Kipling | Por el bien de la humanidad | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 111, 656 Seiten

Reihe: Literatura Reino de Cordelia

Kipling Por el bien de la humanidad

y otros relatos inéditos
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-18141-57-7
Verlag: Reino de Cordelia
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

y otros relatos inéditos

E-Book, Spanisch, Band 111, 656 Seiten

Reihe: Literatura Reino de Cordelia

ISBN: 978-84-18141-57-7
Verlag: Reino de Cordelia
Format: EPUB
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En la década de 1880, Rudyard Kipling trabajó durante siete años como reportero de las revistas hindúes Civil and Military Gazette y The Pioneer, viviendo anécdotas y experiencias locales que fue convirtiendo posteriormente en relatos. Muchos de ellos los daría a conocer en 1891 en El hándicap de la vida, narraciones escritas para MacMillan's Magazine donde se aprecia claramente la atmósfera misteriosa de la India colonial y un marcado interés por la aventura. Otras muchas jamás se recogieron en libro o, como en el caso del relato 'El Origen de la Humanidad', se publicó por primera vez en una edición particular que no superó los cien ejemplares. Ahora el profesor Thomas Pinney ha recopilado, para The Cambridge University Press, ochenta y seis cuentos inéditos de aquella primera época de la juventud de Kipling, entre los que hay cuatro inconclusos y un puñado atribuidos a él sin que se haya podido confirmar plenamente su autoría. Traducidos al español por primera vez en esta edición, sorprende en ellos la gran calidad literaria del futuro Premio Nobel, considerado uno de los más grandes cuentistas de todos los tiempos.

(Bombay, 1865 - Londres, 1936) escribió relatos, ensayos, novelas y poesía, aunque la mayor parte de su producción son cuentos, género en el que es un absoluto maestro. Iniciado en la masonería a los veinte años, en la logia 'Esperanza y Perseverancia Nº 782' de Lahore, Punjab, India, su literatura abarca todos los territorios y géneros, pero sobre todos en sus primeros años arroja luz sobre la colonización inglesa de la India. Rechazó el Premio Nacional de Poesía y en tres ocasiones la Orden de Mérito del Reino Unido, que conlleva el título de Sir, lo que contradice su supuesto afán por el imperislismo colonial. Aceptó, sin embargo, el Premio Nobel en 1907. Entre sus obras aparecen libros de relatos como El hándicap de la vida (1891), El libro de la selva (1894), Stalky & Co. (1899), Puck de la colina de Pook (1906), La casa de los deseos (1926) y las novelas La luz que se apaga (1891), Capitanes intrépidos (1896) y Kim (1901). Su autobiografía, Algo de mi mismo (1937) se publicó póstumamente un año después de su muerte.
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(La lamentable y verdadera historia del permiso de Job Charnock)


[, 4 de julio de 1885]


El material

del que están hechos los sueños.

, IV, I

WILLIAM SHAKESPEARE

ERA UN RINCÓN acogedor en el Purgatorio (una suite de la planta baja de una de las mansiones disponibles allí, y espléndidamente amueblada). Por supuesto, ninguna de las puertas cerraba y tampoco había buen tabaco de cachimba. Clive, debilitado por la larga residencia en Madrás, acusaba la abstinencia más que Hastings; pero, por otro lado, Hastings lamentaba muy amargamente la pérdida de su reserva particular de en conserva. Y, si alguien se hubiera tomado la molestia de indagar, habría descubierto que el viejo Job Charnock, en el ático, padecía la privación más que ninguno. Pero los dos antiguos gobernadores generales no hicieron indagaciones; ellos estaban muy cómodos. Macaulay, cuya ruina fue leer sus propias observaciones acerca de Warren Hastings al oído de aquel hombre de Estado con malas pulgas, se había marchado a la . De ahí el alivio de los dos ilustres personajes. Ni que decir tiene que estaban enzarzados en alguna discusión intrascendente. Hastings, por enésima vez, estaba justificando su ejecución de Nuncomar. Aquello era parte del castigo de Clive. Y Clive interpolaba, mientras tanto, refutaciones y anécdotas concernientes al nabab de Murshidabad también por enésima vez. Aquello era parte de la condena de Hastings. La cuestión se había desarrollado como de costumbre hasta las cinco de la tarde. O, lo que es lo mismo, Clive se preparaba con desgana para batirse en duelo con su pistola inútil que jamás detonaba y hacía protestar a Hastings, que sí la tenía preparada de antemano, cuando la puerta del salón se abrió de par en par violentamente y el viejo Job Charnock, con su venerable coleta tan rígida como las palmeras de su amado Kalighat, se dejó caer exhausto en un diván en el centro de la habitación.

—¡Eh! —gruñó Hastings—. Ha tenido a Macaulay encima, ¿me equivoco? Maldita sea, si hubiera podido pegarle un tiro a ese comentarista insolente una sola vez…

—No ha sido Macaulay —susurró Job—, sino algo mucho peor, amigos.

—No he visto a Job tan alterado —reflexionó Clive— desde que supo de la muerte de John Company, y de eso hace treinta años.

(Hay que decir que una de las irritantes regulaciones del Intermediate Institute, como lo bautizaron sus , consistió en que todos los miembros, al menos de cara a la galería, debían tratarse como iguales entre sí. Job Charnock no podía ser más deferente, pero se veía obligado a emplear la palabra «amigos» donde habría querido poder decir, como poco, «honorables caballeros». Pero esto no es más que una digresión).

Se hizo un silencio que duró algunos minutos durante los cuales Job se las arregló para sacar provecho de la cachimba de Clive y trasegar un par de galones del bebedizo que el Insituto Intermedio proveía para disfrute de sus miembros. (Sabía igual que el ponche de oporto templado a las ocho de la mañana tras una noche de juerga). Finalmente, balbuceó:

—He disfrutado mi permiso, y les aseguro, caballeros, que quedo agradecido, francamente agradecido por poder volver.

El listado de permisos del Instituto Intermedio, que podían oscilar entre las veinticuatro horas y la semana de duración, era largo, y los turnos se repetían cada cincuenta y cuatro años si un miembro sabía comportarse. Clive y Hastings habían rechazado los suyos por principio, pues rehuir el castigo se hallaba por debajo de la dignidad de un caballero inglés. Ganaban poco, sin embargo; pues era costumbre, tanto si un caballero aceptaba su permiso como si no, que ciertos miembros del Instituto Inferior celebraran la bienvenida en sus aposentos. Acontecimiento que dejaba chamuscadas las sillas y sofás, y dejaba tras sí un insoportable olor a algo parecido a la pólvora. Clive, a pesar de todo, decía que a él le gustaba; que le recordaba los viejos tiempos en los bastiones de Fort William. Pero ambos hombres se hallaban ansiosos por oír lo que Job tenía que contarles. Hastings pasó la boquilla con esmeralda de su cachimba favorita a Job mientras Clive encendía y soplaba una bola perfumada sobre el tabaco.

—Siéntese y cuéntenoslo todo, Job. Encontrará usted todas las cosas bastante cambiadas desde la última vez —dijo el primero de ellos—. Por cierto, ¿cuándo fue su último permiso?

—En 1820. Cuando me casé con la viuda. Pasamos cuatro días de luna de miel en el viejo cementerio. Fue una maravilla. Pero, ahora… ¡Vaya!

Job dio una calada a la cachimba en busca de consuelo. Y, a continuación, tras una larga pausa, dijo:

—Pero no me creerán; lo sé.

Clive sonrió sombríamente.

—Bueno, Charney, ya sabe que dicen que fundó usted mi Calcuta y la dejó provista de mentiras de por vida para la totalidad de sus habitantes. Pero creo que podemos confiar en su palabra en este asunto.

Y era rigurosamente cierto. Los miembros del Instituto Intermedio solo podían mentir dentro de ciertos límites bien definidos cuando sus invenciones alterasen e irritasen más a sus vecinos. Pero la verdad y nada más que la verdad bastaba en aquella ocasión.

—Bien, caballeros, pues, en primer lugar, fui a Calcuta.

—Por supuesto —interrumpió Hastings bruscamente—, ¿quién no? Continúe.

—Y resultó que ni el Gobierno Supremo, ni el gobernador general ni los consejeros se hallaban allí.

Clic, clic, clic, sonó entonces una especie de marcador de billar niquelado junto a la repisa de la chimenea, y en la brillante estructura se deslizó una simple tarjeta donde se leía «Extras» y debajo, entre paréntesis y a secas: «Clive, Hastings, dos días – juramento blasfemo». No hace falta repetir aquí lo que los oyentes de Charnock dijeron (la forma fue idéntica, aunque oscura, y, desde luego, inapropiada para oídos corteses).

—Y, entonces, ¿dónde están? —preguntaron los dos a coro.

—A mil doscientas millas en un lugar en las Montañas llamado Shimla del que nunca he oído hablar. No volverán hasta dentro de cuatro meses.

—¡A mil doscientas millas! Sí; desde luego que volver les llevará todo ese tiempo si lo hacen con algo parecido a mi escolta —dijo Hastings.

Charnock se estaba entusiasmando con su labor.

—Van y vienen en tres días, o cuatro a lo sumo.

—Job, querido Job –el malogrado gobernador general se hallaba casi al borde de las lágrimas–, por amor de Dios, no siga. En cualquier momento nos hará decir algo, y ese teletipo infernal (clic, clic) empezará a sonar otra vez.

Job se hallaba casi tan conmovido como sus amigos.

—Les aseguro, caballeros, pues espero escapar algún día del Instituto, que les estoy diciendo la pura verdad de lo que he visto y oído.

—Muy bien. Entonces están a mil doscientas millas de Calcuta y tardan cuatro días en recorrer esa distancia. ¿Cómo es posible? —Hastings habló haciendo, a todas luces, un gran esfuerzo de contención.

—En tren.

—¡En tren! Eso debe ser una nueva raza madrasí. Siempre dije que no sabíamos lo que esos trotones de patas largas de Bellary podían conseguir si se ponían a ello. ¿Dónde la crían y cómo es? —preguntó Clive.

—No se trata de ninguna raza de animales. Es más bien una especie de palanquín sobre ruedas; solo que las ruedas van por unas vías de hierro y de los palanquines tira una especie de olla de cocina de hierro y latón con una bandola aparejada donde debiera estar el asa.

Ante aquella descripción particularmente inspirada de la moderna locomotora y su chimenea, Clive y Hastings quedaron maravillados.

—Está bien, Job. Creo que lo que dices es verdad. Sin duda debemos aceptar nuestro permiso la próxima vez, aunque solo sea para ver esas ollas de cocina sobre vías de hierro. Continúe.

Charnock prosiguió:

—Las vías van desde Calcuta hasta un lugar llamado Ambala, más allá del territorio del emperador de Delhi, que se han anexionado.

—¡Se lo han anexionado! ¡Cielo santo!...



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