ¿Y los libros? A tomar por el culo los libros: mejor un Kindle. ¿Sabes por qué tienen tanto éxito?

Te ríes y niegas con la cabeza y sigues escuchando incluso después de ese momento en el que la mayoría se despista o mira el móvil. Además, eres guapa y preguntas:

—¿Por qué?

—Yo te lo digo: internet nos trajo el porno a casa…

Acabo de decir «porno», menudo idiota; no obstante, sigues escuchando. Qué mona.

—… para que no tuviéramos que ir a por él. No hay que mirarle a los ojos al tipo de la tienda, a ese que ahora sabe que te gusta ver cómo azotan a chicas. Mirar a la gente a los ojos es lo que hace que sigamos siendo civilizados.

Tienes los ojos almendrados, y yo sigo:

—Abiertos.

No llevas alianza, y yo continúo:

—Humanos.

Eres paciente, pero debería callarme y no puedo.

—Y el Kindle, el Kindle le roba la integridad a la lectura, que es justo lo que internet ha hecho con el porno. Ya no hay autocontrol ni moderación. Puedes leer a Dan Brown en público y en privado a la vez. Es el fin de la civilización. Pero?

—Siempre hay un pero —dices, y estoy seguro que vienes de una familia grande de gente sana y afectuosa que se abraza a menudo y canta alrededor de la hoguera.

—Pero, como ya no hay donde comprar películas ni discos, ahora la clave son los libros. Ya no hay videoclubs y, por lo tanto, no hay friquis que trabajen en esas tiendas y se pasen el día citando a Tarantino y peleándose por Dario Argento y odiando a los que alquilan pelis de Meg Ryan. Ese acto, la interacción entre el vendedor y el comprador, es el acto bidireccional más importante que tenemos. Y no puedes ir erradicando las cosas así como así y pensar que no habrá consecuencias, ¿sabes?

No sé si sabes, pero no me dices que me calle como hacen otros a veces, sino que asientes con la cabeza.

—Ajá.

—Es que las tiendas de discos eran un gran ecualizador. Daban poder a los friquis, en plan: «¿De verdad vas a comprar eso de Taylor Swift?», a pesar de que luego esos friquis se iban a casa a pelársela con Taylor Swift.

«Basta de decir Taylor Swift». No sé si te ríes conmigo o de mí.

—Total —digo, y si me lo pides, me callaré.

—Total —dices, porque quieres que acabe.

—La cuestión es que comprar cosas es una de las pocas actividades honestas que hacemos. Ese tío no ha venido por Dan Brown ni por Salinger. Ha venido a confesarse.

—¿Eres cura?

—No. Soy una iglesia.

—Amén.

Miras la cesta, y yo parezco un majadero solitario, así que también miro la cesta. Tu móvil. Tú no lo ves, pero yo sí. La pantalla agrietada, la funda amarilla. Eso significa que sólo te cuidas cuando ya estás más allá de la salvación. Me la juego a que no te tomas las pastillas de zinc hasta el tercer día de resfriado. Te cojo el móvil y te hago una broma.

—¿Se lo has robado al tío ese?

Me lo quitas y te sonrojas.

—Este teléfono y yo? —dices—. Soy una mala mami.

Mami. Qué marrana eres.

—Qué va.

Sonríes y me queda claro que no llevas sujetador. Sacas los libros de la cesta, la dejas en el suelo y me miras como si en tu pasado no hubiera nada ni remotamente criticable. Se te ponen los...



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