E-Book, Spanisch, 340 Seiten
Reihe: Ensayo
Klein Las guerras comerciales son guerras de clases
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-126130-4-9
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 340 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-126130-4-9
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Profesor de finanzas en la Escuela de Administración Guanghua de la Universidad de Pekín. Fue fundador y copropietario de la discoteca punk-rock D22 de Pekín, que cerró en enero de 2012. Es un conferenciante y escritor sobre el crecimiento económico mundial. Ingresó en la Universidad de Columbia en 1976. Obtuvo un máster en Asuntos Internacionales (énfasis en Desarrollo Económico) en 1981 y un máster en Administración de Empresas en Finanzas en 1984, ambos por la Universidad de Columbia. comenzó su carrera en 1987, incorporándose a Manufacturers Hanover (ahora JPMorgan Chase) como operador en el grupo de deuda soberana. De 1996 a 2001, estuvo en Bear Stearns como director gerente-principal en los mercados de capitales latinoamericanos. Pettis también ha sido asesor de gobiernos soberanos en temas de gestión financiera; entre ellos, los gobiernos de México, Macedonia del Norte y Corea del Sur.
Weitere Infos & Material
Prefacio a la
edición original
El mundo era muy distinto cuando terminamos de editar el texto de la edición en tapa dura de Las guerras comerciales son guerras de clase en enero de 2020. Los Gobiernos chino y estadounidense acababan de acordar su acuerdo comercial «Fase 1» para poner fin al conflicto arancelario que había comenzado en 2018. Los chinos habían prometido aumentar sus compras de bienes estadounidenses y acordado abrir parte de su sistema financiero a compañías estadounidenses. Los Gobiernos europeos estaban centrados en negociar el siguiente presupuesto de la Unión Europea para los próximos siete años —unas negociaciones más conflictivas que de costumbre por la reciente salida del Reino Unido— al mismo tiempo que se preparaban para un inminente conflicto comercial con Estados Unidos sobre cuestiones que iban de los impuestos a los gigantes estadounidenses de internet a cómo enfrentarse al cambio climático.
Apenas empezaban a aparecer algunas noticias sobre una enfermedad respiratoria en Wuhan, y, no obstante, el coronavirus acabaría siendo el acontecimiento definitorio de 2020. Murieron millones de personas, y muchos supervivientes experimentaron daños orgánicos duraderos. La economía global sufrió una convulsión sin precedentes, mientras trabajadores y consumidores intentaban evitar contagiarse. La actividad económica cayó entre un 20 y un 30 por ciento en unas pocas semanas. Los Gobiernos en buena parte del mundo respondieron ante el shock de la pandemia con medidas solo vistas con anterioridad en tiempo de guerra.
En ese contexto, explicar los conflictos y los desequilibrios comerciales no parecía algo muy importante. Pero aunque ciertamente no anticipamos la pandemia, sucesos recientes han reforzado la importancia de los argumentos de este libro. La pandemia ha exacerbado muchas de las distorsiones existentes, que nosotros habíamos destacado, en la renta, los ahorros y el gasto, que llevan a un aumento de la deuda y a unos crecientes desequilibrios comerciales en gran parte del mundo.
La pandemia fue también un recordatorio de que todo el mundo está interconectado, nos guste o no. La polución, el cambio climático y los virus respiratorios altamente contagiosos no respetan las fronteras. Países que habían logrado suprimir el virus se habían visto forzados a aislarse del resto del mundo hasta unos niveles sin precedentes, e incluso entonces tuvieron que reaccionar de manera agresiva para evitar que los brotes recurrentes se convirtiesen en las oleadas devastadoras vistas en América y Europa.
Un punto clave de este libro es que los desequilibrios económicos que se originan en una parte del mundo se transmiten globalmente, hasta alcanzar al mismo tiempo a grupos tan variados como los trabajadores migrantes chinos, los pensionistas alemanes y los trabajadores estadounidenses de la construcción, de formas sutiles y a menudo sorprendentes. Lo que podría parecer un asunto puramente doméstico de un país termina a menudo afectando al resto del mundo a través de los cambios en la balanza de pagos. Resulta de lo más elocuente que aquellos lugares que han logrado proteger a su población de la enfermedad hayan tenido mucho menos éxito en proteger a sus trabajadores y sus empresas de la catástrofe económica. Por ejemplo, entre finales de 2019 y finales de 2020, la actividad empresarial se ha desplomado en la misma medida en Corea del Sur y en Estados Unidos.[8]
Aunque cada vez más personas eran conscientes de que la salud pública y la protección medioambiental requieren una cooperación global, pocos lo eran de que la misma lógica se aplica a todo lo demás, desde los estándares laborales a los impuestos de sociedades. En otros términos, si un virus podía poner el mundo patas arriba, ¿por qué no podían hacer lo mismo el sistema bancario chino o las prácticas empresariales alemanas? Todo el mundo está interesado en evitar futuras pandemias, incluso aunque esto signifique implicarse en los asuntos «internos» de otras sociedades. Este libro argumenta que el mismo razonamiento se aplica a las crisis económicas y financieras.
Desgraciadamente, aunque el coronavirus ya se está diluyendo gracias al rápido descubrimiento y distribución de vacunas efectivas, no se puede decir lo mismo de las condiciones sociales y políticas que lo precedieron. Esto nos lleva a uno de los puntos centrales de nuestro libro: en cualquier país, la distribución de los ingresos tiene consecuencias económicas y financieras tanto internas como externas. La creciente desigualdad lleva a una cierta combinación de bajo consumo de bienes y servicios y alto endeudamiento. La concentración global de los ingresos a lo largo las últimas décadas ha sido responsable del más lento crecimiento de los niveles de vida en el mundo rico, del empeoramiento de los desequilibrios comerciales, y de la crisis financiera global. En muchas sociedades, el virus ha exacerbado estas desigualdades preexistentes, porque ha hecho más probable que los trabajadores con menores ingresos pierdan sus empleos y que enfermen y menos probable que sean poseedores de las acciones y las viviendas, que han visto cómo se apreciaba más su valor.
El virus también ha tenido unos efectos económicos desiguales entre países. Los exportadores de petróleo se han visto golpeados por el colapso de los precios de la energía, mientras que a los países que fabricaban productos electrónicos avanzados les ha ido relativamente bien, a medida que consumidores y negocios pasaban al teletrabajo. No obstante, al menos tan importantes como estas diferencias estructurales fueron las diferencias en cómo respondieron los Gobiernos al virus, de acuerdo con sus instituciones sociales y políticas. Algunos, como Estados Unidos, transfirieron billones de dólares directamente a trabajadores y consumidores con «pagos de impacto económico» y grandes mejoras en el sistema de seguro de desempleo, mientras que otros, como China, ofrecieron préstamos subsidiados para financiar el gasto en infraestructuras por parte de los Gobiernos locales e intervinieron en los mercados monetarios para apoyar a los exportadores.
No se trató de respuestas nacionales diferenciadas de Estados Unidos y China. Ambos conjuntos de políticas tuvieron un impacto sustancial sobre el resto del mundo, porque los dos países son parte de un sistema interconectado más amplio. La reticencia del Gobierno chino a apoyar a sus propios consumidores significaba que dependía de los consumidores extranjeros para preservar los empleos y los ingresos chinos —un enfoque que funcionó bien solo porque el Gobierno de Estados Unidos estaba transfiriendo dinero agresivamente a los consumidores estadounidenses sin poner límites acerca de dónde y cómo gastarlo—. La respuesta de China habría tenido unas implicaciones muy diferentes para la economía china y la economía global si la respuesta estadounidense hubiese sido distinta, y lo mismo se puede decir para Estados Unidos. Estos enfoques distintos significaron que, aunque ambos países experimentaron un desplome económico similar cuando el virus los golpeó, su recuperación sería radicalmente diferente. Esas diferencias fueron reconciliadas por medio de cambios en el comercio y las finanzas.
Aunque el virus se había originado en China, la agresiva respuesta del Gobierno central más o menos lo eliminó para marzo. Después de un cierre estricto de la actividad empresarial en enero y febrero, casi todos los indicadores económicos rebotaron en primavera, aunque decenas de miles de trabajadores migrantes recién desempleados se vieron obligados a retirarse al campo para vivir de una agricultura de subsistencia. Gran parte de la sociedad china regresó a algo parecido a la normalidad en el verano. No obstante, la recuperación económica de China fue profundamente desigual. Aunque la economía fue un 2,3 por ciento mayor en 2020 que en 2019, el consumo de productos no alimenticios o energéticos fue un 3 por ciento menor que en 2019 —y el gasto en restaurantes, un 17 por ciento menor—. La caída del consumo fue compensada por un gran incremento de la construcción (hasta un 8 por ciento), la inversión en infraestructura (hasta un 5 por ciento) y las exportaciones manufactureras (hasta un 4 por ciento).
El contraste con Estados Unidos, que fracasó por completo en evitar la propagación del virus, fue de lo más sorprendente. A diferencia de China, los vuelos domésticos en América nunca se recuperaron, y el consumo en restaurantes se quedó muy lejos del nivel prepandemia en la mayor parte del país. No obstante, aunque la economía de Estados Unidos cayó alrededor de un 3,5 por ciento en 2020 con respecto a 2019, el consumo de bienes no alimenticios ni energéticos fue un 4 por ciento mayor. En el mismo sentido, el gasto en construcción residencial creció casi un 10 por ciento. La magnitud de la respuesta fiscal y monetaria del Gobierno de Estados Unidos supuso que, a pesar de la pandemia, muchos estadounidenses dispusieran de más dinero que en toda su vida. Aunque mucha gente optó por reducir sus deudas y ahorrar, también usaron ese dinero extra para aumentar su gasto en la compra de coches y electrodomésticos y en renovar sus viviendas. Sin embargo, la producción manufacturera estadounidense fue un 6 por ciento menor en 2020 que en 2019, y las exportaciones cayeron un 16 por ciento.
Simplificando un poco, tanto el Gobierno chino como los consumidores estadounidenses —estos últimos, financiados por el Gobierno federal— apoyaron a los productores chinos, aunque los consumidores...




