E-Book, Spanisch, 384 Seiten
Reihe: Ensayo
Kidder Montañas tras las montañas
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-123513-4-7
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 384 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-123513-4-7
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Escritor estadounidense de no ficción y editor colaborador de The Atlantic, Kidder se formó en la Phillips Academy y en la Universidad de Harvard. Tras graduarse en 1967, tuvo que alistarse para la guerra de Vietnam en el servicio de inteligencia, aunque, a diferencia de otros escritores, la experiencia no afectó a su trabajo posterior: 'Por supuesto que está destinado a influir en tu trabajo, es inevitable, pero creo que no me influyó demasiado como escritor'. Kidder se considera un periodista literario debido a la solidez y fortaleza de sus historias y a lo personal de su escritura. Desde 1981, ha demostrado que la verdadera descripción se logra abordando temas variados -desde las aulas de una escuela primaria hasta sótanos llenos de computadoras y hackers, pasando por habitaciones de geriátricos rurales- y dedicando meses o años al intenso estudio de las cuestiones locales y los personajes de sus libros. Ha citado como influencias literarias a John McPhee, A. J. Liebling y George Orwell. Recibió el Premio Pulitzer por su libro Soul of a New Machine (1981), acerca de la creación de un nuevo ordenador por la Data General Corporation y la compleja comunidad y el entorno de programación y equipo que lo desarrolló, y ha recibido elogios y premios por otros trabajos, como Montañas tras las montañas (2003), la biografía del médico y antropólogo Paul Farmer.
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01
Seis años después del suceso, el doctor Paul Edward Farmer me lo recordó: «Nos conocimos por una decapitación, ¿te lo puedes creer?».
Fue dos semanas antes de la Navidad de 1994, en una ciudad de mercado de la planicie central de Haití, un tramo de carretera asfaltada llamado Mirebalais. Cerca del centro de la ciudad había un puesto de avanzada del ejército haitiano, un muro de hormigón que rodeaba una plaza de armas cubierta de maleza, una cárcel y un barracón de color ocre. Yo estaba sentado con un capitán de las Fuerzas Especiales de los Estados Unidos, de nombre Jon Carroll, en el balcón del primer piso. Caía la tarde, el mejor momento de la ciudad: el aire pasaba de caliente a templado, la música de las radios en las ronerías y las bocinas de los tap-taps que atravesaban la ciudad se fundían en un alegre estruendo; la suciedad y pobreza generalizadas empezaban a ser menos patentes: las cloacas abiertas, los harapos, la mirada en el rostro de los niños malnutridos y la mano extendida de los viejos mendigos que decían lastimeramente «grangou», «tengo hambre» en criollo.
Yo había ido a Haití a cubrir la información sobre los soldados estadounidenses. Se había enviado a veinte mil efectivos para reinstaurar el Gobierno elegido democráticamente y apartar del poder a la junta militar que lo había derrocado y llevaba tres años ejerciendo su dominio con enorme crueldad. El capitán Carroll solo tenía ocho hombres, encargados temporalmente de mantener la paz entre ciento cincuenta mil haitianos dispersos en más de dos mil quinientos kilómetros cuadrados de zona rural. Una tarea en apariencia imposible, pero, aun así, aquí en la planicie central la violencia había desaparecido casi por completo. El mes anterior solo se había producido un asesinato, aunque espeluznante. Hacía pocas semanas, los hombres del capitán Carroll habían sacado del río Artibonito el cadáver decapitado del ayudante del alcalde de Mirebalais. Era uno de los funcionarios electos restituidos en el poder. Las sospechas sobre su asesinato habían recaído sobre uno de los funcionarios locales de la junta, un alguacil rural llamado Nerva Juste, personaje aterrador para la mayoría de los habitantes de la región. El capitán Carroll y sus hombres habían traído a Juste para interrogarlo, pero no habían encontrado pruebas materiales ni testigos, así que lo habían soltado.
El capitán tenía veintinueve años, de Alabama, baptista devoto. Me caía bien. Por lo que había visto, él y sus hombres se esforzaban en serio por traer mejoras a esta parte de Haití, pero Washington, que había decidido que aquella misión no iba a incluir «la construcción de una nación», no les había proporcionado prácticamente herramienta alguna con la que desempeñar su labor. En una ocasión, el capitán había dispuesto la evacuación médica por aire de una haitiana embarazada que necesitaba atención urgente y sus superiores le habían reprendido por tomarse tantas molestias. Ahora, sentado en el balcón, el capitán Carroll estaba echando chispas por su último desencuentro cuando alguien vino a avisarle de que había alguien preguntando por él en la entrada.
En realidad había cinco visitantes; cuatro de ellos, haitianos. Se quedaron esperando de pie, en la sombra que proyectaba el barracón, mientras su amigo estadounidense se adelantaba. Le dijo al capitán Carroll que se llamaba Paul Farmer, que era médico y que trabajaba en un hospital de la zona, pocos kilómetros al norte de Mirebalais.
Recuerdo haber pensado que el capitán Carroll y el doctor Farmer formaban un dúo dispar y Farmer salía perdiendo en la comparación. El capitán medía casi 1,90 y estaba moreno y musculado. Como de costumbre, un pellizco de tabaco de mascar le abultaba el labio inferior. De vez en cuando, echaba la cabeza a un lado y escupía. Farmer tenía más o menos la misma edad, pero un aspecto mucho más delicado: pelo corto y negro, talle alto, brazos largos y menudos y nariz puntiaguda. Junto al soldado, parecía pálido y delgado, pero, a pesar de todo, a mí me dio la impresión de ser alguien echado para adelante; de hecho, directamente engreído.
Preguntó al capitán si su equipo había sufrido algún problema médico. El capitán dijo que habían tenido algunos prisioneros enfermos a los que el hospital local se había negado a atender.
—Al final acabé comprando yo los medicamentos.
Una sonrisa apareció fugazmente en el rostro de Farmer.
—Así pasará menos tiempo en el Purgatorio. ¿Quién le cortó la cabeza al ayudante del alcalde?
—No lo sé con certeza —respondió el capitán.
—Es muy difícil vivir en Haití y no saber quién le ha cortado la cabeza a alguien —repuso Farmer.
Siguió una discusión bastante enrevesada. Farmer dejó claro que no le gustaba el plan del Gobierno estadounidense para arreglar la economía de Haití, un plan que ayudaría a los intereses empresariales, pero que no serviría de nada, en su opinión, para aliviar el sufrimiento del haitiano de a pie. Estaba firmemente convencido de que los Estados Unidos habían ayudado a promover el golpe; entre otras cosas, porque habían formado a un alto mando de la junta en la Escuela de las Américas, perteneciente al Ejército estadounidense. En Haití había dos bandos bien distintos, dijo Farmer: las fuerzas de represión y los haitianos pobres, la inmensa mayoría. Farmer estaba al lado de los pobres.
—Pero aún no está del todo claro de qué parte están los soldados estadounidenses —dijo al capitán.
Allí, en la zona, parte de aquella confusión provenía del hecho de que el capitán hubiera dejado libre al odiado Nerva Juste.
Me pareció que Farmer conocía Haití mucho mejor que el capitán y que estaba tratando de trasladar alguna información importante. La gente de la región estaba perdiendo la confianza en el capitán, parecía estar diciendo Farmer, y aquello suponía un grave problema, obviamente, para un grupo de nueve soldados que trataba de dirigir a ciento cincuenta mil personas.
Pero la advertencia no quedaba del todo clara y el capitán pareció algo irritado ante la denuncia de Farmer sobre la Escuela de las Américas. En cuanto a Nerva Juste, dijo:
—Mire, ese tío es una mala persona. Cuando lo pille y tenga pruebas, lo destrozaré. —Se golpeó la mano con el puño—. Pero no pienso rebajarme hasta el nivel de esa gente y hacer detenciones sumarias.
Farmer replicó que, en efecto, no tenía sentido alguno que el capitán aplicara principios de derecho constitucional en un país que, por el momento, no tenía un sistema jurídico en vigor. Juste era una amenaza y había que encerrarlo.
Así pues, llegaron a un extraño callejón sin salida. El capitán, que se describía a sí mismo como «un palurdo», estaba a favor de hacer las cosas según los procesos debidamente establecidos, y Farmer, que claramente se consideraba un abanderado de los derechos humanos, a favor del arresto preventivo. Al final, el capitán acabó diciendo:
—Le sorprendería saber cuántas de las decisiones sobre lo que puedo hacer aquí se toman en Washington.
—Entiendo que está atado de pies y manos —replicó Farmer—. Perdone mi arenga.
Se había hecho de noche. Los dos hombres estaban de pie en un cuadrado de luz que salía de la puerta abierta del barracón. Se dieron la mano. Cuando el joven médico desapareció en la oscuridad, le oí hablar en criollo con sus amigos haitianos.
Pasé varias semanas con los soldados. No pensé mucho en Farmer. A pesar de las palabras con las que se despidió, no creí que entendiera los problemas del capitán ni que se preocupara de empatizar con ellos.
Poco después me lo volví a encontrar, por casualidad, cuando volvía a casa, en el avión a Miami. Él iba en primera clase. Me explicó que los auxiliares de vuelo lo habían puesto allí porque hacía esa ruta a menudo y en ocasiones trataba urgencias médicas a bordo. Los auxiliares me dejaron sentarme un rato con él. Tenía muchísimas preguntas que hacerle sobre Haití; entre ellas, una sobre el asesinato del ayudante del alcalde. Los soldados pensaban que las creencias del vudú provocaban un pánico especial y sobrecogedor a la decapitación.
—¿Cortarle la cabeza a la víctima tiene algún fundamento en la historia del vudú?
—Tiene un cierto fundamento en la historia de la brutalidad —respondió Farmer.
Frunció el ceño y luego me tocó el brazo, como para decir que todos hacemos preguntas tontas alguna vez.
Averigüé más sobre él; entre otras cosas, que no le caían mal los soldados.
—Me crie en un parque de caravanas y sé cuál es la clase social que se alista en el Ejército estadounidense. —Y añadió, refiriéndose al capitán Carroll—: Cuando conoces a esos soldados de veintinueve años te das cuenta de que no son ellos quienes hacen las malas políticas.
Confirmó mi impresión de que había ido a visitar al capitán para advertirle. Muchos de los pacientes y amigos haitianos de Farmer habían protestado por la liberación de Nerva Juste y pensaban que...




