E-Book, Spanisch, 303 Seiten
Reihe: Ensayo
Krznaric El buen antepasado
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-125285-5-8
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Cómo pensar a largo plazo en un mundo cortoplacista
E-Book, Spanisch, 303 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-125285-5-8
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Filósofo público que escribe sobre el poder de las ideas para cambiar la sociedad. Se doctoró en sociología política. Es fundador del primer Museo de la Empatía del mundo y es investigador de la Fundación Long Now y miembro del Club de Roma. Ha sido nombrado por The Observer como uno de los principales filósofos populares de Gran Bretaña. Varios de sus libros, como Empathy, The Wonderbox y Carpe Diem Regained, se han publicado en más de 20 idiomas.
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01
¿Cómo podemos ser
buenos antepasados?
Somos los herederos de los regalos del pasado. Pensemos en el inmenso legado de nuestros ancestros: los que sembraron las primeras semillas en Mesopotamia hace diez mil años, los que despejaron el terreno, los que construyeron los canales y fundaron las ciudades en las que vivimos ahora, los que hicieron los descubrimientos científicos, ganaron las batallas políticas y crearon las grandes obras de arte que nos han dejado en herencia. Raras veces nos paramos a pensar en cómo nos han cambiado la vida. La mayoría de sus nombres han sido olvidados por la historia, pero entre aquellos cuyo recuerdo pervive está el del investigador médico Jonas Salk.
En 1955, tras casi una década de concienzudos experimentos, Salk y su equipo desarrollaron la primera vacuna funcional y segura. Fue un descubrimiento extraordinario. En aquel momento, la polio paralizaba o mataba a más de medio millón de personas cada año en todo el mundo. Salk fue calificado inmediatamente de obrador de milagros. Pero a él no le interesaban la fama y la fortuna, y no intentó patentar la vacuna. Su ambición era «ayudar de alguna manera a la humanidad» y dejar un legado positivo a las generaciones futuras. No cabe duda de que lo consiguió.
En años posteriores, Salk expresaba su filosofía de vida con una sola pregunta: «¿Estamos siendo buenos antepasados?».[1] Él creía que, igual que hemos heredado tantas riquezas del pasado, debemos legárselas a nuestros descendientes. Estaba convencido de que, para hacerlo —y para enfrentarse a crisis globales como la destrucción del mundo natural a manos de la humanidad y la amenaza de la guerra nuclear—, necesitábamos cambiar radicalmente nuestra perspectiva temporal por una mucho más centrada en un pensamiento a largo plazo y en las consecuencias de nuestras acciones cuando ya no estemos vivos. En lugar de pensar en una escala de segundos, días y meses, debíamos ampliar nuestros horizontes temporales de modo que abarcaran décadas, siglos y milenios. Solo entonces podríamos respetar y honrar realmente a las generaciones venideras.
La pregunta de Salk podría ser su mayor aportación a la historia. Formulada de una manera más activa —¿cómo podemos ser buenos antepasados?—, la considero la pregunta más importante de nuestro tiempo, una pregunta que ofrece esperanza para la evolución de la civilización humana. El desafío de responderla ha inspirado este libro, pero también planea sobre sus páginas. Nos llama a reflexionar sobre cómo seremos juzgados por las generaciones futuras y sobre si dejaremos un legado que las beneficiará o las perjudicará. La vieja aspiración bíblica de ser un buen samaritano ya no basta. Es hora de una actualización para el siglo XXI: hay que ser un buen antepasado.
El futuro ha sido colonizado
Convertirse en un buen antepasado es una tarea formidable. Las posibilidades de hacerlo vendrán determinadas por el resultado de una lucha para la mente humana que actualmente está librándose a escala global entre las fuerzas opuestas del pensamiento a corto y largo plazo.
En este momento de la historia, la fuerza dominante está clara: vivimos en una era de cortoplacismo patológico. Los políticos apenas ven más allá de las próximas elecciones o la última encuesta de opinión o tuit. Las empresas son esclavas del siguiente informe trimestral y de la constante exigencia de aumentar el valor de las acciones. Los mercados suben y caen en burbujas especulativas impulsadas por algoritmos que actúan en cuestión de milisegundos. Las naciones discuten en mesas internacionales, pensando en sus intereses a corto plazo mientras el planeta arde y desaparecen especies. Nuestra cultura de la satisfacción inmediata nos aporta sobredosis de comida rápida, mensajes trepidantes y el botón de «comprar ahora». «La gran ironía de nuestra era —escribe la antropóloga Mary Catherine Bateson— es que, aunque vivimos más tiempo, pensamos más a corto plazo».[2] Esta es la época de la tiranía del ahora.
El pensamiento a corto plazo no es en modo alguno un fenómeno nuevo. La historia está plagada de ejemplos, desde la temeraria destrucción de los bosques milenarios en el Japón del siglo XVII hasta la especulación desbocada que condujo al crac de Wall Street en 1929. No siempre es negativo: igual que un progenitor podría tener que llevar repentinamente a un niño herido al hospital, un Gobierno debe responder con rapidez y agilidad a crisis como un terremoto o una epidemia. Pero, si repasamos las noticias diarias, veremos múltiples ejemplos de cortoplacismo perjudicial.[3] Gobiernos que prefieren la solución rápida de meter a más delincuentes entre rejas en lugar de tratar las causas sociales y económicas más profundas del delito. O seguir subvencionando al sector del carbón en lugar de apoyar la transición a las energías renovables. O rescatar a bancos insolventes después de una crisis en lugar de reestructurar el sistema financiero. O no invertir en sanidad preventiva, pobreza infantil o vivienda pública. O… La lista sigue y sigue.
Los peligros del cortoplacismo van mucho más allá del ámbito de las políticas públicas y, actualmente, nos han llevado a un punto crítico. Ello obedece, en primer lugar, a la creciente posibilidad de lo que se conoce como «riesgo existencial», que normalmente se refiere a acontecimientos poco probables pero de gran impacto que podrían ser causados por nuevas tecnologías. En lo alto de la lista figuran las amenazas de los sistemas de inteligencia artificial, como armas autónomas letales que no pueden ser controladas por sus fabricantes humanos. Otras posibilidades incluyen pandemias creadas genéticamente o una guerra nuclear provocada por un Estado rebelde en una época de inestabilidad política cada vez mayor. El experto en riesgos Nick Bostrom se muestra especialmente preocupado por el futuro impacto de la nanotecnología molecular; le inquieta que los terroristas se apoderen de nanorrobots del tamaño de una bacteria que puedan llegar a descontrolarse y contaminar la atmósfera. Ante estas amenazas, muchos expertos en riesgos existenciales creen que hay una posibilidad entre seis de que la humanidad no llegue al final del siglo sin una pérdida catastrófica de vidas.[4]
La posibilidad de una debacle de la civilización debido a la implacable destrucción de los sistemas ecológicos de los cuales depende nuestro bienestar —y la propia vida— es igual de grave. Mientras seguimos extrayendo combustibles fósiles de manera irreflexiva, contaminando nuestros océanos y destruyendo especies a una velocidad que equivale a una «sexta extinción», la posibilidad de que haya impactos devastadores está cada vez más cerca. En nuestra era hiperconectada, dicha amenaza existe a escala mundial: no tenemos un planeta B al que huir. Según el historiador medioambiental Jared Diamond, esa destrucción ecológica ha sido el origen del hundimiento de las civilizaciones a lo largo de toda la historia humana. Su principal causa, argumenta, es una sobredosis de «decisiones a corto plazo» sumada a una ausencia de «pensamiento valiente a largo plazo».[5] Hemos recibido una advertencia.
Estos desafíos nos plantean la ineludible paradoja de que la necesidad de pensamiento a largo plazo es una cuestión de lo más apremiante que exige acciones inmediatas en el presente. «Ahora mismo nos enfrentamos a un desastre humano a escala global, nuestra mayor amenaza en miles de años: el cambio climático», dijo David Attenborough a los líderes mundiales en los debates climáticos de Naciones Unidas en 2018. «Si no tomamos medidas, la destrucción de nuestras civilizaciones y la extinción de buena parte del mundo natural están en el horizonte». Según el naturalista, «lo que ocurra ahora y en unos pocos años afectará profundamente a los próximos milenios».[6]
Estas afirmaciones deberían ponernos en alerta roja, pero a menudo no explican quién pagará las consecuencias de nuestra miopía temporal. La respuesta es que no solo nuestros hijos y nietos, sino los miles de millones de seres humanos que nacerán en los próximos siglos y que superan con creces la cifra de seres vivos de la actualidad.
Ha llegado el momento, sobre todo para los habitantes de las naciones ricas, de reconocer una verdad inquietante: hemos colonizado el futuro. Tratamos el futuro como un lejano puesto colonial carente de personas al cual podemos arrojar degradación ecológica, riesgo tecnológico y residuos nucleares, y saquearlo a voluntad. Cuando Gran Bretaña colonizó Australia en los siglos XVIII y XIX, se sirvió de una doctrina legal actualmente conocida como terra nullius —«tierra de nadie»— para justificar su conquista y tratar a la población indígena como si no existiera o no tuviera derechos sobre la...




