Labastida | ¿Pueden las aves romper su jaula? | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 392 Seiten

Reihe: Teoría

Labastida ¿Pueden las aves romper su jaula?


1. Auflage 2016
ISBN: 978-607-03-0799-7
Verlag: Siglo XXI Editores México
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 392 Seiten

Reihe: Teoría

ISBN: 978-607-03-0799-7
Verlag: Siglo XXI Editores México
Format: EPUB
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Más allá, mucho más allá de la llamada filosofía de lo mexicano. Así, tal vez, se podría llamar también este libro. Es una provocación, desde luego, en el sentido de que va en contra de todas esas ideas de 'lo propio', 'lo auténtico', 'la esencia de lo nuestro' el 'México profundo', la 'raíz de nuestro ser', la 'ontología' del mexicano... Es, o pretende ser, sólo una reflexión sobre nuestra historia y nuestros problemas, a contracorriente de lo políticamente correcto. Espero que cumpla su función: irritar, o sea, permitir una crítica profunda de lo que sucede (y ha sucedido) en nuestro país.

(Los Mochis, Sinaloa, 1939) filósofo y poeta. Doctor en filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México, miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua; miembro correspondiente de la Real Academia Española, de la Academia Cubana de la Lengua, de la Academia Norteamericana de la Lengua Española y de la Academia Nicaragüense de la Lengua; ex presidente de la Asociación Filosófica Mexicana, A.C.; doctor honoris causa por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, la Universidad Autónoma de Sinaloa y la Universidad Autónoma Metropolitana; medalla de oro del Palacio de Bellas Artes; caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia; cruz del mérito de la República Federal de Alemania; Premio Nacional de Ciencias y Artes.
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LAS TESIS (REVOLUCIONARIAS Y DISCUTIBLES) DE MORGAN Y BANDELIER1

A la memoria de mi amigo Enrique Bracamontes
(a 1954 – O 2003)

ADVERTENCIA

Que nadie se engañe. El libro que el lector tiene ante sus ojos es un largo texto de arqueología y los fósiles que contiene son de orden teórico. Los ensayos que lo conforman se sitúan en el siglo XIX, un siglo que en buena medida resulta extraño a la forma de pensar que rige en la actualidad: a ese siglo pertenecen las ideas básicas de sus autores, los etnólogos Lewis H. Morgan y Adolph Bandelier. Por si esto fuera poco, en un apéndice se recoge un texto más arcaico (del siglo XVI), obra de un jurista, Oidor de la Corona española, por un lado; pero, por otro y por sobre todo, un protector de los pueblos amerindios apenas conquistados (su nombre era Alonso de Zorita).

Entiendo por el concepto de arqueología una excavación en los estratos más profundos de las ideas, un esfuerzo por desenterrar (o sea, por entender) teorías situadas en épocas sumergidas en el humus de la historia. Subrayar que las tesis de Morgan y Bandelier pertenecen a una etapa arcaica significa decir que la investigación etnológica y la historia de las culturas amerindias han rendido ya frutos decisivos que son, en muchos de los casos, contrarios a las ideas de estos dos etnólogos. No puedo omitir, por lo tanto, que sus teorías constituyen ahora una grave piedra de escándalo. De nuevo, que nadie se engañe: esta arqueología y esta paleontología teóricas no revelan sólo aquello que está sepultado en el tiempo: revelan al arqueólogo o al paleontólogo que exhuman el fósil (no importa que en este caso se trate de un fósil teórico), ya que ponen en acto su método y su forma de pensar. Por lo tanto, la acción arqueológica o paleontológica me pone en evidencia, ya que toda visión del pasado es también una visión (digo, una teoría) del presente.

Grecia ha servido de fundamento a las teorías políticas más opuestas. Acaso empezó por ser el cimiento (o el pretexto) sobre el que se levantó el edificio del Renacimiento, opuesto a la oscuridad medieval, no importa si con razón o sin ella. Luego, a partir de la época neoclásica, el arte de la Hélade fue visto como ideal (Marx lo consideró todavía el “modelo inalcanzable”). Grecia se convirtió en un milagro (la expresión fue de un positivista, Ernest Renan, e hizo fortuna). Todavía hoy, la Atenas democrática sigue en lucha contra la Esparta oligárquica en el imaginario de los hombres.

Otro tanto sucede con el proceso de rescate de civilizaciones y culturas aún más alejadas de nosotros que las helenas. Tal vez el descubrimiento de esas lenguas que ahora, a falta de título mejor, llamamos indoeuropeas (y cuyas raíces nos son aún desconocidas, por más que las busquemos en el sánscrito y en los textos védicos), nos ha incitado a revalorar el desarrollo de lenguas y civilizaciones. Hoy se postula con no disimulado orgullo que todos los pueblos son iguales y que no existen culturas ni lenguas superiores frente a otras, inferiores: unas disponen de mayor capacidad de abstracción; otras no han sido plasmadas en gramáticas ni disponen de alfabetos fonéticos y, por supuesto, hay pueblos ágrafos. Sin embargo, no se puede postular que existan pueblos superiores ni que una cultura se imponga a otra. Lo anterior, ¿impide sostener el posible trazo de una línea de desarrollo que vaya de los pueblos llamados salvajes a los civilizados? Si en la física existe la flecha del tiempo (de ella da cuenta la segunda ley de la termodinámica), ¿hay en el curso de la historia un hilo que vaya de los pueblos sin escritura a nosotros? Reconocer la igualdad de las culturas, su racionalidad interna, ¿ha de anular la posibilidad de la evolución social? Claude Lévi-Strauss dice que el hacha de piedra está tan bien hecha como la de bronce; que cada una de ellas guarda correspondencia con la racionalidad de las fuerzas productivas del grupo social que la produce; que “un hacha no da nacimiento físicamente a otra hacha, como pasa con un animal”; que no existen pueblos infantiles; todos son adultos y que no existe ningún desarrollo lineal de los pueblos, como el que va del niño al hombre. Puesto a elegir, sin embargo, el primitivo no usa el hacha de piedra si tiene a la mano el hacha de hierro. Hay un desarrollo técnico, que deja su impronta, en las mentalidades de los pueblos. Los pueblos sin escritura coexisten, desde luego, con los modernos; la evolución no destruye la forma precedente; la especie nueva acusa, como estigma, la huella de las anteriores y el hombre arrastra, en su propio cuerpo, la existencia de minerales y de gases.

En la conquista de América la olla de barro se estrelló contra la marmita de hierro, de acuerdo con la imagen plástica de Alfonso Reyes: del choque violento nacieron tanto nuevas formas de cultura como, por encima de todo, pueblos nuevos. Hay un hecho que nos atañe de modo directo, la Conquista de México (ese duro sintagma, la Conquista de México, revela un sustrato ideológico). Las tesis de Edmundo O’Gorman sobre la invención de América pueden servir para este caso: el sustantivo México aún no existía en la época de la conquista (cubría un campo semántico distinto por completo al que cubre hoy: sólo el pueblo mexica). Esa conquista fue un trauma, sin duda, para los pueblos indígenas y no es tal hecho indudable el que aquí pongo en el tapete de la discusión, sino el modo en el que los hispanohablantes de México lo asumimos. No pocos mexicanos se dicen todavía conquistados por otros, los españoles del siglo xvi, y asumen el papel de víctimas. Pero no admiten que su lengua es la del conquistador, que se han formado en la cultura occidental; que son tan occidentales como los peninsulares. ¿Convendrá decir, para no aligerar nuestra culpa, que vinimos en las carabelas de Colón y que entramos a saco, llenos de sudor y de polvo, con las huestes de Cortés, en México-Tenochtitlan? Supongo que afirmar tamaña cosa crearía un profundo sentimiento de rechazo, pues en México se da la clara identificación con la víctima y no con el victimario. A partir de la Independencia, se ha extendido esta tesis (que en su origen fue postulada por Morelos): hemos de sacudirnos el yugo impuesto por los españoles (conquistado se vuelve sinónimo de americano). No importan el habla ni la cultura: el mexicano se identifica con quien es conquistado y hasta nuestros más grandes escritores afirman que la lengua española se nos impuso; que no es nuestra. Es cierto que los hispanoparlantes de México poseemos muchos matices que nos diferencian del peninsular: ya asimilamos Mesoamérica en nuestra cultura. Pese a todo, hemos de asumir la responsabilidad histórica: somos, al mismo tiempo, conquistados y conquistadores, víctimas y victimarios.

Los asuntos que este libro contiene integran un diálogo con nosotros mismos; son parte del largo diálogo entre el Oriente y el Occidente; son un diálogo entre el Norte y el Sur, entre naciones y culturas distintas, donde el Oriente, el Sur y las culturas que son postergadas aportan claves cruciales para (re)construir los valores de la sociedad y el mundo globales en que estamos inmersos. Es en ese sentido que las ideas modernas de Taiichi Ohno o de Kishore Mahbubani (el primero japonés; el otro, ciudadano de Singapur) son decisivas: ambos han pensado al revés las tesis de la economía occidental. ¿Qué aporta al diálogo entre el Oriente y el Occidente la cultura de Mesoamérica? La cultura mesoamericana, ¿sólo ha de ser vista como el eslabón de una larga cadena? Sin duda, forma parte de la cultura universal y bajo ese solo título tiene el mismo derecho que las culturas poshelénicas de constituirse en parte integral de la visión moderna del mundo. Ofrece una forma distinta de entender y aprehender el universo; desde este ángulo, se puede incorporar al sustrato del pensamiento humano. Nadie negará este hecho. Lo que está en el tapete de la discusión es la manera en que puede formar parte de la cultura universal. El problema adquirió mayor agudeza a raíz de las tesis de Claude Lévi-Strauss, cuando el estructuralismo en la etnología se puso en acto y fue rechazada la evolución social (cada pueblo y cada cultura poseen su racionalidad interna).

Vuelvo al asunto crucial: la posible asimilación de la cultura mesoamericana por el México moderno. Todos saben que el pintor José Clemente Orozco dijo, burla burlando, que la Conquista de México parecía haber sucedido ayer. Por esa causa, si aquí se habla del México antiguo, en verdad se habla del México actual. Octavio Paz, ¿no cargó acaso en la cuenta de Huitzilopochtli la matanza de Tlatelolco, que tuvo lugar el 2 de octubre de 1968? Lo mismo hizo el inmenso Rubén Darío en un breve relato (publicado en 1914 en La Nación, de Buenos Aires): la sangre vertida en la revolución se le presentó como un atavismo del México prehispánico y entendió esa orgía de sangre por la intervención del dios del panteón mexica, el Colibrí del Sur, Huitzilopochtli. Lo cierto es que ahora leemos al cronista de Indias con ojos impuros y aceptamos de él sólo aquello que se acomoda a nuestra forma de pensar: nadie es inocente en su lectura. El México actual ha hecho realidad lo que anhelaba José Martí: aquí se estudia el pasado de Nuestra América de modo más intenso que el pasado de Grecia y Roma. En México se publica un libro sobre la Antigüedad clásica por cien sobre Mesoamérica, que ha devenido ya, sin ninguna duda, nuestra cultura histórica. Se trata de un hecho reciente, que arranca del...



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