Lagerlöf | La leyenda de una casa solariega | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 200 Seiten

Reihe: Grandes Clásicos

Lagerlöf La leyenda de una casa solariega


1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-128530-6-3
Verlag: Editorial Funambulista
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 200 Seiten

Reihe: Grandes Clásicos

ISBN: 978-84-128530-6-3
Verlag: Editorial Funambulista
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



En La leyenda de una casa solariega, la premio Nobel sueca Selma Lagerlöf cuenta la historia del estudiante Gunnar Hede, quien, hechizado por la música de su violín y a punto de perder su mansión campestre en Dalecarlia, cae en la locura. La joven Ingrid Berg, rescatada por él de la tumba, aceptará la difícil tarea de curar a Gunnar con su amor inquebrantable y sacrificado. La novela -a la manera de cuento de hadas psicológico- plantea con extraordinaria intensidad el tema de la lucha entre el bien y el mal, sin dejar de ser un estudio de las relaciones personales y de la aceptación de la alteridad y de la diferencia, al tiempo que es una variante de La Bella y la Bestia, en la que la atmósfera de fábula se fusiona perfectamente con elementos terrenales y con el retrato humano de los personajes. Selma Lagerlöf, mundialmente famosa por su El maravilloso viaje de Nils Holgersson a través de Suecia, muestra un gran conocimiento de la psicología humana en esta novela en la que tanta importancia revisten los temas de la música y del amor, junto con notables pinturas del paisaje y motivos sobrenaturales que el genio de la autora consigue integrar orgánicamente en la narración.

Selma Lagerlöf nace el 20 de noviembre de 1858 en Mårbacka, la casa solariega, sita en la provincia sueca de Värmland, que dominará toda su vida y su obra. Con veintitrés años marcha a Estocolmo para estudiar magisterio. Diez años más tarde, mientras se encuentra ejerciendo la enseñanza en Landskrona, publica su primera obra, La saga de Gösta Berling, que tiene una excelente acogida entre el público. Por entonces la familia se ha visto obligada ya, dada su mala situación financiera, a vender Mårbacka. Sin embargo, Selma Lagerlöf a partir de entonces no deja de cosechar éxitos con su fructífera carrera literaria. Entre otras obras, la archiconocida El maravilloso viaje de Nils Holgersson a través de Suecia, que escribe en 1906 como libro de geografía para escolares por encargo del Gobierno sueco, la consagra definitivamente como la autora sueca más leída dentro y fuera de su país. Ello le permite retornar a Värmland y recomprar su adorada casa natal, que ampliará y reformará cuando en 1909 reciba el premio Nobel de Literatura, siendo a la vez la primera mujer y el primer autor sueco en recibir tal galardón. Durante el resto de su vida, compaginará su faceta de prolífica escritora con las de terrateniente, empresaria y activista política. Muere en Mårbacka el 16 de marzo de 1940, a los 81 años de edad, dejando un abundante legado literario que -integrado por obras que han sido traducidas a múltiples idiomas y llevadas al cine- sigue encumbrándola como uno de los grandes nombres de la literatura universal.
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I


Era un hermoso día de otoño a finales de la década de 1830. Por aquel entonces había en Uppsala una alta casa amarilla de dos pisos, que se erigía, extrañamente solitaria, en medio de un pequeño y muy apartado prado en las afueras de la ciudad. Era una casa bastante fea e inhóspita, pero la embellecía la frondosa enredadera que reptaba por la parte soleada de la fachada ambarina, tan alto que enmarcaba las tres ventanas del piso superior.

En una habitación al otro lado de una de esas ventanas enmarcadas por la enredadera se hallaba un estudiante desayunando. Era un mozo alto y guapo, de aspecto distinguido. Llevaba el cabello, que se le ondulaba con gracia, peinado hacia atrás, muy retirado de la frente, aunque un mechón le caía continuamente sobre los ojos. Vestía un atuendo cómodo y holgado, pero muy elegante.

La habitación estaba bellamente decorada, con un buen sofá, sillas tapizadas, un amplio escritorio y unas magníficas estanterías en las que, sin embargo, no había apenas libros.

Antes de que se bebiera el café, entró otro estudiante. Era muy distinto a él: bajo y de anchos hombros, robusto, fuerte, feo, de rostro grande, cabello fino y piel tosca.

—Hede —dijo—, he venido a hablar muy seriamente contigo.

—¿Estás en un aprieto?

—¡Oh, no, yo no! —respondió el otro—. Eres más bien tú quien lo está.

Guardó silencio un momento, con los ojos bajos.

—Caramba, qué incómodo es tener que decírtelo —continuó.

—¡Pues entonces no lo digas! —sugirió Hede, a quien tal solemne gravedad le había dado ganas de reír.

—Eso es precisamente lo que ya no puedo hacer, callarme —replicó el visitante—. Debería haber hablado contigo hace mucho tiempo, pero, como comprenderás, me resulta muy difícil. No puedo evitar pensar que estarás diciéndote: «Mira, el Gustav Ålin este, hijo de uno de mis jornaleros, se cree ahora con derecho a leerme la cartilla».

—¡Por Dios, Ålin —contestó Hede—, cómo puedes creer que voy a pensar algo así! Pero si mi abuelo paterno era hijo de un campesino.

—Sí, pero hoy ya nadie se acuerda de eso —dijo Ålin, mientras su figura tosca y pesada adquiría por momentos modales más rústicos, como si eso pudiera ayudarle a superar la vergüenza—. Mira, cuando pienso en la diferencia que hay entre tu familia y la mía, creo que debería callarme; pero cuando recuerdo que fue tu padre quien en su momento me facilitó el acceso a los estudios, entonces veo que debo hablar.

Hede lo contempló con una bella expresión en la mirada.

—Habla pues —le conminó—, y así cesará tu apuro.

—Lo que ocurre —expuso Ålin— es que me he enterado de que no haces nada de nada. Parece que apenas has abierto un libro en los cuatro semestres que llevas matriculado en la universidad. Dicen que no haces más que tocar el violín todo el día; y me lo creo, pues antaño, cuando estabas en la escuela de Falun, tampoco querías hacer ninguna otra cosa; lo que pasa es que allí te obligaban a trabajar.

Hede se enderezó en su silla, algo rígido. A Ålin se le veía cada vez más azorado, pero prosiguió con tenaz resolución:

—Pareces pensar que alguien que tiene en propiedad una finca como la de Munkhyttan debería poder hacer lo que le dé la gana: trabajar, si quiere; o no hacerlo, si no le apetece. Si te licencias, bien; si no te licencias, bien también, ya que en todo caso no quieres ser nada más que terrateniente, y aspiras a vivir en Munkhyttan toda la vida. Te entiendo perfectamente, sé que esas son tus intenciones.

Hede callaba, mientras a Ålin le parecía verlo rodeado de un halo de distinción, el mismo que a los ojos de Ålin siempre acompañó a su padre, el vicepresidente de la Junta de Minas, y a su madre, la vicepresidenta.1

—Pero se da la circunstancia —continuó con cautela— de que Munkhyttan ya no es lo que era entonces, cuando la mina de hierro producía. Eso sin duda lo sabía tu padre, y por ello, antes de su muerte, decidió que tú debías estudiar. Tu madre también lo sabe, la pobre, lo sabe todo el pueblo. El único que no sabe nada eres tú, Hede.

—¿Insinúas —preguntó Hede un tanto irritado— que yo no sé que la mina ya no puede explotarse?

—Ah, no —respondió Ålin—, eso lo sabes muy bien, pero de lo que no estás al tanto es de que Munkhyttan no vale nada. ¡Reflexiona y te darás cuenta de que allá, en casa, en Dalecarlia occidental, no es posible vivir de la agricultura! Bueno, no sé por qué tu madre te lo ha ocultado. Pero ella tiene el control de la herencia indivisa, así que no necesita pedirte ningún consejo. No obstante, todo el mundo sabe que su situación es apurada: dicen que anda todo el tiempo pidiendo préstamos. A buen seguro no ha querido preocuparte con sus problemas, y en vez de eso intentará ir tirando hasta que te licencies. No quiere vender la propiedad antes de que hayas acabado y tengas un nuevo hogar.

Hede se levantó y dio una vuelta por la habitación. Finalmente, se detuvo frente a Ålin.

—Pero, amigo mío, estás tratando de meterme en la cabeza un sinfín de tonterías. Si somos ricos...

—Soy perfectamente consciente de que aún gozáis de gran prestigio en nuestra tierra —declaró Ålin—. Pero comprenderás que nada puede durar para siempre, cuando no se deja de gastar sin que haya ningún ingreso. La situación era distinta cuando teníais la mina.

Hede se volvió a sentar.

—Mi madre me habría informado de todo esto. Te estoy agradecido, Ålin, pero creo que te has dejado asustar por los chismes que circulan.

—Bien, ya me figuraba que no tenías ni idea —replicó Ålin con obstinación—. En Munkhyttan tienes a tu madre ahorrando y afanándose para poder enviarte dinero aquí a Uppsala, y para poder recibirte con alegría cuando al final de cada semestre vuelves a casa. Y mientras tanto tú estás aquí ocioso, porque no sabes el peligro que te acecha. Yo ya no puedo soportar más el ver cómo os engañáis el uno a la otra. Tu señora madre cree que tú estás estudiando, y tú crees que ella es rica. No puedo quedarme mirando cómo arruinas tu futuro sin decirte nada.

Hede se quedó un rato en silencio, sumido en cavilaciones. Luego se levantó y le tendió a Ålin la mano con una triste sonrisa.

—Como comprenderás, sé que dices la verdad, pero no quiero creerte. ¡Gracias!

Ålin le estrechó la mano, radiante de felicidad.

—Entiende, Hede, que nada está perdido, siempre y cuando te pongas a trabajar. Con la cabeza que tienes, serás capaz de licenciarte en siete u ocho semestres.

Hede se puso derecho.

—Tranquilo, Ålin. A partir de ahora me aplicaré.

Ålin se levantó y se dirigió a la puerta, si bien con paso muy vacilante. Antes de haber llegado al umbral, se volvió.

—Querría una cosa más —dijo, mientras de nuevo se turbaba sobremanera—. Querría pedirte que me dejaras el violín, hasta que te pongas al día con tus estudios.

—¿Que te deje el violín?

—Sí, envuélvelo en la funda de seda, mételo en su estuche y permíteme que me lo lleve, pues de lo contrario no vas a ponerte a estudiar. Antes de que haya salido por la puerta, estarás ya tocando. Tienes una adicción tan fuerte que no vas a poder resistir la tentación mientras el violín esté aquí. Una cosa así no puede superarse sin ayuda. Es demasiado poderosa.

Hede, reacio, no se movió.

—Eso es una tontería —dijo.

—No, no es ninguna tontería. Sabes bien que en eso has salido a tu padre, llevas la música en la sangre. Y desde que vives solo aquí en Uppsala, no has hecho más que tocar sin parar. Te has buscado una casa en las afueras precisamente para no molestar a nadie con el violín. Tú solo no podrás controlar el impulso. ¡Déjame que me lo lleve!

—Bueno —repuso Hede—, antes no habría podido controlar el impulso de tocar. Pero ahora se trata de Munkhyttan. Le tengo más amor a mi casa que a mi violín.

Pero Ålin, con tenacidad, siguió pidiéndole que le diera el instrumento.

—¿De que servirá? —arguyó Hede—. Si tengo deseos de tocar, no me hace falta ir muy lejos para pedir prestado otro violín.

—Ya lo sé —contestó Ålin—, pero creo que con otro no será lo mismo. Es este viejo violín italiano el que entraña para ti el mayor peligro. Y, además, pensaba sugerirte que te encierres unos cuantos días al principio, hasta que cojas el ritmo.

Continuó rogando y suplicando, pero Hede se mantenía en sus trece. No quería someterse a algo tan ridículo como un arresto domiciliario. Ålin se puso rojo como la grana.

—Me llevo el violín conmigo —insistió, acalorado e impaciente—. De lo contrario, todo esto no habrá servido para nada. No pensaba hablar del tema, pero ocurre que no se trata solo de Munkhyttan. La primavera pasada, en el baile de fin de semestre, conocí a una chica que, según decían, era tu prometida. Bueno, yo no suelo bailar, pero me encantó verla deslizarse al ritmo de la música, radiante y luminosa como una flor de la pradera. Y cuando me enteré de que era tu novia, sentí lástima por ella.

—¿Sentiste lástima?

—Oh, sí, pues yo sabía que, si continuabas así, no ibas a llegar a nada en la vida. De modo que me juré que esa muchacha no estaría eternamente a la expectativa de algo que nunca iba a suceder, no se ajaría ni se marchitaría esperándote. No quiero encontrármela dentro de unos años con el...



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