Khoury | El tercer deseo | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 408 Seiten

Khoury El tercer deseo


1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-17834-22-7
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, 408 Seiten

ISBN: 978-84-17834-22-7
Verlag: NOCTURNA
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'Soy la esclava de la lámpara. Tengo el poder de concederte tres deseos'. Zahra lleva tanto tiempo encerrada en su lámpara que, cuando un ladronzuelo la descubre, se topa con un mundo muy distinto: ahora, la magia está prohibida y su nombre se ha convertido en una leyenda. Una aterradora por lo que le hizo a su anterior ama. Decidida a huir, Zahra acepta el trato que le propone el rey de los genios: la libertad a cambio de una terrible traición. Para conseguir su objetivo deberá ocultar su verdadera identidad y no separarse de su nuevo amo. Al fin y al cabo, Aladdín todavía tiene tres deseos que elegir.

Jessica Khoury se licenció en Filología Inglesa por la Universidad de Toccoa Falls y en la actualidad reside en Easley, Carolina del Sur, donde se dedica a la escritura. Tras lograr un gran éxito internacional con libros como Origen (Anaya, 2013), publicó El tercer deseo (Nocturna, 2019), una reinterpretación de Aladdín con una versión femenina del genio como protagonista.
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CAPÍTULO 1

Percibo al muchacho en cuanto pone un pie en la cueva.

Por primera vez en siglos, me agito.

Soy humo dentro de la lámpara, y me encojo y me estiro para desembarazarme del letargo acumulado durante quinientos años. Tengo la sensación de haberme medio convertido en piedra. El sonido de sus pisadas me traquetea como el estallido de un trueno y me despierto por completo de un brinco.

Me aprieto contra los laterales de la lámpara y lo llamo a voces, pero, por supuesto, no me oye. No es más que un chaval normal y corriente. No puede oír el grito de una yinn, una genio dentro de una lámpara, una otorgadora de deseos.

El joven va solo y noto sus pisadas cautelosas cuando franquea la entrada de la recóndita cueva. Despliego mi sexto sentido y lo sigo cuando baja la estrecha escalera cortada en la arenisca mientras sus dedos recorren una antigua pared llena de símbolos esculpidos cuyo significado se ha perdido en el tiempo. Qué extraño resulta sentir su presencia aquí después de esta larga soledad, habiba: es como una luz en las profundidades insondables y oscuras del mar.

Llego tan lejos como me resulta posible y siento su respiración tranquila, su corazón palpitante. ¿Quién es? ¿Cómo ha encontrado este lugar? No es más que un muchacho, un momento en el tiempo que pronto pasará. He conocido a mil y uno como él. Conoceré a mil y uno más. No es nada. Me lo repito para no hacerme ilusiones con él. No me está permitido albergar esperanzas. Se me prohíbe tener deseos propios. Así no pensaré en el mundo de ahí arriba, en el cielo infinito, en el aire fresco y en la luz del día. No daré muestras de la profunda y absoluta desesperación con la que quiero que ese chico saque mi lámpara de esta maldita oscuridad. En vez de eso, me doblo y me desdoblo, me arremolino y me enrollo mientras espero con el alma en vilo. Mi sexto sentido está emborronado, como cuando observas a un pez que nada en un estanque con ondas y debes concentrarte mucho para verlo.

Lleva una pequeña antorcha, que levanta para escrutar la gran caverna: en realidad no se trata de una cueva, sino de una vasta sala llena de eco que una vez perteneció a un gran palacio perdido para siempre en las entrañas de la guerra y el tiempo. Ahora yace en las profundidades del desierto, como una ruina más, enterrado bajo capas de arena y de recuerdos.

Las columnas se alzan por encima de mi intrépido visitante, sujetando un techo que se pierde en las sombras. Los pilares lucen tallas en espiral: leones con las fauces abiertas, caballos alados, dragones que escupen fuego. Las joyas incrustadas en sus ojos emiten un ligero resplandor, como si contemplaran al joven con silenciosa malicia, del mismo modo que en su día observaron a la gente radiante y colorida que vivió aquí hace siglos, antes de que la ciudad se sumergiera en la arena. Este lugar está poseído por fantasmas, y yo soy uno de ellos.

—Por todos los dioses —murmura el chico, y sus silenciosas palabras reverberan en la enorme bóveda. Levanta la antorcha y la luz se derrama ante él como un charco dorado.

No me extraña que esté anonadado, pues no se trata de una sala cualquiera, sino de lo que en su día fue un santuario en las profundidades del palacio real de Nerubia, donde, hace mucho tiempo, una reina joven y hermosa deseó tener un jardín sin igual en el que poder descansar y meditar.

Fue uno de los mejores deseos que he concedido.

El suelo está alfombrado con delicadas briznas de hierba, cada una de las cuales ha sido tallada en la esmeralda más pura. Unos árboles achaparrados con hojas de jade destellan bajo una alta bóveda tachonada de resplandecientes diamantes que parecen estrellas en un cielo nocturno. De los árboles cuelgan frutas: manzanas rubíes, limones dorados, ciruelas amatistas y bayas de zafiro. Millones de joyas, talladas con una precisión que ningún arte mortal podría igualar, brillan y centellean. Abajo, en la hierba, refulgen delicadas flores de topacio y lapislázuli. Debes observarlas de cerca para darte cuenta de que no son árboles ni flores reales, sino piedras preciosas de incalculable valor.

El muchacho camina como en sueños, sin pestañear, sin respirar. No hay ni una sola planta natural y, sin embargo, el jardín parece más vivo que ningún otro en el mundo exterior. Durante los últimos siglos, estas frutas joya han sido mi única y constante compañía, un tesoro sin parangón que ofrece tan poco consuelo como la luz a los ciegos.

Se entretiene demasiado.

El aire está cargado de vieja magia yinn, un vestigio de la gran guerra que se libró aquí hace muchos siglos. Pende de las paredes, gotea del techo, forma charcos entre las raíces doradas de los árboles enjoyados. Abarrota las ruinas vacías que ya se hallan medio hundidas en el desierto, los largos pasillos derruidos que se bifurcan como si fueran raíces y que comunican las torres, los salones y los almacenes. La ciudad está a un suspiro de derrumbarse por completo. Durante quinientos años, esta magia se ha revuelto y retorcido por sus cámaras, aumentando como el gas bajo la tierra, a la espera de que una chispa la prenda.

Este muchacho es esa chispa. Caerá en una trampa tendida hace mucho tiempo, desencadenará una explosión de magia acumulada y el desierto nos engullirá a ambos. Yo me perderé para siempre en esta prisión de magia y arena y me convertiré en un mito, en un sueño. No se me ocurre destino más aciago. Creía que me había resignado a este sino hacía mucho tiempo, cuando parecía que nadie me localizaría. Ahora sé que no es así, que esa esperanza latía en mi interior como una semilla durmiente a la espera de florecer a la primera señal de escapatoria.

Pero entonces los encantamientos vibran como las cuerdas de un laúd y mi frágil esperanza se desvanece. Desde la oscuridad se levanta un viento que agita las hojas de piedra hasta que la cueva al completo resuena con su traqueteo. La trampa está tendida.

El muchacho, como presintiéndolo, se apresura, deja atrás los preciosos árboles y flores y salva un riachuelo en el que centellean pepitas de oro y de plata. La cámara se ilumina, pues los diamantes de arriba restallan de luz cegadora. El jardín enjoyado resplandece con destellos hermosos pero letales. El joven esquiva las hojas que cortan el aire como cuchillos y sisea cuando una de ellas le hace un tajo en el dorso de la mano.

Al fin llega a la colina que hay al fondo del jardín encantado y allí se detiene bajo las ramas bamboleantes de un sauce labrado en cobre del que cuelgan hojas de esmeralda. Le da vueltas a un anillo en el dedo y sus ojos se agrandan cuando se posan en la lámpara.

Esta reposa en una especie de trono forjado en hierro y rubíes en el que el metal está retorcido para que se asemeje a los tallos de un rosal. Hubo una vez en que la reina de esta ciudad se pasaba las horas ahí sentada leyendo y meditando, aunque eso fue hace mucho tiempo. Ahora sólo está la lámpara, que resplandece a la luz diamantina. Dentro, yo me expando y lleno cada recoveco con mi humo brillante, urgiéndolo a darse prisa. Me estremezco de impaciencia ante la perspectiva de que esta oportunidad de escapar se me escurra entre los dedos. Nunca antes la lámpara me había parecido tan pequeña.

El chico sube la colina jadeando y suelta un leve suspiro cuando llega al trono. Se queda allí un instante, sacudiéndose el polvo de las manos, con la vista clavada en la lámpara.

La cueva retiembla. De las paredes comienzan a caer hilillos de arena que tintinean en las pilas de monedas de oro. Los encantamientos zumban y las joyas de los árboles empiezan a traquetear. El muchacho no parece darse cuenta. Está absorto en la lámpara.

—Así que es esta —susurra.

Estira la mano y yo paso del humo al fuego de puro nerviosismo. Cuando las puntas de sus dedos tocan los laterales broncíneos de la lámpara, un estallido de energía me traspasa y siento los latidos de su corazón, fuertes y desbocados.

—¿Qué eres? —susurra—. ¿Por qué me has llamado?

Como aturdido, recorre el metal con los dedos; su palma traza la curva del pitón y su calor humano traspasa las paredes.

Estoy a punto de estallar. Me expando. Me encojo, me arracimo y me preparo; el humo rojo se torna dorado.

El joven frota la lámpara.

Y yo contesto.

Salgo disparada por el largo y oscuro túnel del pitón. Soy un penacho de humo, un torbellino de fuego. Me abro, me multiplico y me hincho hasta convertirme en una gran nube sobre su cabeza. Empujo el techo de piedra de la cueva con un millar de manos vaporosas. Abro mil ojos enfervorecidos y estiro mil piernas rutilantes. Me despliego una vez, y otra, y otra. ¡Pero qué bien sienta estar fuera! Restallo de energía y entusiasmo; mi sangre es un relámpago y mi aliento, un trueno.

Podría pasarme horas estirándome, deleitándome con el espacio que me rodea, pero, como el tiempo es oro, me encojo, me endurezco y recojo mis caprichosos zarcillos. Por primera vez en quinientos años, asumo la forma que más me gusta.

Tu forma, Roshana, habiba mía. Hermana querida. La de corazón puro y risa alegre, la que me enseñó la dicha y me llamaba «amiga». Una princesa entre los hombres y una reina entre su gente.

Me visto con tu aspecto. Adopto tu pelo, largo y negro como el río de la noche. Asumo tus ojos, grandes, rasgados y resplandecientes. Adquiero tu cara, fina y recia. Tu precioso cuerpo es mío. Tus manos, rápidas y diestras, y tus pies, gráciles y raudos. Llevo tu rostro y finjo que tu corazón también es mío.

Y, al fin, el humo se...



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